Esto es bellísimo, pensó Nava mientras observaba las manzanas azuladas de maná colgando en los árboles. Parecían peque?as almas flotantes en medio de la oscura vegetación.
Había tomado tantas como había podido mientras se recuperaba de la caza del jabalí, hasta que llegó al poblado de casas de barro y techos de palmera. Por fortuna, para ese punto, su barra de maná estaba casi al máximo, así como su energía, gracias al festín que se había dado con la bestia. Casi había alcanzado el nivel doce cuando llegó a los límites de aquella villa extra?a. Tan pronto como pudo ver con su vista prodigiosa al primer escuadrón de guerreros en la distancia, activó su nueva habilidad, sigilo, y se fundió con la selva profunda.
Me encanta este truco, pensó mientras se movía sin hacer el menor ruido cerca del grupo, compuesto por unos cinco soldados: tres arqueros y dos lanceros con escudos torre. Sabía que no dudarían en llenarla de flechas si la descubrían —flechas infestadas de veneno, con toda probabilidad—.
Además, por alguna extra?a razón, podía ver los niveles de los extra?os sobre sus cabezas. El menor era nivel quince, mientras el mayor, uno de los lanceros escudados, casi rozaba el treinta.
La arpía supo que no tenía la menor chance, por lo que pasó lejos de ellos, moviéndose con el sigilo de una pantera.
Su habilidad para avanzar por las copas y las ramas de los árboles le permitió seguir adentrándose en la selva hacia el oeste. Sabía que no debía hacerlo, que cada paso que avanzaba la ponía en terreno peligroso, pero no se podía detener. La curiosidad era abrumadora, ahora que había visto seres vivos y que podía escurrirse entre ellos. Se asomó en la copa de una ceiba, observando en todas las direcciones. Todo era un mar verde en medio del atardecer, cuyas hojas superpuestas se iban tornando poco a poco hacia el dorado. Tanta naturaleza la abrumó. Se sentía en medio de la nada, tan lejos de su hogar y de su padre, Leye.
Pronto divisó más escuadrones similares al primero, que se movían con celo por los lindes del ancho poblado, escrutando cada sonido extra?o, cada peligro potencial. Los rebasó a todos, consciente de que una lucha sería su perdición, hasta que llegó a los límites occidentales del caserío.
Era un lugar donde las chozas de barro se mezclaban con la intensa vegetación, con antorchas a sus alrededores y aldeanos y guerreros moviéndose entre las estructuras como hormigas trabajadoras, cada uno dedicado a una labor pertinente: recoger frutos de los árboles —en especial las manzanas de maná que brotaban como insectos—, dedicarse a huertos de maíz y plátano, fabricar utensilios como redes de pesca y cestas y, como no, armas como las que había visto entre los guerreros: lanzas y arcos en su mayoría.
Otros habitantes se movían en medio del poblado ligeros de ropa, lo que dejaba al aire buena parte de sus cuerpos morenos y fornidos, tanto en los hombres como en las mujeres, estas últimas de una belleza indescriptible. Los ni?os, indiferentes a las miradas y los gritos de los adultos, corrían entre todos los demás, riéndose y jugando.
Nava los observaba desde lo alto de un olmo con curiosidad, silenciosa como una lechuza, su cabello rojo fundido con la vegetación gracias al sigilo.
El conocimiento ancestral de su abuela, la diosa Tlaloc, le indicaba que esas tribus eran celosas en extremo. Vivir en un lugar tan remoto garantizaba su supervivencia, y por ello eran hostiles con todo lo relativo al mundo exterior.
A pesar de ello, sintió el impulso de acercarse más, de seguir observando a aquellos seres pardos.
En el centro mismo del poblado, una gran maloca se alzaba sobre una ligera elevación, como un edificio patriarca rodeado de chozas cortesanas. Dos fornidos lanceros con escudos torre tan altos como ellos flanqueaban sus anchas puertas, y vio a varios ancianos de túnicas brillantes salir y entrar una y otra vez.
Supo que eran sacerdotes por sus rostros arrugados y las acólitas jóvenes que los seguían.
