El destino nunca ofrece opciones; solo cadenas disfrazadas de caminos.
El viento le arrancaba la respiración, y el rugido en sus oídos era tan intenso que apenas podía pensar. Sin embargo, entre la confusión, sus ojos alcanzaron a vislumbrar a lo lejos una torre gigantesca. Parecía un castillo, alzándose hasta las nubes, formado por anillos y plataformas que se estrechaban poco a poco hacia la cima. Aun así, estaba demasiado lejos para distinguir sus detalles.
El suelo lo recibió con brutalidad, y el silencio que siguió era tan profundo que parecía tragarse el mundo entero.
—Despierta.
Esas palabras resonaron en su cabeza.
—Zein Ravenscroft. Hermano de Lyra Ravenscroft… Este no es tu final.
Contra toda lógica, aún respiraba. Se incorporó con torpeza, aturdido bajo el manto oscuro de la noche, buscando en vano alguna herida en su cuerpo. No había sangre, ni dolor… nada. Solo una sustancia oscura que se aferraba a su mano, como si quisiera hundirse en su piel. Aunque Zein no lo notó.
Estaba rodeado de nieve, el frío calándole hasta los huesos, con su ropa zarrapastrosa que apenas lo cubría. El muchacho, delgado y de apariencia frágil, de cabello blanco largo y desordenado y ojos grises, experimentó un dolor punzante en la cabeza, como si un martillo de guerra lo golpeara directamente.
Varios recuerdos lo atravesaron: una pelea, una familia, su hermana. El dolor lo dobló, obligándolo a retorcerse en el pasto mientras su vista se nublaba, como si el mundo lo castigara.
Pero Zein no se había dado cuenta de algo: había alguien más cerca de él.
Sin que pudiera reaccionar, una mano se posó sobre él, acariciándolo y consolándolo. Era una ni?a, también de cabello blanco, largo y ligeramente desordenado, con ojos grises, cinco a?os menor que él.
Cuando Zein la volteó a ver, solo pudo soltar una palabra.
—?Lyra…?—
Pero el dolor persistía, recorriendo su cuerpo como un fuego invisible. Un remordimiento y una culpa que ni él mismo podía entender lo atenazaban, mezclándose con la confusión de sus pensamientos.
Poco a poco, sin embargo, una calma empezó a envolverlo. Como si un ángel lo cuidara, las caricias suaves de su hermana sobre su cuerpo lograban apaciguar el dolor, y la jaqueca que martillaba su cabeza comenzó a desvanecerse.
Cuando Zein se reincorporó, se sentó justo frente a Lyra.
—?Eres… Lyra Ravenscroft?— preguntó con voz temblorosa.
Lyra simplemente asintió con la cabeza. Luego, como un bebé que aprende a hablar, la se?aló y dijo:
—Hermanito—
El corazón de Zein sintió una calma y alegría profundas, un calor que hasta ese momento parecía desconocido.
—?Recuerdas algo más? ?Recuerdas cómo llegamos aquí? ?Nuestros padres? ?Algo?—
Pero Lyra negó con la cabeza, incapaz de articular más.
Cansado de todo lo que había experimentado en tan solo unos minutos, Zein se levantó y se sentó junto a un árbol cercano. Extendió su mano para que Lyra se acercara, y cuando ella lo hizo, la abrazó con fuerza, tratando de transmitirle calor en medio del frío. Ambos se aferraban a la única certeza que tenían: sabían quiénes eran y que eran hermanos.
—No te preocupes, Lyra. Siempre estaré aquí para ti— dijo Zein mientras la cubría con su cuerpo, protegiéndola de la nieve que seguía cayendo.
La blanca nieve cubría todo a su alrededor, transformando el paisaje en un mundo silencioso, puro e inocente, como si el tiempo mismo hubiera hecho una pausa.
Al día siguiente despertaron cubiertos de nieve, pero Lyra estaba completamente protegida bajo el abrigo de Zein, logrando que no se congelara. Como si se tratara de un milagro, ambos habían sobrevivido a su primera noche al aire libre bajo la tormenta.
