Cael abreó los ojos. La misma pesadilla. La luz. El grano. Partido La roca.
Pero esta vez había algo más
Pero esta vez había algo más. Una piedra. Peque?a. Negra. Incrustada en su pecho.
Se incorporó de golf, el corazón galopando. Se tocó el pecho. Piel lisa. Sin marcas. Todo había sido un sue?o.
Oh no.
Metió la mano bajo la cama. Ahí estaba. Envuelta en un trapo. Caliente. Dren decisión que la encontró con él cuando era bebé. Que siempre había estado ahí.
La déjó. No quiero pensar en eso ahora.
Se levantó, metió la cara en un cono de agua fría y se quedó así, aguantando la respiración. Cuando sacó la cabeza, se miró al espejo.
—Hay es el día —dijo.
Hoy mataría su primer monstruo.
Agarró el kunai y salió.
En la puerta, Dren ya estaba despierto, tomando algo caliente en una taza. Lo miró con esos ojos que parecían saberlo todo.
—?Dormiste bien?
Cael dudó. La piedra. El sue?o. La voz.
—culo... —sopló, restole importancia—. Bah, ya veremos.
Dren no insistió. Solo asintió. Y Cael supo que lo entendía. Como siempre.
El sol apenas calentaba cuando Cael cruzó las puertas de ágata.
—?Cael!
Lía estaba aposiada en una pareja, con los brazos cruzados. Látigo de agua en la cintura, cara de pocos amigos. En su dedo, el anillo. Ese anillo del que nunca habló.
—?Otra vez juntos? —sonrió Cael.
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—Otra vez. Y guarda esa sonrisa. Hoy no hay suerte que valga.
—?Quién dice que fue suerte?
—Yo.
Cael se rió. Un "je" corto, nervioso. Lía ya empezaba a reconocerlo.
Caminarón hacia el bosque. Lía iba rapido, como siempre. Cael intentaba seguirle el paso.
—?Sabes algo del monstruo? —preguntó.
—Un deslizador. Rango Hierro. Nada especial.
—?Por qué apareció?
Lía se detuvo.
—?Siempre preguntas tanto?
—Siempre.
—Pues deja de preguntar y cama.
Pero mientras caminaba, su mano fue, sin que ella lo decidiera, al anillo. Lo rozó. Cael lo notó. No digo nada.
El bosque estaba en silencio. Demasiado silencio.
Cael sintió un calor en el bolsillo. La piedra. Otra vez.
—?Lo sientes? —susurró Lía.
—?El qué?
—El olor. Los monstruos huelen a quemado, pero frío.
Cael Olió. Nada. Pero la piedra, en su bolsillo, latió más fuerte.
—Ya está aquí —dijo Lía.
El monstruo apareció entre los árboles. Era enorme. Como un lagarto, pero con patas demaniado grandes y una piel que se mueve sola. Sus ojos, dos puntos negros, los miraban fijos.
Pero lo que heló la sangre de Cael no fue su tama?o. Fue su mirada. No era la mirada de una bestia. Era la mirada de alguien que recordaba.
La piedra ardía en su bolsillo.
—Mierta —dijo Lía.
El monstruo atacó.
Lía reaccionó primero. Su látigo de agua cortó el aire, pero el monstruo esquivó. Se mueve como si patinara sobre el suelo.
—?Flanquéalo! —gritó ella.
Cael asintió y corrió hacia un costado. El kunai en la mano. El corazón latino fuerte.
El deslizador lo vio venir. Abrió la boca. Un coro de aire cortante le dio de lleno en el hombre. Cael salud volando y aterrizó contra un árbol.
La piedra cayó de su bolsillo.
Rodó. Quedó al desierto.
Y el monstruo la vio.
Por un instante, todo se detuvo. El deslizador dejó de atacar. Miró la piedra. Y en esa mirada, Cael vio algo que no supo explicar.
*Reconocimiento.*
—?Qué haces?! —gritó Lía—. ?Te dije que flanquearas!
—?Lo intencionado!
Lía esquivó un zarpazo. Contraatacó. El látigo alcanzó al monstruo, pero solo lo enfureció más.
—?No doy abasto! —gritó—. ?Haz algo!
Cael miró alrededor. El hombre le dolía. El kunai había caído al suelo. La piedra seguida ahí, latino.
Y entonces, algo pasado.
La piedra brillante.
No una luz fuerte. Algo peque?o. Como un latido visible.
Y Cael supo qué hacer.
Agarró la piedra. El calor le quemó la mano. Corrió hacia el monstruo. Saltó. Clavó el kunai en su cabeza.
El deslizador no rugió. Suspiró. Como si, en el fondo, hubiera estado esperando eso.
Y por un instante, antes de deshacerse en niebla gris, sus ojos volvieron a ser humanos.
Cael aterrizó al lado, rodó, y quedó mirando al cielo.
—Lo... lo logré —susurró.
La piedra, en su mano, déjó de latir.
Lía se acercó, jadeando. Miró al monstruo, que se deshacia. Luego miró a Cael. Luego miró la piedra.
—?Qué es eso? —preguntó.
—No lo sé.
—?De dónde salió?
—Siempre ha estado conmigo.
Lía lo miró. Larga. Fijo. Como si evaluara si decía la verdad.
—Guárdala —dijo al fin.
—?Por qué?
—Porque si el monstruo la miró así, no es una piedra cualquiera.
Cael guardó la piedra en el bolsillo. El calor sigue ahí.
Caminarón de vuelta en silencio.
—Oye, Lía —dijo Cael—. ?Tú crees que los monstruos sienten?
Ella se detuvo.
—Sienten lo que los creó. Odio. Rabia. Miedo. Una vez, tristeza.
—?Y por eso atacan?
—Porque no saber hacer otra cosa.
Cael pensó en la mirada del monstruo. En cuerpo habitación tonto al ver la piedra.
—Entones no es su culpa.
Lía no respondió. Pero su mano fue, de nuevo, al anillo. Lo apretó.
Cael lo vio. Y por primera vez, entendió que Lía no siempre ha sido sido dura. Que alguien, en algún momento, le había entendido a serlo. O la habitación obligada.
Esa noche, en su habitación, Cael saco la piedra.
La acercó a la vela. Latia. Lento, pesado, como un corazón enlatado.
Cerró los ojos.
Y por un segundo, vio algo: una roca gigante, negra, partiendose. Dos bebés. Una sombra levandose a uno. Y una voz, muy lejana.
*"Todavia no... pero pronto..."*
Abrió los ojos de golpe.
La piedra había dejado de latir.
Cael la guardó bajo la cama y se acostó.
Pero no podía dormir. No por miedo. Porque en el fondo, sabía que esa voz no era una amenaza. Era una promesa. Oh un recuerdo.
Bah, ya veremos, pensó.
Y cerró los ojos.
Pero en la puerta de su casa, algo nuevo esperaba.
Una marca.
FIN DEL CáPITULO 1
?Qué te pareció, hermano?**
- ?Cree que la vida debe haberle contado más?
- ?Esa piedra... será realmente de él?
- ?Quién dejó esa marca?

