Connor había logrado persuadirlo para presenciar aquel día los combates del torneo de espadas. Vyler accedió, solo como un medio para desocupar su mente del asunto de Valysar, que en última instancia ocupaba la mayor parte de sus pensamientos.
— ?No os interesaría una insignificante apuesta? — le hubo preguntado el joven con gesto taimado, nada más se anunció el combate entre dos contendientes que respondían a los nombres de Atenea y el Ariete.
— ?De qué se trata? — quiso saber, bastante intrigado. Mientras el dinero o una penitencia indecente no estuviera de por medio, se complacía de cualquier apuesta que a sus ojos fuera atractiva.
Sobre un palco de honor techado y resguardado, ser Vyler Maine escuchó la propuesta. Creía jamás haber oído hablar de los combatientes, así que dudó en un primer instante. Cuando los vio salir del Túnel de las Dos Caras, se preguntó si se trataba de alguna clase de truco. Su hijo nunca apostaba sin una certeza de victoria, pero allí estaba Connor, a su lado, observando detenidamente su reacción, que fue el mismo ademán de consternación que mostró casi todo el público.
En resumidas cuentas, se dejó llevar por las impresiones, y aceptó por la sola diversión de hacerlo. Un apretón de manos selló la apuesta, y unos minutos después la perdió. Contra todo pronóstico, Atenea Pryce había ganado. Al advertir semejante despliegue de habilidad, coraje y determinación, ninguna otra derrota le supo nunca tan bien.
— Ya lo sabias — insinuó con un bufido hilarante. — ?No es así?
Connor se limitó a sonreírle, cerrando sus ojos y regocijándose en silencio, mientras se llevaba un trozo de comida a la boca.
Vyler se le quedó viendo de manera complaciente, a pesar de la sucia jugarreta.
El joven era casi uno de los suyos, lo quería como a un hijo, aunque Connor habituara dirigirse a él más como un caballero que como su padre. Después de tantos a?os, sabía que no había forma de que aquello cambiase. Connor era valiente, honorable (cuando le convenía), pudiera ser que incluso más instruido en letras que ser Vyler, esgrimía la espada casi tan bien como Valysar, pero era aún mejor con los cuchillos e insuperable con el arco. Un plebeyo instruido por nobles, con el corazón de un aventurero, la mente de un Intelectual y habilidades más allá de la caballería.
Después de que finalizara el caos del enfrentamiento de Atenea, ingresó a la arena la persona que menos esperaba Vyler que se prestara para combatir. No resistió el agravio que le produjo el ridículo espectáculo que hubo precedido al veloz triunfo de su hermano, y se marchó del coliseo a falta de los últimos combates del día.
Entre las pocas que salían y las incontables personas que intentaban entrar, abarrotaban las puertas del recinto. Tuvo que luchar para abrirse paso en medio de la agitada muchedumbre. En la calle, donde la gente se encontraba más serena, cierto grupo de un centenar de personas se aglomeraba al costado del camino. Anduvo junto a Connor, entre la multitud en busca de los establos.
— él es irremediable. — dijo al final.
— No sabía que vuestro hermano iba a estar allí. — agregó Connor, cuando descubrió que Vyler tenía el ce?o fruncido bastante pronunciado. Aquella expresión era tan impropia de él mismo, lo sabía.
?Optó por atender sus responsabilidades más enraizadas a la corona?, recordó terriblemente disgustado. Se rascó la barba corta y gris, sopesando cuantas más canas le haría sacar su hermano esta vez.
— Para ser franco — expresó en su lugar. —, no dudé ni por un segundo que las responsabilidades a las que se refería lord Stanford eran las de guardar las vidas de la Familia Real — La consternación se había apoderado de su tono de voz severo y mordaz. —. Pero, esto sobrepasa cualquier acto irresponsable que haya cometido en el pasado. Konash… — Se llevó una mano al rostro en gesto de desasosiego. —. Ocuparse de su sagrado compromiso con la Corona es un asunto indiscutible; otro muy distinto es permitir que Valysar, sobrino y escudero, vaya a la guerra, sin estar todavía preparado, para que él simplemente pueda participar en un condenado torneo.
Connor no dijo nada. Como de costumbre, cavilaba mucho más de lo que se aminaba a expresar.
