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Capítulo 33: Verdades, Traumas y Sombras de Guerra

  I. El Estallido de la Furia y el Eco del Trauma

  El aire en los aposentos reales se sentía pesado, como si las paredes de Jericó estuvieran a punto de cerrarse sobre ellos. La luz de las antorchas proyectaba sombras alargadas que bailaban en el rostro de Lizarel, quien retrocedía un paso, incapaz de procesar las palabras que acababa de escuchar.

  — ?Cómo? No es posible que suceda eso... no lo creo, ?estás mintiendo! —exclamó Lizarel, con la voz entrecortada por la incredulidad.

  Hadram, que hasta ese momento se había mantenido como una estatua de piedra, dio un paso hacia ella. Sus ojos, oscuros y penetrantes, no parpadeaban.

  — ?En serio crees que estoy jugando? —dijo Hadram, con una seriedad que helaba la sangre.

  Lizarel soltó una risa amarga, una mezcla de nervios y despecho. — Claro que sí. Aún casados andas con otras... no te digo nada porque no me importa, no... —decía ella, tratando de desviar el golpe emocional con indiferencia.

  Pero no pudo terminar. Hadram, impulsado por una mezcla de rabia y desesperación, agarró los brazos de Lizarel con una fuerza brusca. Su mirada era fría, casi inhumana, pero su voz temblaba de alteración.

  — ?ESCúCHAME! NO DIGO MENTIRA, ?ACASO NO ME CREES? ?QUIERES QUE TE DIGA POR LAS MALAS, ?EH? ES LA VERDAD, ?ELLOS TE QUERíAN MATAR, POR ESO LO HICE! —le gritó Hadram, sacudiéndola apenas un poco, completamente fuera de sí.

  Al ver a su marido tan alterado, Lizarel se quedó congelada. No pudo reaccionar. El contacto de las manos de Hadram apretando sus brazos disparó un resorte en su memoria. De repente, ya no estaba en el palacio de Jericó; se sentía de nuevo en una jaula, reviviendo algo oscuro de su infancia. El miedo real, ese que paraliza los huesos, se apoderó de ella al tenerlo así de cerca.

  Hadram, notando el terror en los ojos de ella, pareció recuperar la cordura de golpe. Aflojó el agarre, pero sus manos seguían ahí, temblando.

  — Amor, amor... lo hice por ti. No me gustaría perderte, así que calma, ?sí? —decía tratando de suavizar la voz—. Además, yo... yo... Lizarel, ?estás bien? Dime.

  él la miró con fijeza, esperando una respuesta, una se?al de que no la había roto por dentro. Pero Lizarel no decía nada. Solo sentía el calor residual de donde él la había sujetado con fuerza.

  — Discúlpame, sí... por favor, amor, sí... —suplicó Hadram, viendo el vacío en la mirada de su esposa.

  Sin embargo, Lizarel se mantuvo como una estatua de hielo. Sin decir una sola palabra, se soltó de él y caminó lentamente hacia la cama. La distancia entre ellos se sentía ahora como un abismo infranqueable.

  — Lizarel, amor... —llamó Hadram con un tono cargado de una tristeza profunda, casi patética para un rey.

  Ella lo ignoró por completo. Con movimientos mecánicos, comenzó a quitarse el peso de la realeza: el anillo, los brazaletes, la corona... cada pieza de metal golpeando la mesa con un eco seco. Hadram, sin saber qué más hacer, se acostó a su lado, buscando el sue?o como escape. Pero Lizarel permaneció despierta, mirando a la nada. El nudo en su garganta era insoportable; contenía el grito, pero no podía detener las lágrimas que rodaban silenciosas por sus mejillas, cargadas de una angustia que quemaba.

  II. Lágrimas en el Jardín: El Dolor de Jerusalén

  Mientras tanto, lejos del silencio sepulcral de la habitación real, el eco del llanto se escuchaba en el jardín...

  — Calma, hijo, calma —decía el Rey de Jerusalén, tratando de contener la tormenta emocional de su descendiente.

  — ?Papá! ?Cómo quieres que me calme? Si esto aún... aún amo a Lizarel y no sé qué hacer —exclamaba el joven, llorando con una desesperación que le desgarraba el pecho.

  El Rey de Jerusalén, viendo a su hijo tan vulnerable y alterado, lo estrechó entre sus brazos, mostrando ese lado de padre amoroso y preocupado que rara vez se veía en las cortes de los reyes.