Cuando se incorporaron, acordaron buscar alimentos y un lugar donde refugiarse. Desde la cima de la monta?a en la que habían pasado la noche, podían observar los alrededores, evaluando dónde podrían establecerse y asegurarse de que la nieve no fuera un obstáculo para sobrevivir.
El lugar era hermoso. Aunque la nieve lo cubría todo, la naturaleza se percibía en cada rincón, sin importar dónde se encontraran. A lo lejos, varios pueblos destacaban entre el paisaje, y ambos decidieron dirigirse hacia uno de ellos.
Tardaron solo medio día en llegar, pero después de caminar durante horas, el hambre empezaba a martillarles el estómago.
El pueblo estaba amurallado y rebosaba vida. Aunque no era muy grande, las calles estaban llenas de comerciantes y habitantes con rostros alegres. Se escuchaban murmullos, gritos de vendedores y ni?os corriendo y riendo por doquier. Sin embargo, cuando Zein y Lyra llegaron, toda la alegría pareció detenerse por un instante.
A pesar de que no les prohibieron la entrada, los guardias los retuvieron durante un buen rato, interrogándolos y a veces molestándolos. Finalmente, de mala gana, los dejaron pasar hacia el centro del pueblo.
Una vez dentro, la desconfianza de la gente era palpable. Muchos los miraban con recelo, murmurando cosas horribles mientras Zein y Lyra solo intentaban encontrar algo de comer.
—??Qué dices, mocoso?!— gritó uno de los vendedores— ??Crees que soy de la iglesia como para darte un pan gratis?!—
—Perdone, pero…— intentó decir Zein entre los gritos.
—?Nada de peros! ?Si no tienes dinero, ve a trabajar como todos los demás!—
Zein se quedó con una expresión de decepción, mientras Lyra lo observaba desde atrás, intentando comprender aquel mundo que de repente parecía hostil.
En ese momento, alguien encapuchado se acercó.
—Vamos, no sea tan duro con los ni?os. Deles al menos una rebanada de pan— dijo la mujer, con voz suave y firme a la vez.
—??Y tú quién te crees que eres?! ?Sin dinero no hay nada!— replicó el vendedor, enojado.
—Bueno, entonces tenga—
La encapuchada extendió la mano, mostrando unas monedas.
—Esto debería ser suficiente para comprar dos panes, ?no?— dijo con una sonrisa que se adivinaba bajo la capucha.
—S-Sí…— dijo el se?or, contando el dinero con resignación.
—Ah, y también véndame una botella de alcohol. ?Le parece?— agregó, sin poder evitar una peque?a sonrisa traviesa.
Tras el incidente, la encapuchada condujo a los hermanos fuera de la aldea para hablar con ellos un momento.
—Ufff, me alegro de haber llegado a tiempo. Y pensar que casi los pierdo por quedarme dormida. Cuando fui a buscarlos a la monta?a ya no estaban, y de verdad me preocupé— dijo, tomando un trago de la botella con un gesto despreocupado que contrastaba con la tensión del momento.
—Gracias por lo de antes— dijo Zein, poniéndose en guardia de inmediato—. Pero… ?quién eres tú?—
—Ah, cierto. No me he presentado— respondió ella, con una risa ligera.
La misteriosa mujer se quitó la capucha, dejando al descubierto su rostro. Era joven, con la piel clara y ojos verdes intensos que parecían brillar con curiosidad. Su cabello rubio, largo y ligeramente ondulado, tenía un sutil tono anaranjado en las puntas, que capturaba la luz de la nieve.
Pero algo más llamó la atención de Zein y Lyra. Al quitarse la capucha, de detrás de su túnica surgieron unas orejas y una cola, moviéndose con vida propia.
—Yo soy Kio. Mucho gusto— dijo con una sonrisa traviesa que dejaba entrever sus colmillos.