Nava’rel debía mantenerse a una distancia prudente de aquel lugar. Si había alguien capaz de detectarla en su estado de sigilo, sin duda eran aquellos magos, que conocerían varios hechizos reveladores.
Pero la curiosidad era mayor que la precaución para una arpía joven. Con su semi invisibilidad, comenzó a acercarse a la maloca, maravillada. A pesar de la sencillez de las chozas y el modo de vida de sus gentes, que contrastaba con los edificios de mármol en su propia mazmorra núcleo, la aldea la atraía de algún modo.
Mientras caminaba entre los edificios, se dio cuenta de que comprendía su idioma.
No son enemigos. Son aliados, supo entonces. Son hijos de la selva, como yo. Seguro mi abuela pertenece a su panteón de deidades.
A pesar de eso, sabía que el acercamiento a aquellos seres de la jungla profunda era casi imposible. Eran demasiado territoriales.
Pensó en huir, regresar junto a su padre y hacerse más fuerte antes de volver. Con unos cuantos niveles más, un par de habilidades nuevas, podría mostrarse y conocer a aquellos extra?os cara a cara. Así tendría alguna oportunidad de que la escucharan.
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Podía ver sus niveles desde las sombras. La mayoría de los aldeanos eran bajos, menos de diez, pero casi todos los guerreros que se movían por el poblado superaban el nivel veinte, y el menor de los sacerdotes estaba muy por encima del treinta.
Pero si regresaba a su hogar, era probable que no volviera jamás. Sabía que necesitaría mucha energía y maná para una nueva travesía hasta aquel lugar, y tal vez no tuviera tanta suerte como ahora. Debía recoger tanta información y detalles como la oportunidad se lo permitiera.
Se acercó a la gran maloca, hipnotizada. Los aldeanos seguían ignorantes de su presencia, moviéndose de aquí para allá como hormigas. Se preguntó si aquel sería el único poblado. Seguramente habría más en la selva profunda, hacia el este, cada vez más lejos de la realidad, de los valles de Ixtul, sometidos al azote de la guerra.
Se trepó a la rama de un árbol alto y reflexionó. Todavía estaba a tiempo de dar marcha atrás, de volver a la comodidad de su núcleo. El jabalí la había dejado rebosante de energía, y sin duda hallaría más presas en su camino de vuelta a casa. No era prudente seguir avanzando hacia el oeste, dejando un lugar como aquel a sus espaldas. Si por alguna razón ya la habían visto, no tardarían en dar la alarma, y al final le darían caza. El miedo y la duda la paralizaron.
Siguió acercándose al edificio principal entre las copas de los árboles. Las hermosas acólitas, ligeras de prendas, entraban y salían junto a aquellos ancianos de hábitos coloridos. Tenía que haber algún tipo de evento en el interior.
Una peque?a ni?a morena que jugaba junto al barro se quedó mirando en su dirección, y su corazón se detuvo por un segundo al pensar que había sido detectada, y que los demás aldeanos solo estaban fingiendo que no la veían. Pero la ni?a siguió con su juego casi al instante.
Tras recuperarse del sobresalto, siguió avanzando hacia la gran maloca, tomando algunos manzanos azulados de maná en el camino para recuperar el que perdía con la habilidad de sigilo. Y, tras un descuido de los guardias, se adentró por la ancha entrada, preguntándose si volvería a salir de allí.
Su corazón se regocijó al ver la estatua de su abuela, Tlaloc, entre los demás dioses. Alrededor de los altares, los sacerdotes hablaban entre sí, mientras las hermosas damas morenas de vientres planos les llevaban bebidas. Si alguno detectó a Nava, no dio muestras de ello.
Confiada, la arpía se acercó a una de las mesas, donde un anciano con un sombrero de plumas —que denotaba su rango— hablaba de forma lenta y pausada entre los demás. Su nivel casi rozaba los cincuenta puntos, mucho más que cualquiera de los que lo acompa?aban en la mesa o caminaban por el templo con sus labores cotidianas. Bastaría con uno de sus hechizos menores para inmovilizarla o convertirla en pollo asado. Solo entonces supo de la locura que acababa de cometer al adentrarse en un edificio como aquel, donde sus habilidades de vuelo ligero no le servirían de nada para escapar.
