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Mary II

  Gloria in excelsis Deo

  La gigantesca estructura de la catedral de Saint Agora se engrandecía aún más a sus flancos con aquellos dos altísimos brazos acabados en pináculos coronados por la oscuridad del cielo; lejos de cualquier fuego o luz terrenal.

  A su orden, diez de sus Interfectos más corpulentos se turnaron en dos equipos, para destrozar las puertas con sus hachas de mango largo. En un vaivén coordinado de golpes fuertes y precisos, las astillas fueron saltando a cántaros. Cuando las hendiduras en la madera se volvieron tan profundas que permitieron ver a través, un pu?ado de soldados de la Horda que sí respiraba arremetió con sus hombros y piernas, a modo de arietes humanos. Una, dos, tres… Perdió la cuenta de los enérgicos asaltos. Su Guardia de Interfectos de veinte hombres guardó el acero y el bronce de sus armas, y ayudó a los demás hombres comandados por Kurt a derribar las puertas.

  ? ?Dónde está el Ariete cuando lo necesitas? ? Se impacientó con unas ansias incontrolables que hacían temblar sus manos.

  Un momento antes de que las puertas cedieran al furor demente de la Horda de las Bestias, se detuvo a pensar en lo que estaba por suceder. ?Cuántos a?os había esperado por lo que venía? La impaciencia la obligó a avanzar, y casi como si hubiese sido obra de un golpe de gracia, cuando rozó la madera con sus dedos, esta terminó por resquebrajarse con un súbito quejido. Y las puertas del Cielo sucumbieron a sus pies. Bile, uno de los pocos prosélitos que se levantaba en armas, fue el primero en adentrarse a la Casa del Se?or a punta de blasfemias y rugidos. Y en breves, Kurt y sus soldados siguieron sus pasos. La terna de hechiceros de sangre apretó el paso poco después, pero ni los Interfectos les ganaban la carrera a los hombres vivos.

  ? No — le susurró Balaam. —. Ellos son nuestros. ?

  — ?Deténganse ahora! — gritó Mary, mientras corría entre las hileras de butacas de la catedral. — ?Todos ellos son míos!

  A sus costados, Kairo e Iloura se apresuraron a desplegar sus brazos en dirección a ellos y dictar sus hechizos sin mediar palabra:

  Rigor In Extremis

  ? De inmediato, cuatro hombres en la caterva de soldados se toparon con la magia roja que sometía sus cuerpos, y con vigorosos espasmos cayeron de bruces al suelo de mármol, haciendo trastabillar a quienes venían detrás.

  Habían dejado de considerárseles aprendices hacía poco, pero sabían cómo llevar a cabo una maniobra tan sencilla.

  En cuanto los Interfectos de Mary, uno de los más recientes y fuertes alcanzó a Kurt, lo cogió por un hombro, y lo obligó a detenerse. Un segundo, hizo lo propio con Bile. Cuando la prisa de ambos cabecillas hubo caído en represión, el resto se volvió con gesto importunado hacia los guardias de la ciudad que Mary recién había matado y puesto bajo su don de Dádiva.

  — ??Qué significa esto!? — Bile se sacudió para librarse las manos del Interfecto. — ?Hechicera! ?Blood!

  Los ecos de las campanas retumbaban en las paredes y zumbaban sus oídos.

  Kurt empu?ó un estilete y no dudó en clavárselo en la frente a su captor, sin musitar alguna palabra coherente. Había olvidado que se trataba de un hombre muerto, cuyo rostro se ti?ó de una miasma espesa negra rojiza tan pronto como retiraba el arma de un par de tirones. En seguida, repitió la acción en idéntico orden. El guardia de la ciudad le sostenía sus expresiones inmutables y vacías.

  — ?Nunca me han tomado en serio! — les gritó Mary a todo el que la había dejado atrás. Apartó a cada hermano de la Horda que se encontró para abrirse paso. — ?Pero más vale que lo empiecen hacer ahora! — Cuando se halló en medio de todos, su Guardia de Interfectos empujó a los vivos para que retrocediesen. — ?Azus me prometió la vida de estos hombres! ?A mí y solo a mí!

  Tras morir el grito de histeria, se escuchó el final de una oración enfática al fondo de la enorme sala. Todos los seguidores de Kurt y Bile voltearon a ver por un instante.

  — Sancta Maria Mater Dei ora pro nobis peccatoribus nunc et in hora mortis nostr?.

  — No eres la única que tienes cuentas pendientes — le espetó Kurt batallando para tragarse la rabia. —. Con estos infieles y con su dios calado en una puta cruz.

  Voces enfurecidas se sumaron en apoyo, una tras otra hasta convertirse en incontables. El número de hombres que la desafiaban duplicaba al de su guardia, pero Kairo e Iloura, sus compa?eros de hechizos rojos, siempre yacían a su lado.

  Ce?idos a su brazo derecho, dos brazaletes de bronce, cada uno formados por ocho cuerdas entorchadas, pregonaba el rango militar de Mary Blood. Kurt, con tres de plata, en instancias normales tendría que liderar el pelotón, pero el viento sopló en su contra la noche en que puso en duda las decisiones de su Rey. Así que el can enfrentaba entonces su castigo.

  — ?Ninguno tiene más razones para estar aquí que yo! — A pesar de esto, para evitar una reyerta hizo que liberaran a los cabecillas con una orden muda.

  Tan pronto como hubo quedado libre, Bile, de un brazalete de plata y dos de bronce, y por tanto también de mayor jerarquía, apretó la empu?adura de su espada, y observó con ojos sentenciosos a Mary. Sin embargo, Kairo dio un paso al frente, y se posicionó entre ambos, rápido como una gacela de piel atezada por el sol.

