La creciente ciudad alrededor de Leye parecía tener vida propia. Estaba compuesta por edificios de mármol, sostenidos por columnas anchas semi devoradas por enredaderas, así como una multitud de pozos de maná mezclados con sencillas chozas de madera.
Mientras el núcleo observaba la combinación entre “moderno y rural” del creciente poblado que había levantado de la nada, tras ser arrojado del vientre de su madre desde el cielo, no conseguía sacar la preocupación de su mente.
He visto el futuro. Pensó, mientras se recuperaba de su trance. A pesar del vaticinio, no pudo ver con claridad si aquel peque?o “imperio” que había erigido conseguiría sobrevivir.
Su madre había llegado poco después de manera tan repentina como la última vez, como cuando había aparecido en el combate entre sus aliados y la taimada Yowo.
—Has regresado, hijo — le dijo con su melodiosa voz en ese momento. Se encontraba flotando con su cuerpo de reptil frente a la roca que encerraba la conciencia de Leye — Estoy orgullosa de ti. Cada reinicio te hace más poderoso, pero tiene su precio.
Es verdad. Pensó él, tratando en vano de salir de su letargo. No tenía energía ni para responder, y se limitó a mirarla flotar sobre el aire, entre las columnas de la cámara, como nadando en lo profundo de un río.
Leye llevó su conciencia fuera de la fortaleza en la que estaba encerrado. Más allá de la incipiente ciudad, alcanzaba a distinguir los árboles y matorrales tupidos, como lejanas formas borrosas, muchos de ellos superpuestos a los edificios, como reclamando su territorio perdido.
Estoy aletargado, pero también triste. ?Por qué siento este vacío? Pensó. Conocer el futuro con certeza nunca es bueno.
Todavía no terminaba de asimilar los presagios que asaltaron su mente durante la proyección. Había visto la selva a su alrededor poblada por una tribu extra?a, de guerreros de piel parda y trajes blancos, héroes que destacaban entre sus fieros súbditos, numerosos como gotas de lluvia. Llegó incluso a ver su propio final, en un futuro muy, muy lejano.
Como cualquier otro ser, quería vivir. Pero vivir como alguien libre era una cosa. Vivir aprisionado en aquella roca, en lo profundo de una mazmorra perdida en la selva, era otra.
Algún día seré libre. ?Pero cuándo?
Su conciencia podía moverse por las incontables habitaciones y cámaras en el castillo que se había erigido a su alrededor, así como por las calles de tierra que recorrían la urbe alrededor de este; por dentro del enorme coliseo que se había levantado en los últimos días, lleno de maleza por la falta de mantenimiento, y más allá, por la salvaje selva que controlaba a medida que sus raíces se extendían bajo el suelo, cada vez más lejos. Pero su cuerpo seguía anclado, vulnerable a cualquier ataque.
Mientras Leye luchaba por volver en sí, la diosa habló de nuevo.
—Haz un esfuerzo, hijo. Debes recuperarte pronto, como un animal salvaje que tiene que digerir pronto a su presa, sino quiere permanecer en una situación vulnerable— su tono mostraba preocupación.— Los invasores de Anen son demasiado poderosos, y están cada vez más cerca.
Era cierto. Leye lo había podido atestiguar a través de los ojos de Nilu. Una batalla había tenido lugar a pocas leguas de la mismísima capital de Ixtul, Rava, donde el espadachín había combatido con fervor junto a los ejércitos locales, que surgieron desde las selvas cercanas, sorprendiendo a los enemigos, y donde Naya había sido herida y dejada inconsciente.
Aunque las fuerzas de Ixtul no tenían nada que hacer en campo abierto contra los jinetes invasores, habían aprovechado el terreno a su favor: primero habían atacado sus líneas de provisiones de forma sorpresiva, saliendo de la maleza como tigres, y luego sí enfrentaron a escasas leguas de las murallas de la capital de improvisto. Si bien pronto habían tenido que ocultarse en la selva para evitar el exterminio, las escaramuzas habían descartado cualquier tipo de asedio, una peque?a victoria.
