El sol del medio día ba?aba la mesa comunal con una luz dorada que parecía alegrarse con la felicidad del grupo. Las risas eran un coro juguetón que llenaba el aire. Hada, radiante y con un rubor que le te?ía las mejillas de un rosa encendido, intentaba en vano contener las sonrisas tontas que se le escapaban. Cada una parecía un secreto delicioso que su cuerpo no podía guardar.
Lera, con su sonrisa serena pero cargada de picardía, se inclinó hacia ella.
—Bienvenida al club, hermana —susurró, y con un gui?o que le dedicó estaba lleno de una complicidad que trascendía las palabras—. Ahora entiendes por qué a veces Mika y yo nos despertamos con esa sonrisa boba, ?verdad?
Mika no pudo contenerse y soltó una carcajada.
—?Y pensar que creías que exagerábamos! ?Verdad que no? Es como si el mundo entero brillara un poco más después.
Hada se cubrió el rostro, pero sus hombros se sacudían de risa contenida y vergüenza.
—?Son insufribles! —protestó, aunque su voz delataba una felicidad demasiado grande para ser negada.
Las mayores, Alisha, Jerut y Jaia, observaban la escena desde su lugar con sonrisas de profunda ternura. Para ellas, era como ver florecer un jardín que habían cuidado con tanto esmero. Cada una de esas risas era un pétalo que se abría, confirmando que la vida, a pesar de todo, seguía su curso bello y natural.
Erik, en el centro de la tormenta de afecto y bromas, comía en silencio, una sonrisa tímida pero genuina en sus labios. Se sentía como un árbol alrededor del cual trepaban enredaderas llenas de flores; a veces abrumado, pero profundamente arraigado y feliz en ese suelo que ahora era su hogar.
Sin embargo, en medio de tanta luz, había una peque?a sombra que se contraía con cada carcajada.
Suri estaba sentada en su sitio de siempre, el más cercano a Erik, pero hoy ese lugar privilegiado le parecía una burla. Sus peque?os pu?os, apretados sobre sus muslos, temblaban levemente. Su plato estaba casi intacto. Cada comentario picante, cada risa compartida, cada mirada de entendimiento entre Erik y las demás, era como un pinchazo en su corazón.
"Eres especial para mí… serás siempre mi hermanita."
Las palabras de Erik, que semanas atrás habían sido un bálsamo para su alma confundida, ahora resonaban en su mente como un eco vacío. En ese momento, "hermanita" había sonado a un lugar seguro, a un lazo indestructible. Pero ahora, viendo la realidad con ojos que empezaban a comprender y despertar, esa palabra sonaba a límite. A exclusión.
Miraba cómo la mano de Erik era acariciada distraídamente por Lera, cómo su mirada se suavizaba cuando Hada le dirigía la palabra, y sentía un fuego extra?o y amargo arder en su interior. No era el hambre simple y reconocible que sentía después de correr por el valle. Era una sensación nueva, profunda, que se enroscaba en sus entra?as y le apretaba la garganta.
Tomó un pu?ado de frutas del cuenco central con un movimiento más brusco de lo necesario. Al morder una, la dulzura explotó en su boca, pero para ella supo muy amarga. Tragó con dificultad, sintiendo cómo el nudo en su garganta se hacía más denso.
No podía soportarlo más. El ruido de la felicidad ajena se volvió insoportable. Dejó su cuchara con un golpe seco que, milagrosamente, nadie pareció notar.
—Con permiso… tengo que repasar las letras —murmuró, levantándose tan rápido que su banco crujió.
Su voz, quebrada y baja, se perdió en el mar de risas. Nadie la detuvo. Nadie pareció ver la tormenta en sus ojos celestes, ya brillantes por las lágrimas que se negaba a derramar frente a todos.
Al alejarse, cada paso era un latido de dolor. La alegría que quedaba atrás era como un muro que la empujaba fuera, haciéndola sentir más sola que nunca. Cuando por fin llegó a la quietud de los cultivos, lejos de las miradas, se dejó caer contra un tronco rugoso de viejo.
Entonces, como un río que rompe un dique, los recuerdos y los sentimientos confusos la inundaron. Ya no era solo la ni?a que admiraba a su hermano mayor. Algo dentro de ella estaba cambiando, creciendo, y ese crecimiento, doloroso e inevitable, le estaba mostrando un nuevo tipo de soledad: la de quien ama de una manera que el mundo aún no está listo para entender.
El sol filtrándose entre las hojas de los cultivos pintaba manchas doradas sobre el rostro surcado de lágrimas de Suri. Con los ojos cerrados, se dejó llevar por la marea de recuerdos que tanto había intentado contener.
Recordó con una nitidez que casi dolía: aquellos primeros días que Erik llego, herido por proteger a Hada y salvarla del lagarto. Ella, peque?a pero decidida, se había convertido en su sombra protectora. Mientras las otras chicas observaban con curiosidad o timidez, Suri fue la única que se acercó sin vacilar, tomando su mano grande y callosa entre las suyas peque?as para guiarlo.
"Por aquí, Erik. Te muestro el arroyo donde el agua canta más dulce."
"Mira, esta es la flor que solo abre de noche. Es nuestro secreto."
Eran paseos lentos, silenciosos a veces, llenos de palabras otras. Y en esos momentos, la sonrisa de Erik era diferente. No tenía el nerviosismo y la pena que a veces lo envolvía, ni la tensión que mostraba cuando las otras se acercaban a él, con escasa ropa o ha veces sin ropa. Con ella, era seguro, se relajaba. Se inclinaba para escucharla como si sus palabras fueran las más importantes del mundo.
Ella se sentía especial. única. La llave que había abierto el corazón cerrado del forastero al inicio.
Cerró los ojos con más fuerza, y la memoria la transportó a un día, a su día especial, el primero que celebrarían con él. Erik le había pedido que lo ayudara con algo especial esa tarde, y su corazón había bailado de alegría, ese día pensó que las demás habían olvidado su día especial. "Por fin," pensó, "un momento solo para nosotros, como antes."
Pero entonces apareció Mika. Y todo cambió.
Vio cómo la mirada de Erik se suavizaba de una manera nueva cuando estaba con Mika. Cómo su sonrisa era más abierta, más... normal. Una punzada de desconcierto la atravesó ese entonces. ?Por qué con ella esta distinto? ?Qué tiene Mika?
Al día siguiente, después de descubrir que venia de otro mundo, no le importo al contrario estaba muy interesada por saber mas del hogar de él, volviendo para seguir hablando. Y allí, a través de la puerta, lo vio. Erik y Mika, recostados en la cama, abrazados, besándose en los labios. No eran solo dos cuerpos descansando; era la postura de quienes se pertenecen.
El mundo se le vino encima, ese instante no lo entendía por que Erik y Mika hacían eso. Las explicaciones llegaron después, en voz baja y seria de boca de Alisha. —"Esposos". La palabra resonó en su mente como un campanazo.
—?Erik era ahora su esposo?
Y luego, la parte que más le dolió: recordaba todas las veces que le había pedio varias noches:
—"Erik, ?puedo dormir contigo esta noche?."
Y su respuesta, siempre firme pero cari?osa:
"No se puede, Suri. No es correcto."
Un grito silencioso estalló en su mente, después lo descubrió una ma?ana, había dormido con Mika:
—??Y CON ELLA Sí ES CORRECTO?! ?POR QUé A MIKA Sí Y A Mí NO? ?QUé TIENEN ELLAS QUE YO NO TENGO?
La frustración se enroscó en su pecho como una serpiente venenosa. Y no se detuvo. Vio días después cómo Lera también había dormido con él, luego Hada, y luego Becca, una tras otra, cruzaban ese umbral, que ahora es prohibido para ella. Ya no era solo compartir su tiempo, sino su cama, su cari?o... y algo más, algo que las mayores le explicaron con palabras sencillas pero que a ella le sonaron a un idioma extra?o y algo aterrador: el acto que podía crear vida, eso que Erik hacia con ellas.
Ahora, recostada contra el árbol, las lágrimas corrían libres. El dolor ya no era solo por lo que había perdido, sino por la comprensión brutal de su lugar.
"Eres especial para mí… serás siempre mi hermanita."
La palabra "hermanita" ya no era un refugio. Era una jaula. Una etiqueta que la condenaba a observar desde afuera, para siempre, el banquete del amor del que ella solo podía recibir las migajas.
