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Capitulo 8: Mas allá del miedo, te encontré

  El día se extendía, tranquilo y perfumado. El canto de los pájaros y el crujido suave de las hojas bajo los pies de Erik y Mika eran la única música en el sendero que llevaba a revisar las trampas. Caminaban cerca, tan cerca que sus hombros se rozaban con cada paso, sus brazos se entrelazaban con naturalidad. De vez en cuando, Erik se acercaba para murmurarle algo al oído a Mika, y ella respondía con una risa baja e íntima, una sonrisa que parecía iluminarla desde dentro.

  Lera , que estaba en el umbral de su taller ordenando unos cuencos de resina mezclada con pigmentos, levantó la mirada justo a tiempo para verlos pasar. Se quedó quieta, hipnotizada por la escena: la forma en que Mika se aferraba al brazo de Erik, la comodidad absoluta con la que se apoyaba en él, la felicidad tranquila que emanaba de ambos.

  No supo por qué, pero esa imagen no le provocó el pinchazo agudo de los celos. En su lugar, un calor dulce y expansivo le inundó el pecho.

  No era envidia. Era algo más parecido al asombro , ya una esperanza tímida que nacía del cari?o profundo a Erik.

  Ella también ya había dormido con él varias noches, al igual que Hada desde su declaración. Sus encuentros habían sido un territorio de ternura y descubrimiento lento: besos que sabían a paciencia, caricias que nacían del respeto y la curiosidad, noches enteras abrazados, a veces hablando hasta que el sue?o los vencía, otras simplemente escuchando la respiración del otro, sintiendo el calor y la seguridad de su pecho.

  En más de una ocasión, Lera se había quedado despierta, observándolo dormir, su mano trazando círculos infinitos y suaves en su torso, preguntándose… ?Cómo sería? ?Cómo se sentiría entregarse por completo, sin los límites que ella misma se imponía? Lo deseaba. Lo deseaba con una intensidad que a veces la asustaba.

  Pero no sabía cómo cruzar esa línea. Cerró los ojos, transportándose a una noche en particular, hacía apenas un par de días.

  Estaban acostados, Erik ya en el borde del sue?o. Lera sintió un impulso feroz de cerrar la distancia que los separaba. Su mano se deslizó por su pecho, lenta, deliberada, sintiendo el latido constante y poderoso bajo su palma. Erik abrió los ojos, somnoliento, y le escuchó. Le acarició la mejilla con el dorso de los dedos y la besó con una dulzura que le partió el alma. Pero ella, presa de un pánico súbito e inexplicable, no supo seguir. Solo enterró el rostro en su cuello y se acurrucó contra él, como había hecho tantas otras veces.

  — Tonta —se rega?ó ahora, mordiéndose el labio—. ?Por qué me detuve? ?Por qué no le dije con palabras o con acciones lo que tanto deseo?

  Lo amaba. Con esa devoción tranquila, observadora y callada que la caracterizaba, lo amaba con una fuerza que la desbordaba. Lo notaba en la forma en que Erik la miraba mientras trabajaba en su telar, con una admiración silenciosa. En cómo se inclinaba para recoger un hilo que se le había caído, con una naturalidad que decía más que mil palabras. En la mano que a veces posaba en la peque?a de su espalda, en un gesto de apoyo que la hacía sentir vista y valorada.

  Recordaba vívidamente la vez que Erik, con una timidez encantadora, le había ayudado a dise?ar y coser su primer sostén. Cómo había tratado su cuerpo con una reverencia que desarmaba cualquier malicia, como si estudiar sus curvas fuera el acto más natural y respetuoso del mundo. Y recordaba, sobre todo, las noches compartidas: la electricidad de sus cuerpos rozándose bajo las mantas, el sonido de su respiración sincronizándose en la oscuridad, la paz abrumadora de sentirse segura en sus brazos.

  —?Por qué no me atrevo? —la asaltó el pensamiento, más agudo esta vez—. Mika y Hada ya lo habrán hecho. Ellas se atrevieron a dar el paso. ?Y yo?

  No era miedo a Erik. Sabía, con una certeza absoluta, que él jamás la presionaría, que su "no" sería siempre suficiente. El miedo era suyo. Era la prisión de su propia pensar, de su naturaleza cautelosa. Siempre analizaba demasiado, siempre esperaba el momento perfecto, el signo inequívoco… pero ?y si el momento perfecto no llegaba solo? ?Y si tenía que crearlo?

  La idea cayó sobre ella como una revelación, sólida y clara. La noche que le tocaba dormir con él se acercaba. Ya no quería solo dormir. Quería amarle. Deseaba hacerlo con él. Y quería hacerlo bien, sin miedos, sin arrepentimientos.

  Por eso, respiró hondo, dejando que la decisión se asentara en sus huesos. Dejó los cuencos a un lado y se sentó en la piedra lisa del umbral. Miró cómo las sombras de los árboles danzaban en el suelo del valle, y una sonrisa tímida pero decidida se dibujó en sus labios.

  —Les pediré ayuda —pensó, y el solo pensamiento le trajo un alivio inmediato—. A Mika y a Hada. Ellas también lo aman. Quizás entre las tres… podamos descifrarlo juntas. Podamos planearlo.

  Recordó vagamente las ense?anzas prácticas de las mayores: conocían los mecanismos de sus cuerpos y el de los hombres. Pero la teoría era lo de menos. Lo que ella no sabía era cómo preparar su corazón, cómo articular el deseo, cómo tenderle un puente a Erik e invitarlo a cruzar a ese territorio nuevo para ella. Cómo hacer que ese momento fuera especial, no torpe.

  Y ella lo sentía. Lo amaba. Profundamente. Con esa certeza ardiente en el pecho, Lera se levantó. Su paso, usualmente silencioso y delicado, tenía ahora una determinación nueva.

  Esa misma tarde las llamaría. Les hablaría. Tal vez al principio la vergüenza le nublaría la voz, tartamudearía, se sonrojaría hasta la raíz del cabello… pero sabía, en el fondo de su alma, que como hermanas que compartían un mismo amor, la entenderían.

  Y cuando llegara su noche, y Erik la abrazara como siempre con esa ternura que la volvía loca… quizás, solo quizás, ese sería el verdadero comienzo. No solo de una unión física, sino de una nueva capa de confianza, de intimidad y de belleza exclusiva para ellos dos.

  Ya en los cultivos de vegetales Arlea estaba de rodillas en la tierra, hundida en su mundo verde. Con los dedos, palpaba con delicadeza las raíces largas que crecían cerca del borde del claro, sintiendo su vitalidad latente bajo la superficie. El sol comenzaba a calentar su espalda, y el aroma a tierra húmeda y vida era su perfume favorito. Se inclinó sobre una planta en particular, tocando una hoja que aún se resistía a desplegarse por completo.

  —Esta va bien… —murmuró para sí, con una sonrisa de satisfacción íntima.

  Fue entonces cuando unos pasos firmes y conocidos se acercaron por detrás, deteniéndose a su espalda.

  —?Necesitas ayuda? —preguntó la voz de Erik, cargada de una calma que siempre le serenaba el espíritu.

  Arlea alzó la vista. él estaba allí, con un cántaro de agua fresca en la mano, peque?as gotas condensadas resbalando por la arcilla. Su corazón dio un vuelco silencioso en su pecho, pero su rostro, tallado en una serenidad práctica, no delató nada. Solo asintió con un gesto leve.

  —Siempre es buena ayuda si viene con agua —bromeó, se?alando el cántaro con un movimiento de cabeza.

  Erik dejó el cántaro a su lado y se arrodilló en la tierra con un cuidado que a ella siempre le pareció conmovedor. Observó los cultivos que ella tenía entre manos con genuina curiosidad.

  —?Cómo sabes que esta va bien? A simple vista, todas me parecen iguales…

  —No lo son —explicó ella, y su voz se suavizó, adoptando el tono de maestra que usaba para hablar de lo que amaba—. Esta hoja no está tan cerrada. Mira la base, tiene más firmeza… —Tomó su mano con naturalidad y guio sus dedos para que tocara la textura— …y si palpas la raíz, notarás que guarda más humedad que las vecinas.

  Durante unos segundos cruciales, sus dedos se entrelazaron sobre la tierra húmeda. Arlea tragó saliva en seco, sintiendo que ese contacto inocente desencadenaba un temblor peque?o pero profundo dentro de ella.

  —Tienes manos firmes —observó Erik, con la honestidad simple que lo caracterizaba—. Se nota que sabes exactamente qué buscar.

  Arlea sintió que un calor leve le subía por el cuello. él no lo decía con segundas intenciones; era una observación pura. Y esa falta de artificio era lo que más la conmovía.

  —Pasé a?os aprendiendo el lenguaje de estas plantas —confesó en un tono más bajo—. A veces siento que me entienden mejor que la mayoría.

  Erik la miró entonces, no a la planta, sino a ella. Y en sus ojos había una admiración sincera.

  —Entonces eso significa que yo tengo mucha suerte… porque tú me estás ense?ando a entenderlas. Me ense?as todos los días, Arlea. Aunque no te des cuenta.

  Arlea desvió la mirada hacia la tierra. Su pecho latía con una fuerza que le parecía audible. Las palabras que quería decirle se agolparon en su garganta, pero solo logró que una escapara, susurrada como un secreto para la brisa:

  —Es porque me importas.

  Erik la escuchó. Calló. No respondió de inmediato, como si supiera que esas tres palabras eran una semilla frágil que necesitaba tiempo para echar raíces antes de que cualquier respuesta pudiera ahogarla.

  En lugar de hablar, tomó el cántaro y comenzó a regar con meticulosidad las raíces que ella había aireado. Trabajaron juntos en un silencio cómplice, sus movimientos complementarios como una danza bien ensayada.

