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Capítulo 12: Enfermedad.

  Finalmente he conseguido dominar, de cierta manera, mi fuerza sobrehumana. Pero cuando veo a Rya moverse con increíble agilidad, mi confianza vacila.

  El sol quema con fuerza y mis brazos apenas pueden aguantar el peso de la espada. Una gota de sudor me entra en el ojo.

  —?Pon atención!

  Ella corta la distancia entre nosotros y el aire silva cuando su espada está a punto de golpearme. Casi no percibo el movimiento de la hoja.

  Por poco tropiezo cuando intento retroceder. Consigo bloquear su ataque a duras penas, pero la fuerza del golpe me empuja como la embestida de un toro.

  —?Mierda! —escupo.

  El pecho se me expande como un globo, tratando de recuperar el oxígeno. Me quedo sentado sobre la hierba, con la mu?eca adolorida y las manos acalambradas.

  Rya apenas muestra signos de cansancio.

  —?Descansamos un poco? —pregunta ella, sonriendo a medias.

  —Por favor…

  El aire sopla contra mi rostro acalorado. Me refresca un poco.

  Pensaba que lo más difícil de este entrenamiento era controlar esta fuerza. Me equivoqué.

  Si no puedo mantener un combate amistoso con ella, ?cómo se supone que voy a enfrentar a un monstruo?

  Al principio, Rya se movía tan rápido que desaparecía ante mis ojos. Cuando me daba cuenta, estaba detrás de mí, pateando mis tobillos y haciéndome caer como un saco de arena. No fue fácil lograr analizar sus movimientos, pero incluso ahora, el resultado es el mismo; sigo comiendo polvo.

  Luego de sacar una cantimplora de las alforjas, camina hacia mí. El agua borra el sabor a desierto en mi garganta.

  —Odio la espada —frunzo el ce?o.

  El arma hace un sonido seco cuando cae a la tierra y partículas de polvo se levantan.

  —No digas eso —Rya se sienta a mi lado—. Recién estás aprendiendo. Pronto sabrás usarla.

  Mi cuerpo se ha enfriado y los músculos pesan más. Con la manga de mi camisa me seco el sudor de la frente.

  —?No hay otras armas que pueda usar?

  —La espada es el arma más básica de todas —se aclara la garganta—. Si no aprendes a usarla, te será imposible dominar el resto de armas.

  Su tono es severo. Frunce los labios y entrecierra los ojos.

  Aunque sea así, no me haría da?o intentarlo. Pero puedo adivinar cómo reaccionaría si comienzo a insistirle.

  —Por cierto —dice ella—, una mala costumbre que tienes es que, a veces, cierras los ojos cuando te defiendes.

  —?De verdad? No me había dado cuenta.

  —Eso se te quitará con el tiempo. Pero tienes que acostumbrarte a recibir golpes.

  No estoy seguro de querer convertirme en un masoquista.

  Le pido que me hable del resto de armas. A rega?adientes me resume virtudes y defectos, pero cuanto más escucho, más me desilusiono.

  Tiene que existir una manera de pelear sin aprenderme un manual de técnicas de esgrima.

  —Si no quieres usar una espada —aclara—, puedes usar el martillo. Aunque —Rya cubre sus labios con los dedos, aguantando una risa—, tiene mala fama de ser un arma que usan los brutos.

  Una vena marcada brota en mi frente.

  —?Para brutos? ?Por qué? —la frente se me arruga.

  —No tienes que saber usarlo. Solo tienes que pegar con fuerza a tu objetivo y ya. Aunque… —alza la mirada, pensativa—, tendrías que llevar un escudo para protegerte y eso también requiere ciertos conocimientos.

  Exhalo un suspiro y me acuesto sobre el pasto. Miro las nubes pasar, repasando mis opciones.

  Pelear usando solo mi maná podría ser una opción, pero no sé qué tan efectivo sea.