La teatral e innecesaria entrada de su hermano a la arena había echado por tierra todo su buen humor y tranquilidad; la gota que colmó la copa demasiado profunda que era su paciencia. Ser Konash se había ganado el rotundo clamor de los aficionados, ataviado con su armadura platinada al trote de su hermosísimo semental níveo. El combate contra un esbelto y desafortunado caballero errante duró poco menos que un santiamén. Sin embargo, su respectivo inicio se había prolongado durante mucho más tiempo. Ser Konash el Apuesto, rondó por toda la liza recibiendo rosas y elogios, mientras desplegaba su habitual derroche de galantería hacia las doncellas y damas de la grada. Y posteriormente, concluyó todo el espectáculo exhibiendo sus habilidades para la equitación, riendo y deshaciéndose en las alabanzas, con gesto presuntuoso. Todo esto, mientras su escudero iba solo hacia el campo de batalla.
Cuando hubieron llegado a los establos externos del coliseo, el mozo de cuadras, un joven patizambo no mayor a Connor, le tendió al caballero las riendas de su regia montura color crema.
Wyke los recibió a ambos con relinchidos y sacudidas ansiosas.
— Una apuesta es una apuesta — se?aló el caballero, con aires de cansancio, al extender las riendas hacia Connor. —. Solo serán unos días.
Connor dudó en hacerse con ellas.
— ?Estáis seguro? Pensé que después de lo ocurrido en la arena sería mejor, más sabio incluso, que…
— Insisto en que toméis las riendas — declaró forzando una ligera sonrisa. —. Sabéis perfectamente que cualquier disgusto que pueda dejar escapar no va dirigido hacia vos.
Aunque indeciso, Connor consintió sus palabras, y aceptó el pago de la apuesta con un gesto de asentimiento.
El caballero saldó con cinco novísmos de plata al mozo, para que ensillara un corcel descansado y disciplinado lo más pronto posible. Al advertir semejante cantidad de dinero por un caballo cualquiera, el encargado del establo descompuso su rostro en una expresión de felicidad y corrió hacia los adentros de la cuadra. Un minuto después, regresó con un trotón grisáceo de cresta parda y aspecto sano, y lo entregó con un vago intento de reverencia.
Connor cabalgó de un salto, y abrió la marcha, guiando a Wyke hacia la amplia calle empedrada. Vyler lo siguió de cerca. La carretera de adoquines se encontraba atestada por transeúntes hasta tal punto que no tuvieron más opción que avanzar a un angustioso paso de tortuga. Cabalgaba, ensimismado en sus asuntos, cuando un nombre alguna vez olvidado lo despojó de forma abrupta de todo pensamiento e inquietud.
— ?Atenea! — escuchó vociferar en reiteradas ocasiones de una muchedumbre al costado de la calle. — ?Atenea! ?Atenea!
Con ojos curiosos, dirigió la vista hacia aquel tumulto de almas conmovidas, sin descuidar el avance de su apaciguado corcel. Dedicó un instante a cada rostro abstraído o entusiasta, hasta que sus ojos se hallaron con el centro de todo aquel bullicio al que no podía hacer oídos sordos; una hermosa y radiante de alegría mujer de cabellera extravagante se alzaba por encima de la multitud, con una sonrisa que por poco no daba cabida en sus mejillas. Las personas se arremolinaban en torno a ella, para chocar las palmas; otros, en cambio, la vitoreaban con aplausos. Una veintena de voces revoltosas e indescifrables se entremezclaban con las aclamaciones a su nombre, en un recital de gritos desorganizado.
Atenea se rendía a ellos, con ojos de abundante regocijo.
Se fascinó al descubrir la pasión que la doncella provocaba. El caballero no la perdió de vista. De inmediato y como por obra del Se?or, ciertas personas que acompa?aban al enjambre se movieron de su sitio, y con ello, permitieron ver a aquel padre que alzaba a Atenea sobre sus hombros por encima de todos los demás. Vyler, sin apenas darle crédito a su conciencia, detuvo al caballo. Pese a la distancia, vislumbró al sujeto jovial y robusto. Marcus llevaba cincelado en aquel velludo rostro una expresión grandiosa de felicidad y orgullo. Un vistazo fue todo lo que necesitó para que una amplia sonrisa invadiera la faz a ser Vyler.
— ?De quién se trata? — curioseó Connor, que había vuelto sobre sus pasos.
— Es un viejo amigo.