—Yo soy…— intentó Zein, pero fue interrumpido de inmediato.
—Apapab. Hasta ahí. Sé quiénes son Lyra y Zein— dijo Kio, levantando la mano y arrojándoles ropa más abrigada con un gesto teatral—. ?Tomen!—
—Ah… gracias— murmuró Zein, todavía procesando todo lo que ocurría.
Kio se acercó a Lyra con pasos ligeros y despreocupados. Por instinto, Lyra se escondió detrás de Zein.
—Oh, perdóname. Solo quiero revisar algo, ?me permites?— preguntó Kio con una sonrisa que no buscaba intimidar.
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Lyra miró a Zein con algo de temor, pero tras un instante asintió y dejó que Kio actuara.
Kio levantó suavemente la cabeza de Lyra y colocó su mano sobre su cuello. Cerró los ojos y comenzó a recitar:
—Luz de vida, repara y sana…— De pronto, la palma de su mano comenzó a emitir un brillo cálido—. Fluye por mi mano y restaura lo perdido, devuelve fuerza y vigor a este cuerpo. Heal—
Zein observaba desconcertado, sin entender qué ocurría. Parecía que no pasaba nada… hasta que Lyra habló, rompiendo el silencio con un tímido pero audible suspiro.
—Mi… mi voz volvió— dijo Lyra, con un hilo de emoción en la garganta.
—Gracias, se?orita— a?adió después, esbozando una tímida sonrisa.
—Vi que no hablabas nada, por lo que pensé que te habrías lastimado de alguna manera en la caída— comentó Kio con suavidad.
En ese momento, Zein abrazó a Lyra con fuerza, como si quisiera protegerla del mundo entero.
—Te lastimaste y yo no me di cuenta… Perdón— murmuró.
—No te preocupes. Me has cuidado desde que llegamos, hermanito. Gracias— respondió ella, apoyando su cabeza en el pecho de Zein.
—Bien, ahora que algunas cosas están resueltas… ?hablamos?— propuso Kio con un tono animado, se?alando que era hora de ponerse serios.
El grupo se dirigió hacia una monta?a, lejos de la ciudad y del lugar donde habían caído. Mientras los hermanos se cambiaban, Kio encendió una fogata, y el calor envolvió a los tres, disipando el frío cortante de la nieve.
—Bien, ahora que estamos listos, tomen— dijo Kio, entregándoles los panes con una sonrisa.
—Gracias— dijeron al unísono.
Zein, mientras mordía su pan, partió un trozo y se lo ofreció a Lyra.
—Se nota que la quieres— comentó Kio, observándolos con diversión.
—Sí…— murmuró Zein, un poco sonrojado.
—Bien, no deben estar informados de nada. Bueno, eso es lo normal. Saben que son hermanos y sus nombres, ?verdad? ?Saben su edad?— preguntó Kio, observando la escena con curiosidad.
—Sí, yo tengo 16— respondió Zein.
—Y yo tengo 11— dijo Lyra mientras masticaba.
—Lyra, no hables con la boca llena— rega?ó Zein con suavidad.
—Peldom— respondió ella con la boca llena, haciendo que los tres soltaran una peque?a risa.
—Zein, ?podrías extender tu mano un momento?— pidió Kio.
—Sí, claro— respondió él, obedeciendo sin dudar.
Kio colocó sus manos sobre las de Zein, cerró los ojos y comenzó a recitar algo en voz baja. De pronto, las manos de Zein comenzaron a brillar con una luz intensa, mucho más poderosa de lo que él había sentido antes. La energía parecía vibrar y concentrarse, hasta que, de repente, un chorro de luz y gas de energía surgió disparado hacia el cielo, formando un espectáculo de poder que hizo que los tres dieran un paso atrás.
—Q-?Qué fue eso?— preguntó Zein, atónito.