  — Desobedecerla es desobedecer a nuestro Rex. La puso al mando, te guste o no.

  Belial, su voz de la razón, tocó la puerta de sus sentidos.

  ? No estamos aquí solo para pasar por la espada a los cristianos. Azus nos encomendó una misión. ? De un momento a otro, se le templó la sangre en las venas a Mary, quien repitió las palabras de su mejor amigo dentro de su cabeza.

  — Belial tiene toda la razón. Se nos encomendó una misión en específico. No estamos aquí solo para pasar por el filo a los cristianos.

  No soportaban la idea de que una mujer los dirigiera, y aún más cuando fuese de menor rango y estatura, ella lo sabía. Era de los pocos asuntos en los que todas sus voces internas estaban en conformidad. Los hombres intercambiaron miradas de recelo e irritación, mientras gru?ían como perros. Pero, al igual que los perros amaestrados, se rendían ante la palabra de Azus, su querido amo. De tal modo que se apartaron, y le dieron su salvoconducto a Mary. Aprenderían tarde o temprano a no intentar pasar sobre ella como si fuese una ni?a o un cachorrito desdentado. Se encaminó a través de un pasaje cercado por hombres con desdén en los ojos y armas en las manos.

  Jinzo Cuatro Dedos, de uno de plata y dos de bronce, se puso en el camino de Kairo e intencionalmente se topó de bruces con él. De casi tres veces más edad, la cabeza de Jinzo estaba ungida por una corona de calvicie, y el cabello que había perdido le había crecido en la mugrienta barba en forma de cu?a que le llegaba hasta el pecho.

  — No vuelvas a usar tu magia contra mí, muchacho. — Lo apuntó con el índice en gesto amenazante. Si llegó a intimidarlo o no, Kairo no lo demostró.

  — No soy ningún muchacho.

  Cuatro Dedos se le había apodado después de que perdiera el dedo medio de cada mano. Por lo que se decía, en su juventud Jinzo no pasaba un día sin increpar a uno de sus hermanos de la Horda mostrándoles el dedo medio acompa?ado de una sonrisa insolente justo en frente de sus narices. A toda hora, en toda ocasión, día y noche. No pasó demasiado tiempo hasta que otro hombre igual de atrevido se los arrancara de un par de bocados para que no pudiera hacerlo nunca más. Y junto a los dedos, veía Mary, había perdido también la sonrisa.

  — Ave Maria, gratia plena — iba diciendo el eco que rebotaba en las paredes —… Benedicta tu in mulieribus... et benedictus Fructus ventris tui…

  Ba?ada en una oscuridad no propia de la casa del supuesto Se?or, la catedral lucía más hermosa de lo que Mary hubiese pensado. Unos cuantos candelabros dispersos aquí y allá brindaba la lobreguez que tanto le gustaba en aquel ambiente. Cuando llegó hasta los escalones de la plataforma, quedó boquiabierta al ver la gigantesca cúpula suspendida en penumbra sobre su cenit, como un cuenco de oscuridad. Se habría encantado de pasar un buen rato admirando el arte de los murales, si Kairo no la hubiese interrumpido.

  — Alexander Headmund — Se?aló a un ala del oratorio dónde un hombre gordo yacía arrodillado frente a una pintura bordeada por un marco de oro y ba?ada en la luz de las velas. —, el Arzobispo de la Capital. Tiene que ser él.

  — La cabeza de la Iglesia cristiana — La sonrisa se le congeló en el rostro. —. Finalmente — Las ansias contenidas por casi una década de amarga espera la espolearon. Empu?ó un cuchillo de enorme hoja, y dio unas zancadas en pos de él. Se encontraba de espaldas, de manera que alcanzó el cuello de sus atavíos, y colocó el arma bajo su garganta. —. Como un beso prometido, a tu cuerpo es mi filo.

  — Piedad — Fue lo primero que le escuchó decir. Su voz se esforzaba por declararse serena, pero a duras penas lo conseguía. —. No por mí. Por los cientos de miles de vidas de esta ciudad. Habéis venido a por mí.

  Mary lo sacudió. El rostro del Santo Padre era todo papada. Al agitársele como gelatina la hoja lo mordió, y comenzaron a brotar las primeras gotas de sangre.

  — ?No! ?Hemos venido a por todos!

  Una puertezuela se abrió al otro lado del oratorio.

  — ?Suéltalo! — arrojó una voz.

  — ?Bruja! — espetó otra. — ?Sois unos demonios!

  Volvió la cabeza con violencia, casi media vuelta como un búho lo haría. En el umbral se fueron mostraron, uno por uno, cierta hilera de quince hombres vestidos con capuchas monásticas y porras en las manos. Por supuesto, todos los celtas prepararon sus armas, pero se quedaron en sus sitios a la espera de algún precepto de Mary. Con un vistazo, descubrió que a más de la mitad de los cristianos les temblaban las manos.

  — ?No! — gritó el Arzobispo, con la voz un tanto afónica. — ?Pedí que os fuerais!

  Aquel quien rápidamente encabezó la formación vestía con una bata blanca muy ancha, a diferencia del resto que lo hacía con hábitos pardos. Ce?udo, lampi?o, enjuto y sin titubeos, lideraba a los que Mary sabían que eran simples monjes.

  — ?Rogamos por vuestro perdón, Santidad! ?Pero es nuestro deber hacer todo lo que esté en nosotros para protegeos!

  Loca como una cabra, soltó una carcajada de auténtica alegría, una infantil y aguda. El arresto de locura la hizo estremecerse. Había matado a dos pájaros de un tiro.

  — No me digas, Padre. ?Has traído una Orden Mendicante solo para mí? Qué atento que eres.

  — ?No, Asser! — aulló el viejo. — ?No derraméis sangre, por todo lo que es sagrado! ?Esta es la Casa de Cristo!