  Cuando terminaron, Arlea se incorporó, limpiándose las manos terrosas en los laterales de sus pantalones cortos. Erik se levantó a su lado y, en un gesto de pura intuición, le retiró suavemente una hoja seca que se había enredado en su cabello.

  Fue un gesto peque?o, casual, devastador.

  Arlea se quedó petrificada, sintiendo cómo su corazón se estremecía como una hoja bajo una tormenta. él la cuidaba. Sin esfuerzo, sin grandilocuencia, la cuidaba. Y en ese instante, supo con una certeza absoluta que debía decirle lo que su corazón llevaba gritando en silencio desde hacía mucho tiempo.

  Quizás esa noche. O en los días por venir. Pero lo haría.

  El camino de regreso desde los cultivos era tranquilo. Erik y Arlea caminaban en un silencio cómodo, cada uno cargando su cesta con la cosecha de raíces y hierbas. El peso del día comenzaba a ceder, reemplazado por una brisa fresca que jugueteaba entre los árboles.

  —Gracias por ayudarme —comentó Arlea, su voz un poco más baja de lo usual, casi absorbida por el crujir de las hojas bajo sus pies.

  —No hay de qué. La verdad, me gusta —respondió Erik con naturalidad, ajustando el peso de la cesta en sus manos—. Aprendo mucho contigo.

  Arlea asintió, pero no dijo nada más. Solo permitió que una peque?a sonrisa se dibujara en sus labios, sintiendo un calor familiar en el pecho.

  Al llegar al área común, encontraron a Jerut en su puesto habitual, picando frutas con la precisión de quien ha hecho eso toda la vida. La anciana alzó la mirada y una sonrisa pícara iluminó su rostro.

  —Vaya, vaya —dijo, sin dejar de trabajar—. ?Ya volvieron? Parece que hoy el trabajo rindió más… o quizá simplemente la compa?ía era agradable.

  Arlea desvió la mirada hacia el suelo, un rubor subiéndole por el cuello.

  —Solo terminamos lo que había que hacer —murmuró, concentrándose en bajar su cesta con cuidado.

  Erik, distraído, dejó su carga junto a la de ella.

  —?Necesita ayuda con algo más, se?ora Jerut?

  —Claro que sí —respondió la mujer, se?alando con el cuchillo hacia un montón de raíces sin pelar—. Pueden empezar por ahí. Y tú, Arlea, no te quedes ahí escondida como planta de sombra.

  Arlea hizo como que no escuchaba, pero Jerut se le acercó con pretexto de recoger un cuenco y, al pasar, le posó una mano húmeda en el hombro.

  —Si no le abres el corazón a ese muchacho, —le susurró con voz ronca— te vas a arrepentir más tarde. Los hombres no leen mentes, cari?o. A veces hay que poner las cartas sobre la mesa.

  Arlea contuvo el aire. Miró a Erik, que ya se había sentado y empezaba a pelar las raíces con una concentración adorable. Su expresión tranquila, sus manos seguras… algo en su pecho se decidió.

  Tomó aire y se acercó a él, deteniéndose a su lado.

  —Oye, Erik…

  él alzó la mirada, con una raíz a medio pelar en la mano.

  —?Sí? ?Pasó algo?

  —No, es que… —Arlea jugueteó con el doblez de su blusa —. Es sobre la raíz. La estás pelando justo como me gusta. Ni muy grueso, ni muy fino.

  Erik miró la raíz como si la viera por primera vez.

  —Ah, bueno… es que he practicado viéndote a ti.

  —Se nota —dijo ella, y luego, con un valor que no sabía que tenía, a?adió—: Se te da bien… cuidar las cosas que importan.

  Erik dejó de pelar. La miró directamente, y esta vez sí pareció captar el doble sentido. Su sonrisa fue lenta, pero cálida.

  —Es que algunas cosas… valen la pena cuidarlas bien.

  Arlea sintió que el mundo se detenía por un segundo. Asintió, sin poder evitar sonreír también.

  —Sí —susurró—. Sí que valen.

  Y en ese momento, supo que las palabras más importantes ya estaban por salir y ser dichas.

  El "Sí, lo haría" aún resonaba en la mente de Arlea. El valor recién encontrado latía en sus venas. Tomó aire y dio un paso decisivo hacia Erik, que volvía a pelar las raíces con una concentración que le parecía adorable.

  —Oye, Erik… —comenzó a decir, su voz un poco más firme de lo esperado.

  Pero en ese preciso instante, una voz entusiasta cortó el aire como un cuchillo.

  —?Hola!

  Erik y Arlea giraron la cabeza al unísono. Era Becca, que llegaba junto a Alisha. Pero no era la Becca de siempre, la líder práctica con ropas funcionales. Esta Becca llevaba puesto el nuevo conjunto que Lera le había confeccionado: una polera corta que se ce?ía a su torso con una elegancia sencilla, dejaba ver su abdomen y unos pantalones largos que seguían la línea de sus piernas largas y fuertes, marcadas por a?os de trabajo y caminatas. La tela, de un tono que complementaba su piel bronceada por el sol, parecía realzar cada curva con un respeto que era a la vez sensual y poderoso.

  Erik, aún sentado con la raíz en mano, se quedó inmóvil. Su mirada se abrió ligeramente, recorriendo la figura de Becca con una admiración pura y evidente que no intentó—o no pudo—disimular. Un rubor subió por su cuello hasta sus mejillas.

  —Te ves… —tragó saliva, encontrando las palabras con dificultad— muy hermosa, Becca.

  La frase, dicha con una sinceridad absoluta y un tono ligeramente sobrecogido, impactó en el claro como una piedra en un estanque tranquilo.

  Becca se quedó helada por un segundo, como si le hubieran aplicado un hechizo. Luego, una sonrisa tímida pero radiante iluminó su rostro y bajó la mirada hacia el suelo, como si no pudiera soportar la intensidad del cumplido y la emoción que le provocaba.

  —Gracias… —logró decir, y luego, con un coraje repentino, a?adió—: Gracias… por todo, Erik. Por cuidarnos. Por estar.

  Alisha, a su lado, observó el intercambio con una sonrisa de conocimiento y silenciosa, comprendiendo que esas palabras iban mucho más allá de un simple agradecimiento por la ropa.

  Jerut, con la mirada astuta de una zorra vieja, giró la cabeza para observar a Arlea. La joven no parecía celosa; su expresión era de sorpresa congelada, como si alguien le hubiera apagado la luz interior que momentos antes la iluminaba. Su momento, el impulso de valor que había reunido, se había esfumado, barrido por la inesperada y arrolladora llegada de Becca.

  —?Becca! —gritó Suri, corriendo hacia ellas—. ?Tu ropa nueva está hermosa!

  —?Qué lindo te queda! —a?adió otra voz desde el otro extremo.

  Becca fue rápidamente rodeada de halagos y risas. Por primera vez en mucho, mucho tiempo, no se sintió solo útil o necesaria. Se sintió vista. Linda. Deseada. Y en un rincón profundo de su corazón, la semilla del valor que siempre había estado latente brotó con una fuerza imparable.

  Durante la comida, Becca apenas probó bocado. Su mente era un torbellino de una sola idea, una resolución que se solidificaba con cada latido: "Esta noche. Se lo digo esta noche. Ya no puedo guardarme esto más."

  Mientras ayudaba a recoger los cuencos y restos del almuerzo, su mirada se cruzó con la de Mika, Lera y Hada. Las tres caminaban juntas, sumidas en una conversación que por su tono y proximidad era claramente confidencial.

  —…Vengan a mi taller más tarde —estaba diciendo Lera en un tono claro pero bajo—. Necesito hablar con ustedes… Es algo importante. Que nos incumbe a nosotras tres.

  Becca se quedó quieta, con un cuenco en cada mano. Las había oído. Sin querer, pero las había oído. Y en lugar de sentirse excluida, una nueva determinación, fría y clara, nació en ella.

  —Perfecto… Estarán reunidas — pensó, su plan reformulándose al instante—. Quizás ellas también puedan ayudarme.

  Respiró hondo, llenando sus pulmones de aire y de valor. Esa tarde, ella también iría al taller de Lera.

  Porque esta vez…no se quedaría esperando.

  Erik se dirigió a su caba?a con un propósito claro en su mente. Había visto a las chicas reunirse, susurrando con esa complicidad eléctrica que a veces las envolvía, y supo que era el momento perfecto. El proyecto no podía esperar más.

  Al cruzar el umbral de su caba?a, fue recibido por el olor que más amaba: el aroma a madera tallada, resina caliente y esfuerzo productivo. Sobre su mesa de trabajo, una estructura tosca pero prometedora comenzaba a tomar forma. Era la bomba de agua manual. Su último y más ambicioso proyecto: un sistema de succión con válvulas de cuero y madera que, de funcionar, liberaría a las chicas de la carga interminable de acarrear agua del río en pesados cántaros.

  Pero el corazón del mecanismo, el eje principal, se había convertido en una obsesión. Necesitaba una madera recta, imperturbable, con la fibra tan densa y resistente que casi pareciera metal. Y en todo el valle que conocía, no había encontrado nada que no se quebrara o desgastara bajo la presión.

  Su mente volvió a unos días atrás, a la conversación que tuvo con Mika.

  —Podríamos ir al borde del bosque prohibido… —había sugerido ella, con una chispa de desafío en la voz, al verlo frustrado—. Solo un poco. Donde aún estemos cerca del valle.

  —?No te da miedo? —le había preguntado él, genuinamente sorprendido.

  Mika había respondido con una de sus sonrisas traviesas y seguras que siempre lo desarmaban:

  —Si estoy contigo, no.