—Vaya…— dijo Kio, sorprendida, con los ojos brillando de emoción y admiración—. No creí que fuera verdad, pero “el” no se equivocaba…
—?El…?—
—?De verdad tienes mucho talento!— exclamó Kio, saltando de la emoción—. ?Bien, Zein Ravenscroft!
—S-?Sí?— preguntó él, atónito.
—?Quieres tener el poder de proteger a tu hermana?—
—Claro— respondió Zein con seriedad, sus ojos fijos en Kio, decididos y confiables.
—Entonces, a partir de hoy, tenemos un contrato— dijo Kio, mientras su cuerpo emanaba una luz extra?a y vibrante—. Di tu nombre.
—Zein… Ravenscroft— murmuró él, aún procesando lo que ocurría.
—Bien, Zein Ravenscroft. Nuestro contrato comienza a partir de ahora. Te ayudaré con tus metas en todo lo que pueda, y gracias a este pacto, te harás más y más fuerte— explicó Kio con entusiasmo, su sonrisa mostrando un toque de orgullo travieso.
Zein se quedó en silencio, sin palabras, mirando fijamente, estupefacto. Lyra, en cambio, mordía su pedazo de pan con tranquilidad, disfrutando del espectáculo que se desplegaba frente a ellos.
—?Vaya!— exclamó Kio—. Me alegro de que el viaje no haya sido un desperdicio. Mi percepción de los talentos se había atrofiado hace más de cuarenta a?os—
??En serio hice un contrato con esta tipa?? pensó Zein, todavía aturdido.
—Pero bueno, si me envió “el”, es porque no se equivocaba— a?adió, como más para sí misma.
—?Pasa algo?— preguntó Zein, preocupado por la súbita pausa de Kio.
—No, nada en especial. Solo hablaba conmigo misma— respondió ella, un poco nerviosa—. Y dime, Zein… ?hay algo que quieras saber?
—Quiero saberlo todo— replicó Zein, cambiando su expresión a una más seria, firme y decidida.
—?Eh?— Kio parpadeó, sorprendida—. ?Ah, qué quieres decir con “todo”?
—Bueno… Lyra y yo caímos literalmente del cielo apenas ayer, y solo sabemos nuestros nombres y que somos hermanos. No sé nada de este mundo, ni de dónde estoy, ni nada más— explicó Zein, con la mirada fija en el horizonte y una mezcla de determinación y curiosidad.
—Ah… ya entiendo— dijo Kio, asintiendo lentamente, evaluando la magnitud de lo que acababa de revelar.
—?Entonces podrías…?—
Pero Zein fue interrumpido por Kio, quien con un gesto juguetón le indicó que la dejara terminarse su botella.
??Estaré bien con esta tipa a mi lado?? se preguntó Zein una vez más, con una mezcla de incredulidad y nerviosismo.
—Bien, antes de que me juzgues, quiero que sepas que el alcohol no le hace efecto a mi cuerpo, así que más que nada es una bebida de sabor para mí— dijo Kio, sonriendo con picardía.
—Aja— murmuró Zein, sintiéndose completamente derrotado por la situación.
?Estoy muerto?, pensó, resignado.
—Bien, primero. ?Dónde estás? Estás en Sylvaris, un coloso bajo el reinado de Sigmund von und zu Eldaric Segundo, emperador del Imperio del Sol Negro— explicó Kio, levantando una ceja como si estuviera orgullosa de su frase complicada.
Vaya nombre más largo, pensaron Zein y Lyra al unísono.
—Pero… ?colosos? ?Qué son?— preguntó Lyra, con la curiosidad brillando en sus ojos.
—A eso voy— dijo Kio, con una sonrisa de sabelotodo—. El mundo está formado por islas bastante grandes. Se dice que hace milenios, antes de que la humanidad siquiera existiera, hubo una batalla entre dioses. Uno quedó como vencedor y absorbió a los demás. En esa guerra, el mega continente llamado Lumyria fue destruido, fragmentándose en varias islas—
Kio sacó un mapa, desplegándolo con un movimiento teatral.