Pero eso no cambiaba el hecho de que la selva posterior, que protegía a Leye del mundo, seguía infestada de escuadrones invasores, y seguían llegando más con cada día que pasaba.
Las aldeas son arrasadas, los cultivos de maíz quemados, y los defensores derrotados en cada batalla. Es cuestión de tiempo para que pronto tengamos más visitas no deseadas. Pensó Leye, dominando cada vez más el letargo.
El castillo que lo protegía, y los arqueros de piedra que miraban con celo en todas las direcciones día y noche a su alrededor, poco podrían hacer ante un enemigo que conocía bien las artes de la guerra como los aneitas. Sus héroes, que se hacían más poderosos con cada incursión en mazmorras de rango bajo, tampoco eran rival para unas hordas tan numerosas y niveladas. Su única salvación era el sigilo en el que las incontables leguas de árboles frondosos lo mantenían.
—No podemos ser encontrados, madre — le dijo, intentando controlar su mente. — Aunque la destrucción de las máquinas de asedio enemigas y sus suministros han mantenido a salvo la capital, ha habido un precio. Naya está herida, inconsciente. No estoy seguro de que consiga sobrevivir. Sin sus flechas, estamos perdidos. — la tristeza se profundizó en su interior con cada palabra. De haber tenido un rostro, estaba seguro de que las lágrimas habrían brotado.
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La diosa serpiente guardó silencio. Su rostro de reptil también mostraba desasosiego. A esas alturas ella tendría que haber visto el cuerpo de la hermosa arquera tendida en el templo.
—En la batalla a las afueras de Rava, una flecha le alcanzó en la clavícula. Desde entonces perdió la consciencia, y no ha despertado a pesar de los incontables intentos de Vidul por reanimarla. Ahora sólo mi maná la mantiene viva, pero se está agotando.
Por fortuna, Yowo seguía mandando ingentes cantidades de experiencia desde altamar, donde parecía estar teniendo éxito contra los piratas contratados por el imperio. Los pozos rebosaban del líquido mágico, que se evaporaba a medida que lo destinaba a los puntos de salud de la arquera. Pero mantenerla con vida tenía un precio: no podía seguir creando guerreros.
Aunque Leye deseó en sus entra?as que los papeles se intercambiaran, que fuera Yowo la inconsciente y Naya la sana, las cosas eran como eran. Además, debía agradecer a la aneita por su extraordinario trabajo en las Costas Occidentales.
Me pregunto si no será mejor entregar a Naya a las tinieblas, y empezar a crear nuevos héroes. De esto depende mi supervivencia, en caso de que los invasores me descubran, y tarde o temprano lo harán. Pensó. Al imaginar los fornidos guerreros enemigos saqueando la Ciudad en el Bosque, su cuerpo rocoso se estremeció.
Sólo héroes tan poderosos como para seguir saboteando la invasión imperial lo mantendrían a flote. Lo sabía. Héroes que se entrenaran en el amplio coliseo, postrado como un gigante de mármol frente al castillo.
Necesito más maná. se dijo. Tiene que haber alguna forma.
Su madre permaneció pensativa por un buen rato, moviendo su cuerpo con la tranquilidad de una anguila, pero con el rostro afligido.
Leye no podía quitar su atención de ella. Disfrutó tanto como pudo de su presencia, de su belleza. No sabía cuándo volvería a verla.
él sabía que de algún modo había leído sus pensamientos, y trataba de ingeniarse una forma de ayudarlo.
—Por desgracia, Zar Quar, el guerrero jaguar, todavía es demasiado débil para enviarlo a una muerte segura a la guerra— dijo al fin.— Aunque Nilu y Yowo siguen con incursiones provechosas, eso apenas alcanza para mantener a Naya con vida. Me temo que tendrás que conformarte con los pocos recursos que hay, y saber usarlos a tu favor.
Es cierto. Pensó. La naturaleza imponía límites. Incluso la vasta selva languidecía en algún punto, dando paso a valles, llanos y desiertos. Sólo podía darse por bien servido de contar con el maná suficiente para mantener a su heroína apartada de las tinieblas de la muerte.
