El ruido era insoportable. Akenev —sí, ese era su nombre real, no un apodo de influencer— estaba en medio del pasillo con su teléfono en alto, grabando uno de sus videos con esa energía de hola chicos, soy super auténtica que me daba urticaria.
Ya era suficientemente malo verla en redes sociales. Ahora tenía que verla en vivo.
Lo peor era que el director la dejaba hacer lo que quisiera porque a veces "cosía publicidad gratis para la escuela". Esas fueron sus palabras textuales. Por eso le permitía venir con el cabello negro con mechones azules y esas dos coletas que parecían antenas de insecto.
—?Hola, hola! Aquí su estudiante favorita, Akenev —prácticamente gritó a la cámara—. Hoy me acompa?a mi querida amiga Silvana.
"Querida amiga" era generoso. La agarró del brazo con tanta fuerza que Silvana hizo una mueca de dolor antes de forzar una sonrisa incómoda.
Eran un contraste curioso, la verdad. Akenev sonreía con esos dientes blancos gigantes que parecían comercial de pasta dental, mientras que Silvana —con su piel canela y ojos oscuros— intentaba hacerse peque?a frente a la cámara, como si pudiera desaparecer si se esforzaba lo suficiente.
—Mira qué engreída —murmuré—, con ese nombre rimbombante. Akenev. Suena a marca de shampoo caro.
Un golpe en la nuca. Resonó. Sabía exactamente quién era sin voltear.
—?CóMO TE ATREVES A LLAMARLA ENGREíDA SI Tú TAMBIéN TIENES UN NOMBRE TODO FEO? —Félix gritó porque Félix no hablaba, Félix gritaba todo como si estuviera en un concierto de rock y necesitara que lo escucharan en la última fila.
Félix era molestamente escandaloso. Molestaloso. Sí, esa palabra no existía, pero lo describía perfectamente. Molestaloso como ninguno.
—Todos los de tu tribu se creen mejores que uno —bufó mientras cruzaba los brazos.
—?Cómo que tribu, idiota? —Lo miré fulminante—. Eso fue hace mucho tiempo. Yo no tengo la culpa de mis raíces ni Akenev tampoco.
—Tú sigues igual de incivilizado, se te nota. —Me agarró del brazo y me dio un empujón.
Luego, en un cambio de humor que hizo que pensara que viaje a otra dimensión empezó a acomodarme el uniforme de manera casi... ?paternal?
No entendía sus cambios de humor. Maldito bipolar.
—Ahí viene Maya —susurró de repente—. Actúa natural, campeón.
Me dio otro empujoncito, esta vez suave, como diciendo: vamos, tú puedes.
Bueno, si algo había que apreciarle al desgraciado este era la discreción y el apoyo cuando se trataba de Maya. Tenía sus prioridades claras.
Maya apareció en el pasillo con esa autoridad natural que tenía. No necesitaba gritar como Félix o hacer escándalo como Akenev. Solo su presencia ya decía soy la que está a cargo aquí.
—Ake, no puedes grabar aquí. Conoces el reglamento. —Su voz tenía ese tono de no estoy preguntando.
Autoridad que sí tenía, levemente, al ser la representante estudiantil.
Akenev giró hacia la cámara con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.
—Miren, ya llegó nuestra aguafiestas favorita. Maya, mándenle saluditos. —Hizo un gesto exagerado con la mano.
Reconocí esa táctica inmediatamente. Mándenle saludos era código de influencer para ataquen a esta persona en los comentarios. Lo decía con voz dulce en cámara para que pareciera inocente, pero sus seguidores sabían exactamente qué hacer.
—Maya está preocupada —continuó Akenev, con esa sonrisa de tiburón— porque Silvana y yo le vamos a ganar en la prueba que va a poner nuestro querido maestro elfo.
Oh no. No me gustaba ese brillo en los ojos de Maya. Ese brillo de acabas de activar mi modo competitivo.
Me acerqué. Con valentía, con gallardía. Mi deber era apoyar a Maya. Claro, ni lo necesitaba ni lo pidió, pero ?qué iba a saber ella?