  Mary le dio un profundo beso en la sien, y después lo golpeó duramente con el pomo del cuchillo en el mismo lugar.

  — ?Kairo, Iloura, junto a mí! — vociferó sin voltear a ver a nadie. — ?Los demás, hagan sufrir a esos desgraciados!

  ? ?Que no los maten! ?, dijeron todas sus voces a la vez.

  — ?Solo no los maten! — se apresuró a seguir.

  Los alaridos se hicieron escuchar, como también el ta?ido del metal y los choques de las porras. Y al igual que un hombre de escasa resistencia, el espectáculo fue corto, muy corto, pero intenso. La nota final de la pieza de orquesta se mantuvo en alto por unos segundos con el rugido de victoria de los soldados. Sus soldados. Los que estaban vivos.

  — Mary — comentó Iloura con voz temerosa mal fingida. —, has derramado sangre en la Casa del Se?or.

  Montó a horcajadas sobre el Arzobispo, quien yacía tumbado de soslayo sobre el suelo, y acercó los labios a su oreja arrugada.

  — Bendíceme, Padre, porque he pecado — No hubo palabras que respondieran a las carcajadas de la trena de hechiceros de sangre, pues el Sumo Pontífice estaba por caer inconsciente. Mary le dio unas cuantas palmaditas para que reaccionara, pero no provocó nada más que agitarle los gordos mofletes. —. Despierta. Ya despierta — Hicieron falta dos segundos para que los golpecitos se transformaran en una cachetada. — ?Qué despiertes! — Apenas consiguió que se le arrebolara medio rostro.

  — ?Dónde está tu dios ahora, pío? — inquirió Kurt, plenamente satisfecho.

  — Infieles, habéis profanado un lugar sagrado — Congestionada e iracunda, sentenció la voz del líder de los cristianos revoltosos. —. Por vuestras acciones, por vuestros pecados os quemaréis en el Infierno.

  — ?Infierno? — rio él. — El Infierno está desierto. Todos sus demonios han escapado y llegado aquí para impartir justicia. Danzareis entre fuego y cadáveres para nosotros, sus nuevos dioses.

  Consiente o no, Mary no permitiría que un viejo seboso le arruinara la noche. Se alejó de su cuerpo inerte. E hicieron falta tres de sus Interfectos para alzarlo a duras penas. Los guardias, con sus rígidos movimientos, no se resentían de peso que no pudieran cargar, pero algunos de ellos ya tenían semanas desde que los reanimase, y por más hechizos rojos que citara, comenzaban a pudrirse, y esto los debilitaba.

  Se volvió en medio de una espiral de su vestidillo níveo raído y sin mangas, para descubrir que sus hombres habían cumplido con la orden solo a medias.

  — Dibujen pentagramas sobre el púlpito — les dijo a Kairo e Iloura. —, derramen sangre, pongan velas en cada punta de la estrella y demás estupideces de esa índole. — ?Aunque no sirva de nada, eso hará que se les afloje la vejiga a estos zoquetes.?

  — ?Lo quemamos todo? — Iloura amaba las llamas del Fatuo. Siempre le hacía especial ilusión prender fuego a lo que fuese.

  — No todavía — Pasó entre ellos, y se dirigió a dónde había tenido lugar el intento de batalla. —. Antes a lo que vinimos — Sus ojos de lapislázuli se escondían detrás de una empapada caballera que le cubría parte del rostro y que esperaba le otorgase un aspecto sombrío. De los quince bautizados, respiraban seis; el resto adornaba el piso de lozas con su sangre. De la Horda, solo uno los acompa?aba, tirado de bruces con la empu?adura de una daga sobresaliéndole de la nuca. — ?Quién lo hizo? ?Quién mató a uno de los nuestros?

  Jinzo Cuatro Dedos se?aló con su hacha rematada en púa al único que vestía de blanco. Arrodillado, los soldados lo mantenían al margen con la promesa del filo de sus armas.

  — Fue este.

  Mary le mostró los dientes en una sonrisa. Sus pómulos resaltaban casi tantos como sus brillantes ojos.

  — Asser, ?no es así? El viejo durmiente te llamó Asser — El hombre también le mostró los dientes; fue más un gru?ido que una sonrisa. Y entretanto, ella hizo ademán de un puchero. —. Dime, peque?o Asser, ?cómo te sientes? Has derramado sangre en la casa de tu dios. Eres tan pecador como yo ahora.

  — No me metas en tu mismo saco, bruja. Solo hice lo necesario para salvar a Su Excelencia en nombre del Se?or Todopoderoso.

  — ?Y qué tanto hiciste? — Bile le dio un golpe de plano con la espada en el pecho, al tiempo que se reía. — Ese con el que apenas pudiste era un malviviente bueno para nada.

  La hechicera se acuclilló ante él, y le examinó los atavíos te?idos de sangre. Después, recorrió con la mirada los demás rostros deslucidos de los monjes.

  — ?Qué eres tú para la Iglesia? No te ves como un monje.

  Bile se impacientó al escuchar su silencio, y repitió el mismo azote. Esta vez, más fuerte y al rostro del cristiano.

  — Un diácono. — dijo al final, sin dejar de fulminarlos con la mirada.

  Mary simplemente se desternilló del contento. Sin embargo, se abalanzó sobre Asser, y le rodeó el cuello con ambas manos, apretujándolo sin llegar a sofocarlo. Apretó su frente contra la de él.

  — Aaaah, un bufón de los que predica.

  ? Ya basta, Mary — le hizo saber Belial —. A lo que vinimos.?

  — Sirves de cerca al Arzobispo. Quiero que me digas dónde están las Dagas. Están aquí, bajo la catedral, en alguna parte. ?Dónde?