No era solo celos. Era duelo. Estaba de luto por la pérdida del Erik que fue solo suyo, del compa?ero de secretos y paseos, del hombre que le sonreía de una manera que no le sonreía a nadie más. Ese Erik había muerto, reemplazado por un esposo, un hombre que pertenecía a otras.
Y lo que más le quemaba el alma era la certeza de que, por mucho que creciera, por mucho que su cuerpo se transformara, para él siempre sería la "hermanita". La ni?a. La que se queda en el umbral, mirando con anhelo un mundo del que nunca formaría parte a su lado.
El susurro salió de sus labios como una confesión robada al viento:
—"Yo también quiero que me mires como a ellas".
La frase, una vez dicha en voz alta, pareció adquirir un peso tangible en el aire quieto de la tarde. Suri se detuvo en seco, como si ella misma se hubiera sorprendido con la profundidad de su propio anhelo.
No era solo querer sus besos. No era solo envidiar las caricias que veía distribuir entre las demás. Era algo más profundo, más visceral.
Era querer que su mirada, esa mirada cálida y protectora que siempre le había dirigido, se encendiera con el mismo fuego que veía arder en sus ojos cuando observaba a Lera cruzar el claro, o cuando respondía a la risa juguetona de Mika. Quería que la viera no como una carga dulce que proteger, sino como un destino que amar.
Cerró los ojos y una nueva oleada de recuerdos, más sutiles pero igual de dolorosos, la inundó.
Recordó la semana anterior, cuando Erik le había ense?ado a escribir mejor su nombre en su tablilla. Sus manos grandes habían envuelto las suyas, guiándolas con infinita paciencia. Había sido un momento de conexión maravillosa, lleno de sonrisas y orgullo. Pero luego, sin transición, vio cómo ese mismo Erik se volvía hacia Lera, que se acercaba con una jarra de agua, y con solo una mirada rápida, un gui?o casi imperceptible, crearon entre ellos un mundo entero de intimidad del que ella quedaba instantáneamente excluida.
Ese era el dolor. No la falta de atención, sino la calidad de la atención. Ella recibía la versión serena, paternal, eternamente paciente. Ellas recibían la versión vibrante, apasionada, viva de él.
"Siempre serás mi hermanita."
La frase, que antes sonaba a promesa de eternidad, ahora resonaba como una sentencia. "Hermana" significaba para ella, un amor estático, un sentimiento que, una vez declarado, no tenía permiso para evolucionar, para crecer y transformarse en algo más, como sí lo hacía su propio corazón.
Se llevó la mano al pecho, sintiendo el latido acelerado y confuso bajo su polera. No era el corazón de una ni?a lo que golpeaba contra sus costillas con tanta fuerza. Era un corazón que estaba despertando, que empezaba a latir con un ritmo nuevo y aterrador, un ritmo que parecía decir "él, él, él" con cada pulsación.
La confusión era un nudo en la garganta. —?Cómo podía amar tanto a alguien y al mismo tiempo sentir que ese amor la estaba ahogando? ?Cómo podía desear con toda su alma ser como las demás chicas—seguras, hermosas, due?as de una parte de él que ella jamás tendría—sin traicionar el cari?o que, a su manera, él sí le profesaba?
Miró sus propias manos, aún peque?as y delgadas. Las comparó, en su mente, con las manos seguras y femeninas de Mika, con la gracia de Lera, con la fuerza de Becca. Se sintió incompleta. Un boceto donde las demás eran obras maestras.
Y en medio de esa tormenta, una pregunta aterradora y esperanzadora a la vez comenzó a formarse en lo más profundo de su ser, una pregunta que no se atrevía a formular por completo, pero que yacía allí, latente:
—?Y si crezco? ?Y si dejo de ser la "hermanita"? ?Me mirarías entonces? ?Podría el "Erik-esposo" llegar a ser también mío?
Era un pensamiento prohibido, una semilla de futura angustia o de futura felicidad, que acababa de plantar sus raíces en el fértil pero doloroso suelo de su corazón. Y supo, con una certeza que la estremeció, que nada volvería a ser igual.
El silencio en la mesa se volvió palpable para Erik después de que Suri se marchó. Las risas y bromas seguían entre las chicas, Erik quien seguía contemplando el sendero vacío por donde la ni?a había desaparecido.
Erik no necesitaba preguntar. Lo sabía en la forma en que su propio corazón se encogía, en la forma en que cada fibra de su ser estaba sintonizada con el dolor de Suri. él, que había sobrevivido a una guerra y a la pérdida de su familia, se sentía completamente vulnerable ante el amor silencioso y devastador de una ni?a.
Mientras sus dedos acariciaban absortos el borde áspero del cuenco de madera, su mente viajaba a aquellos primeros días. Recordaba con una claridad que le producía una punzada de nostalgia: la imagen de Suri, peque?a pero imparable, acercándose a él sin un ápice del miedo que solían mostrar las demás al principio de su llegada. Ella fue su primer puerto seguro en un océano de desconcierto.
"Toma mi mano, Erik. Te muestro dónde el sol se acuesta más bonito."
Era ella quien, con una paciencia que desmentía su edad, lo guiaba por los senderos, adaptando su ritmo vivaz a sus pasos tambaleantes y doloridos. Eran cómplices. En un mundo donde él era el extra?o, ella lo hizo sentir como en casa. Con Suri, podía reírse de sus propios tropiezos, de su torpeza al aprender las costumbres de las mujeres de la aldea. No había juicio, solo una curiosidad alegre y una aceptación total.
Ahora, todo eso era un eco. Un tesoro del pasado que parecía enterrado bajo la nueva realidad que él mismo había ayudado a construir. Cada beso que le daba a Hada, cada caricia en el brazo de Lera, cada mirada cómplice con Mika... él sabía que para Suri no eran solo gestos de afecto. Eran ladrillos en un muro que la separaba del hombre que una vez fue solo suyo.
Suspiró profundamente, y el sonido pareció cargar con el peso de su conflicto interno. él había elegido este camino. Había aceptado el amor de las mujeres de la aldea, un amor maduro, consciente y compartido. Y en ese marco, "hermano mayor" era el único rol honorable, el único seguro, que podía ofrecerle a Suri.
En la Tierra, cualquier otra cosa habría sido impensable, un tabú social y moral. Aquí, aunque era diferente, su propia brújula interna le gritaba que proteger su inocencia era su deber más sagrado.
Pero, Dios, cómo dolía verla sufrir.
Veía en sus ojos no solo los celos infantiles, sino el destello de un corazón que estaba comenzando a amar de una manera que trascendía lo fraternal. Y él... él no podía corresponder ese amor. No de la manera que ella anhelaba en lo más profundo de su ser. Lo máximo que podía darle era un amor ferozmente protector, un afecto inquebrantable de hermano, una promesa de que, sin importar cuántas esposas tuviera, ella siempre ocuparía un altar en su corazón.
Era un amor inmenso, pero de una naturaleza diferente. Y esa diferencia era el abismo que los separaba.
Se dio cuenta de una verdad dolorosa: Suri no solo quería ser amada; quería ser exclusiva. Quería ser la primera y única en un sentido que él ya no podía darle. Quería la exclusividad que habían compartido en aquellos primeros días de su llegada y de su convalecencia, un paraíso perdido que ella a?oraba a su manera.
Un pensamiento lo atravesó como un relámpago: ?Y si ese lazo fraternal, con el tiempo, ya no fuera suficiente? Lo veía en la intensidad de su mirada, en la amargura de su silencio. La ni?a que una vez se conformaba con su mano para caminar, ahora anhelaba su corazón de una manera completa, adulta.
Erik cerró los ojos, sintiendo el peso de una responsabilidad que iba más allá de la protección física. Tenía que encontrar la manera de hacerla sentir esencial, no excluida. Tenía que demostrarle que el amor que sentía por ella no era un consuelo menor, sino la piedra fundamental sobre la que se sostenía todo lo demás. Que ser su "hermanita" no era un segundo lugar, sino un primer puesto en una categoría única e irremplazable.
Pero en la quietud de su corazón, una peque?a y preocupante voz susurraba que el amor de Suri era un río que crecía, y que ningún dique fraternal sería lo suficientemente alto para contenerlo para siempre. Y esa posibilidad, tan peligrosa como dulce, lo aterraba y lo conmovía en igual medida.