—Maya no está preocupada —declaré con más confianza de la que sentía—. Nosotros ganaremos y ustedes van a perder.
—Así es, Ake —Félix se entrometió, pasando un brazo sobre mis hombros—. Nosotros los humillaremos y tendrás que regalarnos todos tus seguidores.
Espera. ?Nosotros? ?NOSOTROS?
?Qué demonios? Este cabeza redonda y dura acababa de meterme en un lío.
Los ojos de Akenev brillaron. Había caído en su trampa y lo sabía.
—?Quieres apostar, Félix? —Giró la cámara hacia su cara—. Perfecto. Tu equipo contra el mío.
Akenev volteó, buscando. Sus ojos recorrieron el pasillo como depredador buscando presa.
Alma pasó en ese momento. Pobre Alma, lugar equivocado, momento equivocado.
Akenev la jaló hacia la cámara sin ninguna clase de aviso.
—Bueno, chicos —anunció con esa alegría falsa—, inicia el desafío oficial. Alma, Silvana y yo contra estos tres. Dejen en los comentarios cuál debe ser el castigo para el equipo perdedor.
Alma se quedó congelada, confundida. Aunque cuando vio la cámara, instintivamente se arregló el cabello negro. Su cara se puso roja, notorio contra su tez blanca.
—Yo... no voy a participar...
—Claro que les vamos a ganar —interrumpió Félix—. El zoquete, Maya y yo no perderemos, mocosas.
?Cómo que zoquete?
Maya soltó un suspiro. Un suspiro grande, de esos que dicen ?por qué me rodeo de idiotas? sin necesidad de palabras.
Y con eso, nos dirigimos al salón.
Me tenía preocupado eso de la apuesta. Yo no tenía redes sociales (por decisión consciente), pero sabía cómo funcionaba esto. Si perdíamos, los seguidores de Ake me harían la vida imposible. Me obligarían a cumplir cualquier idiotez que ganara en los comentarios.
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Lo peor: Maya estaría involucrada por mi culpa. En dado caso de perder, yo me sacrificaría por ella. Era lo mínimo.
Rygandal estaba parado frente al pizarrón cuando entramos. Tenía esa postura perfecta que hacía que todos los demás pareciéramos jorobados en comparación.
—Jóvenes —comenzó con lo que yo creía era entusiasmo, aunque era difícil saberlo porque su tono era siempre el mismo—. El examen de hoy es una prueba de observación.
Sacó algo de su escritorio. Parecía una esfera de cristal del tama?o de una pelota de béisbol, pero con algo moviéndose dentro. Como humo púrpura.
—De manera sutil, he colocado un elemento en esta institución que está provocando disrupciones. —Sostuvo la esfera en alto—. Su deber es encontrar este elemento y fotografiar cualquier actividad anormal que observen. El estudiante que traiga más detalles únicos y la explicación más precisa de por qué creen que ese es el elemento perturbador será consagrado como ganador de esta prueba.
—Maestro —Akenev levantó la mano, su teléfono todavía grabando—. ?uede ser en equipo?
Rygandal la miró con extra?eza. Como si la pregunta fuera en un idioma que no comprendía del todo. Se llevó la mano a la barbilla, meditando.
—En toda prueba legítima —dijo finalmente—. Es ideal formar equipos estratégicos. Por supuesto que pueden hacerlo en conjunto. Conocer las habilidades que necesitan para triunfar es fundamento básico de supervivencia.
Fue la forma más larga y elaborada que he visto a un docente decir sí. Rygandal hizo un gesto con la mano, y todos supimos que podíamos salir.
Maya salió sin decirnos nada. Clara se?al de que quería estar sola, probablemente para procesar su estrategia sin distracciones.
Mi plan era darle su espacio. Félix tenía otros planes. Me empujó con sus manos hasta que estuve caminando al lado de Maya en el pasillo.
Nos unimos silenciosamente. Maya no dijo absolutamente nada, pero tampoco nos corrió. Lo aceptó de manera obligada por la situación.
Así inició nuestro examen por los pasillos de la secundaria..