  III. Un Despertar Gélido y el Desafío a la Corona

  Al día siguiente, el sol de Jericó salió con una fuerza abrasadora, pero el ambiente en los aposentos seguía gélido.

  — Buenos días, amor. ?Cómo has estado? Dime, Lizarel... ?dónde está? —preguntó Hadram al despertar, confundido al no verla a su lado.

  — Vaya, pensé que no te levantabas, soberano —respondió Lizarel desde el otro lado de la estancia, con un tono afilado como una daga.

  Hadram intentó recuperar su postura de poder, soltando una peque?a risa de orgullo. — Jajaja, lo sabes. Soy el Rey de Jericó y nadie podrá quitarme el trono.

  — Ah, sí... claro. Solo asesinarlos, ?verdad? Para que nadie te quite el trono. ?Por qué será, ?eh? Ja... para llegar al poder tendrías que hacer algo, ?no? Eso sería una idiotez —le espetó Lizarel, desafiándolo con la mirada.

  Hadram se quedó mudo. La mirada que le devolvió era seria, oscura, como si acabara de recibir una amenaza directa al corazón de su soberanía. La tensión se podía cortar con un hilo.

  — Kesi, Amreh, vámonos. Con su permiso, soberano —sentenció Lizarel con una frialdad absoluta.

  — Soberano... —repitieron Kesi y Amreh, inclinándose apresuradamente antes de seguir a su reina, dejando a Hadram solo con su risa amarga y el eco de su propio vacío.

  Lizarel caminaba por los pasillos del palacio, con los brazos cruzados para ocultar el rastro de los dedos de Hadram que aún quemaban en su piel. Kesi y Amreh la seguían a paso rápido, intercambiando miradas de preocupación.

  — Soberana... ?por qué hizo eso ante su esposo? —susurró Amreh, con la voz cargada de temor—. Desafiarlo así...

  Lizarel no se detuvo. Su mirada estaba fija en el frente, endurecida por el orgullo y el dolor. — él me desafió primero. ?Pueden creer que me agarró los brazos y me gritó? —dijo ella, con un nudo de indignación en la garganta.

  — Su esposo... ?le hizo eso y le gritó? Dígame... —preguntó Kesi, asombrada.

  — Sí, me gritó. Pero lo que supe es que dice que fue porque recibió una amenaza. Dime algo, Amreh... ?eso de verdad pasa? ?Es posible que alguien actúe así por amenazas? —preguntó Lizarel, buscando una lógica que calmara su angustia.

  Amreh suspiró, bajando la voz al mínimo mientras entraban a la parte más apartada del jardín. — Sí, soberana... eso pasa. Especialmente cuando la esposa aún no ha quedado embarazada. Hay mujeres que mueren por eso... Si el soberano Hadram mató a su padre, es porque lo hizo por usted.

  Lizarel se detuvo en seco. El aire se le escapó de los pulmones. Entonces, él tenía razón... lo que me dijo era verdad, pensó. Sus dedos rozaron por inercia el moretón oculto bajo su túnica.

  De pronto, una voz rompió el silencio del jardín. — ?Es el príncipe Melkart! —exclamó Kesi.

  Lizarel divisó la figura del príncipe a lo lejos. Su presencia era lo último que necesitaba en ese momento de confusión. — Sí, ya vi. Vámonos —ordenó con seriedad, tratando de cambiar de rumbo.

  — ?SOBERANA! —gritó Melkart, comenzando a correr tras ella.

  Lizarel apresuró el paso, ignorando los llamados, pero Melkart no se rendía. Sus gritos llegaron hasta los oídos de Hadram, quien acababa de salir de sus aposentos con el humor por los suelos.

  — ?Quién está gritando? —preguntó Hadram, con una voz que prometía tormenta.

  — ?SOBERANA, ESPERA! —insistió Melkart, corriendo desesperado.

  Hadram salió al pasillo exterior y vio la escena: el príncipe gritando por su esposa como si tuviera algún derecho sobre ella. La sangre le hirvió.

  — Oye... ?a quién buscas? Dime —dijo Hadram, apareciendo como una sombra letal frente a Melkart.

  Melkart se frenó de golpe, pálido. — A.... a nadie. Es que... —intentó mentir.