Después de esto, Connor no se mostró interesado en saber algo más acerca de aquel hombre, cosa que agradeció. Vyler respiró tranquilo, al ver que su curiosidad no fue más allá de una simple interrogante. Había jurado silencio, ante todo, y mucho menos estaba de ánimo para ponerse a improvisar una mentira sobre la marcha. Al final, el muchacho se despidió con un gesto de mano, y se alejó al galope a lomos de su radiante corcel Wyke.
Cuando se quedó a solas, Vyler se mantuvo suspendido en una nube de plácidas memorias; nube que pronto ennegreció por el recuerdo de una vieja desgracia, una vez más desenterrada desde lo más profundo de su mente. Suspiró, pero en lugar de bajar la cabeza en arrepentimiento, eligió mirar al frente. Repasó con alegría el rostro de su antiguo amigo una última ocasión, para luego abandonar el pasado tan pronto como hubo llegado de vuelta a él; lo prefería así, antes que permitir que azotara su rebosante corriente de zozobras.
Tenía asuntos impostergables.
Intentó despejar el pensamiento, y se dispuso a espolear a la montura, para salir al trote con la intención de encarar a su hermano.
Ser Konash el Arrogante, era uno de esos caballeros a los que no se le daba bien reverenciar el código de conducta de la caballería. Y pese a que fuera enaltecido con el formidable honor y responsabilidad de pertenecer a una orden sin paragón como la Guardia de la Realeza, era bastante conocido por su excentricidad, tozudez y un orgullo más allá de cualquier caballero vivo o muerto. Y encima, era un disoluto.
— Con todo el respeto de mi ser — había dicho en una ocasión lord Ashton Lyall. —, y al mismo tiempo, con toda la razón del mundo, qué Dios se apiade de nosotros si llega el día en el que ser Konash Maine se convierta en el Paladín de la Guardia de la Realeza.
Lo cierto era que la arrogancia que había sabido conseguirle aquel singular seudónimo era bien compensada por sus prodigiosas capacidades como espadachín. Cosa que le había sido suficiente a su hermano para salir airoso mientras crecía de mil problemas contra caballeros, nobles y plebeyos agraviados por igual. Sin embargo, ante la Corona, una sola pizca mal tirada de esa arrogancia podría ser su perdición.
El único aliciente de Vyler en medio de tanta irritación era el dulce privilegio de vestir con la ligereza de sus ropas de tela. Su pesada armadura de placas, gracias a Dios, se mantendría olvidada en el exilio de su exhibidor por algunos días. La vaina del más refinado cuero y acero en su cintura era su mera distinción como caballero.
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Después de recorrer una sarta de calles a lomos de un corcel de pisadas discretas, se encontró en las inmediaciones de una de las zonas más suntuosas de la Capital, próxima al corazón que era el Bastión del Rey. Bajo el manto granate del ocaso, los edificios se alzaban como mansiones de tres o más plantas a lo largo de la calle, con muchísimo esmero en su fachada de yeso, cal y pizarra de matiz negro o blanco y enormes miradores balaustrados. Tenía el presentimiento de hallar respuestas en los adentros de alguna de ellas. Y sabía exactamente por cuál de todas iniciar su búsqueda.
Cuando hubo llamado a la puerta de la primera de ellas, como por arte de magia todas sus conjeturas se hicieron realidad. Y en su cara antes impávida dejó asomar cierto rastro de satisfacción. Una joven menuda de unos veinte a?os, como mucho, con cabello casta?o y la piel de ébano se había apresurado a abrir la puerta con una sonrisa encantadora que desapareció en el instante en que reconoció a ser Vyler.
— Disculpadme, mi lady — comenzó con cortesía, aunque conocía de primera mano que no se trataba de una doncella noble, sino de una de las putas de su hermano. — ?Sabéis decirme si se encuentra ser Konash Maine en este lugar?
La mujer boqueó con sus gruesos labios en busca de una apresurada respuesta, pero ni una palabra consiguió salir de ella. Hubo un cambio repentino en su advenedizo semblante, que, al no al no concebir ideas, se ruborizó. Bajó la mirada en un claro despilfarro de simpatía, se hizo a un lado, y se?aló al caballero el camino hacia los adentros.
Se encontraba en el lugar preciso.
