Lejos, en la distancia, una nube de humo hendía el cielo, ennegreciendo aún más el día. Meten la observaba desde una colina alta. Provenía del saqueo de Titia.
Aquel valle gélido era ancho como las caderas de una mujer joven, por lo que los rumores de la batalla apenas llegaban hasta aquel punto, pero el líder jinete podía intuir el pillaje desenfrenado que sus hordas cometían en ese momento en la ciudad. En su mente estaban claros los sonidos del horror de los lugare?os, para quienes no había sido un buen día.
Aunque cada minuto que pasaba lo acercaba más a su anunciada muerte, eran muchas las batallas en las que Meten había estado a esas alturas.
Esta es sólo otra más, y ya está muriendo. De algún modo lo supo. Con la mayoría de enemigos muertos, sus soldados estarían ya en búsqueda de botín, y entregados a violar a las mujeres más bellas.
Muchas horas antes, él mismo había entrado de manera triunfal en la catedral de la ciudad, un enorme edificio lleno de cristales de colores que emulaban dioses profanos, envuelto en su armadura negra de obsidiana y a lomos de su semental, para contar hasta la última moneda del tesoro.
En efecto, monta?as de oro se escondían en las criptas del templo. En ese momento era más rico de lo que nunca habría pensado. Pero de poco o nada le valía. Cambiaría hasta la última moneda por más tiempo de vida para recorrer las estepas y los países de los hombres cobardes de las ciudades, para saquear de forma despiadada.
El contrabandista que lo acompa?aba en ese momento en lo alto de la colina se acercó a él en silencio.
—Los caballos estarán aquí en menos de dos días, mi se?or.— dijo mientras miraba con timidez al suelo. Eran pocos los hombres que podían sostener la mirada de Meten. — Hasta el último que solicitó.
—?Y qué hay del heno? Tendremos que alimentarlos.
—También está en marcha, mi se?or, aunque tardará uno o dos días más.— el tipo parecía incómodo —como su se?oría entenderá, los carros que lo traen son un poco más lentos.
Las lluvias tienen los caminos embarrados hasta el hartazgo.
Meten volvió a mirar la figura de humo que se alzaba sobre la destruída Titia, fingiendo indiferencia ante el informe del traidor que tenía enfrente. Su rostro era el de un hampón: un tipo desalmado de barba oscura y cabello hasta los hombros que había preferido enriquecerse antes que proteger a su pueblo de los invasores. Sin saberlo, esa clase de sujetos eran la perdición de su raza. Para Meten, sin embargo, resultaban útiles.
?Hasta dónde puede llevar la codicia a un hombre? Pensó, mirando el humo en la distancia.
A esas alturas ya quería salir de aquel maldito valle helado. Los espías hablaban de climas más cálidos y favorables para él y sus hombres, bosques densos con follaje para sus caballos. Si, era cierto que ahora contaba con mucho más oro del que nunca habría imaginado, pero debía usarlo con astucia si quería saquear Anen, el país más poderoso del mundo. De poco le servía permanecer en aquel valle gélido poblado con ciudades convertidas en escombros.
El caudillo de la Horda Maldita se giró hacía el contrabandista con una mirada asesina.
—Será mejor que lleguen pronto, si aprecias tu cuello, contrabandista. Estoy harto de estas malditas lluvias.
—Por supuesto, mi se?or, no me atrevería a contrariarlo. No después de ver de lo que sus huestes son capaces.
Ciudades de cráneos y polvo se habían alzado a su alrededor. Esa era la mejor política en la guerra: un terror irracional que empujara a las demás ciudades a no oponer resistencia.
Pero tanta destrucción también tiene un precio. pensó Meten, mientras veía el humo disiparse sobre la ciudad, a lo lejos. Ahora las noticias de tama?a destrucción tienen que haber llegado al corazón de Anen. Cientos de hombres armados hasta los dientes deben estar avanzando para hacernos frente en algún punto.
Aunque los informes que había recibido de campesinos locales y espías decían que el emperador Valtorius estaba en problemas, Meten iba a tomar todas las precauciones del caso: estaba enfrentando a un imperio, para bien o para mal, y no podía avanzar a ciegas. Estaban destruyendo sin piedad uno de sus países subsidiarios, y tarde o temprano sus bien nutridos ejércitos tomarían represalias. Era mejor llegar a su capital mucho antes de que tuvieran tiempo de reaccionar. Le entró una urgencia repentina.
—?Maldito seas, renegado! —Le dijo, mirándolo con el ce?o fruncido. Apenas recordaba el nombre del tipo, y tuvo que contenerse para sacar su… espada demoníaca, y rajarle el cuello allí mismo. — ?Te di el doble del oro para reducir el tiempo de entrega! ?Y ahora sales con esa idiotez de los caminos embarrados! ?Estás agotando mi paciencia!