Un sendero serpenteante llevó a Suri hasta su refugio secreto, un peque?o claro oculto tras una cortina de grandes troncos de arboles y rocas donde el rumor del arroyo creaba una melodía constante. Aquí, el mundo de la aldea parecía quedar a una distancia segura. Se dejó caer entre las raíces expuestas de un tronco anciano, abrazando sus rodillas contra el pecho como si ese gesto pudiera contener la tormenta que rugía en su interior.
Su corazón era un pájaro enjaulado golpeando contra sus costillas. Celos, confusión, un cari?o tan profundo que dolía, y la punzada sorda de la culpa se mezclaban en un cóctel emocional que no sabía cómo digerir.
—?Soy mala por sentir esto? —susurró para el viento, su voz un hilo quebrado—. ?Está mal que anhele que Erik me mire a mí con esa... esa intensidad que reserva para ellas?
Su mirada se perdió en el juego de luz y sombra sobre la superficie del arroyo cercano. La corriente, imperturbable, seguía su curso. Y de pronto, un recuerdo acudió a su mente con la fuerza de una visión: Erik, plantado como un muro infranqueable entre ella, Hada y las fauces del lagarto gigante. La ferocidad en sus ojos, la sangre en su costado, la forma en que su cuerpo se tensó como un arco listo para romperse con tal de protegerlas. En ese momento, no había sido el Erik relajado y sonriente que compartía con las demás. Había sido su Erik. El protector. El guerrero. Su héroe personal.
Contrastó esa imagen con la del Erik que veía ahora: el que se dejaba arrastrar por Mika en medio de risas, el que compartía susurros íntimos con Lera, el que miraba a Hada con esa chispa nueva que hacía que el rostro de la joven se iluminara. Ese Erik era diferente. Más accesible, quizás, pero también... más repartido.
Una sonrisa nostálgica asomó a sus labios al recordar aquellos primeros días. Erik, tambaleante y algo pálido, confiando en su mano peque?a para guiarlo por la aldea. Ella, con la solemnidad de una guardiana, aprendiendo la presión exacta para cambiar sus vendas sin hacerle da?o. él cerraba los ojos y se relajaba, entregándose a sus cuidados con una fe absoluta que no concedía a nadie más. Esa confianza exclusiva había sido su tesoro.
Y luego estaban los ba?os. Al principio, la había molestado que las mayores la excluyeran cuando lo ayudaban a lavarse, cuando él no podía solo. Ahora, con el corazón un poco más maduro, lo entendía. Era un acto de protección, ellas no querían que ella lo viera sin ropa. Un límite amoroso. Las mayores, y el propio Erik, la estaban guardando, preservando su inocencia. "Hermana" no era solo una palabra cari?osa; era un escudo.
Su mano se elevó inconscientemente para acariciar la diadema de madera que siempre llevaba puesta. El tacto de las letras talladas —su nombre, escrito por él— la ancló a la realidad.
—Quizás... —murmuró, y esta vez su voz sonó más clara, más resignada— el problema no es que él no me quiera lo suficiente. Quizás... el problema soy yo, queriendo un tipo de amor que, por ahora, no me corresponde.
El sol comenzaba su descenso, ba?ando el claro en tonos de miel y óxido. La luz dorada te?ía todo de una belleza melancólica que resonaba con su estado de ánimo. Suri se abrazó con más fuerza, sintiendo el vacío que dejaba la aceptación. No era una rendición feliz, sino una paz cansada.
Comprendió, no solo con la mente sino con el corazón, que su lugar en la vida de Erik, quizás era único. No era el amor apasionado de un esposo, sino el vínculo inquebrantable de una hermana. él sería su protector, su guía, su confidente. Le había dado un pedazo de su pasado, de su mundo, a través de las letras. Le había dado un lugar seguro en un momento en que él mismo no lo tenía.
Cerró los ojos, y en lugar de ver besos robados o caricias íntimas, vio la sonrisa de orgullo de Erik cuando ella leyó su primera oración larga completa. Oyó su risa cuando se burlaba cari?osamente de sus primeros intentos torpes de escribir las palabras. Sintió el peso tranquilizador de su mano en su cabeza, un gesto que era solo suyo.
El amor no siempre era posesión. A veces, como el curso constante del arroyo frente a ella, era presencia constante. Era saber que, sin importar cuántas esposas tuviera, él siempre volvería su mirada hacia ella, siempre inclinaría su oído para escucharla, siempre se interpondría entre ella y cualquier peligro.
Una calma nueva, frágil pero real, se asentó en su pecho. El dolor no había desaparecido por completo —los crecimientos nunca son indoloros—, pero había encontrado un significado. Aprender a amar sin exigir, a compartir sin sentir que se empobrece, era quizás la lección más importante que Erik, sin saberlo, le estaba ense?ando. Y en la quietud del crepúsculo, Suri comenzó, muy lentamente, a aprenderla.
La luz del atardecer se filtraba entre las hojas del refugio secreto, pintando de oro las lágrimas que surcaban el rostro de Suri. El cansancio emocional y físico la habían vencido, y se había quedado dormida acurrucada entre las raíces, donde los sonidos del bosque del valle —el susurro del viento, el canto lejano de los pájaros—se convirtieron en la nana que arrulló su corazón dolorido.
Horas después, algo la sacó de su sue?o intranquilo. No fue un ruido, sino una vibración en el aire: su nombre, pronunciado con una angustia que le erizó la piel.
—?Suri! —la voz de Erik, normalmente tan serena, sonaba desgarrada—. ?Por favor, respóndeme!
El corazón le dio un vuelco. Lo escuchó acercarse, cada llamado más desesperado que el anterior. Por un instante, el rencor y la confusión le sugirieron permanecer oculta. Se movió ligeramente, y el crujido de una ramita bajo su peso delató su posición.
—?Suri? —su voz se suavizó, llena de una esperanza cautelosa.
Y entonces lo vio. Erik se arrodilló frente a la entrada de su escondite, su rostro—normalmente tan controlado—estaba pálido, y en sus ojos había un brillo húmedo que le partió el alma a Suri.
—?Ah, Suri... por fin! —exhaló él, y el suspiro pareció llevarse consigo a?os de preocupación—. Estaba... estaba tan asustado...
Intentó entrar, pero su cuerpo era demasiado grande para el refugio infantil. En lugar de eso, se sentó con cuidado, apoyando la espalda contra el tronco, como un guardián resignado a vigilar desde la distancia.
—Vamos, Suri. Sal, por favor —rogó, su voz era un río calmado después de la tormenta.
—No quiero —respondió ella, enterrando la cara entre sus rodillas, aunque su negativa ya carecía de fuerza.
—?Por qué no? —preguntó él, y no había reproche, solo una curiosidad dolorida—. Todos están preocupados. Las mayores no han parado de moverse. Mika... Mika estaba lista para adentrarse sola en el bosque a buscarte.
Suri guardó silencio, pero su corazón se estremeció al imaginar a toda la aldea alterada por su culpa. Erik suspiró, y el sonido estaba cargado de una emoción tan profunda que traspasó la barrera de raíces que los separaba.
—Suri... —comenzó, y su voz se quebró de una manera que ella nunca había escuchado—. Cuando no te encontramos... cuando pensé que te había pasado algo... —Hizo una pausa, tragando saliva—. Fue como volver a perderlo todo. Eres... eres mi hermanita. Mi primera familia en este mundo. No podría... no sé qué haría si te pasara algo malo.
Esas palabras, "mi primera familia", resonaron en Suri con una fuerza nueva. No era solo un título; era un cimiento. Levantó la mirada, conmovida hasta las lágrimas, pero negó con la cabeza, incapaz de articular la confusión en sus emociones que la consumía.
Erik, sabiendo que las palabras directas a veces no bastan, comenzó a hablar suavemente, como si le contara un cuento al fuego.
—Suri... a veces, cuando empezamos a crecer, nuestro corazón se llena de sentimientos nuevos. Confusos. Fuertes. Se que es difícil entenderlo y créeme lo se, por que también me paso cuando crecía. Es como... como, cuando te llega la pubertad.
—?Pube… qué? —preguntó la ni?a desde dentro, con tono curioso.
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Erik sonrió levemente, aliviado de oír su voz.
