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Un día que casi fue distinto.

  3 A.M.

  En un pasillo solitario, el aire acondicionado expulsaba vapor blanco.

  Maribel miraba, perdida, el techo del hospital.

  El día había sido ajetreado... como nunca, de hecho... casi como si Dios mismo estuviera jugándole una broma extremadamente mala.

  Se encogió de hombros con un ligero espasmo.

  Colocó un dedo sobre su mu?eca, mirando con dudas el tensiómetro en una mesa cercana.

  Apretando las manos, soplando aliento tibio, pero sin obtener calor.

  —?Por qué diablos tengo tanto frío? —murmuró.

  El día había sido una sucesión de decisiones que no había elegido del todo. Sus labios temblaban, en parte por el frío, en parte por impotencia.

  —Ojalá tuviera a alguien con quien quejarme ahora mismo —susurró, tiritando.

  Había aceptado el turno. Había aceptado la responsabilidad. Había aceptado quedarse.

  Y aun así, no podía dejar de pensar:

  ?Realmente, REALMENTE, de veras... lo juro... ?Quisiera poder irme ya!?

  En sus manos, una carpeta con expedientes. La punta de los dedos entumecida. Aunque frotara sus brazos, el aire aún enfriaba la piel.

  La noche parecía solitaria, aunque no lo era. Las personas estaban en sus habitaciones, pero no estaban. La paciente detrás de la puerta estaba viva, pero no mejoraba.

  Sin más personal disponible. Sin alternativa.

  ?Otra vez yo?.

  Soltando un último suspiro, el vapor desaparecía.

  Ella miró aquello.

  —Podrías irte —se dijo—. Nadie te lo impediría.

  Pero no lo hizo.

  Miró la extensión de puertas cerradas. Todas inmóviles. Los pomos fríos. Su dedo rosando el pomo frío de la puerta detrás de ella.

  La imagen del metal se superpuso con la de un hombre. Sus ojos perdidos, sin vida; el cuerpo inmóvil... y frío.

  Tomando un respiro más profundo, soltó el aire lentamente.

  En sus oídos un cosquilleo: voz joven, respiración superficial.

  Estaba detrás de la puerta.

  Cerró los ojos y entró.

  Al volver, su tez no mostraba mejoría alguna, solo más preocupación. Suspiró, agitando la cabeza lentamente, controlando sus emociones.

  Un vano intento.

  Sus pies avanzaban sin impedimento; el sonido de las pisadas se perdía en una fricción acolchonada.

  En la sala de descanso, antes de girar en el pasillo, su celular vibró.

  Miraba sin emoción, sabiendo lo que era antes de leerlo.

  [Mensaje de Mamá: ?Vas a venir hoy? Dijiste que sí. Ya son casi las veinte horas aquí.]

  Maribel apoyó la frente contra la pared.

  —Hoy era el día.

  Volteó la mirada hacia la ventana. La noche le trajo recuerdos pasados... la noche... ropa lista desde la noche anterior.

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  La esperan. Y ella… ella está aquí.

  Miró el mensaje largo tiempo. Luego respondió:

  [Lo siento. Hoy no puedo. Me necesitan aquí.]

  Tres segundos después llegó la respuesta:

  [Claro. Está bien.]

  Apretó los dientes en secreto. El aire entrando con dificultad en sus pulmones.

  [No está bien...]

  Y ambas lo sabían.

  Maribel guardó el teléfono.

  Reclinada sobre el frío suelo, apoyada en la pared. Rodillas contraídas hacia su pecho. La cabeza oculta entre sus brazos.

  Casi sin querer comenzó a rememorar lo sucedido.

  La calidez de la ma?ana. Ese sentimiento ligero en el pecho.

  Parecía ahora un recuerdo de otra vida.

  Sus hombros guardaban un movimiento rítmico, con un aliento pesado.

  La habían llamado desde temprano, en su día libre; cuando el sol aún brillaba claro y colmaba el mundo.

  Tal vez fue esa alegría, tal vez fue la costumbre. No había sabido decir que no.

  Negó ligeramente con la cabeza gacha.

  ?Ahora sé por qué: negarme me causa más culpa que quedarme.?

  Se sobó los ojos, reflexionando en qué se había metido.

  ?La paciente de la A6 quizá no sobreviva…? una risa asimétrica apareció sin permiso. ?No… es casi seguro que ya está muerta mientras pienso esto.?

  Acomodó la cabeza hacia atrás contra la pared. Los segundos pasaron en silencio, con una sensación de pesadez y miedo.

  Su mente la llevó por trenes bulliciosos y ríos acaudalados.

  Y entonces el recuerdo terminó de arrastrarla hacia la tarde.

  12:30 p. m.

  Ya se dirigía a la salida tras el tratamiento inicial cuando un amigo de la universidad la encontró y la invitó a un restaurante.