  Las sienes me hincan por pensar tanto.

  El viento me revuelve algunos mechones de mi cabello. Con fastidio me aparto el pelo de la cara. Debería recortarlo un poco.

  Toco los dedos con mi pulgar, sucios de polvo y sudor. Incluso comienzo a tener callos.

  —Oye…

  —Dime. —Rya estira su espalda.

  —?Y si peleo a pu?o limpio?

  Ella mira con atención y parpadea, lento. Muy lento.

  Sigo hablando, pero me aparta la mirada.

  —Ethan, no —niega con la cabeza—. Hay muchas cosas que podrían salir mal si combates de esa manera.

  —Si aprendo a usar mi energía, tal vez tenga una oportunidad.

  Rya se pone de pie y sacude el polvo de su ropa. No dice nada por un buen rato. Solo me da la espalda.

  —?Te han dicho que eres alguien muy terco? —se cruza de brazos—. Puedo ense?arte lo básico del maná, nada más. Si quieres especializarte, tendrás que experimentarlo por tu cuenta o buscar a un Canalizador.

  Me quedo callado y bajo la mirada. Quisiera contestarle, pero eso solo creará un conflicto entre nosotros.

  —?Podemos seguir? —pregunto, poniéndome de pie.

  —De acuerdo.

  Rya toma posición. Levanta sus brazos y prepara la espada.

  Me alejo algunos pasos de ella, pero mi arma sigue en el suelo.

  Separo mis pies y subo mis manos a la altura de mi rostro. Ella me mira, sin entender.

  —?Qué haces? —levanta una ceja.

  —Probarte mi punto —soplo.

  —De verdad… —sus hombros caen.

  A pesar de lo que dije, no sé cómo continuar. Ella se ve tan quieta, como una estatua. Y eso me pone nervioso.

  No haré de esto una burda pelea callejera.

  Hago un ademán e inflo el pecho hasta que el oxígeno ya no entra. Arremeto contra ella y la tierra bajo mis pies estalla.

  Lanzo un golpe casi a ciegas, el viento me lastima los ojos.

  Mi pu?o chocando contra el metal retumba en el aire. Agradezco que la hoja no tenga filo.

  —?Qué tal? —pregunto entre dientes.

  Mantengo la presión y su arma tambalea.

  —Nada mal… —ella intenta reír—. Me sorprendiste.

  Me aparta, empujándome. Tan pronto como toco el piso, vuelvo a cargar. Más fuerte. Rápido.

  Ella se arrincona contra el árbol y se cubre con la espada. No sé si mis golpes son efectivos. El metal vibra una y otra vez hasta que mis falanges arden.

  Sigue a la defensiva. Cuando veo una peque?a sonrisa en sus labios, mi corazón pega un brinco.

  Mi rodilla golpea su pecho y el impacto la levanta del suelo. Su armadura es más dura de lo que pensaba. Rya aterriza de pie, sin tambalear.

  Stolen novel; please report.

  Mi barbilla no deja de sudar.

  —?Y…? —digo, tratando de recuperar el aliento.

  No me responde. Solo se queda de pie sobre el pasto. El viento mueve su cabello cobrizo.

  —Muy bien —asiente—, en verdad. Pero te olvidas de algo.

  Su figura desaparece y cuando parpadeo, su nariz roza la mía. Intento defenderme, cubrirme con mis brazos. Su ataque es tan fuerte que siento romperse algo.

  Mi sonrisa desaparece cuando su golpe me saca el aire. Mis rodillas no me sostienen.

  —Si hago esto, entonces quedas inhabilitado —explica, su voz seca—. Por eso no puedes confiar solo en sus extremidades para pelear.

  —??Carajo!!

  Mis músculos aprietan y no puedo cerrar la mano. El hueso me quema.

  Rya clava la espada y su figura tapa el sol.

  —Si quieres seguir con esto, no te detendré —dice luego de un rato—. Pero es un estilo suicida…

  —Ya… —digo, revolcándome—. Anotado.