—Pubertad —repitió—. Es cuando los ni?os y las ni?as a tu edad empiezan a crecer, empiezan a transformarse para convertirse en adultos. Los ni?os por ejemplo, generalmente crecen más que las ni?as, les cambia la voz, les sale barba… y las ni?as también cambian, su cuerpo se prepara para... bueno, cuando sean grandes.
Suri salió un poco del escondite, asomando apenas la cabeza.
—?Y eso también me va a pasar a mí?
—Sí, poco a poco. —Erik sonrió con ternura—. Tus caderas crecerán, tus brazos serán más fuertes, y… bueno, —Erik algo avergonzado de hablar esto con una ni?a— tus pechos también empezaran a crecerte.
Suri bajó la mirada, tocándose sus pechos con ambas manos que empezaban a crecer. Salió un poco más, su curiosidad venciendo a su pena.
—?Y... me crecerán como a las demás?
—Sí, peque?a —respondió Erik con naturalidad, y con algo de vergüenza—. Poco a poco, tu cuerpo irá cambiando. Se hará más fuerte.
—Entonces… ?por dices que los ni?os son mas grandes que las ni?as, si Becca y las demás son casi de tu tama?o? —preguntó con inocencia.
Erik soltó una leve risa.
—Eso también me lo e preguntado. En mi hogar las ni?as por general eran más peque?as que los ni?os, pero aquí parece diferente. Quizás los padres de las chicas eran altos, o tal vez sea por la buena comida que hay aquí, la fruta, el agua limpia… no lo sé.
Suri se sentó más cómoda dentro del hueco, escuchándolo con atención.
—?Y en tu mundo los ni?os y ni?as juegan juntos?
—A veces sí, pero no siempre —respondió Erik—. Normalmente los ni?os juegan por su lado y las ni?as por el suyo.
—?Por qué? —preguntó Suri, frunciendo el ce?o—. No sería más divertido si jugaran juntos?
Erik sonrió, pero su expresión se volvió un poco nostálgica.
—Tal vez… pero los ni?os a veces al jugar son algo torpes, corren, empujan, gritan. Y a esa edad, los ni?os creen que las ni?as son… cosas raras —dijo con un tono medio divertido—. Y las ni?as también piensan que los ni?os son molestos o repulsivos.
Suri lo miró confundida.
—?Y después, viene esa pubertad verdad?
—Después si y allí cambian. —Erik miró hacia el cielo, recordando—. Cuando crecen y entran en la pubertad, comienzan a ver las cosas diferentes. Empiezan a fijarse más los unos en los otros, a hablar, a enamorarse a veces… aunque no siempre de la mejor manera.
—Entonces... —Suri bajó la vista, jugueteando con el dobladillo de su polera sin mangas —. ?Es por eso que no puedo estar contigo... como ellas?
El ambiente se serió. Erik respiró hondo, como quien se prepara para una carga pesada.
—Suri, lo que voy a contarte no es bonito, solo se lo conté a Becca y Mika, pero necesitas entenderlo, —dijo, su voz grave y solemne—. En mi mundo, había hombres... hombres tan malos que no respetaban a las mujeres ni a las ni?as. Las lastimaban. Que les hacían cosas terribles, cosas que jamás deberían hacérsele a nadie. —Su pu?o se cerró involuntariamente sobre sus rodillas—. Les robaban su ni?ez, su paz, su seguridad... a veces hasta su vida.
Un escalofrío recorrió la espalda de Suri. Al escuchar cada palabra de las atrocidades que hacían los hombres de su mundo.
—Eso es… horrible —susurró Suri, con los ojos muy abiertos.
—Sí. Lo es —dijo Erik con firmeza—. Por eso, cuando llegué aquí y conocí a todas ustedes, me hice una promesa. Juré que jamás haría algo que las hiciera sentir miedo. Que nunca sería como esos hombres. Cuando ustedes me abrieron sus corazones... me hice una promesa. Prometí protegerlas a todas. Y protegerte a ti, Suri, significa... significa saber dónde están los límites. Significa que mi cari?o por ti debe ser un lugar seguro, no un lugar confuso.
Hubo un largo silencio. Solo se oía el viento moviendo las hojas.
Suri salió un poco más del escondite, mirándolo con una mezcla de ternura y tristeza.
—Pero tú no eres como ellos, Erik. Nunca fuiste así.
él sonrió con melancolía.
—Intento no serlo, Suri. Todos los días —respondió, su voz cargada de una ternura infinita—. Y parte de ser bueno, de ser el hermano que mereces, es cuidar de tu inocencia. Es quererte de una manera que nunca, nunca, te haga da?o.
Ella lo miró, y por primera vez, vio más allá de su propio dolor. Vio el miedo en sus ojos, el peso de sus recuerdos, la férrea determinación detrás de su amor protector. Y en ese momento, el amor romántico y confuso que sentía comenzó a transformarse en algo más profundo, más maduro.
—Entonces... —dijo, su voz temblorosa pero clara—, aunque no sea tu esposa... ?siempre vas a quererme?
Erik se inclinó hacia adelante y extendió la mano, acariciando su mejilla con los nudillos con una delicadeza que le arrancó las lágrimas que tanto había contenido.
—Suri —susurró, y su nombre en sus labios sonó a juramento—, el amor que siento por ti es de los que no cambian. No necesita besos ni noches juntos para ser de verdad. Es más fuerte que todo eso. Eres... eres mi raíz más profunda en este mundo. Y eso, peque?a guerrera, es para siempre.
Fue entonces cuando Suri, con el corazón aliviado y limpio por las lágrimas, salió de su escondite y se lanzó a sus brazos. Erik la recibió con un abrazo que era un hogar, un refugio, una promesa. La levantó del suelo, apretándola contra su pecho como si temiera que se fuera a desvanecer.
—Lo siento, hermano —lloriqueó contra su hombro—. No quise asustarte.
—Lo sé, peque?ita —murmuró él, enterrando el rostro en su cabello—. Lo sé. Pero prométeme que la próxima vez, vendrás a mi. Que no me harás enfrentar de nuevo el miedo de perder a mi primera y más valiente hermana en este mundo nuevo.
El abrazo se prolongó en el crepúsculo, un silencio cómplice que sellaba su reconciliación. Suri asintió contra su pecho, sus peque?os dedos aferrándose a la tela de su polera como si fuera un ancla en medio de su tormenta emocional. Erik, sintiendo la fragilidad y la confianza en ese gesto, la levantó con suavidad, como si sostuviera el tesoro más preciado del valle, y se sentó apoyando la espalda contra el tronco rugoso. Suri se acomodó en su regazo, un peso familiar y querido, y rodeó su cuello con los brazos, enterrando su rostro en el hueco de su hombro donde el mundo parecía desaparecer.
Permanecieron así varios minutos, meciéndose al ritmo de sus respiraciones sincronizadas. El bosque cantaba su canción vespertina—el susurro de las hojas, el gorjeo de los últimos pájaros, el murmullo constante del arroyo—y por primera vez en horas, la paz volvió a anidar en el corazón de ambos. Para Erik, el simple sonido de la respiración tranquila de Suri era una melodía más reconfortante que cualquier otra.
—Suri… —rompió el silencio suavemente, su voz era un rumor más en el bosque—, ?Cómo encontraste este lugar? Es un refugio perfecto.
Ella levantó la cabeza, sus ojos ya secos reflejaban el último resplandor anaranjado del cielo. Con una sonrisa tímida que iluminó su rostro, se?aló el hueco entre las raíces.
—Mi Mama Ayla me lo mostró —confesó con un tono de orgullo y nostalgia—. Me contó que cuando ella era una ni?a, este era su rincón secreto.
Erik ladeó la cabeza, su interés genuino.
—?La se?ora Ayla venía aquí?
—Sí —asintió Suri, su mirada perdida en los recuerdos—. Decía que cuando se sentía triste o cuando su corazón necesitaba calma, venía a este lugar escondido. —Se?aló con el mentón hacia el hueco—. Me contó que su papá le construyó ese escondite con sus propias manos, para que tuviera un lugar donde guardar sus tesoros y sus sue?os de ni?a.
Erik podía casi visualizarlo: una peque?a Ayla, con esa misma chispa curiosa que veía en Suri, corriendo entre estos mismos árboles, sus risas mezclándose con el viento. La imagen le produjo una punzada de dulzura y pérdida.