  La expedición había sido tensa pero exitosa. Mika no se separó de su lado ni un instante, sus sentidos alertas como los de un animal en caza. Y fue ella quien, con su ojo, se?aló el tronco perfecto: un árbol joven pero increíblemente denso, que crecía en una pendiente rocosa, luchando por la luz y volviéndose fuerte en el proceso. Lo cortaron juntos, turnándose con el hacha, y cargaron el pesado tronco de regreso, riéndose entre jadeos cuando tenían que hacer una pausa. Mika, exhausta y sudorosa, le había lanzado una mirada de advertencia juguetona:

  —Si después de todo este esfuerzo tu artefacto raro no funciona, te amarraré a la cama y te tendré allí para lo que yo quiera hacerte por un día entero.

  Erik sonrió, el recuerdo calentándole el pecho mientras sus manos acariciaban el eje ya tallado. La madera era magnífica; las vetas parecían venas de fuerza latente, compactas y brillantes bajo sus dedos. Ya había dado forma al pistón y sellado las juntas con una mezcla de resina y fibras trituradas que prometía ser impermeable. Solo quedaban los ajustes finales, tallar los últimos dientes del engranaje que convertiría la fuerza de sus brazos en la succión del agua.

  Mientras trabajaba, afilando y midiendo con una concentración absoluta, el sol de la tarde se filtraba por las rendijas de la caba?a, iluminando motas de polvo que danzaban como espíritus del aire. El sonido rítmico de su cuchillo al raspar la madera dura era un mantra de propósito. En ese rincón de sudor y aserrín, su pasado y su presente se fundían en uno solo.

  —Un paso más —pensó, con una determinación tranquila—. Un paso más para que su vida sea más fácil. Para que el agua no sea una carga, sino una bendición que fluya para ellas.

  El suave canto de los pájaros afuera parecía animar su labor.

  No sabía que, al otro lado de la aldea, en el taller de Lera, cuatro corazones latían al unísono, tramando una conspiración de amor que lo envolvía por completo. No sabía que su nombre se susurraban entre planes y confesiones.

  Pero Erik, en ese momento, solo podía pensar en una cosa: el fluir del agua.

  En la imagen mental de Becca ya no agachándose bajo el peso de un cántaro, sino sonriendo al ver correr el agua limpia. De Lera usando agua abundante para te?ir sus telas sin tener que pedir que se la acarreen. De Hada refrescando de agua a sus animales, riendo bajo el chorro que él les había regalado. De Arlea regando sus preciados cultivos sin esfuerzo.

  Quería ser útil. Quería que su presencia allí valiera la pena. Y si eso significaba tallar madera hasta que sus manos sangraran, lo haría con gusto.

  Por todas ellas.

  La tarde se colaba perezosa entre las telas que colgaban en el marco del taller de Lera, creando un refugio fresco y íntimo. Dentro, el aire olía a tintes naturales, cuero y a la tensión nerviosa de tres corazones a punto de confiar sus secretos más profundos.

  Mika, Lera y Hada estaban sentadas en el suelo, formando un círculo íntimo. Lera jugueteaba con una tira de cuero, retorciéndola entre sus dedos. Hada tenía las mejillas encendidas por algo más que el calor. Mika, en cambio, irradiaba una calma y una seguridad que las otras dos envidiaban en silencio.

  —Bueno —empezó Lera, rompiendo el silencio que se había vuelto demasiado elocuente—… yo… quería hablar con ustedes de algo. Algo importante.

  Mika alzó una ceja, una sonrisa juguetona asomando en sus labios. Hada se inclinó ligeramente hacia adelante, toda oídos.

  —Verán… he estado durmiendo con Erik, sí… pero solo dormir. A veces nos besamos, besos largos y tiernos que me hacen flotar, y me abraza tan fuerte que me duermo sintiéndome la persona más segura del mundo. Pero últimamente… siento que quiero más.

  —?Más? —preguntó Mika, con un tono que dejaba claro que sabía exactamente a qué se refería.

  Lera frunció el ce?o, buscando las palabras exactas en el aire entre ellas.

  —Quiero… hacer el amor, quiero tener intimidad con él —confesó por fin, en un susurro que casi se lo llevó la brisa—. Pero no sé cómo empezar. Ni cuándo. No sé si decírselo con palabras o… dejar que las cosas simplemente sucedan.

  Mika dejó escapar una sonrisa amplia y cálida, llena de orgullo y alegría por su amiga.

  —?Estás segura? ?De verdad lo deseas?

  —Sí —afirmó Lera, con una convicción que la sorprendió a ella misma—. Llevo noches enteras dándole vueltas. Lo amo. Y aunque compartir la cama con él es maravilloso… anhelo esa cercanía completa.

  Hada soltó una risita nerviosa, aliviada.

  —?Pensé que era la única que tenía la cabeza llena de eso!

  Mika las miró a ambas, y con una naturalidad que las dejó boquiabiertas, soltó:

  —Yo ya lo hice. Y no solo una vez.

  Un silencio tan absoluto que se podía oír el vuelo de un mosquito fuera del taller.

  —??QUé?! —exclamaron Lera y Hada al unísono, con los ojos como platos y las bocas abiertas.

  Mika se encogió de hombros, como si estuviera hablando del clima, pero un brillo de pura felicidad iluminaba sus ojos.

  —??DONDE, CUANDO?! —exclamaron ambas al unísono.

  —Fue en la caída de agua. él fue a ba?arse y yo… bueno, lo seguí. Ya me conocen.

  Lera se llevó una mano a la boca, una mezcla de shock, curiosidad y fascinación invadiéndola.

  —?Y… cómo fue? —preguntó, su voz apenas un hilo.

  —?Te… te dolió? —preguntó Hada, su curiosidad venciendo a la vergüenza.

  Mika se sonrojó levemente, pero su sonrisa fue tierna y sincera.

  —La primera vez, solo un poquito al principio. Pero Erik fue increíblemente delicado. Se notaba que su mayor prioridad era que yo me sintiera bien, amada. —Hizo una pausa, buscando las palabras—. No fue algo rápido, y nos tomamos todo el tiempo del mundo.

  Lera se abrazó las piernas, imaginando la escena. Su corazón comenzó a latir con fuerza contra sus rodillas.

  —?Y… desde entonces lo hacen cuando duermes con el? —logró preguntar.

  Mika dudó por un segundo, luego asintió con honestidad.

  —Algunas noches, sí. No todas, pero… cuando surge, es maravilloso.

  Mika miró a su alrededor con complicidad y luego soltó una risita baja.

  —?Quieren que les cuente los detalles? Los detalles buenos.

  Ambas asintieron con avidez, completamente hechizadas.

  Mika rió suavemente, adoptando el aire de una hermana mayor compartiendo la sabiduría del mundo de la intimidad.

  —Lo primero: Erik te va a mirar a los ojos mil veces para asegurarse de que estás segura. Nunca, jamás, va a presionarte o apresurarte.

  Lera asintió. Eso ya lo sabía, pero escucharlo la reafirmó.

  —Y lo segundo —a?adió Mika, volviéndose un poco más juguetona—. ?Tocarlo con cari?o! A él le encanta que lo acaricien, que lo exploren. Y aunque parece seguro, también se pone nervioso. Si lo besas lento y le guías las manos, verás cómo se relaja y todo fluye.

  Hada rió entre dientes, su rostro completamente escarlata.

  —Yo… solo he dormido abrazada a él. Pero esa noche, después de que me dijo que me amaba… sentí que si yo hubiera dado un paso, él habría respondido con todo el amor del mundo.

  —Y lo hará —le aseguró Mika, poniendo una mano sobre el brazo de Hada—. Contigo también, Lera. Créanme… Erik es de esos que convierten la primera vez en un recuerdo hermoso. Me habló con una ternura que me derritió, me besó como si yo fuera la cosa más preciada, y me repitió que lo único que importaba era que me sintiera amada.

  —Y lo logró —murmuró Hada, con un deje de envidia sana.

  —Sigue lográndolo —corrigió Mika, con un orgullo que era hermoso de ver.

  —La primera vez fue suave, lenta… él me abrazaba todo el tiempo, me besaba el cuello, los senos… me hacía sentir que estaba adorando cada centímetro de mí. Y me susurraba al oído, preguntándome si estaba bien, si quería que continuara… —Hizo una pausa dramática—. Y las veces que siguieron, bueno… fuimos probando cosas distintas. él es muy… creativo.

  —?Mika! —chilló Hada, tapándose la cara con las manos, completamente roja.

  —??Cómo puedes decir eso tan tranquila?! —agregó Lera, aunque no podía disimular la excitación que le recorría el cuerpo.

  Mika rió con desenfado, liberada.

  —?Porque ya no me da vergüenza! Es Erik. Me ama. Yo lo amo. Y cuando estamos a solas, me siento libre de ser quien realmente soy. No la Mika seria que todas ustedes conocen.

  Hada bajó las manos y miró a Mika con ojos llenos de esperanza.

  —?Crees que… yo también pueda tener eso? ?Esa… intimidad con él?

  Mika la miró con una ternura que casi hizo llorar a Hada.

  —Claro que sí, Hada. él jamás te apresuraría. Solo necesita que le muestres, de la manera que puedas, que lo deseas. Si se lo dices, Erik te va a dar todo de sí… como me lo da a mí.

  Lera asintió, una determinación nueva brillando en sus ojos.

  —Entonces lo haré. La próxima noche que me toque con él… se lo diré.

  —Y tú, Hada —agregó Mika—, cuando tú estés lista, solo dilo. No importa si es ma?ana o en varios días. Erik te esperará.

  Las tres se abrazaron entonces, una mezcla de risas nerviosas, lágrimas contenidas y suspiros de alivio. Era extra?o, sí. Compartir al mismo hombre. Pero en ese abrazo no había rastro de celos, solo complicidad, emoción y una chispa de fuego compartido.