Durante todo el trayecto hasta el piso superior, la damisela no musitó frase alguna. únicamente, se dedicó a mirarlo de soslayo con dulces ojos de avellana, mientras subía los escalones de la mansión con el vestidillo de sedas vaporosas recogido para ayudarse a ascender. Hacia el final, el trayecto se vio continuado por un largo pasillo, bajo un tragaluz afín de extenso, entre blancas paredes y puertas de roble a los laterales.
— Aquí está él, mío ser. — dijo ella con un acento extravagante, cuando hubieron llegado ante la última puerta en los confines del pasaje. Después, hizo una gentil reverencia, dio media vuelta, y volvió sobre sus pasos.
Ser Vyler no se tomó la molestia de anunciar su llegada con un llamado a la puerta. Tan pronto como observó a la damisela alejarse, giró la perilla, y se apresuró a entrar a la habitación.
El aposento se hallaba iluminado por la luz rojiza del ocaso, que entraba desde el balcón, y escuetamente ribeteado por algún que otro mueble suntuoso y una alfombra de tacto suave. El sitio se veía un tanto desocupado, pero casi un tercio de este se encontraba obstruido por un enorme lecho bajo una llovizna de rosas. Ser Konash dormía en medio, con el torso desnudo, los brazos extendidos de par en par y la boca abierta, a punto de dejar escapar un gran ronquido.
— Optó por atender sus responsabilidades más enraizadas a la Corona. — volvió a evocar, enojado, aquellas palabras. Rondó por la habitación sin saber qué hacer. Se llevó una mano a la cabeza, mientras cavilaba y advertía, con aire de menosprecio, a su hermano y a sus voluptuosas acompa?antes.
A Vyler no le sorprendió su desvergüenza. No había cambiado, aún después de tantos a?os. Konash conservaba a una mujer acurrucada a cada lado. Ambas, rendidas al sue?o, dejaban caer su desnudez sobre las sábanas. Tenían una espesa y ondulada melena carmesí que les llegaba más allá de la cintura, y cubría buena parte de sus encantos.
El caballero se pasó una mano encallecida por el rostro, y resopló de amargura, en su intento por ahogar un grito atroz. Se retiró el cinturón de cuero, con la espada todavía envainada en su cinto. Cuando hubo terminado, cogió la funda y el mango de la espada entre sus manos, y desenvainó, con un silbido que cortó el silencio de la habitación. Al instante, ser Konash abrió los ojos como platos y se revolvió para sacarse de encima a sus compa?eras de cama. Las mujeres vieron a Vyler allí parado y lanzaron un chillido al aire, mientras Konash se apresuraba a hacerse con la espada que reposaba al pie del lecho.
— ?Tomando la siesta, Konash? — inquirió ser Vyler, permitiéndose cierta indulgencia. Lo último que ambicionaba era aterrorizar a su compa?ía femenina, pero no había en él lugar para más educación.
En aquel punto, Konash había reaccionado con tantísima rapidez y agilidad que apartaba violentamente a una de sus prostitutas, para hacerse con su opulenta arma enfundada a la que llamaba Rompecorazones.
— ?Hermano? — preguntó en un desazonado tono entre la indignación y la incredulidad, con la espada en mano. — No… No sabía que habías llegado a la ciudad. ?Cómo has estado? — Y le dedicó una sonrisa plagada de cinismo.
— Haznos un favor a ambos y ahórrate esa poca cortesía que te resta. — Enfundó el acero. Su rostro todavía oculto bajo un delgado velo de reserva.
Tras un breve momento de consternación, el pudor impulsó a ambas mujeres, quienes avivaron sus ánimos, y se adelantaron a cubrir sus partes más íntimas como pudieron. Una lluvia de peque?as pecas se cernía sobre sus narices y discurría por sus cuerpos hasta la generosidad de sus bustos. El sobresalto les había dejado en la piel una palidez antinatural.
— Tranquilizaos — les indicó Konash entre risas un tanto inquietas. —, mi hermano solo me estaba jugando una mala broma. ?No es así? —. Pero, él mejor que nadie sabía que Vyler jamás bromeaba. Y mucho menos lo hacía con acero entre las manos.
Ser Vyler no manifestó palabra alguna, dejando ver en su semblante un gesto de pronto severo. En aquel instante de silencio, se había percatado de que ambas pelirrojas se guardaban la una a la otra una semejanza espeluznante. Una de ellas aparentaba, en su desvaído rostro, casi tantos a?os como la chica de piel exótica de abajo; la otra mujer, en cambio, le doblaba la edad a la primera. Con un resoplido, Vyler apartó la vista, y se dirigió a servirse una copa del tonel de vino pernoctado sobre la mesilla junto a la puerta.