—?Y qué pasó con su papá? —preguntó, su voz casi un susurro respetuoso.
La sonrisa de Suri se desvaneció un poco.
—Mama Ayla dijo que un día él se adentró en el bosque prohibido… y nunca regresó. —Sus dedos jugueteaban con el dobladillo de la polera de Erik—. Ella lo esperó por muchos a?os, pero el bosque no lo devolvió. Por eso… por eso venía aquí cuando lo extra?aba demasiado.
Erik apretó el abrazo alrededor de la peque?a, una ola de comprensión y empatía inundándolo. Ahora todo cobraba sentido. Este no era solo un escondite; era un santuario. Un lugar donde los recuerdos y el amor persistían, transmitiéndose de generación en generación.
—Ahora entiendo —murmuró, su barbilla rozando su cabello—. Este lugar no es solo tuyo, Suri. Es el amor de un padre por su hija, y el amor de una madre por la suya… todo guardado aquí, entre estas raíces.
Suri asintió lentamente, una sonrisa serena iluminando su rostro.
—Sí… cuando estoy aquí, siento que mi Mama Ayla todavía me está abrazando. —Alzó la vista hacia él, sus ojos brillando con una fe absoluta—. Y ahora… ahora siento que tú también formas parte de este lugar. Que aunque no estés, tu cari?o sigue aquí conmigo.
Las palabras de la ni?a, simples y profundas, conmovieron a Erik hasta lo más hondo. Sonrió, una sonrisa llena de una ternura que solo ella podía extraer de él, y acarició su mejilla.
—Siempre estaré contigo, Suri. En este lugar secreto, en la aldea, en tu corazón. No importa dónde esté, una parte de mí siempre te acompa?ará. Eso es una promesa de hermano.
Satisfecha, Suri cerró los ojos y se acurrucó de nuevo contra su pecho, un suspiro de paz escapando de sus labios. Erik la sostuvo, meciéndola suavemente mientras contemplaba el valle sumiéndose en la penumbra. Miró el hueco del árbol, imaginando las risas de Ayla y el amor de un padre tallando en la madera, y supo que, de alguna manera, se había convertido en el guardián de ese legado. No solo protegía a Suri; protegía una historia de amor que había trascendido el tiempo, y que ahora los unía a los tres—Ayla, Suri y él—en un lazo invisible y eterno, tejido por el destino en este rincón secreto del mundo.
El silencio se había vuelto cómodo, acunado por el ritmo constante de sus respiraciones. Suri, agotada por el torbellino emocional, se había quedado quieta, sus dedos jugueteando absortos con un hilo suelto de la polera de Erik mientras él, con movimientos infinitamente pacientes, acariciaba su cabello.
La luz del atardecer se filtraba ahora en largos rayos dorados que atravesaban el dosel arbóreo, pintando el suelo de motas luminosas. El coro de pájaros diurnos comenzaba a ceder su turno a los nocturnos.
Erik alzó la mirada hacia el cielo, donde las primeras pinceladas de naranja y lila te?ían el horizonte.
—Ya es hora de volver, peque?a —murmuró, su voz era suave como la brisa que mecía las hojas—. Las demás deben seguir con el corazón en un pu?o, buscándote.
Suri no respondió con palabras. En su lugar, se aferró con más fuerza a su cuello, enterrando su rostro en el hueco de su hombro en un gesto de protesta silenciosa. No quería que el momento terminara. Aquí, en sus brazos, el mundo era simple y seguro.
Erik comprendió. Una sonrisa tierna se dibujó en sus labios. Sin soltarla, se puso de pie con un movimiento fluido, acomodando su peso contra su pecho como si aún fuera la ni?a peque?a que conoció al llegar, aunque sus piernas ahora eran más largas y su cuerpo empezaba a delinear las curvas de la pre-adolescencia.
—Vamos, mi peque —dijo, y su tono tenía un dejo de broma cari?osa—. Creo que por hoy ya tuve suficiente susto para una semana.
Comenzó a caminar, y el crujir de las ramitas secas bajo sus zapatos marcaba el ritmo de su regreso. Suri, mecida por el vaivén de sus pasos, apoyó la cabeza en su hombro, cerrando los ojos. La calidez de su cuerpo y el sonido de su corazón latiendo eran un bálsamo.
De pronto, Erik se detuvo. Llevó dos dedos a sus labios y emitió una secuencia de silbidos: uno largo, claro y agudo, seguido de dos cortos y vibrantes. El sonido cortó el aire tranquilo del atardecer como una cuchilla limpia, viajando mucho más allá de los árboles inmediatos.
Suri alzó la cabeza, sus ojos celestes abiertos por la curiosidad.
—?Qué fue eso? —preguntó, su voz aún un poco ronca por el llanto.
Erik sonrió, complacido por su reacción.
—Es una se?al —explicó—. Un silbido que acordamos con las chicas para emergencias. Este en particular significa "encontrado y a salvo". Así sabrán que estás bien y dejarán de buscar, y nos esperaran en la aldea.
Una sonrisa peque?a, pero genuina, asomó en los labios de Suri.
—Suena... raro y a la vez bonito. Como el canto de un pájaro que no conozco —musitó, recostándose de nuevo en su hombro, sintiendo la vibración de su voz a través de la tela.
—Es un silbido que aprendí en mi mundo, me lo ense?o un amigo de mi abuelo —dijo Erik, reanudando la marcha—. Si quieres, te ense?o a hacerlo cuando estés un poco más tranquila.
Pero justo cuando sus zapatos pisaban un parche de tierra más blanda, Erik se detuvo en seco. Todo su cuerpo se tensó. Una sensación repentina, como el roce de una mirada ajena, le recorrió la espalda. Era un instinto aguzado por sus a?os de supervivencia en el bosque prohibido, una alarma silenciosa que nunca lo había decepcionado.
Giró la cabeza lentamente, escaneando la espesura a su izquierda. Allí, un grupo de abetos oscuros se alzaba como una pared. El viento jugueteaba con sus ramas superiores, pero en el sotobosque, entre las sombras que se alargaban con el crepúsculo, todo parecía inmóvil. Demasiado inmóvil.
Su ce?o se frunció. No vio nada. No oyó nada. Pero la sensación de ser observado era tan palpable que casi podía tocarse.
Suri, alertada por el cambio en su postura, levantó la mirada.
—?Pasa algo, Erik? —preguntó, su voz un hilillo de inquietud.
él desvió la vista hacia ella y forzó una sonrisa calmada, aunque sus ojos aún escudri?aban la penumbra entre los árboles.
—Nada, peque?a —mintió suavemente—. Solo... un reflejo raro. La luz jugándome una mala pasada, supongo.
Reanudó el paso, pero ahora su andar era más rápido, más decidido. Ya no era solo el regreso a la aldea; era alejarse de ese punto. Mientras caminaba, no podía evitar volver la cabeza de vez en cuando, la nuca erizada. El bosque, en otro tiempo daba un refugio, ahora parecía contener secretos en sus sombras. Y Erik tenía la certeza absoluta de que, fuera lo que fuera lo que había sentido, no había sido su imaginación. Algo, o alguien, los había estado observando.
La luz del crepúsculo comenzaba a te?ir de violeta el cielo cuando el bosque se abrió finalmente, revelando las siluetas familiares de las caba?as. A lo lejos, una figura solitaria se desprendió de la sombra de los árboles y corrió hacia ellos con una urgencia que erizó el instinto protector de Erik. Era Arlea, su cabello largo algo rebelde, sus ropas manchadas de tierra y hojas, evidenciando una búsqueda frenética. Sus ojos, normalmente serenos, estaban desorbitados por una angustia palpable.
—?Suri! —El grito de Arlea se rasgó en el aire tranquilo, un zoncho desgarrado que hablaba de horas de miedo contenido.
Erik se detuvo, ajustando suavemente su carga. Arlea se plantó frente a ellos, jadeante, con el pecho subiendo y bajando de manera agitada. Sus manos, callosas y terrosas, se elevaron temblorosas como si quisieran tocar a Suri para asegurarse de su bienestar, pero se detuvieron a centímetros, paralizadas entre el alivio y el residuo de terror.