  El silencio que siguió fue cómodo, lleno de promesas tácitas.

  Sin que ellas lo supieran, Becca se había quedado paralizada justo fuera del taller. Había ido buscándolas con la intención de pedirles ayuda para confesar sus sentimientos, pero las voces que llegaban desde dentro la habían detenido en seco… y había escuchado todo.

  Su corazón se encogió con un dolor agudo al principio. Mika, Lera, Hada… Todas habían cruzado o estaban a punto de cruzar esa línea con Erik. Ella se sentía rezagada, la última en la fila, la que se había quedado congelada observando mientras la vida de las demás avanzaba.

  Pero entonces, unas palabras de Mika llegaron a ella, claras y nítidas, como un salvavidas lanzado directamente a su alma:

  —Espero que Becca y Arlea puedan decírselo pronto. Ya hablé con Erik y le pedí que las espere. Que no las presione. Que las deje decidir cuándo estén listas. Ellas también lo aman, aunque no lo hayan dicho aún y él tambien las ama.

  Becca tragó saliva con dificultad. Un alivio tan vasto y repentino que casi la dobló por la mitad inundó su pecho, lavando la punzada de celos. ?Las habían incluido? ?él… las estaba esperando? ?Sabía?

  Dentro del taller, Mika se levantó con agilidad felina y, antes de salir, les lanzó una última sonrisa pícara:

  —Y si necesitan consejos más gráficos… ?yo se los ense?o con dibujos! Erik me ense?ó algunas cosas que ?vaya!…

  —??MIKA!! —gritaron Lera y Hada al unísono, enterrando sus rostros encendidos en sus manos mientras ella se reía a carcajadas y salía del taller.

  Becca, al escuchar que Mika se acercaba, se escondió, esperó a que Mika se alejara. Su corazón latía con una fuerza atronadora, pero ahora no era por ansiedad, sino por decisión.

  —Es ahora o nunca —se dijo a sí misma, y su voz interior sonó firme por primera vez en semanas.

  Y sin mediar más pensamientos, sin permitir que la duda la alcanzara, Becca salió de su escondite y caminó con pasos firmes y directos hacia la caba?a de Erik.

  Esta vez no titubearía. Esta vez, le diría todo.

  Becca llegó hasta la caba?a de Erik con el corazón martilleándole en el pecho. Cada paso era una batalla entre el pánico y una determinación férrea que había germinado al escuchar las palabras de Mika. No podía esperar más. Había visto el amor florecer a su alrededor y supo, con una certeza absoluta, que el suyo propio merecía ser dicho.

  Al llegar frente a la entrada, respiró hondo, como tomando impulso para sumergirse en aguas profundas… y entró.

  —?Erik? —llamó, y un leve temblor delató sus nervios.

  Desde el interior se escuchó un chasquido seguido de un suspiro de frustración.

  Erik estaba sentado en el suelo, rodeado de un caos organizado de piezas de madera tallada, tubos de madera y amarras de cuero. La bomba de agua, su proyecto más preciado, yacía parcialmente desarmada frente a él. En ese preciso instante, un mecanismo de presión había cedido, soltando varias piezas inofensivas.

  Becca se sobresaltó, retrocediendo un paso.

  —?Lo siento! ?Te asusté? —preguntó, apretando los pu?os, convencida de que su entrada torpe había arruinado todo.

  Erik se giró hacia la voz, y al verla, su expresión de frustración se transformó de inmediato en una sonrisa cálida y genuina.

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  —No, no fuiste tú —la tranquilizó, sacudiéndose el serrín de las manos—. Esta válvula me está volviendo loco. Pero qué bueno que viniste. Justo necesitaba otra par de manos. ?Me ayudas?

  Becca dudó por un instante. No era el momento romántico que había imaginado. Pero era… perfecto. Un momento juntos, colaborando. Asintió, entrando con pasos suaves que apenas hicieron ruido sobre el piso de madera.

  —Claro… sí —respondió, su voz ganando firmeza.

  Erik llevo las piezas a su mesa de trabajo, indicándole un lugar frente al núcleo de la bomba.

  —Sujeta este cilindro aquí, por favor —le indicó, se?alando una pieza central que debía mantenerse inmóvil—. Con toda la fuerza que tengas.

  Becca obedeció, colocando sus manos sobre la madera pulida. La textura familiar la calmó un poco… pero solo un poco.

  Erik se inclinó desde atrás para alcanzar una abrazadera del otro lado, rodeándola involuntariamente con sus brazos al estirarse. En esa posición, quedó muy cerca de ella, su pecho casi rozando su espalda, su aliento caliente acariciando su nuca.

  Becca contuvo la respiración. No era un abrazo, pero sentía su calor, su fuerza, su concentración. Era abrumadoramente íntimo.

  —No te muevas —susurró Erik, completamente absorto en su tarea—. Si este encastre se sale, se desarma todo de nuevo.

  Becca asintió, muda, sintiendo cómo su corazón latía con una fuerza que parecía querer salírsele del pecho. Estar así, tan cerca de él, sintiendo su confianza absoluta… fue el empujón final. Lo amaba. Y tenía que decírselo.

  —Listo… —anunció Erik al fin, tras un ajuste preciso—. Suéltalo despacio. A ver si aguanta…

  Becca retiró las manos con cuidado. La estructura se mantuvo firme, un milagro de equilibrio y precisión. Erik sonrió, una sonrisa de puro triunfo y alivio, y se dejó caer sentado a su lado.

  —?Funcionó! —exclamó, riendo con una alegría contagiosa.

  Becca lo miró, y en sus ojos ya no había duda, solo una certeza serena y un amor tan vasto que le quemaba el pecho.

  —Erik… —susurró, y su voz sonó clara a pesar del nudo en su garganta—. Hay algo que necesito decirte.

  él se giró hacia ella, la sonrisa aún en los labios pero su expresión volviéndose serio al ver la intensidad en su mirada. La miró directamente, esperando.

  Becca se humedeció los labios y, clavando sus ojos en los de él, dejó caer las tres palabras que llevaba tiempo guardando:

  —Te amo.

  Erik se quedó completamente quieto, sus ojos se abrieron un poco más, captando la verdad absoluta en sus palabras. Pero antes de que pudiera articular una sílaba, formar una respuesta…

  ?PUM!

  Un estallido sordo seguido de un silbido de aire escapando rompió el hechizo. La válvula de presión, sometida a una tensión final, cedió de golpe. El mecanismo entero se desintegró en una explosión inofensiva pero dramática de piezas de madera que salieron volando hacia el techo.

  El susto fue instantáneo. Becca, por puro reflejo, resbaló del banco. Erik, tratando de instintivamente de protegerla, intentó agarrarla y ambos terminaron en el suelo en una mara?a de brazos y piernas, con Becca encima de Erik, quien había amortiguado su caída.

  Quedaron jadeando, cubiertos de serrín, mirándose con una mezcla de shock y absurdidad. Los restos de la bomba de agua yacían esparcidos a su alrededor.

  —?Estás bien? —preguntó Erik con voz ronca, su mano encontrando instintivamente sobre su abdomen para asegurarse de que estaba ilesa.

  Becca asintió, sin poder evitar una sonrisa temblorosa. La situación era tan catastróficamente cómica que solo podía reírse de ella.

  —Sí… ?y tú?

  —Creo que… sobreviviré —dijo él, con un deje de humor en la voz. Iba a retirar la mano, pero Becca la cubrió con la suya, presionándola contra su cuerpo en un gesto claro.

  —No la quites —susurró, y en sus ojos ya no había lugar para la duda.

  Erik entendió. Su expresión se suavizó, toda la sorpresa y la preocupación se fundieron en una ternura profunda. Puso su otra mano sobre la de ella, sellando el contacto.

  —Yo también te amo, Becca —confesó por fin, su voz era un susurro grave y cargado de emoción—. Desde hace mucho tiempo.

  Los ojos de Becca se llenaron de lágrimas de felicidad. Se inclinó, y con una dulzura que nacía de lo más profundo de su alma, lo besó. Fue un beso tierno, lento, que sabía a promesa cumplida y a nuevo comienzo.

  Y justo en ese momento…

  —?Erik, trajimos frutas de…! —La voz de Mika cortó el aire, deteniéndose en seco en la puerta.

  Suri se coló por detrás de ella… y se quedó petrificada, con los ojos como platos, al ver la escena: Becca encima de Erik, ambos en el suelo, besándose en medio de los restos de un proyecto fracasado.

  —???OTRAAAA?!! —gritó Suri, con una indignación teatral perfecta, cruzando los brazos con fuerza—. ??Ugh, otra más!! ??Es que no hay suficientes esposas ya?!

  Mika, en cambio, soltó una carcajada baja y comprensiva. No pareció molesta, sino aliviada y divertida. Se acercó y se agachó junto a ellos.

  —Parece que llegamos en el momento justo —dijo con ironía dulce.

  Suri, sin perder el compás, marchó con determinación y se abrazó a Erik que estaba en el suelo.

  —?Pero no importa! —declaró, inflando el pecho con orgullo—. ?Yo soy la segunda esposa! ?Eso no lo cambia nadie! ?Y tú, Becca, eres la… la… quinta! ?La quinta esposa!

  Erik miró a la ni?a entre risas, atrapado entre el peso amoroso de Becca y el abrazo posesivo de Suri.

  Becca, algo desconcertada pero demasiado feliz como para importarle, susurró:

  —?Quinta esposa…?

  Mika acarició su espalda.

  —Después te explico el sistema de numeración —dijo entre risas—. Es un poco flexible.

  Becca miró a Erik, luego a Suri, y finalmente a Mika. Una paz que nunca antes había sentido inundó todo su ser. Asintió, una sonrisa amplia y liberada iluminando su rostro.