El edificio era decente. La secundaria no era la más cara de Monte Armonía, pero tampoco era de las que se estaban cayendo a pedazos. Paredes limpias pintadas en colores institucionales, pisos de loseta brillante que alguien pulía religiosamente cada ma?ana orque definitivamente el conserje no era, ventanas amplias que dejaban entrar luz natural. Un colegio de buen nivel, ni más ni menos.
—Miren, eso no estaba ayer —apuntó Félix a una masa peque?a en el piso.
Era un chicle pegado en el suelo.
—No, no estaba ayer, eso es claro, Félix —dije sin dirigirle la mirada—. Aunque no creo que estemos buscando un chicle.
Félix murmuró algo sobre mi actitud, pero siguió caminando.
Seguimos nuestra búsqueda. No veía nada perturbador o fuera de lugar hasta ahora. Salimos hacia el patio a buscar alguna pista más.
El patio era un rectángulo de concreto con algunas jardineras descuidadas en las esquinas. árboles que daban sombra. Una cancha de básquet con el aro sin red. El típico patio de secundaria pública.
—Miren, eso definitivamente no estaba ahí. —Félix se?aló hacia una pared.
Tenía razón. Era un grafiti. Color morado con negro. Una letra J gigante con picos en los extremos, y lo que parecía ser una estrella alargada y deformada de fondo.
Maya se acercó, observando con esa intensidad que ponía cuando estaba analizando algo. Sacó su teléfono y tomó fotos desde diferentes ángulos.
—No. Aunque no estaba ayer, esto no tiene nada de una cultura ajena. Esto lo hizo un vándalo. —Su tono cambió de serio a enojado al final.
—Sí, ya sé —Félix infló el pecho—. Este lo hice yo anoche.
Maya se giró lentamente hacia él con una mirada de odio.
—Me atrapaste —me burlé—. En efecto, es arte delictivo.
Lo que siguió fue un sermón de cinco minutos sobre vandalismo, propiedad pública, y responsabilidad cívica. Maya rega?aba más que la maestra Jessica cuando estaba molesta con su novio. Esa mujer necesitaba hablar menos de su vida personal en clase.
—De momento no hay nada que me indique algo fuera de lo ordinario —concluyó Maya finalmente—. Debemos estar pasando algo por alto.
Usó plural. Debemos, eso significaba que nos incluía. Ya era progreso para trabajar en equipo.
En el camino de regreso al edificio, nos encontramos con una emocionada Akenev. No sé cómo lo hizo, pero era claro que había convencido a Alma y Silvana de algo porque ambas lucían motivadas.
—Miren, chicos —Akenev sonrió malévolamente—. Mis fanáticos ya encontraron el castigo perfecto.
Nos quedamos quietos, teníamos curiosidad y miedo.
—El perdedor tendrá que cantar en el patio de la escuela, frente a todos, con coreografía y vestuario. —Hizo una pausa dramática—. Las canciones elegidas son "Libre Soy" de Frozen y "Barbie Girl".
Se me heló la sangre.
—Yo no he aceptado ninguna condición —Maya reclamó.
—Claro, como sabes que vas a perder... —respondió burlona Silvana.
Error, grave error.
Si Maya tiene un defecto —y lo digo con todo el cari?o del mundo— es esa necesidad competitiva de ser siempre la mejor, la primera. Es su fortaleza y su debilidad, porque tan pronto Silvana dijo eso, Maya cambió completamente de parecer.
—Acepto tus condiciones. —Ignoró a Silvana y se lo dijo directamente a Akenev, mirándola a los ojos.
Se retiró con dignidad. Cabeza en alto, pasos firmes. Félix y yo no tuvimos opción. La seguimos como patos detrás de su mamá.
Caminamos al otro lado del patio, cerca de las jardineras descuidadas junto al laboratorio de ciencias y entonces vi algo raro.
—Maya, aquí. Mira. —Le hice una se?a.
Había algo en el piso. Una grieta que no recordaba haber visto antes.
—Zev, tal vez no lo recuerdes, pero eso fue del accidente de la semana pasada. —Comentó con molestia—. Cuando explotó el experimento.