  — ?Por qué piensas que te lo diría? Sé quiénes sois todos. Sé lo que haréis, si las llegáis a encontrar. El Santo Padre daría su vida por el bien de la Iglesia y la nación. Yo haré lo mismo.

  Mary le pasó una mano por la cabeza calva repetidas veces, como queriéndole sacar brillo a una perla, sin parpadear y abriendo los ojos desmesuradamente de tama?a emoción que procuraba reprimir. Sus compa?eros de hechizos rojos, dispuestos delante y detrás de la miríada de cristianos, preparaban ya el teatrillo, declamando unas palabras junto a sus encantamientos. Una vez alzaron las palmas y la antigua lengua de los celtas anegó los oídos, el charco carmesí sin forma que era el oratorio, se fue transformando de a poco en líneas que parecían dibujarse por el viento. El mar de sangre se achicó hasta tornarse en una enorme estrella de cinco puntas que los abarcaba a todos. Al diácono y a los monjes se les desmoronó el ímpetu de sus rostros, cuando supieron que estaban en el corazón de un pentagrama obrado con lo que ellos llamaban ?brujería?.

  — Santos Cielos — balbuceó un monje.

  — Por el amor de… — comenzó otro, pero Mary lo interrumpió.

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  — Soy lo muerto y revivido. Soy la ira, soy tu dios — Todos ellos se persignaron y fueron orando un rezo distinto en latín, cosa que ocasionó gran aversión entre los hombres de la Horda de las Bestias. —. Asser, sopesa tus acciones. Sea este infiel o no, mataste a alguien. Si mueres ahora mismo, no habrá tiempo para expiar tus pecados. ?Sabes lo que eso significa?

  — Una eternidad de sufrimiento en el Infierno. — Hablaron con voz grave y al unísono los que nunca lo hacían, la Guardia de Interfectos.

  Asser se estremeció todavía más, comprendiendo al fin lo que le depararía el futuro. Apretó sus dientes y sus pu?os endebles con una fuerza que bien podría hacerlos resquebrajarse. Pero hacia el final, levantó una mano en dirección a Mary en gesto suplicante ante aquella perspectiva de condena, mientras se tragaba su orgullo y ansias de llorar.

  — Por favor, no. Os lo ruego.

  — Ora pro nobis, nunc, et in hora mortis nostrae, Mary Blood. — continuaron diciendo los Interfectos.

  Iloura se había acercado a él. Le sostuvo la mano con firmeza, y Kurt se apresuró en rasgarle la palma con su estilete. Los hilos de sangre precedieron a su patético gemido. Mientras la más joven de los hechiceros se manchaba los dedos y trazaba símbolos en el aire, Kairo esparcía el Mejunje de las Mil y Una Sustancias por cada arista de la estrella y Mary remataba el rito con palabras sin significado. Para entonces, Jinzo, Bile y todos los demás salían ya del pentagrama. Los cristianos se hallaban presas del miedo, y no llegaron a atender que ninguna arma los amenazaba.

  — Muéstrame las Dagas Sagradas — dijo Mary cuando hubo terminado. —. Entréganos lo que queremos y no morirás hoy. Ninguno lo hará.

  Las partículas de sangre permanecían suspendidas en torno a Iloura hasta que sus manos rápidas las sedujesen. Fuera lo que describieran sus trazos las gotas rojizas seguían sus movimientos, como metal que se sintiera atraído hacia al imán.

  — ?Hágase la luz! — gritó alegremente al arrojar la sangre al pentagrama dibujado en el suelo. Las llamas nacieron en el centro, y rápidamente se extendieron. Y pronto vieron que la luz era ruin; y separaba a los miserables de los viles cristianos por columnas bajas de fuego. Aunque el Fatuo no abultara más de cinco dedos de altura, su matiz rojo ennegrecido ba?aba el ambiente y los rostros de los hechiceros. —. El miedo y el odio son de sus facetas más comunes, pero eso no significa que su ardor sea menos hermoso.

  El sudor resbalaba por las coronillas afeitadas de aquellos hombres sin virilidad.

  — Si no lo haces — proclamó Mary con voz sombría. —, cada uno de vosotros, servidores del Se?or, será maldecido. Llevaréis la marca del anticristo en cuerpo y alma. Así que antes de entrar al Cielo, el infinito deberá llegar a su fin y el Sol dejar de brillar. Con este contrato de sangre, seréis desterrados a los dominios de Satán — Para impactarlos aún más, le hubiese gustado lograr que las paredes gritasen y que se abriera una hendidura en el suelo, pero aquello era algo que no podía hacerse. Al igual que maldecirlos. Todo eran patra?as. No podía hacer tal cosa y mucho menos conseguirse con la ayuda de la magia de sangre. Pero el diácono y los monjes… los muy imbéciles no lo sabían. —. Lo mismo aplica para tu querido Pontífice. Si tu dios es misericordioso como tanto decís, podrás entregar las Dagas hoy y pedir perdón el día de ma?ana. Toma una decisión, o morirás estando maldito.

  Cuando se practicaba correctamente, la magia de sangre era lo único que podía alumbrar y controlar al Fuego Fatuo. A la orden de Iloura, las llamas se enardecieron y treparon, consumiendo con voracidad el aire y la moral de los sometidos.

  Mientras jugueteaba con la idea de ver una charca de meados tal que amenazara con apagar un fuego inextinguible, no pudo evitar fruncir los labios. Se había convertido en un heraldo de condena, de manera que debía esforzarse por no reventar en carcajadas. Pero sus compa?eros de amplia sonrisa no daban se?ales de resistirse como ella. Kairo colocó velas en cada esquina de la estrella, e Iloura simuló excomulgar a los monjes grabando una cruz invertida en sus palidecidas frentes.