  —Entonces… —dijo, con una voz firme y llena de amor— Acepto ser la quinta.

  Suri frunció el ce?o, evaluando la situación con seriedad… y luego, finalmente, soltó una risita y abrazó a Erik con más fuerza.

  —?Está bien! —concedió—. ?Pero la sexta no puede llegar tan pronto, ?eh?! ?Necesito tiempo para acostumbrarme!

  La carcajada que siguió fue general, llena de una alegría tan pura y contagiosa que pareció limpiar el aire del polvo de madera y llenar la caba?a de una luz nueva. Erik, todavía en el suelo, abrazó a Suri con un brazo y con el otro acerco a Becca más cerca contra su costado, mientras Mika les sonreía con los brazos cruzados.

  En el suelo, entre los restos de su proyecto fallido, Erik había encontrado algo mucho más valioso: otro pedazo de su corazón, finalmente en su lugar correcto.

  Mika se inclinó con una sonrisa comprensiva y ayudó a Erik y a Becca a ponerse de pie, desenredando suavemente sus extremidades. Suri, sin embargo, seguía aferrada a Erik como una resina peque?a y decidida, como si soltarlo significara que se esfumaría para siempre.

  Becca, con las mejillas aún sonrojadas por la emoción pero con una felicidad radiante que le iluminaba los ojos, no soltó la mano de Erik. Sus dedos se entrelazaron con los de él con una naturalidad que como si volviera a casa.

  Mika los observó, y una sonrisa cálida y genuina se dibujó en su rostro.

  —Me alegra tanto que por fin estés aquí, de verdad —le dijo a Becca—. Ahora… —a?adió, gui?ándole un ojo con picardía— solo falta que Arlea decida unirse y lo diga, ?no?

  Becca rió, un sonido liviano y liberado.

  —Sí… tengo la sensación de que no tardará mucho.

  Mika observó la escena: Erik y Becca sentados uno al lado del otro en el suelo, aún entre los restos de la bomba fallida, sus manos unidas, sus miradas encontrándose sin necesidad de palabras. Suri, aunque no decía nada, los miraba con una expresión que oscilaba entre la posesividad y una curiosidad adorable. Finalmente, suspiró de manera exagerada.

  —Mmmm… —refunfu?ó, haciendo un puchero teatral mientras miraba a Erik de reojo—. Creo que es hora de que los dejemos solos un ratito.

  —?Tú diciendo eso? —bromeó Mika, recogiendo las frutas que había dejado a un lado—. ?La misma Suri que no se despegó de él ni cuando tenía fiebre y deliraba?

  Suri sacó la lengua, pero luego miró a Becca directamente. Sus ojos, usualmente llenos de travesura, se suavizaron por un instante.

  —Está bien… solo porque ahora es una de nosotras… —concedió, antes de levantar un dedo índice con solemnidad absoluta— ?Pero que quede claro que YO soy la segunda!

  —Quedó clarísimo, general Suri —respondió Erik, su voz cargada de una ternura divertida.

  Suri asintió, satisfecha con el título. Luego, con un movimiento rápido, se inclinó y le dio un beso húmedo y rápido en la mejilla a Erik… y, para sorpresa de todos, otro igual de rápido en la mejilla de Becca, acompa?ado de una sonrisa traviesa. Acto seguido, se dirigió hacia la puerta, girándose justo antes de cruzar el umbral.

  —?No se tarden mucho…! —gritó, se?alándolos con el dedo— ?Pero tampoco se apuren tanto que después se arrepientan! —Y con eso, desapareció entre risitas, dejando su peculiar bendición detrás.

  Mika fue la última en salir. Se detuvo en la puerta y volvió a mirarlos. Su expresión era serena, llena de una alegría quieta y profunda.

  —Te ves feliz, Becca —dijo, y su voz sonó sincera y cálida—. De verdad me alegro por ti. —Luego miró a Erik—. Y a ti… gracias. Gracias por esperarla.

  —Siempre lo haría —respondió Erik, con una simpleza que decía más que cualquier juramento.

  Mika sonrió, un asentimiento final. Luego, como recordando que debía darles espacio, agitó la mano en un gesto de despedida.

  —Disfruten el silencio. Se lo han ganado.

  Y salió, bajando suavemente la tela detrás de ella, dejándolos finalmente a solas.

  El silencio que llenó la caba?a fue diferente. Ya no estaba cargado de nerviosismo o de la energía caótica de antes. Era un silencio tranquilo, íntimo, cómplice. El polvo de madera aún flotaba en los rayos de sol que se filtraban por las rendijas, pero ahora parecían partículas de magia en lugar de restos de un fracaso.

  Becca se quedó sentada junto a Erik, mirándolo. Una mezcla de timidez residual y una seguridad recién descubierta bailaba en sus ojos.

  Erik respiró hondo, como si estuviera saboreando el aire nuevo que respiraban.

  —Todavía estoy procesando que me hayas dicho eso… —admitió, con una media sonrisa que no ocultaba su asombro.

  Becca inclinó la cabeza, estudiándolo.

  —?Y eso es bueno o malo?

  —Es… bueno y real —respondió él, su voz era un susurro grave—. Y eso lo hace perfecto. Pero no quiero que pienses que voy a tomarte a la ligera. Lo que siento por ti… por todas es enorme.

  Becca dejó escapar una risa baja, suave.

  —Erik, ni aunque quisieras podrías tomarme a la ligera. Te conozco.

  Se acercaron un poco más, casi sin darse cuenta, hasta que sus rodillas se rozaron. Erik notó cómo ella lo miraba a los ojos sin desviar la vista, como si estuviera memorizando cada detalle de este momento.

  —Nunca imaginé que tu declaración sería así —confesó él, casi en un susurro—. Entre el estallido de mi bomba y Suri dando órdenes.

  —Yo tampoco —admitió Becca, con una sonrisa torcida—. Pero ya estaba harta de preguntarme "?y si lo hubiera dicho?". El "qué pasaría" cansa más que el "qué pasó".

  él soltó una leve risa y negó con la cabeza, maravillado.

  —Eres mucho más valiente que yo.

  —Puede ser… —aceptó ella con suavidad—. Pero tú nos has demostrado tu amor a cada una a tu manera, con paciencia. Supongo que era mi turno de dar el paso por ti.

  Hubo un instante de quietud, donde el único sonido era su respiración sincronizada. Becca fue la que rompió el hechizo, deslizando sus dedos para entrelazarlos de nuevo con los de él sobre el serrín del suelo.

  —No necesitas decir nada más por ahora —murmuró—. Solo… no me sueltes.

  Erik cerró su mano alrededor de la de ella, un gesto firme y protector.

  —Nunca —prometió, y la palabra sonó a juramento eterno.

  Becca lo miró, y toda timidez desapareció, reemplazada por una certeza profunda. No había más interrupciones. No había más prisas. Solo ellos dos y un futuro que, por fin, comenzaba a tejerse juntos.

  —?Sigues necesitando ayuda con… esto? —preguntó ella, se?alando los restos de la bomba con una sonrisa traviesa.

  Erik la miró, y una ternura infinita inundó su rostro. Negó lentamente con la cabeza.

  —Ahora mismo —susurró, acercándose— solo necesito estar contigo.

  La besó entonces. No fue un beso de pasión desatada, sino lento, profundo, exploratorio. Un beso que sabía a promesa cumplida y a un millón de promesas nuevas por hacer. Becca respondió con la misma intensidad serena, entrelazando las manos con él mientras sus labios se movían al mismo ritmo pausado.

  Cuando se separaron, fue solo para descansar sus frentes juntas, compartiendo el mismo aliento, sonriendo sin necesidad de palabras.

  Después, con un movimiento natural, Erik se puso de pie y le tendió la mano.

  —?Te parece si salimos? El cielo en esta hora… está para verse.

  Becca asintió, colocando su mano en la de él sin la más mínima duda. Salieron de la caba?a, aún tomados de la mano, y se dirigieron a una piedra grande y lisa en el borde del claro, ya tibia por el sol de la tarde que se despedía. Se sentaron lado a lado, y Becca apoyó su hombro contra el de él, un gesto de complicidad natural.

  El crepúsculo te?ía el cielo de tonos naranja, púrpura y rosa. La brisa era fresca y olía a noche cercana y a tierra húmeda.

  —Mira… —se?aló Erik en voz baja, apuntando hacia el este—. La primera estrella.

  Becca alzó la mirada. Allí estaba, brillando con una luz clara y constante en el cielo que aún no era completamente oscuro. Brillaba solitaria, pero no se veía perdida. Se veía firme, como un faro, como un sí.

  Ella sonrió, un gesto tranquilo y profundo. No dijo nada. No hacía falta. Su alma entendía el mensaje mejor que sus palabras jamás podrían: era el comienzo. Su primer paso juntos bajo un cielo que los cobijaba a los dos, y a todos los que amaban, por igual.

  La paz del atardecer se vio suavemente interrumpida por unos pasos ligeros y conocidos que se acercaban. Mika y Lera aparecieron por el sendero, con unas sonrisas tan cómplices y evidentes que dejaban claro que ya lo sabían todo.

  —?Becca! —exclamó Lera con un entusiasmo que hizo sonrojar al instante a la interesada—. ?Puedo robarte un momentito? Es urgente… de esas cosas de chicas.

  Mika, a su lado, no ayudaba en absoluto con su mirada burlona y llena de picardía.

  —Sí, vamos. Necesitamos una reunión de emergencia… sobre temas importantes —agregó, alargando la última palabra de una manera que no dejaba lugar a dudas.