  Me extiende un peque?o frasco de cristal. Cuando bebo, el dolor se va, pero me siento más agotado que antes.

  Creí que después de esto, ya no tendría quejas sobre mi decisión.

  Retomamos el entrenamiento, pero mi desempe?o no fue el mismo. Si antes movía la espada como un ni?o agitando un palo, ahora apenas puedo levantarla. Aunque quería seguir solo con mis manos, su mirada me hizo cambiar de idea.

  ◇◇◇

  El sol ha bajado del cielo y la luna ha tomado su lugar. Me despido de Rya y ella se pierde entre la multitud mientras cabalga su yegua. Su sonrisa sigue pegada en mi cabeza luego de que se fuera.

  La barriga me ruge como un depredador y acelero mis pasos para llegar a mi habitación. El aire me congela los pulmones cuando respiro y las nubes sobre mi cabeza son tan oscuras y densas que podrían caer en cualquier momento.

  Esta lámpara ilumina mucho mejor que la anterior, pero cuando le conté a Eleanor el desenlace de la que me había regalado, se molestó un poco conmigo. Qué bueno que no me fui de la lengua y no le dije que dormí con Rya. Literalmente.

  Abandono las calles negras y atravieso las puertas de la posada, el vestíbulo está lleno de otros huéspedes y cazadores. Un candelabro en el techo ilumina el área con una luz cálida.

  La madera bajo mis pies ya no cruje cuando subo las escaleras y el pasamanos se siente tan liso y limpio al tacto.

  Cuando entro a mi habitación, el ambiente ya no apesta a sudor seco. Quiero dejar de sonreír como un tonto satisfecho, pero no puedo.

  —?Al fin! —digo para mí.

  Cierro la puerta a mis espaldas, dejando la lámpara en la mesa. Cuando me acerco a la cama, me dejo caer sobre el colchón. Es tan suave y fresco, tampoco tiene pulgas.

  Me alegro enormemente de haber abandonado ese chiquero. Gracias a Dios que he avanzado en estas últimas semanas. Pero si no tengo cuidado, volveré a caer. Y temo que será más fuerte.

  Interrumpo mi descanso y regreso al vestíbulo. Luego de pagar un par de monedas por un ba?o caliente y comida deliciosa, vuelvo sobre mis pasos y me acomodo entre las sábanas.

  Ha comenzado a llover, y bastante fuerte. El estruendo del agua contra las tejas y el traqueteo de la ventana me impide pensar con claridad. Ojalá el cristal aguante.

  ?Si te ense?o el uso del maná, solo será lo básico.?

  Esas palabras siguen carcomiéndome la cabeza. Supongo que Rya no puede ser una experta en todo. Nadie lo es.

  Pero quiero aprender. Ya.

  Tener una fuerza sobrehumana está bien, pero cuando vi por primera vez esa energía emanando de sus manos… en mí nació una obsesión.

  Me rasco la sien y miro absorto al techo. El vidrio centella cuando cae un rayo.

  Si esa energía es una manifestación de mi poder, ?qué puedo hacer para manipularla? Parpadeo varias veces, tratando de encontrar una respuesta.

  Tal vez debo retroceder un poco para poder avanzar…

  Aparto las sábanas y me pongo de pie. La madera es fría como el hielo, pero no lo suficiente para detenerme.

  —Necesito recordar esa sensación —digo en voz alta.

  Levanto mis brazos a la altura de mis hombros y estiro los dedos. Al cerrar los ojos, mi entorno se silencia.

  Respiro lento y mi sangre comienza a calentarse debajo de mi piel. Puedo sentir como se mueve. Desde las puntas de mis pies, hasta las hebras de mi cabello.

  Todavía lo tengo. Bien.

  —?Y ahora? —exhalo.