  El lugar era amplio, construido sobre la monta?a, con una vista abierta al valle. El aire corría libre y el calor se volvía más llevadero allí arriba. Las paredes de la cocina eran de ladrillos anaranjados; la azotea con vistas al bosque era de madera negra y lustrosa, con la entrada adornada solo por cortinas rojas que colgaban en forma circular. Era un lugar sencillo pero bonito, realzado por el contraste del bosque debajo.

  Maribel se sentó sin entusiasmo.

  —Se supone que la comida ya debería estar lista cuando llega la gente —murmuró, mirando alrededor.

  —Depende del lugar —respondió él—. Algunos empiezan a cocinar cuando pides. Espero que no tarden... porque luego tengo que irme.

  —?A dónde? —preguntó ella, sin demasiado interés—. Con este calor, salir otra vez debería ser ilegal.

  él sonrió.

  —Tengo una cita.

  Maribel lo miró un momento. Negando con la cabeza.

  —Siempre supe que terminarías así.

  —Estás de mal humor —dijo él, observándola con atención.

  Ella no respondió de inmediato.

  —No es por ti —dijo al final—. Estoy estresada.

  —?Por qué? —preguntó.

  Maribel miró con ojos acusatorios. Lentamente, su visión cayó en los árboles.

  Una brisa pasaba trayendo frescura.

  Suspirando, ella regresó la mirada.

  —?Sabes la condición de la paciente en la A6?

  él negó.

  —Infección severa. SIRS. Está en hemodiálisis —dijo sin rodeos—. Podría estar muerta ahora mismo; si la toxemia o la sepsis no la mataron, es por un milagro.

  Su amigo dejó de sonreír.

  —?No sabías su condición antes de aceptar?

  —Solo sabía de la negativa de Miriam a presentarse. Me presionaron desde arriba.

  La comprensión se asentaba.

  —Si lo hubieras sabido, no habrías aceptado —concluyó él.

  —No.

  Bajó la mirada. Unos segundos pasaron; luego dejaron salir un suspiro casi al mismo tiempo.

  —Si quieres, puedo contactar con Alonzo. Sabes que hay gente que te apoyará.

  Ella negó lentamente.

  —No quiero causar problemas.

  Estirando la mano, él tocó solo sus dedos.

  —Deberías causarlos. Desde la universidad, siempre usaste excusas para no enfrentar las injusticias.

  Pensándolo un momento, ella asintió.

  El viento flotaba en calma. Las nubes se desperezaban en el cielo y, con el tiempo, cruzaron de un extremo a otro. El mundo se movía lento, constante y definitivo.

  Pero la comida no llegó.

  él miró su reloj, incómodo.

  —Tengo que irme —dijo finalmente—. Lo siento.

  Maribel asintió.

  Lo vio levantarse. La silla quedó vacía. El murmullo del restaurante se volvió ajeno, distante.

  Presionando la mesa, con las manos ligeramente tensas, se puso de pie. Dirigió su mirada al mozo.

  él la vio. Ella esperó con los ojos un momento, respirando con calma.

  Al llegar el mozo, la respuesta le quitó un latido del corazón.

  —Le pido disculpas, el pedido de esta mesa nunca llegó. Si desea, puedo volver a tomar su pedido.

  No discutió, solo regresó al hospital.

  Ya se dirigía a pedir alimento.

  Se presentó frente a una mujer, pero no hubo entrega, pues no era su día laboral. Sus ojos se abrieron con fuerza.

  Unos cubiertos sonaron de fondo, chocando contra el piso. Escuchó el murmullo de las conversaciones rutinarias. La mujer pasó por su costado, aún siguiendo su camino.

  Volteó con completa incredulidad, mirando su foto colgada en el mapa del personal médico, mientras aquella mujer pasaba por alto aquella pared.

  Tomó sus cosas. Sus pasos la guiaron como con vida propia. Ya se dirigía a la salida cuando vio a un joven, tal vez estudiante. Recordando esos días, le echó una mirada de lejos: el muchacho estaba tenso; solo la respiración lo mantenía firme mientras miraba al paciente en la cama.

  Ella tomó perspectiva, leyendo el carné que colgaba en el uniforme. Exploró la situación. Entonces entendió: bastaba comparar apellidos con los del paciente en la cama y dar un vistazo al monitor.

  No hubo palabras. Tendió un suave abrazo lateral.

  Una amargura comenzaba a subir por su garganta, haciéndose más fuerte a cada segundo.

  Entonces le llegó un sobresalto.

  Maribel salía de su ensue?o cuando sintió el mundo moverse en un ángulo imposible; instintivamente levantó la cabeza.

  Giró la mirada despacio, hasta dar con la misma ventana... la misma noche.

  —Uff... —se frotó los ojos y bostezó—. Camina, Maribel… no te duermas —se ordenó, sin saber si era disciplina o castigo.

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