  — Ah, ?así? Ven aquí —dijo Hadram con un tono gélido. Lo tomó del hombro con una fuerza que hizo que Melkart se tambaleara—. ?A quién buscabas gritando, ?eh? ?Respóndeme!

  — A nadie, yo... —balbuceó el príncipe.

  — A Mí NADIE ME MIENTE, ni siquiera tú, principito. Escúchame bien: aléjate de mi esposa o yo mismo te mataré —amenazó Hadram, con la voz vibrando de odio.

  Melkart, a pesar del miedo, soltó una risa sarcástica. — ?Así amas a Lizarel? ?Amenazando a quien esté cerca?

  — Sí. Lo hago por ella, ?porque la amo! —rugió Hadram.

  — Ja... en serio. Lo que haces no es amor, es amenaza. Ah, ya sé... es que eres inseguro de que te la quiten, ?no? —provocó Melkart.

  — ?Claro que no! ?Yo no soy inseguro de NADA!

  — ?En serio? Porque tu mirada me dice otra cosa... —sentenció Melkart.

  Hadram no aguantó más. El volcán estalló y, sin pensarlo un segundo, lanzó un golpe brutal contra el rostro de Melkart. El príncipe cayó al suelo, pero Hadram no mostró ni una gota de remordimiento. — A mí nadie me dice qué hacer, ni me mienten —escupió el rey sobre el cuerpo caído.

  IV. La Ley de Zakar-Baal: Una Herencia de Muerte

  Mientras tanto, en el jardín, Lizarel seguía procesando la historia de Amreh.

  — Entonces... ?el rey asesinó a su padre porque recibió amenazas de que, si yo no me hacía reina, moriría? —preguntó Lizarel, sintiendo un escalofrío.

  — Así es, soberana. Pero no sé cómo son capaces de hacer eso —respondió Kesi.

  — Amreh, dime sobre esta tradición... ?Por qué deben matar a las futuras reinas antes de gobernar? —preguntó Lizarel con una curiosidad te?ida de horror.

  Amreh miró hacia los lados, asegurándose de que nadie escuchara. — Porque... hace un tiempo, el bisabuelo de Hadram dio una regla estricta sobre las mujeres.

  — ?Con las mujeres? ?Por qué?

  — Pues... digamos que el bisabuelo de Hadram lo hizo porque su primera esposa lo traicionó. Ella prefirió estar con otro hombre. Esa noche, él mandó soldados a sus aposentos y los encontró juntos... Mataron a la esposa y al amante. Desde entonces, ordenó que, si una mujer no se convertía en reina en el plazo de 4 meses, debía ser asesinada. Es una ley de familia... algo que no me gusta decir, mi soberana.

  Lizarel sintió que el mundo le daba vueltas. — Entonces... ?empezó desde la tercera generación, en la época del Rey Zakar-Baal?

  — Así es, soberana.

  — Por los dioses... creo que no debí ser tan cruel —susurró Lizarel, sintiendo que el corazón se le partía. El peso de la verdad la golpeó tan fuerte que sintió que se desmayaba.

  — ?Soberana! —gritó Kesi, sosteniéndola.

  — ?Siéntese! ?Siervas, calma! —ordenó Amreh, tratando de estabilizarla.

  Lizarel sintió que el mundo perdía su color. El jardín, las voces de Amreh y Kesi, todo se volvió lejano, como si estuviera sumergida bajo el agua. No fue un estallido, fue un deslizamiento lento hacia la oscuridad de su memoria.

  El aire comenzó a espesarse, volviéndose insuficiente y Lizarel frotándose el cuello por falta de aire y de ansiedad.

  El vértigo de sus recuerdos.

  — Padre, no... solo estaba jugando con mi hermana. Nunca le haría da?o, papá —susurró la Lizarel del recuerdo, con una voz que sonaba a cristal roto.

  — ?CáLLATE! —el grito de Yusuf no fue un trueno, sino un golpe seco que resonó en el pecho de Lizarel, haciéndola palidecer en el presente.

  Sintió el roce fantasma de una bofetada. No fue el dolor físico lo que la hizo tambalear, sino la humillación de verse de nuevo en el suelo, peque?a y desprotegida.

  — Papá, papá, por favor, perdóname —imploró en su mente, mientras en el jardín sus labios se movían apenas sin emitir sonido.