—El mundo quedó así— dijo, se?alando con un dedo cada isla y archipiélago, haciendo que Zein y Lyra se inclinaran para mirar mejor.
—Pero parece que no fue una destrucción natural, ?verdad? Parece que las pusieron así a propósito— murmuró Zein, observando los detalles del mapa.
—?Quieres que te cuente o no? ?Sí, sí, déjame terminar!— exclamó Kio, cruzándose de brazos con un aire orgulloso—. En este nuevo mundo se crearon seis razas superiores: los ancestrales, los monstruos, los demonios, los elfos, los enanos y los humanos. Cada una gobernó sus territorios como debía. Pero durante la Gran Expansión, los monstruos, en su auge de poder, intentaron conquistar todo. Y aquí es donde aparece nuestro héroe—
Kio sacó de su capucha un pergamino. En él se dibujaba la imagen de un hombre imponente, con armadura y mirada decidida.
—Eberhart von und zu Eldaric Primero— dijo Kio, se?alando la figura—. El héroe que logró unir a las otras cinco razas contra los monstruos, expulsarlos y mantenerlos bajo control. En su honor, un mega coloso fue nombrado “El Desierto del Gran Eberhart”—
—Vaya…
—Pero aún no termino. Durante su reinado creó una tecnología capaz de controlar el Fatum para mover las islas. Esa misma tecnología fue implantada en todas ellas, convirtiéndolas en “colosos”. Gracias a esto podían desplazarse de un lugar a otro, lo que permitía que las islas aparecieran prácticamente en cualquier sitio. Se clasificaron como mini colosos para las más peque?as, colosos para las medianas y mega colosos para las gigantescas. De estas últimas solo existen cuatro en todo el mundo: Solheim, la capital del Imperio del Sol Negro; Dravemur, la capital de los demonios; el Desierto del Gran Eberhart, y Orvenhal. Interesante, ?no?
—Mucho —respondió Zein, sorprendido.
??Cuánto es que sabe esta mujer sobre el mundo? Tal vez sí esté capacitada después de todo?, pensó con cautela.
—?Y qué es eso del Fatum? —preguntó Lyra, terminando lo poco que quedaba en su plato.
—Buena pregunta —respondió Kio con una sonrisa mientras le acariciaba la cabeza—. El Fatum, también conocido como Ordo Fatum, es la estructura mágica que rige el uso del poder en este mundo. Eso es lo único que sé. Puedo manejarlo con facilidad, pero no conozco sus conceptos técnicos ni la teoría detrás de él.
Parece que me equivoqué, pensó Zein con cierta decepción.
—De todos modos, deberían asistir a una academia si quieren aprender más. Lo que sí puedo decirles es que, si recuerdan, les mencioné que estamos en Sylvaris, un coloso. Estos territorios no pueden ser tan extensos por sí solos, así que los colosos están bajo el control de lords, nobles de alto rango justo por debajo de los monarcas. Dentro de los colosos que gobiernan se dividen en ducados, y cada duque administra como quiere. Ahora mismo estamos en la frontera entre el ducado de Ilmenor y el ducado de Pondfay.
—Por cierto, Kio… —dijo Zein, fijándose en ella con curiosidad—. Con esas orejas y esa cola, ?de qué raza eres? Ciertamente son bastante extra?as.
—Soy de una sub raza de los llamados monstruos. Lo que ocurre es que los humanos, por simple flojera de no querer documentar nada, catalogaron como “monstruos” a todo aquello que no fuera una de las razas principales.
—Aun así, tus orejas y tu cola son muy suaves —comentó Lyra con naturalidad mientras acariciaba la cola de Kio.
Kio se tensó de inmediato; un escalofrío recorrió su espalda y sus orejas se agitaron como si intentaran huir del contacto. Se apartó de golpe, con las mejillas encendidas.
—Jajaja, parece que no te gusta que te toquen la cola —dijo Zein con burla.
—?Claro que no! Me incomoda demasiado —respondió Kio, aún más avergonzada.