  Becca miró a Erik con una expresión que era una mezcla de vergüenza total y felicidad pura. él sonrió, comprendiendo perfectamente el ritual que estaba a punto de desarrollarse, y le hizo un peque?o gesto con la cabeza para darle su aprobación.

  —Ve —le dijo suavemente.

  Becca se levantó, sintiendo cómo las mariposas revoloteaban en su estómago. Lera le tomó del brazo de inmediato y, flanqueada por ambas, se la llevaron rumbo al taller de Lera, entre risas contenidas y susurros que sonaban a conspiración alegre.

  Una vez dentro del taller, con el aroma familiar a telas, tintes y hierbas secas envolviéndolas, el ambiente se volvió íntimo de inmediato. Mika la miro con un gesto dramático y con las manos en las caderas.

  —?Bueno, fuera misterios! —anunció, aunque su tono era cari?oso—. Queremos saberlo todo.

  Becca levantó las manos en un gesto de defensa inocente, sus mejillas encendidas.

  —?No pasó nada! En serio. Solo hablamos… nos besamos… y estuvimos sentados fuera viendo las estrellas. Eso es todo.

  —?Nada de nada? —preguntó Lera, con un deje de genuina sorpresa y un poco de decepción juguetona.

  Mika se cruzó de brazos, aunque una sonrisa de comprensión no se borraba de su rostro.

  —Tranquila. Es tu primer día oficial como "novia". Lo entiendo perfectamente. Pero… —hizo una pausa dramática— hay un peque?o detalle logístico. Hoy le tocaba dormir con Erik a Hada.

  Becca se puso ligeramente pálida.

  —?Pero! —interrumpió Lera, levantando un dedo—. Hada nos buscó justo antes de venir por ti. Y nos dijo que no tenía ningún problema en cederte su turno si tú… querías quedarte con él esta noche.

  La revelación dejó a Becca sin palabras. Mika se acercó un poco más, su voz bajando a un tono más serio y cálido.

  —Entonces… la gran pregunta es: ?Quieres dormir con él esta noche?

  —?De verdad? —logró articular Becca, sus ojos muy abiertos por la sorpresa y la generosidad de la oferta.

  —Sí —dijo una voz suave desde la entrada. Era Hada, que se asomaba con una sonrisa tímida pero firme—. Pero solo si tú quieres, Becca. —Cruzó la habitación y se paró frente a ella—. No estás obligada a nada. Ni esta noche, ni nunca. Esto va a tu ritmo, ?entendido?

  Becca tragó saliva, abrumada por la oleada de emociones y por la inmensa solidaridad que estaba recibiendo. Miró a las tres caras que la observaban con expectación y cari?o.

  —Yo… —comenzó, buscando las palabras— estoy feliz. Más feliz de lo que he estado en a?os. Pero también… estoy un poco asustada. Esto… —se tocó el pecho— …me importa demasiado. No quiero estropearlo apresurándome. Tal vez… más adelante. Cuando me sienta completamente lista, iré a su caba?a. Pero… esta noche aun no.

  Hubo un silencio. Luego, Mika sonrió, una sonrisa amplia y orgullosa, y la abrazó con fuerza.

  —Me parece perfecto. Es tu decisión y es la correcta. —Se separó y la miró a los ojos—. Pero, dime… ?quieres que te contemos cómo es? Para que cuando llegue el momento… no tengas miedo.

  Becca sintió un último destello de vergüenza, pero lo ahuyentó. Asintió con timidez, pero con curiosidad.

  —Sí… sí, quiero saber.

  Fue como abrir las compuertas. Lera se sentó en el suelo, tirando de Becca para que hiciera lo mismo. Hada se acomodó a su lado, y Mika se sentó frente a ellas, como una general preparándose para dar una lección muy importante.

  Y así, en el suelo del taller de Lera, rodeada de retazos de tela y frascos de pigmentos, Becca recibió su primera "lección" sobre el amor. No fue una charla fría o técnica; fue una conversación entre hermanas, llena de risas nerviosas, consejos prácticos que mezclaban la picardía con una ternura profunda, y confesiones honestas sobre nervios y primeras veces. Mika lideraba con su experiencia directa, Hada aportaba una curiosidad tan nerviosa como la de Becca, y Lera calmaba las aguas con su serenidad característica.

  Y así, entre susurros, sonrojos y abrazos espontáneos, Becca dio el segundo gran paso en su historia con Erik: no solo sintió su amor, sino que eligió el ritmo de su propia entrega, y lo hizo sabiéndose arropada, comprendida y amada por las demás que serían, a partir de entonces, sus compa?eras en ese viaje extraordinario.

  Las risas y los susurros cómplices aún flotaban en el aire cálido del taller de Lera como un eco feliz. Becca, con las mejillas sonrojadas pero una sonrisa cada vez más segura, se abrazaba las piernas mientras escuchaba las anécdotas picantes y los consejos tiernos de Lera y Mika. Por primera vez, el futuro intimo con Erik no se veía como un territorio aterrador, sino como una aventura para la que tendría las mejores guías.

  Hada las observaba desde la puerta con una sonrisa serena. La escena le llenaba el corazón de una calma profunda. Becca ya no estaba sola con sus dudas; estaba siendo tejida en el tapiz de su peculiar y amorosa familia.

  —Bueno, yo me retiro a descansar —anunció Hada con su voz suave pero clara—. No se queden hablando hasta que salga el sol.

  —Descansa, Hada —respondió Lera con una sonrisa.

  Becca la miró y le dedicó una sonrisa tímida pero agradecida. Hada le gui?ó un ojo, un gesto de complicidad silenciosa, antes de desaparecer en la penumbra del sendero.

  Mientras tanto, en la caba?a de Erik, la paz era de otra naturaleza. él estaba sentado en el borde de la cama, examinando la pieza central de la bomba de agua que había tallado. La madera, milagrosamente, no se había rajado ni roto en el estallido; solo se había desensamblado. Sus dedos recorrían las vetas con una concentración.

  Al escuchar los suaves pasos que se acercaban a la puerta, alzó la mirada con una esperanza instantánea y apenas contenida que iluminó sus ojos por un segundo. Pero al ver que era Hada quien cruzaba el umbral, esa luz parpadeó y se suavizó, reemplazado por una sonrisa de genuino cari?o… que no pudo ocultar del todo una sombra de decepción sutil.

  Hada, perceptiva como siempre, lo captó al instante. Se acercó a él sin prisa, sus movimientos eran fluidos y silenciosos.

  —?Esperabas que fuera otra persona? —preguntó con dulzura, sin ningún atisbo de reproche.

  Erik dejó la pieza de madera a un lado con un suspiro suave y rancio.

  —Un poco, sí —admitió con una honestidad que solo usaba con ellas—. Pero no es que me moleste que seas tú. Para nada. Solo… pensé que quizás, después de lo que pasó…

  —Ella necesita tiempo —lo interrumpió Hada con gentileza, sentándose a su lado y colocando su mano sobre la de él—. Y eso es bueno. Significa que lo está tomando en serio. No quiere apresurar algo que para ella es enorme… y precioso. Vendrá cuando esté lista. No porque se sienta obligada, sino porque lo desee.

  Erik asintió, girando su mano para entrelazar sus dedos con los de ella. El contacto era familiar y tranquilizador.

  —Tienes razón. Y es lo que quiero para ella. Para todas ustedes. Nunca quiero que ninguna se sienta forzada a nada.

  —Y por eso te amamos —dijo Hada, su voz era un susurro cargado de una verdad absoluta—. Y por eso yo te amo.

  Se inclinó y lo besó. No fue un beso de pasión ardiente, sino lento, profundo y afirmativo. Un beso que sellaba una promesa, que recordaba un vínculo. Luego se separó y se dirigió con calma al rincón donde guardaban el agua y los pa?os limpios.

  Erik desvió respetuosamente la mirada, aunque conocía cada línea de su cuerpo como si fuera un mapa propio. La observó de reojo mientras ella comenzaba a desvestirse con una naturalidad ritual. No había pudor ni exhibicionismo en sus movimientos, solo una ceremonia íntima de purificación. El pa?o húmedo recorrió su piel, lavando el sudor del día, el polvo del camino, las huellas del esfuerzo. La luz de las velas danzaba sobre sus hombros, la curva de su espalda, la firmeza de sus piernas, transformando el acto práctico en algo casi sagrado.

  —Fue un día largo —comentó ella en voz baja, como si hablara consigo misma—. No hay nada como sentir la piel fresca antes de dormir.

  Cuando terminó, Hada se acercó a la cama y se deslizó entre las mantas con la gracia de un felino. La tela suave se sintió celestial contra su piel limpia..

  —Ven —le dijo, y su voz era una invitación tranquila.

  Erik no necesitó que se lo repitiera. Se acostó a su lado y ella inmediatamente se acomodó contra su pecho, como si ese fuera su lugar designado en el universo. Enredó una pierna sobre las suyas y comenzó a acariciar su torso con movimientos lentos, circulares y hipnóticos. No era un preludio sexual; era un lenguaje táctil, una forma de reconectar, de decir "estoy aquí, tú estás aquí, estamos a salvo".

  —?Sabes? Me encanta esto —susurró Hada contra su piel—. Poder estar así. Sin tener que hablar. Sintiendo cómo respiras… cómo late tu corazón aquí —presionó suavemente su mano sobre su pecho.

  —A mí también me encanta —respondió Erik, enterrando el rostro en su cabello e inhalando su aroma limpio y familiar.

  Hada se acomodó un poco más, envolviéndolo por completo con sus brazos. Sus caricias se fueron haciendo más lentas, más espaciadas, hasta que se convirtieron en el suave y rítmico movimiento de alguien que está a punto de cruzar el umbral del sue?o.