Konash debió percibir todo aquello como una tácita advertencia.
— ?Por qué no os ponéis cómodas en la sala común? — les dijo a las aturdidas mujeres, al pasarse una mano por su cabellera casta?a oscura con una sonrisa galante. E inmediatamente, aquellas dos, con el color de la sangre en sus rizos, se acomodaron la espesa melena de modo que cubriera la mayor parte de sus pechos y vientre. Abochornadas, se sacudieron los nervios tanto como pudieron y trataron de esbozar una peque?a sonrisa en sus mejillas ruborizadas al recoger los vestidos del suelo y despedirse.
Su mayor vergüenza y acto contra su propio honor siempre hubo sido morderse la lengua y tapar con un dedo las incontables faltas de su hermano en contra de sus juramentos, para así proteger su vida. No obstante, después de abandonar a su suerte a su primogénito para yacer con putas y rendirse ante los aplausos de desconocidos, ya no estaba tan seguro de que tanto más podía, o quería, llegar a hacer por su pescuezo.
— Madre e hija juntas en el lecho… — Konash exhaló un suspiro cargado de satisfacción, al tiempo que se ataviaba con sus ropajes. — ?Puedes creerlo? ?Uff!… Perdón por eso.
Vyler dejó descansar su arma sobre la mesilla, y bebió un buen trago de vino. Más tarde, se aproximó a su hermano con la copa en mano.
— Solo Dios sabe cuánto quisiera arrojarte este vino a la cara. ?Es a esto a lo que te dedicas ahora como Guardia de la Realeza?
— Preparaos. Aquí viene otro sermón del Santo Padre. — susurró con una apatía que se reflejó en su agraciado talante al levantarse de la cama.
— Prostitutas…
— No son prostitutas — se apresuró a corregir. —. Son… mujeres de noble cuna. Aunque con tan poco decoro la una por la otra que resulta comprensible la confusión.
— ?Y todavía piensas que eso mejora tu condición?
El Arrogante se encogió de hombros junto con una mueca desvergonzada.
— Konash… — siguió, bastante sulfurado. — Tienes un deber sagrado para con la Corona que deberías estar cumpliendo.
— Siquiera dime, ?cómo fuiste capaz de saber dónde estaba?
— ?No fue difícil imaginarlo! — Se acercó, todavía más, de una zancada. — ?Sé que desde hace meses has descuidado tu deber para venir a revolcarte con prostitutas! ?Haz hecho un juramento sagrado! ?Por el amor de Dios! ?Juraste voto de castidad perpetua ante Dios y ante el Rey!
— Los cuales jamás he roto. — Cada uno de sus gestos al hablar era un auténtico derroche de certidumbre y presunción inexpresable.
— ?De qué estás hablando? — La indignación bailaba en la aspereza de su boca.
— Escucha, hermanito — empezó con voz pausada. —. Estos ?votos de castidad? dictan que no puedo concebir hijos, ?sí? Ni formar una familia. En ellos jamás se especifican que no pueda disfrutar de los placeres carnales con… no prostitutas. Y en lo que a ti concierne… — Y se giró, alzando los brazos. — ?Ves a algún ni?o por aquí? No creo.
? Treinta a?os de vida y aún sigues siendo un ni?o, Konash ?, pensó atónito.
— Hermano — expresó en su lugar. —, si alguna vez tú… Si llegaras a concebir a un bastardo, qué Dios nos perdone a ambos porque juro que…
— No es tan difícil evitarlo, ?sabes? Tan solo asegurate de sacar al Dragón de la cueva antes de que escupa fuego y todo estará bien. De color de rosas.
En favor de no arrojárselo la cara, la poca serenidad que en él persistía lo obligó a dejar caer la copa, que fue a estrellarse contra el piso de madera y se fragmentó en mil pedazos con un afilado grito de cristal.
— Yo no pienso pagar por eso, Vyler — dijo ser Konash, acompa?ado de otra expresión de arrogancia dibujado en su inquieto rostro.
Recortó un paso más, con gesto implacable, hasta quedar a un palmo de distancia de su hermano.