Meten sentía que la rabia comenzaba a apoderarse de su cordura, pero se contuvo. No ganaría nada aniquilando a aquel pobre idiota, no hasta que tuviera los caballos y el pasto para alimentarlos, lo que aquel infeliz le había prometido. De cualquier forma, ya había saciado su sed de sangre lo suficiente esa ma?ana, cuando su ejército había entrado en la ciudad.
Además, aquel era el único pirata de los pastos que se había atrevido a comerciar con él. El resto había preferido morir o desaparecer entre las monta?as quemando todos los suministros a su paso, antes que negociar con el invasor.
Cerca de allí estaban los pocos jinetes que acompa?aban al contrabandista. Meten podía leer sus niveles, bajos como los de un novato. Los podría aniquilar fácilmente con su espada maldita. Pero había visto suficiente sangre ese día, y le resultaban más útiles con vida.
—De verdad lo siento, mi se?or.— dijo el hombretón, mirando al suelo. Detrás de ese rostro había alguien tan malo como él, pero estaba totalmente domado por su poder. —Pero el clima siempre es una sorpresa desagradable en Ilar. Por eso he conseguido más caballos por el mismo precio, en compensación por los problemas logísticos.
Las palabras del hombretón acabaron por tranquilizarlo. Meten guardó silencio mientras veía, a lo lejos, el reflejo rojizo del fuego sobre las murallas.
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—Muy bien, contrabandista. Pero permanecerás como mi “invitado” hasta que dichos suministros lleguen. Ruega a los dioses que estén aquí en el plazo que has mencionado. No sabes de lo que soy capaz cuando ponen a prueba mi paciencia.
Por su gesto el pirata de los pastos no pareció a gusto con la idea de ser un rehén, pero accedió con un fuerte asentimiento. Los guardias de Meten lo condujeron al campamento principal, a las afueras de la ciudad asediada.
Por su parte, Meten siguió cabalgando a los alrededores de la urbe saqueada para despejar su mente, mientras sus feroces escoltas lo seguían desde la distancia.
Montado en su semental negro, el líder de las ahora lejanas estepas de Klurtz galopó por las húmedas colinas del centro de Ilur.
Con la habilidad de alguien que cabalga desde que tiene memoria, Meten recorría los alrededores de Titia bajo una lluvia suave mientras reflexionaba sobre el siguiente movimiento en su campa?a de destrucción.
Tengo que avanzar ahora mismo, y llegar a la capital de Anen antes de que se logren preparar. De otro modo no tendré ninguna esperanza.
Todos los informes que habían llegado a su tienda de campa?a apuntaban a lo mismo: el grueso de las fuerzas aneitas estaba en el otro extremo de su vasto imperio, en las selvas del sur.
Pero no podía arriesgarse a un asedio en el corazón del territorio enemigo. No sin una buena fuente de suministros a sus espaldas.
Meten estaba vadeando un riachuelo cercano a Titia, cuando una voz que conocía bien invadió sus pensamientos.
—Deja de ser tan rígido, hijo. No tienes que dejar a tu ejército anclado a una ciudad ya destruída. Perderás demasiado tiempo.
—Cállate, maldita espada. El día que necesite tu opinión yo mismo te llamaré. Hasta entonces, guarda silencio. —dijo en voz baja, para que sus escoltas en la distancia no difundieran los ya extendidos rumores de que estaba perdiendo el juicio— A estas alturas conseguirás que te entregue a mi herrero para que te funda de una buena vez.
—Oh, no lo harás mi se?or de los caballos.— dijo la voz en tono de burla en su mente.— Eres un tipo listo, y sabes que me necesitas tanto como yo a ti.
Meten podía sentir el espadón en su espalda enfundado. Era increíble que un objeto inanimado pudiera ponerlo al borde de un colapso nervioso.
Sería tan simple sólo abandonar esta maldita hoja en estas tierras desoladas. ?Por qué lo sigo llevando conmigo? Pensó, desconsolado. Pero la voz volvió a invadir su mente.
—Me llevas contigo porque te he convertido en el hombre más rico del mundo, todo gracias a mis humildes consejos. Y apenas es el principio.
Meten siguió cabalgando para tranquilizarse. Podía sentir el viento en el rostro. A lo lejos apenas se distinguía el humo sobre Titia. Los combates habían terminado.
Esta maldita cosa tiene razón. Pensó, sin importar que el arma endemoniada siguiera leyendo su mente. Cada uno de los consejos que me ha dado me ha servido para ensanchar mis hordas y mis arcas. ?Entonces por qué lo odio?
Una carcajada resonó en su mente.