—?Por todos los cielos, peque?a! —exclamó, y su voz, áspera por la falta de aliento, tenía un temblor que delataba la profundidad de su susto—. ?Hemos recorrido cada sendero, cada escondrijo! ?Lera está al borde de las lágrimas y Mika ha maldecido cada rincón del valle!
Suri se encogió un poco más contra el pecho de Erik, enterrando su rostro, y apretando sus piernas que estaban al rededor de Erik. Un "lo siento" apenas audible surgió contra la tela de su polera.
Erik, sintiendo la tensión en el cuerpo de la ni?a, intervino con una calma que buscaba ser un dique contra la marea emocional de Arlea.
—Tranquila, Arlea. Ya pasó. La encontré a salvo. Solo necesitaba... un momento para ella.
Arlea cruzó los brazos con fuerza, apretándolos contra su cuerpo como si con eso pudiera contener el temblor que la recorría. Su mirada, cargada de una furia que nacía del puro amor, se clavó en Erik.
—No sabes el frío que se nos metió en el cuerpo, Erik —dijo, y esta vez su voz se quebró sin remedio, humedeciéndose—. Pensar que... que pudo haberse perdido, o que... —No pudo terminar la frase. El solo pensamiento era demasiado.
Erik dio un paso adelante, acortando la distancia que los separaba. Su presencia era sólida, un muro contra el caos.
—Ya está conmigo —repitió, y su tono era tan firme como su abrazo alrededor de Suri—. No fue más que un mal día. No la abrumes con más rega?os.
Arlea lo miró, y por un instante, el enojo y la frustración lucharon en su rostro. Pero entonces vio la manera en que Erik sostenía a Suri: no como una carga, sino como la cosa más preciosa del mundo. Vio la suavidad en sus ojos, la línea de su espalda, erguida como la de un guardián. Y toda su resistencia se derrumbó.
Suspiró, un sonido profundo y cansado, y extendió una mano temblorosa para acariciar el cabello desordenado de Suri.
—Está bien —cedió, su voz ahora era un susurro ronco—. Pero por favor, Suri, no vuelvas a asustarnos así. Este corazón no está hecho para estos sustos.
Suri asomó los ojos y, viendo las lágrimas que ahora brillaban libremente en las mejillas de Arlea, murmuró con genuino arrepentimiento:
—Lo prometo, Arlea. De verdad lo siento.
Arlea apretó los labios, haciendo un último esfuerzo por mantener la compostura. Pero al ver la sonrisa serena y comprensiva de Erik, y a la peque?a sana y a salvo en sus brazos, toda la fuerza la abandonó. Dio un paso al frente y, en un gesto que era pura necesidad de reconfirmar la vida, posó una mano en la mejilla de Suri y la otra en el hombro de Erik, anclándose a ellos.
—Gracias... —susurró, y la palabra sonó a plegaria, a liberación—. Gracias por traerla de vuelta a casa.
Antes de que Erik pudiera responder, Arlea, impulsada por una oleada de alivio tan abrumadora que no podía contenerse en palabras, se acerco y capturó sus labios en un beso. No fue un beso de pasión, sino de pura gratitud y conexión. Era corto, pero increíblemente intenso, cargado con todo el miedo de la tarde y la dulzura del reencuentro. Sabía a tierra, a lágrimas y a un amor profundo que iba más allá de lo romántico, un amor por el hombre que protegía a su familia.
Suri los observó, y por primera vez, no sintió el aguijón de los celos. En su lugar, una comprensión cálida y nueva floreció en su pecho. Comprendió que ese beso era un lenguaje diferente. Era el lenguaje del alivio compartido, del "gracias por cuidar de lo nuestro". Y supo, con una certeza que la tranquilizó profundamente, que el amor de Erik por ella era de otra naturaleza, un territorio sagrado e intocable que nadie podía disputarle.
Cuando Arlea se separó, ruborizada por su propio arrebato pero sin arrepentimiento, Erik le dedicó una mirada que era un abrazo en sí mismo.
—No hay nada que agradecer —dijo, su voz un rumor grave—. Ella es parte de la familia, mi hermanita. Mientras me quede aliento en el cuerpo, nada le pasará. Es una promesa.
Arlea asintió, una lágrima escapando finalmente y dibujando un surco limpio en su mejilla sucia.
—Lo sé —susurró—. Por eso te quiero como te quiero.
Entonces, Suri, queriendo ser parte de ese círculo de consuelo, extendió sus brazos hacia Arlea.
—No llores más, Arlea... ya estoy bien. De verdad.
El gesto rompió el último resto de tensión. Arlea soltó una risa entrecortada por el llanto y se abalanzó sobre ellos, envolviendo a Erik y a Suri en un abrazo grupal que era un peque?o universo de afecto. Por un largo momento, los tres permanecieron así, entrelazados en el límite del bosque, el miedo de la tarde disolviéndose en el calor compartido.
—Vamos a casa —declaró Erik finalmente, su voz firme pero llena de una ternura infinita—. Creo que es hora de que todas vean que nuestra peque?a aventurera está a salvo.
La transición del bosque umbrío al claro iluminado por las rocas misteriosas que empezaban a brillar, marcando el camino de la aldea, fue como cruzar un umbral entre dos mundos. Apenas sus siluetas se recortaron contra la luz crepuscular, un estallido de voces y movimiento los recibió.
—?Suri! ?Erik! —La voz de Becca fue la primera, un grito cargado de una emoción tan pura que cortaba el aire. Corrió hacia ellos, su rostro pálido iluminándose con una mezcla de incredulidad y alivio absoluto.
Detrás de ella, como un torrente liberado, llegaron Mika, Hada y Lera. Las expresiones de las chicas eran un catálogo de las horas de angustia vividas: los ojos de Mika, normalmente llenos de picardía, estaban enrojecidos; Hada mordisqueaba su labio inferior con nerviosismo; y la serenidad habitual de Lera se había quebrado, dejando al descubierto una profunda preocupación.
Las mayores, Alisha, Jaia y Jerut, formaban un semicírculo silencioso pero intenso atrás, sus rostros arrugados marcados por la tensión.
En cuanto Erik depositó suavemente a Suri en el suelo, Mika se abalanzó sobre la ni?a, envolviéndola en un abrazo tan feroz que la levantó varios centímetros del suelo.
—?Tonta, tonta, tonta! —repetía Mika, su voz entrecortada por los sollozos que ya no podía contener—. ?Creí que te había devorado una bestia o que habías caído por un barranco!
—Lo siento mucho… —logró articular Suri, su voz apagada contra el hombro de Mika.
Becca y Hada se api?aron alrededor, sus manos revoloteando sobre Suri como mariposas nerviosas, acariciando su cabello, revisando sus piernas y brazos en busca de rasgu?os invisibles.
—?Estás bien? ?Segura? ?No te duele nada? —preguntaba Becca, su voz un torbellino de ansiedad.
—El bosque no es un juego, Suri —a?adió Hada, su tono era suave, pero tenía un filo de reproche maternal—. Cuando anochece, las sombras esconden peligros que ni tú ni nosotras conocemos del todo.
Lera, con los brazos cruzados, observaba la escena. Su mirada, normalmente tan cálida, estaba fría.
—El miedo que nos has hecho pasar no tiene nombre, peque?a —dijo, y cada palabra caía con el peso de una losa—. Pensar que por un capricho…
Erik, que había permanecido como una roca a un lado, se interpuso entonces. No fue un movimiento brusco, pero sí tan decidido que el círculo de chicas se abrió instintivamente frente a él.
—Basta —dijo, y su voz, aunque calmada, tenía una autoridad que silenció inmediatamente a todas—. Ya es suficiente.
Se colocó frente a Suri, protegiéndola físicamente del aluvión de emociones.
—La encontré a salvo, sí. Arrepentida, también. Pero ilesa. —Su mirada recorrió a cada una de ellas, deteniéndose especialmente en Mika y Lera—. El rega?o ya llegó. Lo que necesita ahora no son más reproches, sino entender que su acción tuvo consecuencias en quienes la aman.
Mika lanzó una mirada fulminante a Erik.
—?No puedes mimarla siempre! —protestó, su enojo era un disfraz transparente para el terror que aún la recorría—. ?Se fue sola! ?Podría haber…
—No la estoy mimando —lo interrumpió Erik, y su tono se volvió más firme, aunque no perdió la calma—. La estoy protegiendo. De vuestro propio miedo, que ahora se convierte en ira. —Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran—. ?Creéis que no se siente lo suficientemente mal? Mírenla.
