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Capítulo 2: La escarcha eterna

  El silencio dominaba el interior del vehículo. Un silencio tan espeso que parecía pesar sobre los corazones de los jóvenes. El mundo que conocían había quedado atrás, reducido a escombros junto con las personas que alguna vez les ofrecieron calor, refugio y dirección en un mundo donde el frío lo devora todo.

  La aldea, su hogar, ya no existía. Y lo peor de todo: Elira, la mujer que los había criado, que les dio propósito en medio de la escarcha, ya no estaba con ellos.

  —Tú sabías que esto iba a ocurrir, ?verdad? —dijo Eldric de pronto, rompiendo la quietud con una voz quebrada, como si cada palabra le doliera—. ?Por qué no nos dijeron nada? Tal vez si hubiéramos estado más preparados... podríamos haber evitado...

  Su frase se desvaneció, perdida en la niebla de su desesperación.

  —Era inevitable —interrumpió Shaktir con voz firme—. Nadie puede enfrentar al Búho de Hielo. Elira lo sabía.

  El conductor mantenía los ojos en el camino, pero sus palabras estaban te?idas de una amargura contenida. El peso de la pérdida se reflejaba en su rostro, aunque se obligara a no mostrarlo.

  —Lo único que podemos hacer ahora es llegar al punto de encuentro y averiguar qué se espera de nosotros —a?adió—. ?Ya leyeron la carta?

  Nyra, decidida, tomó el sobre entre sus manos. Sus dedos temblaban levemente mientras lo abría y desplegaba con cuidado el papel.

  —"Sé que ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos, Elira. Puede que ya ni siquiera reconozcas mi rostro, pero necesito tu ayuda. Encontramos una forma de detener esto. De cambiar el mundo. De tener ese futuro que tú y yo so?amos. Necesito que vengas a la ubicación marcada en el mapa y que traigas los amuletos que encontramos en las ruinas de Zhynto. Espero que este mensaje te llegue. Cuídate y espero verte pronto."

  La voz de Nyra se detuvo. Al final de la carta, un sello en cera mostraba una serpiente enroscada en una estaca de hielo, rodeada por un único nombre: La Escarcha Eterna.

  Un silencio nuevo cayó sobre ellos. Denso. Cortante.

  Nadie sabía qué significaba aquel nombre, ni quién había escrito la carta. Solo sentían que algo se había puesto en marcha y que ya no había marcha atrás.

  Shaknir fue el primero en hablar:

  —Yo tengo uno de los amuletos... —dijo, sacando una piedra de su bolsillo. Su superficie brillaba tenuemente con un resplandor verdoso—. Elira me lo dio hace un tiempo. Pensé que era solo un regalo de cumplea?os... protección simbólica, nada más.

  La piedra vibraba en la penumbra como si respondiera a la carta. Elyndra la reconoció de inmediato: era similar a la que Elira le había entregado momentos antes de morir.

  Ninguno lo dijo en voz alta, pero un escalofrío los recorrió al mismo tiempo. La conexión entre esas piezas no podía ser casualidad.

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  Las preguntas eran muchas. Las respuestas, pocas. Y la noche comenzaba a cerrar su pu?o de hielo sobre ellos.

  Horas después, mientras Eldric y Nyra dormían, Elyndra se acercó al asiento del conductor. Shaktir, aún despierto, tenía los ojos fijos en el horizonte, como si vigilara una amenaza invisible.

  —?Estás bien? Deberías descansar —le dijo ella en voz baja—. Puedo tomar el volante.

  Shaktir no respondió de inmediato. Respiró hondo. Luego, sin apartar la vista, murmuró:

  —?Crees que podríamos haber hecho algo más? ?Yo... podría haber hecho algo más que simplemente huir?

  Su voz tembló. Por primera vez, Elyndra vio el peso de la culpa reflejado en su rostro.

  —Elira dijo que esta era nuestra única oportunidad para cambiar el mundo. Pero... ?por qué nosotros? ?Por qué no vino ella? Pude haber hecho más... para salvarla. Para salvar a todos.

  Elyndra le tomó la mano, sintiendo su temblor. Quiso encontrar las palabras correctas, pero solo encontró verdad:

  —No es tiempo de pensar en eso, Shaktir. Elira sabía lo que hacía. Ahora nos toca a nosotros continuar. No sé si esto es el final o el principio, pero estamos juntos. Y eso es lo que importa... ?verdad?

  Sus palabras, simples, cargaban con la esperanza de lo perdido. Una chispa, en medio de tanta oscuridad.

  —Ve a descansar. Yo manejaré —a?adió con una sonrisa triste.

  Shaktir asintió. Sin palabras, se apartó del volante. Por primera vez en días, cerró los ojos.

  Horas más tarde, el primer rayo de luz comenzó a alcanzarlos, iluminando el paisaje cubierto de nieve. El viento golpeaba sus rostros, pero a pesar de la brisa gélida, había una especie de calma entre los viajeros, pues sabían que finalmente habían llegado.

  Shaktir fue el último en despertar. Se tomó su tiempo para estirarse, pues no había descansado lo suficiente, pero el viaje debía continuar. Frente a ellos, comenzaba a dibujarse una ciudad gigantesca que se alzaba en el horizonte; ya no estaban rodeados de monta?as y hielo interminable.

  —?Es aquí? —preguntó Elyndra, desconcertada.

  —Debe serlo —respondió Eldric.

  Pero algo no encajaba.

  Las calles estaban desiertas. No había sonido, ni movimiento. Las estructuras eran inmensas, heladas, como si el tiempo se hubiera detenido siglos atrás. No era una ciudad viva... era un mausoleo.

  —Avancemos con cuidado —advirtió Elyndra—. Hay algo extra?o aquí.

  La sensación era palpable. Como si algo los observara desde las sombras.

  De pronto, Nyra alzó la voz:

  —?Vieron eso? Una figura... dentro de esa casa.

  El grupo detuvo el vehículo. Lo que habían visto no era una persona. Era un cuerpo congelado, sentado junto a la ventana.

  El silencio volvió, pero esta vez era opresivo.

  —No sabemos qué lo congeló... necesitamos estar alerta —dijo Eldric, empu?ando su daga.

  Bajaron del vehículo y se adentraron en la casa.

  Las paredes estaban cubiertas de escarcha. El aire era pesado, inmóvil. La sensación de estar siendo observados se intensificaba.

  Nadie hablaba. Nadie respiraba con normalidad.

  Entonces sucedió.

  Elyndra cayó.

  No gritó. No se defendió. Solo cayó, como si el hielo la hubiera reclamado en un segundo.

  Shaktir giró justo a tiempo para verla desplomarse.

  —?Elyndra! —gritó, pero fue interrumpido por un golpe brutal en la nuca.

  Todo se volvió negro.

  —?Muéstrate! —rugió Eldric, girando sobre sí mismo, desesperado—. ?No somos tus enemigos! ?Venimos de parte de Elira para...!

  Sus palabras murieron en su garganta. Algo lo golpeó por la espalda. Rápido. Silencioso. Preciso.

  En el último momento antes de perder la conciencia, la sensación de terror se apoderó completamente de él. El frío, la oscuridad, la soledad... Todo se fundió en una única sensación: la sensación de ser completamente insignificante, como si el universo entero hubiera decidido que ya no había lugar para él ni para sus amigos en este mundo.

  En la penumbra, una figura se alzaba entre los cuerpos caídos. Observaba en silencio. Su aliento no levantaba vapor. Su presencia no dejaba huella.

  Era como si nunca hubiera estado allí.

  Solo la escarcha eterna.

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