—Me odias porque no soportas que haya algo más listo que tú.— respondió la voz.— pero tranquilo, desde que esté rezagado a tu vaina, no es mucho lo que pueda hacer más allá de tus designios.
Meten redujo un poco más la velocidad del semental oscuro para enfocarse en la conversación.
—Si eres tan listo, entonces ?qué debo hacer ahora, pedazo de cacharro? ?Arriesgarme a incursionar en un poderoso país enemigo con todo mi oro y mis hombres, y esperar a que me rodeen?
—A veces hay que tomar riesgos calculados, y confiar en tus propias capacidades.— respondió la voz en su mente.
Meten sabía que el alma atrapada en aquella espada de los avernos correspondía a la de un archimago oscuro muerto siglos atrás, durante la segunda guerra élfica. O al menos era lo que aquella maldita voz había dicho.
Me pregunto si toda esta alharaca de “riesgos calculados” es cierta, o si esta cosa quiere cambiar de due?o.
—Si me escucharas con más atención mi plan, sabrías que no propongo nada descabellado, mi se?or.—siguió la voz en su mente. — Es hora de que tus hordas dejen de avanzar como una enorme masa inerte, y se dividan en peque?os cuerpos de batalla.
—Explícate mejor, anciano.
—Hasta ahora tu ejército ha avanzado como un bosque: majestuoso, pero lento. Esta estrategia te ha funcionado en la estepa infinita, porque es un terreno que favorece a tus jinetes. Pero estás a punto de entrar a un mundo selvático. Es hora de reformular tu estrategia.
Aquello tenía sentido, al menos en principio.
—Divide a tus hombres en escuadrones móviles.— continuó la voz de la espada en su mente. — Envía a tus hombres más listos y valientes primero, para que empiecen el reconocimiento y posterior saqueo de Anen, mientras los demás van llegando de forma paulatina. Para cuando el emperador Valtorius se de cuenta, su país estará infestado de jinetes surgidos “de la nada”. Si dejas todo en mis manos, yo te indicaré quiénes deben ir primero. Después de todo estoy en tu mente, conozco hasta el último de tus hombres.
Meten se estremeció mientras el frío de aquel valle gélido se filtraba en su armadura. Le aterraba el hecho de que alguien tuviera tal cantidad de información sobre sus fuerzas. Si aquella espada llegaba a manos equivocadas… no, era poco probable que algo como aquello ocurriera. él era el hombre más poderoso del mundo en ese momento, tal vez sólo por debajo del propio emperador, algo que estaba a punto de cambiar. Nadie más que él tocaría esa espada, no al menos hasta que muriera.
—Muy bien pedazo de hojalata. Tú ganas.
Azuzó al caballo y galopó hacia el campamento. Llegó en pocos minutos hasta su tienda, la más grande, ubicada en todo el centro del cuartel, rodeada de torres de madera levantadas por prisioneros y esclavos.
El fuego de los edificios destruidos se reflejaba en la lona, dándole a su blanco un tono rojizo, mezclado con los rayos de luz producidos por el atardecer.
—Que nadie me interrumpa. No en varias horas— le dijo a los fornidos centinelas apostados en la entrada.
Sentado en su silla principal empezó a memorizar los nombres de los hombres que irían en los escuadrones principales, los primeros que entrarían en Anen como un río desbordado, incontenibles, al tiempo que observaba en el mapa de la interfaz las pocas ciudades del país enemigo que sus hombres habían explorado.
Después de un rato, sin embargo, una explosión lo sacó de su cuidadosa planeación.
Salió a toda prisa de su carpa, mirando hacia el centro de la ciudad enemiga, o lo que quedaba de ella.
Mientras veía los edificios semi destruidos, consumidos por el fuego, una serie de notificaciones aparecieron frente a sus ojos.
?Has destruido la catedral ancestral de Titia!
150.000 puntos de experiencia para la Horda.
25.000 puntos de experiencia por cada soldado.
La misión “Destrucción total de Ilar” ha sido completada satisfactoriamente.
200.000 puntos de experiencia para la Horda.
15.000 piezas de oro depositadas en el banco de la interfaz.
Nueva misión: Desmantela el imperio de Anen, destruyendo las tres ciudades principales del país.
Recompensa: 500.000 puntos de experiencia para la Horda.
25% de experiencia extra para cada guerrero.
Meten sintió una oleada de satisfacción cuando comprobó que ahora le faltaban menos de cien mil puntos de experiencia para el anhelado nivel trescientos. Si lo alcanzaba antes de morir, algo poco probable, obtendría la habilidad definitiva: Renacer.
Tal vez, sólo tal vez, tenía una esperanza.
Apresurado, regresó a su carpa. Tenía que terminar de designar los escuadrones de vanguardia para atacar Anen. Ahora más que nunca, el tiempo era el oro.