  — Eres la hija no amada de mi vida —la voz de Yusuf le llegó como un viento helado, una sentencia que ella había cargado en su alma como una cadena—. No sé cómo pudiste nacer. Tal vez nunca debiste estar aquí... Ya sé cómo enmendar esto.

  Lizarel, arrodillada en su memoria, vio a su padre acercarse. Ya no había gritos, solo una calma aterradora.

  — Sé cómo te perdonaré —anunció él con una sonrisa gélida—. Muriendo.

  — ?Qué, padre? —preguntó ella, confundida, justo antes de que el mundo se cerrara.

  Las manos de Yusuf rodearon como un apretón. No fue un ataque violento, sino una presión lenta, casi ritual. Lizarel sintió que la luz del jardín se apagaba. Sus manos, en el presente, se llevaron por instinto las u?as hacia su propia garganta, buscando desesperadamente un espacio para respirar.

  — Muere, ahora —gru?ó la sombra de su padre.

  — Pa... —alcanzó a decir con un hilo de voz ahogada.

  — Soberano —la voz del comandante Kher intervino en la memoria, rompiendo el trance.

  Yusuf la soltó bruscamente. En el recuerdo, ella cayó al suelo tosiendo; en el presente, Lizarel se tambaleó, aferrándose al brazo de Amreh mientras el aire volvía a entrar en sus pulmones de forma errática, quemándole el pecho.

  — Agradece a los dioses que no te mate —fue lo último que escuchó antes de que la imagen de su padre se disolviera, dejando paso a los rostros preocupados de sus siervos.

  El terror había dejado una marca invisible. El aire seguía sintiéndose insuficiente, y cada inhalación era una batalla silenciosa contra esa ansiedad que la perseguía desde ni?a. El vértigo se retiraba, pero dejaba tras de sí una debilidad absoluta.

  — Soberana, ?está bien? —preguntó Amreh, sosteniéndola con delicadeza para que no cayera.

  — Llevame a mis aposentos... no me siento bien —rogó ella, con la mirada todavía perdida en las sombras de su infancia.

  — Claro soberana, vamos con cuidado —dijo Kesi, compartiendo una mirada de angustia con Amreh.

  — Vamos, vamos mi soberana, con cuidado —repetía Amreh, guiándola paso a paso, mientras Lizarel intentaba ocultar el temblor de sus manos.

  V. La Máscara de la Segunda Esposa

  El aire en el pasillo principal del palacio era sofocante. Las viudas del Rey Zekeriel caminaban lentamente, abanicándose con desgana mientras buscaban el alivio del exterior.

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  — Necesito refrescarme mucho, la verdad este calor hace que huela mal, odio eso —se quejaba la segunda esposa, ajustándose las pesadas telas de su túnica.

  — Sí, claro, yo también, odio estar sudando necesitamos refrescarnos y... —la tercera esposa dejó la frase en el aire al ver una figura que se acercaba.

  Desde el otro extremo del corredor, Lizarel avanzaba en un estado lamentable, escoltada por sus fieles siervos. Al verla de lejos, la segunda esposa cambió su expresión de fastidio por una de falsa alarma, acomodando su rostro en una mueca de teatro.

  — ?Por los dioses! ?Qué le pasó? —exclamó la segunda esposa, fingiendo una profunda preocupación mientras se acercaba un poco.

  Kesi, que sostenía a una Lizarel pálida y ausente, apenas la miró a los ojos. — La soberana no se siente bien, con su permiso —respondió con brevedad.

  Sin perder tiempo, los siervos se apresuraron. Amreh, el eunuco, tomó a Lizarel con firmeza en sus brazos para cargarla, viendo que ella ya no podía sostenerse por el vértigo. El peque?o grupo se alejó rápidamente por el pasillo, desapareciendo tras las pesadas puertas que llevaban a los aposentos reales.

  En cuanto la figura de Lizarel se perdió de vista y el eco de los pasos de Amreh se desvaneció, la máscara de la segunda esposa se rompió. Su rostro se endureció y soltó una risa amarga.

  — Se siente mal... pero espero que así sea. Por lo menos si muere, por lo menos hizo algo bien, Lizarel —soltó con una frialdad absoluta.

  — No debemos odiarla ni eso, hay que... —intentó decir la tercera esposa, tratando de buscar un poco de humanidad en la situación.