—Hijos míos, los tiempos cambian. A mí menos que a nadie le gusta la idea de que nuestra gente se vea invadida por intrusos, o peor aún, de tener que salir allá afuera. Pero los informes de los exploradores son claros. Nuestra selva, que sigue siendo una muralla natural, está cada vez más rodeada de pueblos y tribus de los valles. Tarde o temprano sabrán de nuestra existencia, y aunque exterminemos a tantos exploradores como podamos, al final llegarán a nosotros. Ya está escrito en las profecías.
Los demás sacerdotes permanecieron en silencio ante las palabras de quien, sin duda, era el líder.
Nava vio con temor cómo su barra de maná se drenaba a la velocidad del viento mientras seguía en su estado de sigilo, pero no podía parar. No ahora que estaba en el mismísimo corazón de aquella aldea.
Entre los sacerdotes, un guerrero fornido y de tez morena como todos los habitantes de aquel lugar fue el primero en hablar. Su rostro atractivo y su poderosa voz la hicieron estremecer.
—Mi se?or, no pienso cuestionar su infinita sabiduría, heredada de la diosa Serpiente, pero podemos defendernos. Nuestros poderosos guerreros pueden ser débiles en los valles, pero en la selva son invencibles. Tendrán que pasar muchas décadas, incluso siglos, antes de que un ejército pueda llegar aquí, hasta Nadhy.
El anciano suspiró antes de responder.
—Lo que dices es cierto, Tesca. Pero cuando la diosa quiere algo, no hay nada que los simples mortales podamos hacer. A lo largo del mundo están surgiendo seres cuyos poderes equiparan al de un semidiós, como si fueran necesarios. Muchos pueden aumentar sus niveles de habilidad de forma desproporcionada, según los informes de los espías. Los intrusos llegarán tarde o temprano a la aldea sagrada, y presiento que lo mejor será negociar antes que pelear. Si optamos por el lado bélico, podemos condenar a nuestro pueblo a la desaparición. Somos fuertes, sí. Pero el mundo es grande. No sabemos qué nos espera allá afuera.
El guerrero y los demás arcontes permanecieron en silencio, sus rostros apesadumbrados. Para ellos, la intrusión de otros seres en su mundo era una auténtica tragedia, supo Nava, que los espiaba desde una de las estatuas de su abuela, como si esta la pudiera defender en caso de ser descubierta. No movió ni un músculo.
—Además —continuó el patriarca—, mis sue?os no solo son visitados por profecías y visiones fugaces del futuro. Los demonios, siempre intrusos, también vienen. Todas son se?ales de nuestra Madre, que todo lo ve y todo lo sabe. Aunque no podemos dormirnos, y debemos reforzar las defensas en las fronteras, no podemos tapar los rayos del poderoso Sol con nuestros dedos mortales. Debemos prepararnos para la apertura. —Volvió a dirigir su arrugado rostro al guerrero—. Ve ahora mismo, Tesca, hijo mío, a las fronteras, y habla con todos los jefes. Que se redoblen las patrullas, y que los exploradores sean enviados a los límites. Nos prepararemos para una Gran Guerra.
—Así haré, Mo Gha.
El guerrero salió por la puerta principal de la Gran Maloca con paso presuroso, como si su vida dependiera de ello. Viendo su barra de maná muy por debajo de la mitad, Nava decidió seguirlo, atraída en parte por su espalda ancha y su actitud decidida.
Lo siguió por las calles sin pavimentar del poblado, de cuya cintura colgaba una espada de obsidiana.
Estaba a punto de seguirlo hacia la selva, cuando una idea llegó a su cabeza. Era la mejor manera de entablar comunicación con aquellos seres. Comenzó a recoger con premura las manzanas de maná que brotaban en los árboles de alrededor. Iba a necesitar muchas antes de presentarse ante el gran patriarca como su salvadora.