  — Ahora es tu turno, diácono — le hizo saber Iloura. —. Confiesa o…

  — ?Lo haré! — vociferó Asser, con voz carente de aliento. — Lo haré. Solo déjenme ir. ?Déjenos ir a todos!

  Y por lo visto, ningún devoto tuvo el mínimo interés en rehuir de la salvación. En aquel momento de terror y fe amedrentada, más les valía seguir con vida para que su supuesto dios tuviera tiempo de perdonarlos.

  Mary Blood le mostró una sonrisa de complacencia. Desvaneció el símbolo de fuego con un ligero ademán de manos, y solo entonces el diácono se irguió débilmente musitando una oración. Lo siguió con la mirada durante su recorrido, pero en cambio, él mantuvo los ojos clavados en sus propios pies. Entre la espada y la pared, el pobre diablo había entrado en pánico al ver que tomaría parte en un satánico ritual.

  ? Nada más alejado de la realidad. ?.

  — Síganlo — dijo a sus hombres. —. Si intenta algo extra?o, ya saben que hacer — Asser y una docena de soldados de la Horda cruzaron el umbral de una portezuela escaleras abajo, mientras tres Interfectos los acompa?aban en la retaguardia y otros dos arrojaban al Santo Padre frente a los monjes aún catatónicos. — ? Si estos infelices intentaran traicionarme, lo sabría. Podría sentirlo.?

  La Horda de las Bestias había germinado bajo el peso de la hegemonía de la fe cristiana, en tiempos en los que los celtas que se negaban a renunciar a sus dioses eran masacrados en nombre del Se?or, el ?dios verdadero?. Por tal motivo, cada hombre y mujer nacido fuera del bautizo era tratado como paria, sus costumbres como paganas, y sus dioses como farsas obradas por la mano del mismísimo Satán. Y de allí, la creencia de que eran una caterva de Satánicos.

  ? Adelante, que lo sigan creyendo. Así me será más fácil sacar provecho de su miedo irracional ?

  — Más allá del rojo — le mencionó Iloura. — también había negro y gris plateado en el fuego. ?Pudiste verlo?

  — Lo sé, hay mucho odio y soberbia en ese hombre. Más de la que he visto en cualquier otro clerical.

  En un momento dado, un Interfecto le entregó una jarra engalanada en oro, y Mary se dispuso a vaciar su agua despacio sobre el rostro impertérrito del Sumo Pontífice. Solo cuando el agua comenzó a entrar por sus fosas nasales, abrió los ojos, y se retorció en un intento por tomar aire.

  — Jarras de oro — espetó con desprecio Kairo. —, copas enjoyadas, cruces de oro, sedas con más maldito oro y un lugar como este que casi es un palacio. ?Por qué un hombre humilde que adora al hijo humilde de un dios necesita de tantos lujos? — Se inclinó sobre él, y lo amordazó con un trapo. —. Da igual, no quiero escucharlo. De seguro será más palabrería.

  Una vez el diácono y su vigilia regresaron, habían transcurrido unos diez minutos desde su partida. Jinzo Cuatro Dedos y otros tres hombres mostraban indicios de lucha en sus ropas. Con los rasgu?os de la tela y de las piezas sueltas de cuero, hacían gala de sus heridas. Kurt llevaba un arca revestida con plata que le ocupa ambas manos y aparentemente gran parte de sus fuerzas. Y en lo que respectaba a Asser, solo alzó la vista para descubrir que el Arzobispo se había despertado de su letargo. Se acongojó, y echó raíces allí donde estaba. Cuando Bile se topó de bruces con él, lo apremió con una maldición y la punta de su espada, como si caminara por la plancha.

  — ?Miren nada más! — se entusiasmó Fergus al ver a Alexander Headmund de pie, un hombre de cabello largo recogido y rostro simplón. — ?El Mantecas se despertó!

  — ?Qué ocurrió con vosotros? — inquirió Kairo a los magullados.

  — Dos niveles más abajo había trampas en el suelo y las paredes. — reveló un hombre un tanto gordo para que fuera soldado raso de la Horda, cuyo nombre todavía era desconocido para Mary.

  — Saetas, dardos y cuchillas escondidas — apoyó Jinzo. —. En fin, piquetes de abeja nada más. Pero este mentecato — Se?aló a Asser con menosprecio. — solo nos advirtió de algunas de ellas.

  Kurt dejó caer la pesada arca sobre el suelo, que provocó peque?as grietas como los ramales de un árbol en las losas de mármol. En su rostro insípido y manchado por un viejo salpullido, se asomaba la misma sonrisa que jugueteaba en labios de todos los impíos.

  — También hubo un par de valientes que quisieron probar suerte lanzándonos aceite hirviendo desde un matacán oculto. Fallaron por poco, pero en cuanto los atrapamos nos aseguramos de que más aceite no fuera desperdiciado — Los demás corearon las risas. —. Aquí están. Más sencillo imposible.

  Mary se inclinó para abrir el cofre. Mientras lo hacía oyó balbucear algo irreconocible al Arzobispo de la Capital. Inmediatamente supo que el rumor sin palabras útiles iba dirigido hacia el diácono, pero no le dio mayor importancia.

  El interior estaba embellecido con sedas escarlatas a modo de almohadones, y sobre esta, una capa de tela nívea en la que descansaban ambas Dagas Sagradas envainadas en diamante negro. Cuando estiró la mano para coger una, un rayo de sensaciones la atravesó; la otra Daga clamaba que fuera escogida en su lugar, lo que ocasionó que recapacitará su decisión. Cerró los dedos en torno a la empu?adura de la segunda, y en esta ocasión fue la primera de ellas la que con una súplica sin sonido imploró que la eligiera.