  — ?Ja! Mira quién lo dice —la cortó la segunda esposa, dándose la vuelta con un movimiento brusco de su falda—. Vámonos a refrescarnos antes de que esa perra me arruine mi día.

  Sin mirar atrás, la mujer siguió su camino hacia el jardín, dejando tras de sí el rastro de su envidia mientras Lizarel llegaba a su habitación para enfrentarse a su propio destino.

  De regreso en los aposentos, el lugar parecía un campo de batalla. Muebles volcados y la respiración agitada de dos hombres enfrentados.

  — Ahora sabes que nunca debes estar cerca de mi esposa —dijo Hadram, mirando a Melkart, que intentaba levantarse del suelo con la corona tirada a un lado.

  — ?Estás feliz? —jadeó Melkart, limpiándose la sangre—. ?Feliz de haberme golpeado para mostrar tu fuerza? ?Para demostrar que Lizarel es tuya?

  — Jajaja... sí. Lo hice. Yo soy peor que tú. Eres ridículo —se burló Hadram.

  — ?Ridículo por qué?

  — Por ser caballeroso, amoroso... eso eres. ?Un ridículo!

  Melkart lo miró con lástima. — ?Te burlas porque soy caballeroso? Qué pena me das, Hadram. Te burlas porque sé que tú desearías ser como yo, ?no es verdad?

  — Jajaja... prefiero ser frío que cálido. Algo que tú nunca sabrás —sentenció Hadram, con los ojos inyectados en odio.

  Pero el odio de Hadram se desvaneció al ver entrar a Amreh cargando a una Lizarel pálida y casi inconsciente.

  — ??CóMO OSAN ENTRAR ASí?! ?YO SOY EL REY DE JERICó! —gritó Hadram, pero se calló al ver el estado de su esposa—. Lizarel... mi amor, ?qué le pasó? Dime...

  — Se siente mal, mi soberano —respondió Amreh, nervioso.

  VI. El Rey de Hierro y su Lirio

  Dentro de los aposentos, el aire aún vibraba con la violencia del encuentro anterior. Melkart, herido y con el cuerpo doliéndole por el golpe de Hadram, intentaba levantarse del suelo con dificultad. Sus dedos rozaron su corona caída, pero antes de que pudiera emitir una sola palabra o encontrar un lugar mejor donde ocultarse, el estruendo de las puertas del palacio abriéndose de par en par lo obligó a agazaparse.

  — ??CóMO OSAN ENTRAR ASí?! ?YO SOY EL REY DE JERICó! —gritó Hadram con una autoridad que hizo temblar las paredes.

  Su voz de trueno se apagó de golpe cuando vio entrar a Amreh. El eunuco traía a Lizarel en brazos, cargándola como si fuera de cristal roto. Al darse cuenta de que su esposa estaba allí, en ese estado, la furia de Hadram se transformó instantáneamente en angustia.

  — Lizarel, mi amor... ?qué le pasó? ?Díganme! —exclamó Hadram, corriendo hacia ellos.

  — Se siente mal, mi soberano —respondió Amreh con la voz entrecortada por el esfuerzo y el miedo.

  — ?Qué? ?Lizarel! Mi amor, ?estás bien? —preguntó Hadram, su rostro ahora era un mapa de preocupación genuina.

  Amreh seguía sosteniendo a Lizarel, quien lucía pálida y distante, con la mirada perdida en algún punto del vacío. Hadram se acercó a ella, extendiendo sus manos con una suavidad que nadie en el reino creería posible.

  — Amor, tranquila ?sí? Estoy aquí, sí... —murmuró el rey.

  Con cuidado, ayudaron a Lizarel a recostarse en su cama. Ella, sin embargo, no miró a Hadram ni a los siervos; simplemente se giró, buscando refugio en el silencio, y abrazó una almohada con desesperación, como si fuera lo único sólido en su mundo.

  — ?Qué le pasó? ?Dime! ?Contéstenme! —exigió Hadram, volviéndose hacia Amreh.

  — Soberano... su esposa se sintió mareada y no sé... se puso mal, mi soberano —explicó Amreh, bajando la cabeza.

  Hadram respiró hondo, tratando de calmar su propio corazón acelerado. — Bien. Entonces váyanse. Voy a estar con mi esposa solo, ?sí?

  — Claro, mi soberano. Con... con su permiso —dijo Amreh, retrocediendo nervioso junto a Kesi.

