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El canto del Señor de la Maleza.

  Las aguas del río Tlexel se te?ían de un rojo apagado con la llegada del atardecer, como si reflejaran viejas batallas libradas río arriba. La luz, filtrada entre la neblina matinal, acariciaba la superficie con destellos tímidos. El caudal era tan ancho que Kulad apenas alcanzaba a distinguir la otra orilla: un muro interminable de manglares, cuyas raíces nudosas se retorcían en silencio bajo la brisa tibia.

  Pero su atención no estaba en los árboles. El agua siempre llamaba. El agua era su hogar, su refugio y su condena. Allí, en lo profundo de la Selva Profunda, lo rodeaba un mundo extra?o, ajeno, hostil. Su pecho se apretaba con una nostalgia húmeda: el recuerdo del olor salobre, de la vibración constante del oleaje, de las corrientes marinas que lo habían arrullado toda su vida.

  Cómo quisiera arrojarse al río, deslizarse bajo la superficie y dejarse arrastrar hacia el mar abierto, hacia el azul profundo que recordaba de su infancia. Tal vez, si la suerte lo acompa?aba, podría volver a ver Ciudad Coralina, con sus torres de coral y sus plazas sumergidas. Pero no. Antes de llegar al océano, las criaturas del Tlexel lo despedazarían sin piedad.

  Las leyendas de los lugare?os eran tan densas como la niebla matinal. Hablaban de serpientes colosales, capaces de enrollarse en torno a un barco y hundirlo como si fuera una rama hueca; de pira?as gigantes que nadaban en cardúmenes tan compactos que parecían masas vivas y chisporroteantes; de krakens de agua dulce cuyas ventosas podían arrancar un brazo de cuajo; e incluso de dragones marinos, guardianes invisibles de corrientes olvidadas. Y eso sin contar a las bandas de renegados que se ocultaban entre raíces y juncos, listos para asaltar canoas y degollar a los desprevenidos.

  Kulad conocía el sabor de la captura. Antes de caer en manos del ejército aneita, había sido cazado por piratas del litoral y vendido como esclavo, un destino común para los suyos en tiempos de guerra.

  —Un nuevo día en este infierno verde. Me pregunto cuántos hombres perderemos hoy. —La voz del general Hunn irrumpió como un trueno que sacudía el aire.

  El silencio cayó sobre todos. Los guardias, altos y robustos, permanecieron rígidos; las dos mujeres sentadas junto a él, hermosas y serenas como esculturas, bajaron la vista con cuidado. Kulad, encadenado de manos, mantuvo los ojos clavados en el suelo terroso. Nadie hablaba después del general, a menos que él lo ordenara.

  Hunn, con su armadura manchada de barro y su barba trenzada, se levantó lentamente del trono improvisado de palma. Caminó hasta ponerse frente al tritón, y su sombra lo envolvió como una ola oscura.

  —Hemos ganado cada batalla —dijo con un tono que olía a rabia contenida—, pero estamos perdiendo la guerra. Aunque mis hombres saquean sin descanso, la selva nos desgasta.

  Su mano, grande y curtida, se posó en la cintura de una de las mujeres. Piel trigue?a, ojos semirasgados, pómulos altos. Tellinah. Sus movimientos tenían la suavidad y precisión de una depredadora.

  —Tellinah no sólo es un volcán viviente —prosiguió el general—, también es lista y sincera.

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  —Mi se?or me halaga —respondió ella con una sonrisa lenta, mientras se acomodaba un mechón tras la oreja.

  —Dime, cari?o… ?estamos perdidos?

  —Los días de los escuadrones eyen en Ixtul están contados —dijo con voz suave, pero con filo—. La fiebre, las guerrillas… y cuanto más nos internamos en la selva, peor.

  Me preguntó si el general estaba embrujado por algo más que su voz y su belleza.

  El hombretón se alejó unos pasos, caminando hacia la orilla. Los últimos rayos violáceos del atardecer se reflejaban en su armadura como heridas sin cicatrizar.

  —Las ciudades ixtalitas ya no tienen recursos. La ayuda del mar dejó de llegar hace semanas. Era internarse o morir de hambre.

  Kulad contuvo una sonrisa amarga. Verlo hundirse lentamente era un consuelo peque?o pero intenso. Los lugare?os, due?os del terreno, acabarían desmembrando a su ejército escuadrón por escuadrón con sus tácticas de guerrillas, mezclándose con la selva como auténticos camaleones.

  El general volvió a mirarlo.

  —Me han dicho que eres listo. Has salvado a muchos guerreros con tu magia de agua. ?Qué harías si te ofreciera tu libertad a cambio de seguir sanando a mis hombres?

  Sin esperar respuesta, tomó un cuchillo de hoja larga y cortó las cuerdas de sus manos.

  —No serás esclavo ni prisionero. Tendrás maná, buena comida… pero trabajarás más.

  Kulad escondió el alivio. Aquella libertad sabía a barro y hierro, pero era mejor que las cadenas. Seguía lejos del mar, atrapado en una guerra que no era suya, avanzando por caminos enlodados, rodeado de tribus hostiles que los acosaban cada noche, obligando a las columnas aneitas a moverse bajo las lluvias y las fieras. Pero era algo.

  Lo llevaron a una de las chozas más grandes del poblado, casi una maloca. El aire en su interior era espeso con humo de incienso, sudor y hierbas amargas. Soldados ardían en fiebre sobre tapetes de mimbre, atendidos por chamanas que recitaban oraciones en su lengua.

  Kulad se inclinó junto a un guerrero que deliraba, listo para canalizar el agua curativa, cuando un rugido profundo se filtró desde la selva. La anciana matrona, curtida por el sol y el tiempo, se estremeció. Las demás chamanas interrumpieron su labor e hicieron un gesto rápido con las manos, como espantando espíritus invisibles.

  —Ha cantado el Se?or de la Maleza —dijo la matrona con voz grave—. Mucho antes del amanecer. La muerte está cerca.

  La muerte llegó antes de que el sol asomara.

  Un griterío salvaje estalló en la oscuridad. De entre la espesura emergieron guerrilleros pintados, con lanzas y arcos, los ojos encendidos como carbones. Flechas silbaron, lanzas golpearon madera y carne.

  Los defensores reaccionaron con rapidez, pero el caos ya había estallado. Hunn se abalanzó sobre la vanguardia enemiga, blandiendo su hacha con furia descomunal, cortando vidas como quien siega hierba. Sin embargo, su vigor no pudo impedir que una flecha perdida atravesara el cuello de una de sus amazonas. El rugido del general, mezcla de dolor y furia, estremeció el aire.

  —?Tras ellos!

  Y como siempre, tras su orden, la tropa se lanzó a la caza, tras la pista de los atacantes, que se internaron en la maleza, perdiéndose en la oscuridad de la Selva Profunda.

  Kulad suspiró. Cada paso de Hunn lo empujaba más hacia su ruina. La selva no perdonaba. La muerte vendría para ellos… y, tarde o temprano, para él también. Pero quizás, pensó el tritón, sería una forma distinta de libertad.

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