  Y así, en el silencio protector de la caba?a, se entregaron al descanso. No hubo más palabras. Solo la comunicación perfecta de dos cuerpos que se entendían más allá de el lenguaje, el ritmo sincronizado de su respiración, y el murmullo constante del bosque nocturno que velaba, como un guardián fiel, el sue?o de sus almas entrelazadas.

  La luz del amanecer se filtraba tenue por las rendijas de la caba?a, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire quieto. El mundo exterior aún dormía, y el único sonido era el ritmo profundo y acompasado de la respiración de Erik.

  Hada ya estaba despierta. Acostada de lado, apoyada en un codo, lo observaba. La serenidad de su rostro en sue?os, la manera relajada en que descansaba, le provocaba una oleada de ternura tan intensa que rayaba en el dolor. Con la punta de los dedos, comenzó a trazar su contorno: la línea de su mandíbula, la curva de su cuello, el hombro fuerte que asomaba bajo la manta.

  Su toque era lento, deliberado, casi reverente. Como si sus dedos estuvieran memorizando un territorio amado. Bajó por su pecho, sintiendo la textura de su piel y el latido calmado de su corazón bajo su palma. Sin pensarlo conscientemente, su mano continuó su viaje descendente, sobre su abdomen plano, hasta detenerse en el borde de su ropa interior.

  Allí, su corazón comenzó a martillear contra sus costillas.

  Hada nunca lo había visto completamente desnudo. Erik siempre había mantenido ese último velo de privacidad, tal vez por un residuo de vergüenza de su mundo anterior, tal vez por un respeto profundamente arraigada hacia ellas. Pero ella lo deseaba. No con una curiosidad abstracta, sino con un anhelo físico, dulce y apremiante que crecía en su vientre. Quería verlo. Tocarlo. Sentirlo de una manera que fuera más allá de los besos y los abrazos.

  Mika le había contado cosas… cosas que le hacían arder las mejillas y acelerar el pulso. Le había dicho que tocarlo allí lo hacía temblar, que su piel se erizaba y que su respiración se cortaba. Y Hada, en el silencio de su mente, admitió que quería provocar esa reacción. Quería ser la causa de ese temblor.

  Con una decisión que le hizo temblar los dedos, deslizó sus dedos justo por debajo del inicio de la tela, sintiendo el calor y la textura de la piel de su vientre bajo. Su pulso era un tambor en sus oídos.

  Pero en ese preciso instante, Erik se movió. No se despertó del todo, pero murmuró algo ininteligible entre sue?os, girando su cuerpo hacia ella.

  Hada retiró la mano con la suavidad de una sombra, pero una sonrisa culpable y excitada se dibujó en sus labios. Sus mejillas ardían. Había estado tan cerca.

  Respiró hondo, mirándolo de nuevo. La necesidad que sentía era demasiado grande para seguir contenida.

  Se inclinó sobre él hasta que sus labios rozaron su oreja y susurró:

  —Erik… despierta…

  él parpadeó, nadando entre las brumas del sue?o. Al enfocar su vista y verla tan cerca, con los ojos brillantes de intención, se incorporó un poco sobre los codos.

  —?Hada? ?Pasa algo? —preguntó, su voz aún ronca por el sue?o.

  Ella negó con la cabeza, sosteniendo su mirada con una claridad que no admitía dudas.

  —Quiero… estar contigo. Erik. Quiero hacer el amor contigo.

  Erik abrió los ojos por completo, la sorpresa limpiando de un plumazo los últimos vestigios del sue?o. La miró, escudri?ando su rostro en busca de cualquier sombra de indecisión. Solo encontró certeza y un deseo puro que le quitó el aliento.

  —?Estás segura? —preguntó en un susurro, acariciándole la mejilla con el dorso de los dedos.

  Hada asintió, sin apartar la mirada.

  —No es solo curiosidad. Es porque te deseo. Quiero que mi cuerpo conozca al tuyo por completo.

  Erik no necesitó más palabras. Se giró hacia ella completamente, le tomó el rostro entre sus manos y la besó. No fue el beso tierno de todas las ma?anas. Fue un beso lento, profundo, cargado de una intención nueva que hizo que el estómago de Hada diera un vuelco. Ella respondió con la misma intensidad, entregándose al torrente de sensaciones.

  Sus cuerpos se encontraron bajo las mantas en una danza de caricias exploratorias que se volvieron cada vez más audaces, más específicas. Hada soltó una risita nerviosa y excitada cuando las manos de Erik se deslizaron bajo su calzón para acariciar la curva de sus nalgas y luego bajaron hasta sus muslos. Ella, envalentonada, hizo lo propio, sus dedos tanteando tímida pero decididamente el volumen que se escondía bajo su ropa interior, retirando la única prenda de Erik, y el también la de ella.

  Sus respiraciones se entrecortaron, mezclándose en el espacio reducido de la cama. Con la primera luz del sol como testigo, estaban a punto de cruzar juntos ese umbral.

  —Así que… esto es lo que tanto le gusta a Mika —susurró Hada con una picardía que no le conocía, mientras sus dedos continuaban su exploración tentativa.

  Erik emitió una risa entrecortada, ya afectado por sus toques.

  —No me hagas sonrojarme… —murmuró, enterrando el rostro en su cuello.

  Pero justo cuando la tensión entre ellos alcanzaba su punto álgido y estaban por consumarlo por primera vez, una voz infantil y penetrante se alzó desde el exterior, cortando el hechizo como un cuchillo:

  —?Erik! ?Erik! ?Estás despierto? ?Me prometiste que iríamos por frutas hoy temprano!

  Ambos se congelaron en el acto, sus cuerpos tensos, sus respiraciones contenidas.

  Erik dejó escapar un suspiro que era pura frustración resignada.

  —Suri… —masculló, con una mezcla de cari?o y exasperación.

  Hada se cubrió la cara con las manos, pero por entre sus dedos se escapaba un atisbo de risa incrédula.

  —Tenía que ser justo ahora…

  —?Erik! ?Puedo entrar? —insistió la voz desde afuera, ahora más cerca.

  Erik se aclaró la garganta, forcejando por que su voz sonara normal.

  —?Espera un momento, Suri! ?Todavía no!

  —?Bueno! ?Pero me espero aquí! —respondió la ni?a, su voz sonando decidida justo al otro lado de la puerta.

  —Gracias al cielo que esta vez preguntó —susurró Erik con alivio, mientras ambos se movían con la rapidez silenciosa de dos conspiradores, buscando su ropa interior bajo las mantas y vistiéndose a toda prisa.

  En segundos, estaban aparentemente presentables, sentados en la cama con las mantas hasta la cintura, tratando de disimular su respiración agitada. Erik se pasó una mano por el cabello despeinado.

  —Ya puedes entrar —dijo, con la voz ya bajo control.

  Suri entró con cautela, como un animalito receloso. Se quedó en el umbral, mirando al suelo.

  —Lo siento… no quería interrumpir —murmuró, lanzando miradas furtivas primero a Erik y luego a Hada—. Es que la otra vez que entré sin avisar, y Mika me gritó tan fuerte que casi me echo a llorar…

  Erik le sonrió, su exasperación inicial disuelta por la ternura.

  —Por eso siempre hay que llamar y esperar, peque?a. Hay momentos que son… privados. No estás en problemas por venir, pero debes aprender a esperar.

  —Lo entiendo… —dijo Suri en un hilo de voz, avanzando lentamente hacia la cama.

  Subió a la cama y se acomodó justo en el medio de ellos, abrazándolos a ambos a la vez. Su expresión era de genuino arrepentimiento, pero también de ese amor absorbente que solo ella podía expresar.

  —Perdón, Hada —susurró, mirándola de reojo con ojos de cachorro culpable.

  Hada, aunque el fuego en sus venas aún no se apagaba del todo, suspiró y le acarició el cabello con resignación cari?osa.

  —Está bien, Suri. Ya pasó.

  Suri asintió, y una sonrisa de alivio iluminó su rostro. Se recostó entre ellos, apropiándose por completo del espacio. Después de unos minutos de un silencio un poco incómodo pero dulce, Suri saltó de la cama con su energía característica.

  —?Voy a preparar las canastas para las frutas! —anunció, y salió de la caba?a como un torbellino.

  Cuando se fue, Hada y Erik se miraron. La tensión sexual se había disipado, reemplazado por una complicidad y un poco de frustración.

  —?Y ahora? —preguntó Hada, recostándose contra su hombro.

  —Ahora… —dijo Erik con un suspiro y una sonrisa resignada— es hora de empezar el día. Con Suri de expedición, no hay otra opción.

  —?No vas a ir a ayudar a Becca con los cántaros? —preguntó ella, jugueteando con los dedos sobre el torso de Erik.

  —Hoy no —respondió él—. El calor ha bajado. Ya no es necesario acarrear agua todos los días.

  —Es cierto… —murmuró Hada, pensativa—. Ya casi es tiempo de las tres lunas llenas. Eso marcará el fin del calor ardiente y el inicio de las lluvias mas frecuentes.

  Erik asintió, abrazándola por los hombros.

  —Y con ellas… muchos otros cambios —susurró Hada con una sonrisa enigmática y llena de promesa.

  Permanecieron abrazados un momento más, robándole unos segundos al día que ya comenzaba impaciente.

  Hada rió bajito, una risa de pura resignación humorística.

  —Tienes una deuda conmigo, lo sabes, ?verdad?

  —Una deuda que prometo pagar con intereses —respondió él, sellando la promesa con un beso que sabía a despedida y a prólogo a la vez.

  Mientras se vestían, el aire seguía cargado de la electricidad del momento interrumpido. Hada se ponía sus ropas de cuero, y Erik no podía evitar lanzarle miradas cargadas de una promesa no dicha.

  —?Sigues pensando en lo de antes? —preguntó él, acomodandose los pantalones.