  Hadram hizo un gesto brusco con las manos para que se marcharan de una vez. Las puertas se cerraron y el silencio se instaló en la habitación. Pero no estaban solos; Melkart seguía escondido, observando todo desde la penumbra, conteniendo la respiración mientras veía una faceta de Hadram que jamás imaginó.

  — Mi amor, tranquila ?sí? ?Qué te pasó? Dime, mi flor de lirio... eh, dime —susurró Hadram con una voz cargada de una ternura infinita.

  Sus dedos, que poco antes se habían cerrado en un pu?o para golpear, ahora acariciaban el cabello de Lizarel y rozaban su rostro con una delicadeza extrema, mostrando un amor que rayaba en la devoción.

  — Dime, ?eh? Dime, mi amor... —insistió él, suplicando casi con la mirada.

  — No es nada... solo quiero descansar —respondió Lizarel finalmente, con la voz apagada—. Te amo mucho, Hadram. Lo sabes.

  — Yo más, mi reina. Descansa... estaré aquí para ti, mi amor —dijo él.

  Hadram se inclinó y besó a Lizarel con una suavidad sagrada. Ella cerró los ojos, buscando el olvido en el sue?o. Hadram se levantó un momento para buscar una manta; la cubrió con sumo cuidado, asegurándose de que no pasara frío, y luego se acostó a su lado. Se quedó allí, en silencio, simplemente mirándola con unos ojos que desbordaban un amor verdadero. Era la imagen de un hombre asesino y mujeriego que, contra todo pronóstico, lograba ser domado por la fragilidad de la mujer que amaba.

  Melkart, desde su rincón, sentía que la cabeza le daba vueltas. "?Qué? Hadram es un bruto entre todos los del palacio...", pensaba con asombro. "Pero comportarse así de caballeroso con su esposa Lizarel... él se vuelve sumiso. ?Cómo... cómo es posible?".

  VII. Entre el Veneno del Jardín y los Chismes del Corredizo

  Mientras en los aposentos reinaba un silencio cargado de devoción y secretos, en el jardín la atmósfera era muy distinta. El sol caía con fuerza, pero el agua de las fuentes ofrecía un alivio que la segunda esposa aprovechaba para regodearse en su posición.

  — Esto es... relajante. El agua y el sol... por los dioses, esto es mejor estar aquí que allá —decía con una seguridad alegre, estirando sus manos adornadas—. Es mucho mejor que estar encerrada en ese ambiente pesado.

  — Sí, pero... no lo sé, estoy preocupada —dijo la tercera esposa, quien no lograba disfrutar del paisaje.

  — ?Qué quieres decir? ?Qué te preocupa en vez de estar relajada? —le espetó la segunda, mirándola de reojo.

  — Me preocupa... la soberana estaba muy mal y no sé si está bien. Eso es lo que me preocupa —confesó la tercera con un suspiro de angustia.

  La segunda esposa soltó una risita burlona. — ?Ella? ?Ja! Una débil como ella... jajaja. Es mejor que no esté bien, así nos hará un favor grande a todos.

  — ?Cómo puedes decir algo así! Es algo grave, es algo serio —reprochó la tercera esposa, escandalizada por la falta de empatía.

  — Poco me importa la vida de las personas. Esos miserables no merecen mi preocupación —sentenció la segunda con frialdad—. En cambio yo... yo merezco ser feliz aquí con mis joyas, mi maquillaje y estas telas finas. Eso es lo que le gusta a una mujer como yo.

  — No sé cómo puedes decir eso, de verdad... dime, ?no sientes nada?

  — Yo no nací débil e idiota —concluyó la segunda esposa con una sonrisa triunfal mientras alzaba su copa—. Nací para ser la reina contenta.

  La tercera esposa solo pudo bajar la mirada, angustiada, mientras la otra bebía con placer.

  Mientras tanto, en la penumbra del corredizo que llevaba a los aposentos reales, la tensión era de una naturaleza muy diferente. Kesi y Amreh estaban pegados a la pesada madera de la puerta, tratando de captar cualquier sonido que viniera del interior.

  — Amreh, ?escuchas algo? Dime —susurró Kesi, moviéndose para encontrar un mejor ángulo.

  — No, no escucho nada. Además, deja de ser metiche, ?sí? —respondió Amreh en voz baja, aunque él estaba igual de cerca.