— ?Alguna vez en tu vida has tratado de actuar con honradez ante una situación cualquiera? — Frunció el ce?o más que nunca, y entonces pareció preparar un golpe, cerrando el pu?o con esfuerzo desmedido. — Reconoces la seriedad de las faltas que cometes, pero eso no mengua tu grandísimo egoísmo.
Ambos caballeros se observaban con desdén mutuo. Cada uno era tan alto como el otro.
— Ya hace mucho tiempo que he dejado de ser el hermanito peque?o al que tienes que cuidar. ?O es que aún necesitas tiempo para acostumbrarte a ello, Vyler?
— No sabes lo mucho que me arrepiento de haber dejado parte de la educación de mi primogénito en tus manos. — Dio un paso atrás, de regreso hacia la mesilla junto a la puerta. No era muy dado a la bebida, pero necesitaba una copa más para tragarse la rabia.
El Arrogante esbozó una carcajada de incredulidad, para después importunarse.
— Todo esto no se trata de mi o de mis votos… Estás aquí por Valysar. ?Estás aquí porque temes que tú hijo caiga en batalla, así como nuestro padre lo hizo en su último día! ?Y ahora vienes a mí en busca de alguien a quién culpar, si llegará a suceder! Pero te tengo noticias, Vyler: ?Tú hijo ya es un hombre! ?Somos Maine, vivimos por y para el honor y la gloria de la batalla!
— ?Tú vives para el honor? — Se volvió con gesto ácido. — ?De verdad?
En los ojos brunos de ser Konash se reflejó un mundo de arrepentimiento, que intentó ocultar, evitando para ello cruzar miradas. Se había dado cuenta de su estúpido error, rindiéndose ante la impertinencia de su boca.
— ?Qué clase de honor — siguió ser Vyler. — puede tener un caballero que destroza la solemnidad de sus votos, y aun así decide escudarse tras vagos pretextos dignos de un ni?o? ??Qué clase de honor puedes llegar a tener tú, que das más importancia a un maldito torneo antes que cumplir tu deber como tutor de un escudero y guardia de un Rey!?
No hizo ademán en responder.
Descubrió en el reflejo del espejo a alguien irreconocible. El rostro de ser Vyler se encontraba desfigurado y enrojecido por la ira. Tal fue su arrebato que su respiración comenzó a surgir de forma brusca, medio inconsciente para tratar de sosegar sus emociones. Observó con desprecio sobre un hombro a Konash, mientras emprendía la marcha hacia su espada.
— Puse a mi hijo en tus manos — intentó decir con voz tranquila. — porque no quería enviarlo al castillo de ningún lord, porque quería estar cerca de él siempre que regresase a casa. Estúpido de mí por haberlo hecho. Estúpido de mi por pensar que habías cambiado de actitud. No había mejor espadachín en el reino entonces, y a día de hoy pienso que aún no lo hay — Suspiró. —. Konash, eres un gran soldado… Pero como hombre y como caballero eres una desilusión.
— Entonces… ?Qué sucederá ahora?
— Si Valysar regresa… Cuando mi hijo regrese, solicitaré a ser Andrew Broadbent que culmine su educación.
— ?Broadbent? — Arrugó la frente como en un intento por recordarlo. Quizás no lo conocía. No era nada nuevo que a Konash Maine solo le interesaba Konash Maine. Si de él dependiera romper algunos votos más, se casaría consigo mismo.
En cualquier caso, ser Vyler no le dio más importancia.
— Con suerte en unos meses se convertirá en caballero. En un auténtico caballero. Tú quedarás libre de toda obligación para con él. Debí haberlo hecho el día en que te juramentaron como espadachín platinado, pero ya veo que mi error fue depositar solo una pizca de confianza en ti — Su hermano dividió las comisuras de sus labios para intentar pronunciar algo más, pero sus ánimos se desvanecieron al instante. Antes de cruzar la puerta, se detuvo en el umbral sin dignarse a verlo por última vez. —. Sé acabo, Konash. Estoy cansado de ti. Será mejor que supliques perdón a Dios y al Rey por perjurar y romper tus votos, porque ya no seré el escudo que oculte tus ignominias. Si fuera tú, entregaría esa espada que llevas y esperaría a que no me ahorcasen por ello.
Salió de la habitación entristecido. Si creía haber hecho lo correcto, ?por qué sentía un vacío que lo sofocaba aún más grande que cualquier ira?