—No, mira. —Me agaché—. Está más grande y si te fijas correctamente, aquí hay algo duro, como madera.
Intenté tocarlo. Era algo peque?o, enterrado parcialmente en la tierra de la jardinera.
Maya se acercó, lo vio fijamente, y tomó una foto. Lo sacó con cuidado. Era del tama?o de un dedo me?ique blanco y poroso.
—Esto se siente como hueso —lo analizó con perspicacia.
A veces me preguntaba si Maya realmente sabía de lo que hablaba o simplemente fingía con tanta convicción que era imposible dudar.
—?CHICOS, MIREN ESTO! —Félix gritó emocionado desde el otro lado del patio.
Creíamos que iba a ser otra pista importante. Era literalmente un pedazo de excremento.
—?Encontraste a tu hermanito, Félix! —Me burlé por hacernos perder el tiempo.
Pero entonces lo noté. El tesoro estaba justo delante de la caca.
Le di un peque?o codazo a Maya. Lo notó inmediatamente y empezó a tomar fotos.
Había huellas marcadas en el piso. De un animal que definitivamente no era doméstico. Las marcas eran extra?as, como de pezu?as, pero con dedos adicionales y junto a ellas, un arbusto mordido.
Sus hojas eran de un color morado traslúcido. Como si estuvieran hechas de cristal te?ido.
—Miren nomás qué desesperados están, que andan buscando en la tierra —se burló Silvana, apareciendo detrás de nosotros con su equipo.
—No deberías ser así, Silvana —nos defendió Alma tímidamente.
Oh, Alma. Alma pura.
—Suficiente tienen con que van a perder. —Alma se echó a reír.
Ahí lo entendí. Akenev las había corrompido.
—Claro, somos el mejor equipo, ?verdad, chicas? ?Tenemos talento! —Akenev levantó las manos y las tres chocaron los cinco.
Claro. Akenev les había ofrecido ayuda con sus redes sociales. Seguramente convenció a Alma con promesas de views (Alma tenía una voz hermosa y estudiaba judo, sería perfecta para videos virales), y Silvana... Silvana siempre había querido vencer a Maya en algo académico. Ambas siempre destacaban en clase, siempre competían entre ellas.
Honestamente, yo quisiera ser tan bueno como ellas. Tener algún talento como Alma, o ser tan inteligente como Silvana o Maya. Tal vez carismático como Akenev, aunque sin la parte sociopática.
—?ándale, Maya, ?haz algo inteligente! —gritó Félix desesperado.
Maya lo ignoró, perdida en sus pensamientos. Sus ojos recorrían el patio como si estuviera viendo algo que nosotros no.
—Ayúdenme a buscar más pistas —dijo finalmente—. Como las que encontramos en el techo.
—?De qué hablas? Si no hemos ido al techo. —Félix frunció el ce?o.
—?Queriendo hacer trampa, Maya? Muy mal. —Le reclamó con falsa ofensa Akenev.
Quisiera decir algo ácido en respuesta, pero un sonido me estaba distrayendo.
Un sonido de... ?cascos? ?Qué demonios hace un caballo en una secundaria?
Volteé
o era un caballo.
Era un venado. O algo que alguna vez fue un venado.
Sus astas eran diferentes a las normales. Retorcidas, con puntas que brillaban con ese mismo color morado de las hojas. Le faltaban los ojos, solo había cuencas vacías, pero de alguna manera sabías que te estaba viendo. Y su cola... su cola era larga y gruesa como la de una rata gigante, partida a la mitad y girando en espiral.
La criatura nos miraba directamente. Creo, imposible saberlo sin ojos.
Todos nos quedamos quietos. El venado-cosa se acercó lentamente a Alma. Ella, siendo Alma, intentó tocarlo. Su mano blanca se extendió suavemente para acariciar su frente.
—Alma, no... —Maya susurró.
Demasiado tarde. La criatura hizo un movimiento brusco. Velocidad imposible. Un segundo Alma estaba en el suelo, el siguiente estaba colgando de las astas del venado, sus pies a medio metro del piso y entonces la criatura corrió.