  — ?Ah! Mira quién lo dice —bufó Kesi—. Tú que siempre te sabes todos los chismes, no te hagas el santo. Si andabas contando chismes por todos lados...

  — ?Yo hacía mi trabajo! —se defendió Amreh con indignación—. Pasaba información, no chismes. Hay una diferencia.

  — ?Ja! Mira quién lo dice... Pero vamos, guarda silencio, ojalá que digan algo, por favor —insistió Kesi.

  Estaban tan absortos en su tarea de espionaje que no sintieron la presencia que se cernía sobre ellos.

  — ?Qué hacen aquí? —la voz de Tibar tronó justo detrás de sus orejas.

  — ?Ahhh! —gritaron ambos al unísono, saltando como si hubieran visto un espectro.

  — ?Lo siento! ?Los espanté? —dijo Tibar con una ceja levantada.

  — ?Casi me matas del susto! —exclamó Amreh, llevándose la mano al pecho, todavía agitado—. Ya me iba con los dioses, te lo juro.

  — Cierto... sentí que la serpiente Apep me devoraba —a?adió Kesi, tratando de calmar sus nervios.

  — Tú y tus creencias egipcias... —murmuró Amreh con fastidio.

  — ?Y qué? Tú no tienes derecho a odiar en lo que creo —le retó Kesi con orgullo—. A pesar de que Jericó y Egipto no se lleven muy bien, ?entendido?

  — Hablas y hablas... y ya me empieza a doler la cabeza —se quejó Amreh.

  — Jajaja, ?ya estás viejo! —se burló Kesi, se?alándolo.

  — ?Hija de...! Vas a ver —amenazó Amreh, aunque sin verdadera malicia.

  — ?Quieres pelear? Dime, estoy lista, anda. No te culpo por ser viejo, no te preocupes —continuó Kesi entre risas.

  — Jajaja, claro, sigue hablando...

  — ?OIGAN! —interrumpió Tibar, perdiendo la paciencia—. Ahorita no es momento de que anden peleando. ?Dónde está el soberano?

  — Pues con la soberana —respondió Kesi con una mirada pícara—. Descuida, no andan... ya sabes, cuando están a solas...

  — ?Atrevida y pervertida eres! —le gritó Amreh, escandalizado—. ?Cállate!

  — ?No te hagas! —replicó Kesi sin miedo—. La última vez viste a una pareja yaciendo y te quedaste ahí escuchando...

  Amreh, con la cara roja de la vergüenza, no le permitió terminar. Le tapó la boca con la mano de un golpe para evitar que el guardia escuchara más secretos comprometedores.

  — Bueno... voy a pasar —dijo Tibar, sacudiendo la cabeza ante las excentricidades de los siervos.

  — ?Silencio ya! —le siseó Amreh a Kesi—. ?Me quieres avergonzar frente a todos!

  Mientras Kesi intentaba zafarse para decir una última palabra, Amreh la mantuvo callada, mirando de reojo cómo Tibar se disponía a entrar, interrumpiendo la burbuja de paz que Hadram había creado para Lizarel.

  VIII. Entre la Calma del Sue?o y el Rugido de Guerra

  Mientras Tibar entraba, Hadram estaba casi dormido, pero no quitaba los ojos de Lizarel, como si quisiera memorizar cada facción de su rostro en paz.

  — Soberano —dijo Tibar en un susurro.

  — Shhhh... ?qué pasa? —respondió Hadram, molesto por la interrupción.

  — Disculpe por molestar, pero hay una situación que debe ser resuelta, mi soberano —insistió Tibar con voz grave.

  — Ash... no me pueden dejar tranquilo. Los problemas siempre vienen a mí, ?verdad? Dime, ?es algo más urgente que mi esposa, amigo mío? —preguntó Hadram, suspirando con pesadez.

  — Es muy urgente, mi soberano.

  Hadram se quedó mirando a Lizarel unos segundos más. Se acercó con una suavidad impropia de un guerrero, le dio un beso tierno y se levantó de la cama.

  — Está bien, vamos. Espera... —Hadram miró la puerta y luego a su esposa dormida—. Vamos, antes de que me arrepienta.

  — Sí, mi soberano, por aquí —dijo Tibar guiándolo hacia la salida.

  En cuanto las pesadas puertas se cerraron y el eco de los pasos del Rey se alejó, el silencio volvió al aposento, pero no la soledad. De su escondite, Melkart salió lentamente. Aún estaba herido y el cuerpo le dolía, pero al ver a Lizarel dormida, no pudo evitar acercarse cojeando. Se detuvo a un lado de la cama.