  —Constantemente —respondió ella, acercándose para darle un beso rápido en los labios, y luego otro más pausado y sugerente justo debajo de la oreja—. Y si sigues mirándome así, vas a llegar tarde a tu expedición frutal.

  —Podría vivir con eso —murmuró él, capturando sus labios en un beso rápido pero intenso.

  Hada se separó finalmente, enderezando su falda de cuero.

  —Me voy. Mis animales me esperan. —Caminó hacia la puerta y se detuvo en el umbral. Se giró y le lanzó una última mirada, cargada de todo el deseo pospuesto—. Pero la próxima noche que sea mi turno… prepárate.

  Y con esa advertencia delicia flotando en el aire, salió, dejando a Erik con una sonrisa de anticipación que no podía borrar de su rostro.

  Erik se quedó un momento en la entrada de la caba?a, mirando el sendero por donde Hada había desaparecido. Una risa suave y llena de anticipación le escapó. El mundo parecía lleno de promesas esa ma?ana. Respiró hondo el aire fresco, notablemente más liviano que los días anteriores, y decidió encauzar su energía.

  Fue primero al río. El agua corría tranquila y clara, un reflejo de la calma que empezaba a asentarse en él. Pensó en ir a buscar a Becca, pero un instinto profundo le dijo que ella necesitaba digerir la nueva realidad a su propio ritmo. En lugar de eso, su camino lo llevó naturalmente hacia los cultivos.

  Allí encontró a Arlea, arrodillada en la tierra, fundida con la tierra que tanto amaba. Sus pantalones cortos —una idea suya para sentir mejor la conexión con el suelo— dejaban ver sus piernas fuertes y tonificadas, manchadas de tierra húmeda. Su blusa, sencilla y práctica, se ajustaba a su torso con cada movimiento. Erik carraspeó suavemente para anunciar su presencia.

  —?Ya empezaste sin mí?

  Arlea alzó la vista, y una sonrisa amplia y genuina iluminó su rostro al verlo.

  Trabajaron codo a codo en un silencio cómplice. De vez en cuando, la mirada de Erik se deslizaba hacia las curvas de su cuerpo, admirando la fuerza serena que emanaba de ella. Arlea lo notaba, y en un momento, al pasarle una herramienta, dejó que sus dedos se entrelazaran con los de él por un segundo más largo de lo necesario. Un mensaje claro y silencioso.

  Tras dejar la cosecha en la cocina común, cumplió su promesa con Suri. La llevó al bosque frutal, donde los gritos de alegría de la ni?a y sus risas compartidas llenaron el aire. Era un ritual simple y puro que lo llenaba de una paz profunda.

  De regreso, caminaba con la calma del deber cumplido, cuando unos brazos familiares lo envolvieron por detrás con fuerza.

  —?Te encontré!

  La voz traviesa y vibrante de Mika le llenó el oído. Erik giró la cabeza y la encontró pegada a su espalda, con una sonrisa que rivalizaba con el sol.

  —?Mika? ?Qué haces aquí?

  —Olías a tierra mojada y a… deseo frustrado —bromeó ella, apretándose contra él—. Hace días que no vamos a la caida de agua. ?Olvidaste que ahí fue nuestra primera vez?

  —Nunca lo olvidaré —dijo Erik, sonriendo mientras le tomaba las manos.

  Mika dio un paso al frente y lo besó sin preámbulos, con esa pasión espontánea que le era tan característica.

  —Entonces vamos. Quiero ba?arme contigo, recordarlo todo… y quizás a?adir nuevos recuerdos.

  —Está bien —dijo Erik, mirándola con complicidad.

  Mika lo acompa?ó de la mano. No paraba de hacerle peque?as caricias en el brazo, en la espalda, e incluso le dio una palmada juguetona en las nalgas.

  —No hagas eso, traviesa —rió Erik.

  —No prometo nada.

  El agua caía con fuerza pero la bruma era suave. La luz del sol casi llegando al mediodía filtrándose entre las hojas creaba reflejos brillantes sobre la superficie. Ambos se desvistieron con naturalidad y entraron al agua, salpicándose como ni?os antes de abrazarse bajo la cascada.

  Mika se trepó a su torso y lo rodeó con las piernas.

  —?Recuerdas lo que hicimos justo aquí?

  —Cómo olvidarlo… —susurró Erik, besándole el cuello con ternura, mientras bajaba y besarle los pechos.

  Bajo la cascada, y el sol filtrado y el rumor del agua el tiempo pareció detenerse. Se sumergieron en el agua fresca. Fue un reencuentro lento, íntimo y profundamente conectado. No hubo prisa, solo la certeza reconfortante de un amor que ya no necesitaba probarse, sino solo celebrarse. De reafirmar lo que habían descubierto juntos aquel día: que el amor también podía ser ternura, deseo, respeto y conexión.

  Después, descansaron entrelazados, las respiraciones acompasadas con el rugir del agua.

  Mika fue la primera en hablar, con la voz apenas un suspiro:

  —Gracias —susurró Mika contra su pecho— por seguir mirándome como el primer día.

  Erik le acarició el cabello húmedo.

  —Eres mi primer recuerdo verdadero en este mundo… y el más perdurable.

  Mika lo besó de nuevo, más tranquila, más plena.

  —Vamos, volvamos antes de que alguien se pregunte donde estamos —dijo al fin con una risa ligera.

  Regresaron a la aldea tomados de la mano, renovados y en sintonía perfecta. Su conexión era un hecho tan tangible como la tierra bajo sus pies.

  Fue en ese momento, mientras caminaban abrazados por la cintura, serenos y felices, que Arlea los vio acercarse. Un nudo de emociones se apretó en su pecho: la alegría por ellos, la confirmación de lo que siempre había intuido, y una determinación férrea que brotó desde lo más hondo de su ser. No se quedaría callada esta vez.

  Un beso fugaz pero intenso que se dieron Erik y Mika a la entrada de la aldea fue la chispa final. Arlea sintió su corazón latir con una fuerza abrumadora.

  —Hoy se lo digo —se juró a sí misma, con una calma que no sabía que tenía—. No puedo más.

  El momento llegó durante la comida. La aldea entera estaba reunida, compartiendo el guiso y las risas fáciles de la jornada. Cuando Erik se sentó, Arlea con toda la confianza recolectada por días se levantó.

  Todos guardaron silencio al verla avanzar con paso firme. Sin vacilar, se plantó frente a Erik, y en un movimiento fluido y decidido, se sentó a horcajadas sobre sus muslos, enfrentándolo cara a cara. El gesto fue tan audaz y tan íntimo que el aire se cortó en la mesa.

  Arlea no titubeó. Lo miró directamente a los ojos, con los suyos brillando por una mezcla de nerviosismo y una coraje recién descubierto, y lo besó. No fue un pico tímido, sino un beso firme, lleno de una ternura acumulada y de la verdad que había guardado por tanto tiempo.

  Cuando se separó, su voz no tembló. Fue clara y serena, llegando a cada rincón de la mesa:

  —Erik… te amo.

  Un murmullo de asombro recorrió el grupo, pero ella no se detuvo.

  —No lo dije antes porque temía que cambiara lo que tenemos… nuestra forma de trabajar juntos, la paz que hay entre todas. Pero ya no puedo guardármelo. Me enamoré de ti. No lo busqué, pero sucedió. Y pase lo que pase, no me arrepiento.

  Un silencio expectante y cargado de emocion se apoderó de todos. Erik la miraba, sorprendido y conmovido. Su mirada buscó instintivamente a las mayores, talvez por respeto o buscando guía, y ahi fue Jerut. La anciana, desde su sitio, le respondió con una leve inclinación de cabeza y una mirada llena de aprobación y complicidad. Era el visto bueno.

  Erik volvió su mirada a Arlea . Una sonrisa tierna y enorme iluminó su rostro. La rodeó con sus brazos y le devolvió el beso , esta vez con toda la calma y la certeza que sentía.

  — Arlea… yo también te amo —declaró, y su voz resonó con una verdad que era para todos—. Y mi corazón es así de grande para todos ustedes, porque cada una es una parte indispensable de mi vida.

  Fue la se?al. Becca, Lera, Hada y Mika se abalanzaron sobre ellos en una ola de abrazos, risas y lágrimas de felicidad . La alegría era contagiosa, brutalmente genuina . Arlea rió entre lágrimas de alivio, sintiendo cómo un peso monumental se desprendía de sus hombros y se disolvía en el aire compartido.

  En medio de la celebración, la voz de Suri se alzó, con un tono de resignación teatral pero cari?osa :

  — Entonces… —dijo, cruzando los brazos con gesto de falsa exasperación— todas seremos sus esposas. ?Hasta Arlea!

  Todos voltearon a mirarla, y en ese instante, Arlea lo comprendió: ella había sido la última . La última pieza en encajar en el rompecabezas de aquel amor extra?o y hermoso. Una sonrisa de aceptación plena y alegría se dibujó en sus labios.

  — Bueno… —dijo, encogiéndose de hombros con una gracia que nunca antes había mostrado— mejor tarde que nunca .

  La frase fue la mecha. La mesa estalló en carcajadas, abrazos generalizados y un festejo que parecía no tener fin. Erik , con Arlea aún en su regazo, la abrazó con fuerza, rodeado por el círculo completo de mujeres que habían decidido, juntas, que su amor no era una división, sino una multiplicación .

  Bajo la atenta y satisfecha mirada de las mayores , que observaban desde un banco cercano, supieron que un capítulo había terminado. Y otro, lleno de una nueva y perfecta complicidad , comenzaba.

  El círculo, por fin, estaba completo.

  ropa nueva de becca, solo falta la ropa de Hada, Lera esta muy flojita estos días pero pronto estará muy pero muy contenta XD

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