—Una última cosa… ?por qué la gente nos menospreciaba en el pueblo? —preguntó Zein.
Kio no dijo nada. Simplemente se?aló su cabello.
—Tu pelo blanco es un símbolo maldito.
—?Por qué? —insistió Zein.
—?Recuerdas la historia del rey Eberhart? Se dice que hubo otro héroe además de él. Ambos tenían el cabello blanco, los llamaban “ni?os benditos”. Pero aquel otro héroe lo traicionó y sembró el caos por todo el planeta. Tras mucho esfuerzo, lograron vencerlo, y desde entonces la gente comenzó a odiar a los ni?os benditos. Los desterraron a un ducado en el reino de los demonios. Se cuenta que, en la antigüedad, el propio rey también era un ni?o bendito, pero con el paso de las generaciones esa sangre se diluyó.
—Ya entiendo… y, ?qué hacemos ahora? —preguntó Zein.
—No sé, eso dependerá de ustedes. Yo solo los protegeré —respondió Kio con descaro, mientras se recostaba en la nieve sin preocupación alguna.
?En serio, es un dolor de cabeza?, pensó Zein, mirándola con fastidio.
—Entonces deberíamos conseguir algo de dinero —dijo finalmente.
—Buena suerte encontrando un trabajo. Yo estaré aquí descansando —murmuró Kio, soltando un bostezo exagerado.
—Oh, claro que no. Tú vendrás con nosotros —replicó Zein, agarrándola del cuello de su ropaje para levantarla.
—?No! ?Déjame! ?No quiero trabajar! ?NOO! —gritaba desesperadamente, pataleando como una ni?a.
De vuelta en el pueblo, el grupo comenzó a buscar un trabajo con el que pudieran ganarse la vida. Aunque no lograban encontrar ninguno.
—?Qué deberíamos buscar? —preguntó Zein.
—Algo simple, no quiero esforzarme demasiado —contestó Kio sin vergüenza alguna.
—Tú… —Zein cada vez se veía más decepcionado—. ?Tú qué dices, Lyra?... ?Lyra?
En ese instante, ambos notaron que Lyra ya no estaba con ellos.
—?Dijiste que tu único trabajo era protegernos y Lyra ha desaparecido! —gritó Zein mientras agitaba con furia a Kio.
—C-calma, calma, no debe estar muy lejos. Seguro que puedo sentir su maná y…—
La expresión de Kio cambió de golpe, sus ojos se abrieron como platos, y el color se le borró del rostro.
—No… no siento a Lyra…— susurró con un tono quebrado.
En otro punto de la ciudad, Lyra se había separado del grupo con la idea de buscar por su cuenta alguna solicitud de trabajo, convencida de que así podría ayudar a su hermano. Sin embargo, sus pasos la habían guiado hasta los callejones más oscuros de la ciudad.
Una figura encapuchada la observó con detenimiento y comenzó a seguirla a pocos metros.
??Dónde estoy?? ??Hermanito?? era lo único que pensaba Lyra mientras avanzaba con temor, mirando a cada lado, hasta que de pronto se golpeó la frente contra algo sólido y cayó al suelo.
—Vaya, ?qué tenemos aquí? —dijo una voz grave. Frente a ella se erguía un hombre alto y robusto, su cuerpo cubierto de cicatrices y heridas pasadas.
—Vaya ni?ita, ?te perdiste? —se burló otra voz más aguda. Esta vez era un hombre delgado, con marcas similares en el cuerpo y una sonrisa torcida.
Ambos la miraban con expresiones desquiciadas, sonrisas que parecían más bestiales que humanas.
—?Te atreves a entrar en nuestro territorio y encima menospreciarnos, ?maldita mocosa!? —rugió el más corpulento mientras levantaba el brazo para golpearla.
Lyra, con los ojos inundados de lágrimas, apenas alcanzó a alzar las manos para cubrirse.
Y entonces, el golpe descendió.