  — Vaya... aún dormida ella es bella —dijo Melkart en voz baja, casi para sí mismo.

  Lizarel se movió ligeramente hacia un lado, acomodándose en sue?os. Melkart, hipnotizado, se acercó más y se arrodilló junto al lecho para verla de cerca, contemplando la paz que él tanto deseaba para ella.

  Mientras tanto, en la sala del trono, la atmósfera era eléctrica. Las puertas se abrieron de par en par y entró Hadram con paso firme, mientras los súbditos se inclinaban ante su presencia.

  — Soberano —dijo el comerciante, bajando la cabeza.

  — Dígame, ?qué lo trae por aquí? Me dijeron que era muy importante. Estoy aquí, pero antes quiero algo interesante, no algo idiota. Estaba a solas con mi esposa y saben que no me gusta que me molesten cuando estoy con ella. ?HABLE! —ordenó Hadram con una seriedad que hacía temblar.

  Un siervo se acercó tembloroso y le entregó una copa de vino. Hadram la tomó y, mientras bebía, el comerciante comenzó su relato.

  — Bien, soberano, disculpe si lo molesté, pero tengo una noticia muy importante. Bueno, mientras iba a Moab...

  En ese instante, el vértigo de los recuerdos se apoderó de la sala, transportando la escena al camino real. El comerciante caminaba con sus mercancías y su siervo, cargando telas finas bajo el sol inclemente.

  — Bueno, iré a traer agua —había dicho el siervo aquel día.

  — Claro, ve. Si puedes, tráeme higos —respondió el comerciante sentándose a la sombra de un árbol.

  Poco después, el siervo llegó corriendo, agitando un odre de cuero con agua, con el rostro desencajado por el terror.

  — ?SE?OR, SE?OR! —gritaba desesperado.

  — ?Qué pasa? ?Por qué vienes corriendo? ?Un león te siguió? Dime —preguntó el comerciante preocupado.

  — ?No es eso! ?Ojalá lo fuera! —dijo el siervo jadeando—. Soldados egipcios... vienen hacia aquí. Escuché decir a uno de ellos que van a atacar Jericó por sorpresa. ?Nuestra tierra será invadida por los egipcios!

  — ?Por los dioses! Vámonos, vámonos... es mejor decirle al soberano. ?Vamos! —exclamó el comerciante aterrado.

  — Pero se?or, la carga... con lo que vende no podremos llegar rápido.

  — Calma. Tengo una casa cerca, allí te quedarás con la carga. Yo iré solo a Jericó, ?entendido?

  — Sí, mi se?or.

  El vértigo de los recuerdos terminó y la realidad golpeó de nuevo la sala del trono.

  — Entonces... ?los egipcios vienen hacia nosotros? —preguntó Hadram, cuya voz era ahora un gru?ido volcánico.

  — Sí, mi soberano. Yo los vi... eran diez mil hombres.

  — ?MALDICIóN! —rugió Hadram.

  En un arranque de furia, aventó la copa de vino contra el suelo, viendo cómo el líquido rojo se esparcía como sangre. Empezó a tirar todo lo que estaba al alcance de sus manos, ciego de rabia.

  — ??CóMO PUEDEN HACERME ESTO?! ??CREEN QUE NO SOY DIGNO DE SER EL REY DE JERICó APENAS SIéNDOLO?! AHORA Sí SE PASARON... ?TIBAR!

  — Sí, mi soberano —respondió Tibar cuadrándose de inmediato.

  — ?Encárgate de preparar a los soldados! ?AHORA! Yo iré después. Estos malditos egipcios lo van a pagar —sentenció Hadram, con los ojos inyectados en odio.

  — Sí, mi soberano.

  El comerciante se inclinó profundamente. — Con su permiso, soberano.

  Después de que todos salieron, la sala quedó en un silencio sepulcral. Hadram permaneció allí, solo, con una mirada fría y distante, una mirada que ya no pertenecía al esposo tierno, sino al monarca implacable.

  — Yo soy el Rey. El Rey de los tronos. Y nadie... ?NADIE! me quitará mi trono —dijo con una seriedad que sentenciaba el destino de miles.

  Nos vemos en el próximo capitulo

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