Todas las miradas se volvieron hacia Suri, que, escondida detrás de Erik, tenía los ojos inundados de lágrimas silenciosas y los hombros encogidos. La imagen era tan elocuente que el último resto de enfado en Mika se desinfló. Resopló, cruzando los brazos con fuerza.
—Está bien… —cedió, mirando al suelo—. Pero es solo porque tú lo pides.
Fue entonces cuando Suri, con un valor repentino, se soltó de Erik y se acercó a Mika, abrazándola por la cintura.
—Perdón, Mika… de verdad —murmuró, su voz era un hilo de sonido—. No volveré a irme así.
Mika suspiró, derrotada. Su mano, se posó en el hombro de Suri con una ternura que contradecía su tono de voz.
—Más te vale, mocosa —refunfu?ó, pero ya no había enfado en sus palabras, solo el profundo alivio de tenerla de vuelta.
Las mayores, que habían observado el intercambio con sabiduría silenciosa, se acercaron. Jaia sonreía con esa paz que siempre la caracterizaba.
—El equilibrio regresa al hogar —observó en voz baja para Alisha, quien asintió, secándose una lágrima furtiva con el dorso de la mano.
—Sí… pero la próxima vez —a?adió Jerut con su picardía habitual, dirigiendo su comentario a Erik—, asegúrate de que tu silbido se escuche hasta en el mundo de los espíritus. Este susto nos ha quitado a?os de vida a cada una.
La broma, llegada en el momento justo, rompió la última capa de tensión. Las risas, nerviosas al principio pero genuinas después, se elevaron alrededor del grupo.
Con el ambiente finalmente relajado, como un campo después de la tormenta, todos comenzaron a dirigirse hacia el centro de la aldea, hacia la fogata, donde el aroma reconfortante de la cena los esperaba.
La procesión hacia la fogata era un río de alivio y voces reencontradas. Las chicas rodeaban a Suri, cuyo espíritu, resiliente como la hierba del páramo, ya comenzaba a recuperarse bajo la cálida lluvia de atención y perdón. Erik caminaba a su lado, una sonrisa tranquila en sus labios, pero su cuerpo contaba una historia diferente.
Fue entonces cuando lo sintió de nuevo.
No fue un sonido. No fue un movimiento visible. Fue una corriente gélida que se deslizó por su espina dorsal con la precisión de una daga de hielo. Todo su cuerpo, entrenado por su vida en el bosque prohibido, se tensó en una fracción de segundo. Sus pasos se detuvieron. Sus pupilas se contrajeron, escaneando la línea oscura del bosque con una intensidad que borró por completo la sonrisa de su rostro.
Allí, donde la luz de las rocas misterios no alcanzaba y las sombras se engrosaban hacia una masa impenetrable, algo se movió. Fue apenas un destello, un cambio en el patrón de oscuridad entre dos troncos ancianos. Una silueta que pareció deslizarse, no con la torpeza de un animal, sino con una fluidez inquietante, antes de fundirse de nuevo con la noche.
Su respiración se volvió lenta y controlada, el pecho apenas se movía. Permaneció así por tres latidos de corazón, sus sentidos extendiéndose hacia la negrura, buscando un ruido, o cualquier cosa que confirmara la presencia. Pero no hubo nada. Solo el susurro del viento y el lejano canto de un ave nocturna.
Mika, que caminaba justo detrás de él, lo notó al instante. Reconoció la instantánea transformación: la espalda que se erguía como un muro, los hombros que se cuadraban, la manera en que su cabeza se inclinaba ligeramente, como la de un ciervonejo olfateando una amenaza. Era la misma postura gélida y mortal que había adoptado frente a la bestia de la anterior vez, donde casi muere aplastado.
—Erik… —su nombre fue un susurro casi inaudible que se perdió entre las risas de las demás. — pasa algo?.
él no se volvió. Su mirada permaneció clavada en el bosque un segundo más, hasta que, con un esfuerzo visible, relajó sus músculos. Giró la cabeza hacia ella y forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Nada importante —murmuró, su voz era un zumbido bajo—. Vamos, que las frutas nos esperan.
Mika asintió lentamente, pero su mirada, ahora cargada de una preocupación nueva, se desvió hacia la muralla de árboles. No había visto nada, pero había visto en Erik todo lo que necesitaba saber. No insistió. No había lugar para eso aquí, rodeadas de las demás, con Suri todavía sensible. Pero una decisión silenciosa se selló en su interior: esta noche, cuando estuvieran solos y la aldea durmiera, le preguntaría. Y no aceptaría evasivas.
Erik, por su parte, reanudó la marcha, tomando la mano de Suri con una naturalidad que era puro teatro. Siguió sonriendo, bromeando suavemente con Becca, pero su mente era un campo de batalla en calma. Cada uno de sus sentidos permanecía en alerta máxima, escaneando el perímetro de la aldea. La sensación había sido demasiado específica, demasiado... deliberada. No era la curiosidad de un animal. Era la observación calculada de una inteligencia.
La fogata crepitaba, proyectando danzas de luces y sombras sobre los rostros reunidos. El aroma a frutas asadas y pan de raíces era reconfortante, pero para Erik, cada chispa que ascendía era un recordatorio de la oscuridad que se cernía más allá del círculo de luz. La paz de la noche era una ilusión, y él era quizás el único que podía sentir la grieta en su superficie.
Las mayores, sentadas un poco más lejos, miraban el cielo que poco a poco se cubría de nubes oscuras. Jerut fue la primera en notarlo.
—Mmm… esas nubes no son normales para esta época —comentó con el ce?o fruncido.
Alisha levantó la vista y asintió lentamente.
—Tienes razón… las lluvias deberían empezar después de las lunas llenas que se aproxima. Tal vez se adelantaron esta vez.
Jaia, siempre observadora, cerró los ojos por un momento.
—El aire cambió —murmuró—. Puedo oler la humedad que llega. Esta noche será tranquila, pero desde ma?ana… empezará de verdad.
Erik levantó la mirada hacia el cielo. Efectivamente, el viento soplaba con un murmullo distinto, trayendo el olor a tierra húmeda que anuncia la época de lluvias.
—Parece que tendremos que prepararnos —dijo, mirando a las demás con suavidad.
Becca asintió, levantando también su plato vacío.
—Sí. Ma?ana será mejor asegurar los techos que faltan y recoger lo que quede del huerto peque?o. No quiero que la lluvia arrastre nada.
La conversación continuó un rato mas con calma. Entre risas y bostezos, las chicas comenzaron a levantarse una a una, despidiéndose y deseándose buenas noches. Suri abrazó a cada una, contenta de sentir que todo estaba bien otra vez. Finalmente, fue Erik quien le despeinó el cabello con cari?o antes de despedirse.
—Ve a dormir, peque?a —le dijo sonriendo—. Ma?ana te ense?aré a silbar, ?sí?
Suri asintió con brillo en los ojos y corrió hacia su caba?a, saludando con la mano hasta desaparecer.
Mika y Erik se quedaron de los últimos en el claro, hasta que apagaron el fuego. Sin decir mucho, caminaron juntos hacia su caba?a. Mika lo hizo en silencio, pero su rostro mostraba una seriedad que Erik conocía demasiado bien.
Una vez dentro, encendieron una vela de resina. La luz cálida dibujó sombras suaves sobre las paredes de madera. Mika adentro se cruzó de brazos.
—Erik —dijo con tono bajo pero firme—. ?Qué pasó allá atrás? Sé que sentiste algo. No me digas que fue nada, porque te conozco.
Erik la miró unos segundos, suspirando.
—No lo sé, Mika —admitió, sentándose al borde de la cama—. Solo… lo sentí. Como si algo o alguien nos mirara. No escuché nada, ni vi nada claro… pero la sensación de ser vistos.
Mika se acercó despacio, apoyando una mano en su hombro.
—?Crees que es peligroso? —preguntó, sin apartar la vista de sus ojos.
—No lo sé —repitió él, con voz más suave—. Pero si te puedo decir que no sentí maldad, ni amenaza, solo ser vistos.