Entonces transportó su conciencia hacia el guerrero jaguar. El antropomorfo se encontraba en ese momento en la selva profunda, a varias leguas del núcleo, atacando un grupo de monstruos de nivel moderado: una bandada de hormigas gigantes, que defendían su territorio con fiereza, junto a una tribu de lanceros goblins.
Aunque el aspecto de estos últimos no era intimidante en absoluto, teniendo en cuenta que su único traje consistía en un taparrabos rojo, eran taimados y violentos en el combate, como todos los seres de la selva. Luchaban en formaciones ordenadas, que podrían confundir a un novato. Pero Zar Quar también era hijo de la jungla, y no se dejaría amedrentar por insectos, por grandes que fueran, ni por duendes armados.
Mientras usaba su mazo para aniquilar a las hormigas con golpes en sus cabezas, se defendía de las lanzas goblin con su escudo torre de obsidiana.
Los pocos enemigos que conseguían llegar a combatir contra Zar Quar cuerpo a cuerpo, mientras se recuperaba del enfriamiento de sus habilidades, no podían hacer nada frente a su gruesa armadura y su yelmo, y solo quedaban expuestos a las caricias de su mazo descomunal.
Con cada monstruo que mataba, su experiencia aumentaba, pero no estaba ni de lejos preparado para la guerra inclemente allende la selva. En eso su madre tenía razón.
Es un defensor de primera línea, Simplemente no me puedo arriesgar a perderlo. Pensó. Los portales en Ixtul todavía son muy fuertes para un héroe de su nivel, sin mencionar los escuadrones aneitas.
Tendría que esperar un buen tiempo antes de aprovechar a la criatura. De pronto, se acordó de Nava’rel, su primera hija, mientras su conciencia volvía a la cámara de la cripta.
Para su regocijo, su madre seguía flotando entre las paredes blancas y manchadas con salitre, llenando el lugar de paz con sus elegantes movimientos.
Leye, sin embargo, siguió sumido en sus pensamientos.
Nava es poderosa, pero indomable. Sus habilidades e inteligencia sin duda superan a las de Zar Quar, pero ?hasta qué punto puedo valerme de ella? Suspiró. De algún modo le recordaba a Yowo.
La arpía llevaba varios días fuera de su campo de influencia, perdida en los vastos territorios de la selva inexplorada, en el Este. Tan alejada estaba, que lo que veía con sus ojos no llegaba a su mapa de la interfaz, y sólo obtendría la información recogida por su hija en cuanto ella regresara a los alrededores de la mazmorra núcleo.
Aunque Leye sabía de algún modo que la mujer ave estaba a salvo, tendría que esperar a su regreso. El letargo del reinicio lo llevó a la conclusión de que en ella radicaba la clave de su supervivencia.
—Tendré que esperar a que mis hijos sean productivos, madre, antes de crear más. Si consigo que Naya permanezca con vida, y me queda algo de maná, tendré que destinarlo a mejorar sus habilidades y equipo.
—Te refieres al maná que te proporciona Yowo.— dijo la diosa, volviendo a su forma humana. Su figura era la de una mujer perfecta, envuelta en un traje verde de escamas.
Entonces Leye recordó lo mucho que dependía de Yowo. No podía confiar en la aneita, por productiva que fuera.
—A mí tampoco me gusta en absoluto esa chica. — dijo la diosa serpiente. — Pero tendremos que usarla a nuestro favor, al menos por un buen tiempo, mientras consigues defenderte por tus propios medios. Es una alianza con espinas, pero una alianza al fin y al cabo. No durará para siempre.
Entonces el corazón de Leye tuvo algo de tranquilidad. Las palabras de su madre eran ciertas. A falta de recursos, tenía que ser recursivo hasta el hartazgo. Debía ser tan listo como cualquier cortesano en ciernes.
—Tu destino pende de un hilo, pero confío en que te valdrás de la astucia que te he transmitido para sobrevivir con lo que tienes a mano.
He visto el futuro, madre. pensó. Sí que sobreviviré. Pero, ?valdrá la pena?