  Observo mis extremidades palpitar. Quizás solo deba dejarla salir…

  Enrollo los dedos y presiono las u?as contra mis palmas. Aprieto hasta imaginar que mi piel sangra.

  Un chispazo. Por medio segundo pude verlo, estoy seguro.

  Es cálido y frío al mismo tiempo.

  —Sí… ?Sí!

  Aguanto la respiración y no parpadeo. Se me escapa una sonrisa boba, pero dura poco.

  Cierro los párpados y me concentro de nuevo. El impulso es más fuerte, empujándome. Si tuviera una mala postura, hubiera caído.

  La visión se nubla por un segundo. Tambaleo un poco y me sostengo sobre mis rodillas.

  El aire se me va y sudo como un pollo rostizado. Se siente como correr una maratón sin descanso, ?por qué?

  Mi corazón no deja de sacudirme las costillas.

  Trago saliva y me revuelvo el pelo. Levanto la mirada.

  —?Ahora sí! —vocifero.

  Mis palmas miran al piso. Quiero hacerlo otra vez. Más fuerte. Espero no morir.

  ?Dios, dame fuerzas! —Imploro en mis adentros.

  Aprieto los dientes hasta hacerme da?o. Mi energía se acumula de nuevo.

  Mis pies despegan del suelo. Cuando me doy cuenta, mi frente choca con la viga del techo y caigo con violencia.

  —?Qué mierda…!

  Me duele. Demasiado. Una y otra vez le pego al piso para desquitarme, pero el dolor continúa. Desde abajo puedo oír, con dificultad, como alguien se sorprende por el escándalo.

  Pronto alguien golpea mi puerta.

  —?Está bien? ?Se?or?

  Me muerdo la lengua.

  —?Sí…! —se me escapa una tos entrecortada—. Todo bien. Tranquila.

  Sigo recostado, apenas puedo moverme. No creo que olvide este día. Pero lo dejaré por hoy.

  ◇◇◇

  Mi descanso fue interrumpido por fantasías intrusivas relacionadas con el uso de mi maná. El golpe en la cabeza tampoco ayudó. Hay demasiadas cosas que quiero hacer cuando controle mi energía. Y, con la experiencia de anoche, hoy quiero intentarlo otra vez.

  Si mi cuerpo lo permite.

  Desperté esta ma?ana sintiendo que dormí arropado por sacos de cemento. Mientras caminaba a mi trabajo, me sentía fuera de lugar.

  Dentro del restaurante no fue diferente. Los clientes llegaban y con mucho esfuerzo me dirigía a sus mesas para atender sus pedidos, pero al poco tiempo me olvidaba de las órdenes.

  Ahora el lugar está más lleno y me arden las cuencas de los ojos cuando el sol se cuela por los ventanales.

  —Ethan, por favor lleva ese plato a la mesa de allá —indica Eleanor—. También te pido que me cubras unos minutos. Voy a ayudar a Eugine en la cocina.

  Asiento y la sangre en mi cabeza se revuelve.

  —Ahora voy…

  Cuando mi compa?era me entrega el plato, camina detrás de la barra y desaparece por la puerta. Aprieto los bordes del recipiente para que no resbalen de mis dedos.

  Recorro la vista por el lugar, buscando la mesa indicada. No recuerdo cuál es.

  Permanezco varios segundos de pie como un tarado. No es normal. Lo de estar quieto sin hacer nada, me refiero.

  Un hombre levanta su brazo y me hace se?as.

  Camino hacia él.

  —Buenos días —sonríe—, creo que este es mío.

  —Sí. —le devuelvo el gesto—. Andaba un poco perdido.

  Más clientes empiezan a llamarme. Con pesadez me acerco para tomar sus pedidos. Uno me pide salchichas ahumadas y papas cocidas; otro un cuenco con gachas, y un grupo de amigos desea costillas de res.

  Repito las órdenes en mi cabeza, pero al llegar la ventanilla, mi mente se nubla.