No quiso decir más, y Mika entendió que por ahora no había respuestas. Ambos estaban exhaustos por la búsqueda de Suri. Decidieron lavarse antes de dormir; el agua fresca ayudó a aliviar la tensión del día. Entre risas suaves y gestos tranquilos, se deshicieron del cansancio poco a poco.
Luego, ya en la cama, Mika se acomodó junto a él, su cabeza sobre su pecho.
—Prométeme que me lo dirás si vuelve a pasar —murmuró medio dormida—. No quiero que lo lleves solo.
Erik acarició su cabello, mirando el techo con la mente aún en el bosque.
—Te lo prometo —susurró.
Afuera, una llovizna fina comenzó a caer. Las gotas golpeaban el techo de hojas con un ritmo pausado, casi hipnótico. El sonido llenaba la caba?a como un arrullo.
Erik suspiró. Aún no podía quitarse de la mente esa sensación que había tenido, la certeza de que algo —o alguien— los observaba. Pero mientras escuchaba el respirar tranquilo de Mika, esa inquietud se fue disolviendo poco a poco.
Miró hacia la ventana, donde la lluvia dibujaba caminos plateados en la madera, y pensó que, por esa noche al menos, todo estaba en paz.
Sus brazos apretaron a Mika un poco más fuerte, asegurándose de que ella estuviera realmente allí, a su lado.
—Buenas noches… —susurró.
El sonido de la lluvia respondió por ella, suave y constante, hasta que el sue?o terminó por alcanzarlo también.
La lluvia seguía cayendo con ritmo constante, y el murmullo del agua era tan relajante que toda la aldea parecía dormir profundamente. En la caba?a de Erik, sin embargo, el descanso no duró demasiado.
Mika dormía tranquila, con la cabeza sobre el pecho de Erik, cuando una gota fría le cayó justo en la frente.
—Mmm… —gru?ó, moviéndose un poco.
Otra gota, más grande, le cayó en la nariz.
—?Eh?... ?ah! —se incorporó de golpe, confundida, mientras más gotas empezaban a caer sobre su cara y el manto.
—?Erik, despierta! —dijo sacudiéndolo suavemente.
El apenas murmuró algo incomprensible, girando hacia el otro lado.
—Erik… —repitió Mika, un poco más insistente.
Otra gota le cayó directo al cuello, helada. Dio un peque?o grito, mezclado entre susto y fastidio, y esta vez lo empujó con fuerza.
—?Erik, nos estamos mojando!
El abrió los ojos de golpe, desorientado.
—?Qué pasa? ?un ataque? ?dónde?
—?Ataque no, lluvia! —dijo ella, se?alando el techo.
El sonido de las gotas cayendo dentro de la caba?a se hizo más evidente, con un “ploc, ploc” que caía justo sobre su manta y el suelo.
Erik se quedó mirando hacia arriba unos segundos, sin decir nada, mientras el agua empezaba a mojarle el cabello.
—Ah… —murmuró con una expresión derrotada—. Olvidé revisar el techo.
Mika lo miró con los brazos cruzados, empapándose también.
—Deberías haberlo hecho días atrás, se?or cazador olvidadizo.
—Lo sé… hoy debería hacerlo, pero estábamos ocupados buscando a Suri —respondió él, intentando cubrir con una manta el hueco, sin éxito.
—Sí, claro, y ahora tendremos que pescar dentro de la caba?a —bromeó Mika, soltando una risita a pesar del desastre.
Erik no pudo evitar reír también, más por lo absurdo del momento que por otra cosa.
—Bueno, al menos el agua está limpia.
—?Sí, muy limpia! —dijo ella irónicamente, cuando otra gota le cayó justo en la mejilla.
Ambos se miraron y empezaron a reír. Mika se levantó, tomando una manta y tirando de Erik del brazo.
—Vamos, tonto. Mi caba?a sí está mejor preparada para las lluvias. Si nos quedamos aquí, amaneceremos empapados.
Erik se levantó, aún riendo, tomando sus ropas y tapándolas con mantas para que no se mojaran y la siguió hasta la puerta.
—Prometo arreglarlo ma?ana temprano.
—Más te vale —contestó ella con una sonrisa traviesa—, o te dejaré dormir solo con las goteras de compa?ía.
Salieron bajo la llovizna tapados con varias mantas, corriendo hasta la caba?a de Mika entre risas y salpicaduras. Al llegar, ambos estaban empapados, aun con las mantas sus ropas estaban húmedas, pero la risa no se borraba de sus rostros.
—?Ves? —dijo ella mientras entraban a la caba?a—, aquí no cae ni una gota.
—Sí, sí… —bromeó él, y Mika le dio un empujón suave, riendo también.
La lluvia seguía cayendo, constante y suave, golpeando el techo de la caba?a de Mika con un murmullo sereno. Ambos se habían secado lo que pudieron y acomodándose entre las mantas secas, aún riendo por lo ocurrido en la otra caba?a.
Mika, recostada sobre el pecho de Erik, lo miró con una mezcla de ternura y picardía.
—Al menos aquí el techo no gotea —susurró con una sonrisa traviesa.
Erik soltó una leve risa, acariciando su mejilla húmeda por las gotas que aún quedaban de antes.
—Tendré que aprender a hacer techos tan buenos como los tuyos —bromeó.
—Y yo te ense?aré… pero ma?ana —respondió ella, acercándose despacio hasta rozar sus labios con los de él.
El beso, que había comenzado como un tierno encuentro de labios, se fue transformando en algo más profundo y significativo. Las risas juguetonas que habían compartido momentos antes dieron paso a un silencio cálido y cargado de intimidad, un espacio sagrado entre ellos donde solo existían el sonido constante de la lluvia golpeando suavemente el techo y el susurro de sus respiraciones entrecortadas.
Con movimientos fluidos y llenos de una confianza forjada a lo largo del tiempo, Mika ayudó a despojar a ambos de las pocas ropas que los separaban. Cada prenda que caía al suelo era como deshacerse de las preocupaciones del día. Cuando por fin estuvieron piel con piel, ella se colocó en su encima con una gracia natural, arrodillándose a sus costados y enmarcando su cuerpo con el suyo. La luz tenue de la vela de resina proyectaba sombras danzantes sobre sus figuras, acariciando las curvas de su espalda y los contornos de sus hombros.
Se unieron en un movimiento lento y deliberado, un baque íntimo donde no había lugar para la prisa, solo para la exploración consciente y el placer compartido. Sus cuerpos se movían al unísono, encontrando un ritmo que les era propio, intercalando momentos de pasión contenida con pausas cargadas de ternura, donde sus miradas se encontraban y sus manos se buscaban. Erik recorrió con sus dedos la línea de su columna, subiendo las manos y acariciando con suavidad sus senos con un contacto que erizaba la piel y provocaba suspiros entrecortados, mientras Mika, por su parte, jugueteaba con los mechones de su cabello y dejaba peque?os besos robados en su cuello y hombros, marcando cada caricia con su afecto.
Era más que un acto físico; era una conversación silenciosa, una manera de reconfirmar su conexión, a través del amor. En ese espacio íntimo, las sombras del pasado se desdibujaban, reemplazadas por la certeza del presente y el calor del otro.
Cuando finalmente llegaron al clímax de su unión, fue con un susurro ahogado de nombres, un temblor compartido que los envolvió a ambos, fundiéndolos en un único ser por unos instantes eternos.
Después, en la calma que siguió, Mika se acomodó junto a Erik, buscando el cobijo de su brazo y descansando su cabeza en el hueco de su hombro. Su respiración, poco a poco, volvió a la normalidad, sincronizándose con la de él. Una sonrisa serena y profundamente satisfecha se dibujó en sus labios, un testimonio silencioso de la paz y la plenitud que solo se encuentran en la entrega mutua. Afuera, la lluvia seguía cayendo, pero dentro de la caba?a, solo existía el calor de sus cuerpos entrelazados y el silencio cómplice de dos almas que habían encontrado refugio la una en la otra.
—Ahora sí —murmuró Mika con voz adormecida—, ya podemos dormir tranquilos, esposo torpe.
Erik rió suavemente, rodeándola con el brazo.
—Sí, mi esposa traviesa. Ma?ana arreglaré el techo… lo prometo.
El sue?o los alcanzó juntos, mientras afuera la lluvia seguía cayendo con ese sonido manso que envolvía toda la aldea, marcando el inicio de las noches húmedas que acompa?arían los próximos días.