  ? Me están hablando — pensó con un hormigueo entre los huesos. —. Ambas lo hacen. Como las voces en mi cabeza que reclaman mi atención, pero no escuchó sus palabras. ?

  — Qué hermosa es. — exclamó Iloura en cuanto Mary desnudó la hoja de más de un palmo. De un inusual metal gris plateado. Y de un brillo aún más inusual, que daba se?ales de crear su propio halo de resplandor en un lugar sumido en la media luz.

  — ?Esto es platino? — le preguntó a Asser.

  — Es lo que dicen, pero no es posible derretirla ni moldearla como otros metales — dejó saber casi de inmediato. A las malas había aprendido a responder cuando se dirigían a él. Aun así, evitaba cruzar miradas con el Santo Padre, quien buscaba sus ojos con desesperación y un dolor magnífico cincelado en el rostro. —. La guarnición parece de oro a simple vista, aunque tampoco pueden ser trabajadas.

  Kairo se situó junto a ella a zancadas, y sacó de un bolsillo una peque?a brújula.

  — ?Al igual que el norte, son atraídas por las Dagas Sagradas?, nos dijo Rex Azus.

  — Te hacen perder el verdadero norte — Mary tenía la boca abierta y los ojos azul profundo aún más abiertos —. ? En más de un sentido. ? Juraba que la mano con la que empu?aba el arma le temblaba, pero su vista le hacía creer todo lo contrario. Si era magia lo que sentía, era la más poderosa que hubiese experimentado. Respiró del aire de su poderío y se colmó los pulmones con determinación. Le gustaba hacerse sonar los huesos a menudo, de tal modo que esto fue lo que hizo antes de esbozar una sonrisa ancha. El cuello tronó, para luego soltar una exhalación de pleno gusto. Volteó a ver al Arzobispo, aunque lo que viniera a continuación fuera para sus compa?eros de hechizos; y no para sus nuevos súbditos. —. Enviemos un mensaje a la masa de lo que se aproxima. Matemos a la vez el orgullo y la esperanza de la Capital. Qué la casa del dios cristiano arda con el Fuego Fatuo desde sus cimientos. Ya veremos de qué color se torna.

  Kairo asintió con serenidad, mientras Iloura daba un saltito y aplaudía con una actitud que la hacía lucir más pueril de lo que aparentaba a sus dieciséis a?os. Ambos se retiraron hacia los niveles inferiores de la catedral.

  Vio el desconsuelo posarse en cada rostro de sus enemigos. En cambio, el de Asser se deformó en una mueca iracunda.

  — ?No! ?No podéis! ?Ya tenéis lo que queríais, ahora iros! ?Ya profanasteis este lugar con vuestra presencia! ?El Se?or no lo permitirá! ?Esta es la Santa Sede!

  En otras circunstancias se habría echado a reír ante semejante despliegue de frenética estupidez, pero ya no estaba para juegos. Estrujó la empu?adura de la Daga, y osó con la idea de estampársela en el rostro.

  — ?Santa Mierda! ??Qué no puedo?! Kurt, Fergus sujétenlo. Te demostraré que puedo hacer eso y mucho más. — No solo era una oportunidad inmejorable para que los hombres vieran de lo que era capaz, sino además un bocado más del dulce plato de su venganza personal.

  Kurt le propinó una patada en el reverso de la rodilla, que le obligó a hincarla. Y en un abrir y cerrar de ojos, ambos hombres apresaban al diácono con manos firmes. En lo que al cristiano respectaba, se contorsionaba para liberarse con una mirada te?ida de odio e irritación tan impropia de un devoto... Mary Blood acarició la hoja de la Daga y se sacó sangre con tan solo tocar la punta. Se cambió el arma a la mano ensangrentada, y cerró los dedos de la que tenía libre alrededor del cuello de Asser para evitar que se moviera.

  — ?Bruja, ya basta! — escupió él.

  — Desearas que te haya matado.

  Le rasgó la bata hasta dejar al descubierto su pecho, después la mano subió a su frente. Y allí dibujó con esmero y sangre tres líneas oblicuas sobre cada ceja; y en el centro de estas, la runa celta de dominio. Con toda seguridad, un inculto en la magia como el idiota que tenía delante, pensaría que necesitaba de musitar palabras ante los hechizos. En absoluto. Las blasfemias eran un obsequio que le surgía con naturalidad.

  — Entérate, desgraciado, no hago brujería ni me acuesto con demonios, pero después de lo que haré contigo, una noche en el lecho de ese diablo en el que tanto crees sería más placentera — Mientras Asser maldecía a diestra y siniestra y el Arzobispo mascaba la mordaza de pura impotencia, Mary tachó los trazos en su frente, y el recorrido a dos dedos fue a parar a dónde se encontraba el corazón, pasando por ambos pómulos, mejillas y cuello consumido en sus dos lados. Todo esto concluyó con un dise?ó simétrico sobre su piel. —. Ahora verás que soy capaz de hacer todo lo que digo.

  — ?Aberración! — gritó uno de los monjes, que aún yacían postrados dentro de los restos de ceniza y brasa del pentagrama. Otros quienes se iban levantando, unieron sus voces al primero. — ?Aberración! ?Aberración de Satán!

  Con el índice y el medio golpeó la runa de dominio, y la sangre dibujada comenzó a hundirse bajo el cuerpo de Asser:

  Dominio Absoluto Temporal

  ? Cayó y rodó por el suelo con las manos sobre la garganta en un esfuerzo por tomar del aire que le era tan preciado. Chilló alguna que otra súplica coherente antes de descomponerse en balbuceos y convulsionar de forma incontrolable.