  Hay tanto humo dentro de la cocina que apenas puedo ver a Eugine y Eleanor caminar por el sitio. No sé cómo no se están ahogando.

  —Necesito… —cierro mis ojos con fuerza, tratando de recordar—. Salchichas, costillas y… —suspiro—, lentejas.

  Me siento sobre un taburete, esperando a que el pedido esté listo. Aunque el sol brilla con fuerza, siento un poco de frío.

  —?Tengo gripe…? —susurro para mí.

  La comida está lista, pero al levantarme y ver el montón de platos, me detengo un segundo. Si intentase cargar con todo, de seguro haría un desastre.

  Por fin es hora de nuestro descanso. No todo salió bien. Tuve que devolver el plato con lentejas porque eso no fue lo que el cliente pidió.

  Una reprimenda fuerte de Eugine no pudo faltar después de ese error.

  Qué mierda.

  —Ethan…

  Mi cabeza se siente pesada y respiro con un poco de dificultad. Quisiera volver a la cama y dormir un poco.

  —?Ethan…? —una delgada mano me toca el hombro—. ?Estás bien?

  Estiro la espalda y mi columna truena. Volteo a ver a Eleanor.

  —Sí, sí… Un poco cansado —bostezo—. ?Por qué?

  —No has comido nada —su mirada baja a mi comida—. Y estás sudando mucho.

  Al frotarme la mano en la frente, mis dedos se empapan.

  —No me di cuenta. Pensaba que estaba haciendo frío.

  Sus cejas caen y sus pupilas pierden algo de brillo. No me gusta verla así.

  —Tranquila. Ya para ma?ana debería estar bien —digo, aguantando la tos.

  —?Seguro?

  Asiento. Despacio.

  Me obligo a comer algo para despejar su preocupación. Pero mi garganta rechaza el alimento y cuando trato de beber un poco para tragar, la cerveza me sabe a pasto.

  —?Oye!

  Su peque?o grito me sobresalta.

  —Tienes un chichón muy feo —pone su mano en mi cabeza—. ?Cómo te lo hiciste?

  Aparto su palma con suavidad. Todavía me duele el golpe.

  —Tranquila. Solo tropecé con un poste… —desvío la mirada—. Luego me pongo un poco de hielo.

  Aunque no sé dónde podría conseguir uno.

  —Debes ir con un doctor —Eleanor frunce el labio—. Te puede pasar algo.

  Me pongo de pie con un salto. El aire me aplasta.

  —Todo está bien. No te preocupes —extiendo mis brazos—. ?Ves?

  No tengo dinero para ir con un médico. De seguro me saldrá un ojo de la cara.

  Todavía estoy al límite y aún tengo que ocuparme de otras cosas. Quería cuidarme para evitar esto. Pero no pude.

  Ella se pone de pie y acerca su cara a la mía. Siento su respiración.

  Pone su mano de nuevo en mi piel, con delicadeza.

  —Al menos no tienes fiebre. —murmura.

  Me encanta y, al mismo tiempo, me disgusta su preocupación hacia mí.

  —Oye… —Eleanor vuelve a sentarse—, perdona que me entrometa, pero si ma?ana te sientes mal, está bien que te tomes el día libre. No te preocupes, si quieres puedo decirle a Eugine.

  Suspiro y regreso a mi silla. El peso de mi cuerpo me vence.

  Tratar de negarme solo sería una pérdida de tiempo. Además, no quiero seguir hablando. Me duele la cabeza.

  Hoy no voy a entrenar. Me desmayaría si lo hiciera. Solo espero estar bien para ma?ana. Si me descuentan un día de trabajo, estaría jodido.

  —Por cierto —ella ladea su cabeza y sonríe—, tienes unos bonitos ojos azules. No me había dado cuenta.

  Trago saliva y el aire se me escapa.

  No entiendo por qué dijo eso. Mis ojos son negros.

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