—Bien, debemos esperar a mi nuera —ordenó el soberano.
Lizarel entró poco después, con paso vacilante pero digno. —Aquí estoy, soberano. Perdón por mi tardanza, espero que no le moleste.
—Disculpas aceptadas —respondió Zekeriel con un gesto seco—. Te llamé porque supe que alguien quiso humillarte. ?Es cierto, querida?
—Sí, soberano... —respondió ella, bajando la vista.
—Pronto lo sabrás todo. ?TRáIGANLOS!
Las pesadas puertas de bronce se abrieron y Hadram entró con una seriedad que rozaba la oscuridad. Tras él, dos bultos cubiertos con telas ásperas eran arrastrados por los guardias.
—Hadram... ?qué pasa? —susurró Lizarel, acercándose a su esposo.
—Te llamé porque tu marido hizo esto —sentenció el Rey.
A una se?al, los soldados retiraron las telas. Lizarel ahogó un grito. Bajo los harapos estaban la Segunda y la Tercera esposa. La Segunda estaba gravemente herida, con el rostro marcado por la violencia; la Tercera temblaba, aunque sus heridas eran menores.
—?Hadram! —exclamó Lizarel, horrorizada.
—?Tu marido me hizo esto! —gritó la Segunda Esposa con odio, se?alando sus moretones—. ?Me dejó el rostro así! ?Te casaste con un monstruo, Lizarel! Serás la próxima, ?ya lo verás!
Hadram, lejos de arrepentirse, mantenía una sonrisa gélida. —Lo hice porque ellas te humillaron. Se atrevieron a llamarte estéril ante todo el palacio. Nadie toca a mi mujer y sale ileso.
Zekeriel se puso en pie, su sombra proyectándose larga sobre el suelo de mármol. —?Es cierto que insultaron a mi nuera?
—Sí, soberano —respondió Lizarel en un hilo de voz.
—Pero soberano... marido mío, yo... —intentó decir la Segunda Esposa.
—?CáLLATE! —rugió el Rey—. Tu castigo será el encierro permanente. Desde hoy, serás vigilada en el harem. Si vuelves a mover un dedo contra ella, los soldados me avisarán. ?TIBAR! Llama a la guardia y busca un médico para estas mujeres.
Tibar asintió y se llevó a las conspiradoras, dejando a la familia real a solas. El silencio que siguió fue peor que los gritos.
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—Y tú, hijo... ?cómo pudiste hacer esto? —Zekeriel se acercó a Hadram.
—Papá, yo solo defendía...
—A pesar de ser lo que son, son mujeres. ?Cómo pudiste levantarles la mano así? ?Es grave!
—Papá, no pensé que...
Sin previo aviso, el Rey Zekeriel le dio una bofetada a Hadram tan fuerte que el sonido resonó como un látigo en toda la sala. Lizarel, al presenciar el acto, sintió que el mundo se desvanecía. El sonido del golpe fue la llave que abrió una puerta que ella intentaba mantener cerrada.
El vértigo de los recuerdos más delicados: El rostro furioso de su padre, Yusuf, se cernía sobre ella. —?CáLLATE! —gritaba él, levantando la mano. —?Papá, papá, no me pegues! ?No! —rogaba la peque?a Lizarel, encogiéndose en un rincón.
De vuelta en el presente, Lizarel retrocedió presa del pánico. En su confusión, golpeó una mesa y tiró el plato de oro del Rey, que cayó con un estrépito metálico. Ella se desplomó en el suelo, cubriéndose la cabeza con las manos.
—?Lizarel! ?Nuera! ?Qué pasa? —preguntó Zekeriel, intentando acercarse.
—?Amor! —Hadram fue hacia ella.
—?No! ?No! ?Por favor, no se me acerque! —gritaba Lizarel, con los ojos desorbitados por el terror.
—Amor, es mi padre... soy yo, Hadram —decía el príncipe, tratando de calmarla.
Lizarel temblaba violentamente, atrapada en sus recuerdos. Al final, se aferró a Hadram como si fuera la única ancla en medio de una tormenta. Hadram la cargó en sus brazos, lanzándole una mirada llena de reproche a su padre antes de salir de la sala del trono.
En los pasillos del harem, las esposas eran escoltadas hacia su encierro.
—No puedo creer que no lo reprendiera más —se quejó la Segunda Esposa, limpiándose la sangre de la comisura de los labios.
—?Cómo querías? Es su hijo —respondió la Tercera, que aún se sentía mareada por el golpe que recibió antes de desmayarse—. Cuánta destrucción... solo quiero que esto pare.
—Yo no —susurró la Segunda—. La odio... la odio tanto. Mira cómo me dejó el príncipe por su culpa. Me vengaré, tarde o temprano.
En los aposentos, Hadram depositó a Lizarel en la cama con una delicadeza infinita. Ella seguía temblando, con la mirada fija en la nada.
—Lizarel, ?estás bien? Dime... ?por qué te asustaste así?
—Solo... recuerdos, Hadram. Recuerdos que no puedo borrar —fingió ella, tratando de recuperar la compostura, aunque su corazón latía con fuerza.
—No me dejes sola, por favor. No te vayas —suplicó, sujetando la mano de su marido.
—No me iré. Estaré aquí, siempre. Te amo, lo sabes.
Hadram la abrazó y le acarició el cabello hasta que los espasmos de Lizarel cesaron y el sue?o la venció. Mientras la observaba dormir, Hadram sintió una punzada de nostalgia. Su esposa se veía tan vulnerable, tan pura, que le recordó a alguien que ya no estaba.
Recuerdo de Hadram: Su madre solía sentarse a la orilla de su cama cuando era peque?o. —?Te gustaría que te cantara esa canción, mi peque?o osito? —Sí, mami... —Duerme, duerme tranquilo, que las estrellas brillan cuando el corazón es puro como tú... no dejes que ese brillo se vaya, porque la noche es el mejor regalo...
Una lágrima solitaria rodó por la mejilla del príncipe, quien a menudo mostraba una máscara de crueldad al mundo, pero que guardaba, en el fondo, el amor de un ni?o que perdió a su madre demasiado pronto.
Nota del autor: El hecho de que Hadram pueda ser implacable con sus enemigos no significa que carezca de alma. Su corazón solo se abre para aquellos que lo aman de verdad, revelando la humanidad que esconde bajo su armadura.
'Nos vemos en un próximo capitulo'