  ? Su voluntad es ahora la mía. ?. La Marca de Dominio que le había inducido era de un grado superior de lo que Kairo e Iloura habían conseguido con Jinzo y los demás. Aunque hubiese sujetos de tan extraordinaria voluntad que pudieran resistirse, como era el caso de los cabecillas de la Horda, era un hechizo de lo más corruptivo para hombres peque?os en cuerpo y mente.

  Los monjes se alzaron en rebelión, y pretendieron salir corriendo. No llegaron muy lejos. A Mary solo le fue necesario alzar la mano para que una pared de fuego les cortara el paso. El círculo alrededor de la estrella de cinco puntas y el Fuego Fatuo habían resurgido de sus despojos en un parpadeo. El mundo y la Casa del Se?or se sumieron en un tono rojinegro digno del más espantoso de los tormentos infernales. Mary se acercó lo más que pudo, apuntándolos por un momento con la Daga.

  — Cristianos, nos disteis la vida a nosotros, vuestros demonios. Arrasasteis con más de una cultura, cuando quisisteis imponernos esas creencias. La Iglesia absolvió a los que se rindieron y aceptaron a un nuevo dios, pero el resto murió en batalla o fue condenado al acabar la guerra — Sin prisa, pero sin pausa, el pentagrama en llamas se fue consumiendo en tama?o, no así en intensidad, contrayéndose hacia sus adentros. Los píos la observaban con ojos como platos, mientras ejecutaban el ademán de la cruz. —. Un grupo sobrevivió al holocausto y se vio obligado a ocultarse entre los bosques, renegado a vivir en el silencio y la vergüenza. De las sombras, surgió la Horda, y como la mala hierba se esparció hasta la raíz del reino a lo largo de los siglos. La cristiandad plantó la semilla de esta tragedia con vuestras matanzas y la regó con la sangre de los que para vosotros eran infieles — Se?aló a los hombres celtas. —. Sus antepasados. No los míos. Yo nací como vosotros. Fui bautizada y hasta llegué a creer en su maldito dios. Y, sin embargo, pensasteis que era mejor arrojarme a una hoguera para purificarme, cuando descubristeis que no era de la misma naturaleza que vosotros.

  ? Incluso antes de todo aquello, una puta abadesa decidió que era propicio torturarme y mutilarme, para que no pudiese concebir a los hijos de Satán. Eso me destrozó. Soy la aberración que soy, gracias a vuestras creencias — Se volvió solo para deleitarse con el rostro desesperado del Arzobispo. —. Ahora cosechareis todo lo que sembrasteis: dolor, miseria y sangre.

  El Fuego Fatuo se cernió sobre ellos, y los hizo caer al suelo entre alaridos y dando tumbos sin crear una humareda.

  Mientras Mary salía dando saltitos con los pies desnudos de una maravilla que se derrumbaba por llamas capaces de derretir la piedra, sus oídos aún se deleitaban por su canción favorita, una que ningún bardo podía llegar a igualar sin dar la vida en el intento.

  — Cierra los ojos y te llevaré, donde los gritos se hacen canción.

  Y aquella alguna vez grandísima catedral de Saint Agora, orgullo de los cristianos, que se tardase doscientos a?os en alcanzar los cielos, se caería a pedazos en un cuarto de hora entre lamentos y vasto crepitar.

  El diácono, que nada podía hacer más que observar con inenarrable ineptitud como gobernaba sus esfuerzos, cargó a Mary en brazos, para que sus pies no se mancillaran con los rastros de la carnicería que anegaban las calles. El camino hacia el baluarte se hizo largo, pero transcurrió sin mayores incidentes. Las estrellas se derramaron por los suelos de la rimbombante Sala del Trono, cuando las puertas se abrieron para ella y su compa?ía con aquel solemne rechinido que había imaginado cientos de veces. Asser se detuvo ante los escalones que daban al trono, y aguardó allí con brazos endebles que aún se estremecían a causa de elevar un peso tan liviano.

  En cambio, los de Ramskull eran firmes y nervudos, sin llegar a resultar necesariamente enormes. Presumía de un pecho y unos hombros más anchos también. Antes de que la tomara en brazos, se removió el yelmo de hueso para darle la bienvenida con su excelsa belleza. Dos de oro y uno de plata, sus brazaletes relucían tanto como sus ojos de esmeralda. Solo el Rey estaba por encima de él, pero no había rastro alguno de Azus y el trono se hallaba vacío en las alturas.

  ? ?Habrá muerto en batalla? Ojalá que sí. Si así fuera, mi Ramsey tomaría el mando. ? Lo cierto era que en caso de hacerse realidad sus deseos, su amado tendría que batirse en duelo singular contra todo el que quisiera portar la Espada de Nuada, que era lo que para Leonor II representaba su corona. Si bien era forastero, Brynjar Berzerk podría constituir una amenaza, siendo de los primeros en blandir una insurgencia, sin lugar a duda. Entre la Horda de las Bestias, según las viejas costumbres, el estatus de Rey no se conseguía por dinastía ni por derecho divino; únicamente por la ley del más fuerte.

  — ?Lo lograste? — le preguntó él con voz atractiva y mirada aún más atractiva.

  — Azus, ?dónde está? — dijo sin hacer caso.

  — Vivo, si a eso te refieres, pero lidiando con sus propios demonios en algún lugar del castillo. — Antes de que pudiera formular de nuevo la pregunta, Kurt se situó a su lado con la muerte envuelta en sedas. El arca era tan ridículamente pesada que la habían abandonado a mitad de camino.

  Un momento más tarde, le regaló una sonrisa, y después un beso en los labios, mientras la hacía girar en el aire, como muestra de agradecimiento. Era la primera vez que hacía tal cosa fuera de la intimidad. Ramsey se encontraba tan satisfecho con sus méritos que olvidó por completo su costumbre de desde?arla en público cuando suplicaba por afecto. Sin embargo, no tardó demasiado en bajarla para hacerse con el botín de guerra que habían obtenido gracias a ella.

  Y lo prometido fue deuda. Como laurel, Kairo e Iloura recibieron su primer brazalete. Entre tanto, su amantísimo le colocó en el brazo su tercer ornamento de bronce tallado que hacía las veces de emblema de poder. Unos cuantos honores más y saborearía la plata, con lo que estaría por encima de Jinzo Cuatro Dedos, Bile y todos los que observaban con recelo como ascendía como la espuma, mientras ellos se estacaban en el mismo escalón en el que llevasen a?os.

  La avidez y la sed de venganza aún le recorrían las venas, cuando se llevaron a un Arzobispo desvaído directo a la pocilga que sería su celda. Pero el fuego que le recorría la sangre se extinguió de pronto, al escuchar un maullido que casi pasó desapercibido en una sala dominada por la embriaguez de victoria de numerosos hombres. En aquel momento, a Mary se le nublaron las ideas por la bruma de ternura que expelía este, y se le arrugó el corazón de puro sentimiento de solo verlo corretear y olisquear el aire en torno a los soldados. Era gordo, de pelaje espeso y blanco con motes amarillos. Era todo un amor, de ojos tan verdes y cautos como los de su amado.

  Se acercó lentamente a él, se posó detrás con pisadas silenciosas, y lo atrapó con gran habilidad después de perseguirlo por tres o cuatro metros. Lo alzó, y restregó su rostro vigorosamente contra el gato entonando un sonido entre un ronroneo y un maullido, al tiempo que el animal, asustado, trataba de alejarla, contorsionándose y poniendo sus zarpas de por medio.

  — ??No es hermoso, Ramsey!? — chilló con voz aguda y una sonrisa de oreja a oreja. — ?Siempre quise uno así de obeso!

  él no respondió, se limitó a mirarla con gesto indiferente.

  Brynjar se acercó a zancadas con el semblante ensangrentado y los hongos alucinógenos aún alentando cada uno de sus sentidos. Cogió al gato por las orejas, y desenfundó un cuchillo de su cinto de cuero.

  — ?De los príncipes ni?atos! — gritó, aunque un susurro hubiese sido suficiente para hacerse oír. — ?Hay que matarlo!

  — ??Qué!? — Los ojos de Mary se dilataron desmesuradamente del espanto. La piel se le tornó casi tan blanca como el vestidillo que llevaba encima. — ??Matarlo!? ??Qué crees que soy, un monstruo!? ?No!

  — ?Es un gato! — Cuando hablaba, despedía saliva. — ??Qué importancia tiene!?

  Mary Blood retrocedió de súbito, y mantuvo la distancia entre los dos. El animal bufó a Brynjar, desnudando los colmillos blancos, y Mary hizo lo propio, arrugando la nariz en el proceso.

  — ?De ningún Príncipe! ?Ahora es mío, caramierda!

  Por fortuna todo concluyó allí. Ramskull, quien se encontraba un pelda?o por encima en la escala de autoridad, apaciguó con una orden al gigante de un brazalete de oro y dos de plata. Yéndose con su debido cuidado, desde luego, porque un hombre de los Ulfhednar bajo efecto de los hongos podía explotar de cólera y lanzar hachazos a quién fuera por el mínimo roce. Según había dejado ver, Brynjar era imparable cuando estaba drogado y vestido con pieles de lobo, y en trance no distinguían bien entre enemigos y amigos a causa de la belladona y el bele?o negro.

  Abrazó a su nuevo amigo en gesto protector, y lo acunó mientras tarareaba una cancioncita para él. De prisa se habían unido, solo un tanto, en medio de un vínculo de resquemor hacia el vikingo. Le rascó detrás de las orejas, y el gato se volvió a contorsionar. Esta vez por placer. Necesitaba amor al igual que un nombre, por ello la hechicera buscó y rebuscó en su mente uno que le fuera perfecto.

  — ?Serás llamado Beelzebub! — anunció, risue?a, pero le supo mal en cuanto salió de sus labios. — ? No, eso sería excederse. ? — ?Beelzebubu! — Lo besó entre ceja y ceja, y más tarde, le siguió un besito esquimal. — Mi regordete Beelzebubu.

  ? Ya deja de jugar — le recordaron Balaam y Sekhmet, sus voces de codicia y la ira respectivamente. — La Orden Mendicante… El diácono Asser… ?. Mary era mujer que cuando yacía contenta habituaba olvidar todo con facilidad y distraerse hasta con una mosca que pasaba volando sobre su cabeza.

  De inmediato, se dejó de tonterías, y se dirigió a dónde se encontraba el único hombre que respiraba entre sus súbditos verdaderos, los Interfectos. Asser no se había movido ni un solo centímetro de su lugar. No albergaba esa opción. Todas sus capacidades estaban a pedir de boca de la magia de sangre de Mary. Su constante respiración, pesta?eos y algún que otro gesto airado de su lamido rostro eran los últimos indicios de que aún había vida propia y un atisbo de voluntad en él.

  — Irás a cada iglesia — empezó con voz grave. —, convento, monasterio, da igual al templo cristiano que sea. Irás a cada lugar en el que se encuentre una puta Orden Mendicante en esta repulsiva ciudad. Mi guardia te acompa?ará. A la fuerza, traerás ilesa ante mí a cada monja y monje. En especial a las monjas. Yo me encargaré del resto, ?entendido? — El diácono movió los labios y mostró los dientes con una irascibilidad acompa?ada de un gemido, pero de él no se escuchó nada más. Aunque lo quisiera, no podría hablar. Beelzebubu se acercó a él, y apoyó las patas delanteras sobre su hombro para olisquearlo de cerca. — ?Qué sucede, Asser? ?El gato te comió la lengua?

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