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“Nngghh… mi cabeza…”, la chica abrió su único ojo. El otro estaba envuelto en vendas. “…?Qué… pasó…?”. Intentó incorporarse, pero el agotamiento físico y las heridas a medio sanar la devolvieron a la camilla con un gemido doloroso.
Pasos apresurados resonaron desde el pasillo. Corrieron la cortina pálida, dejando entrar a una doncella de cabello corto color chocolate. La preocupación nubló su rostro joven al ver a la chica de cabello blanco en la enfermería.
“?Lady Miria!”, exclamó Gloria, partida entre el alivio y el terror. “Por Elerya y todos los dioses… gracias a los cielos que despertó”. Apretó la baranda de seguridad de acero hasta que se le blanquearon los nudillos, y sus palmas sudadas hicieron brillar el metal. “?Vine lo más rápido que pude cuando los profesores llamaron al palacio!”.
Miria parpadeó, confundida.
“?Qué… enfermería? ?Qué pasó… ugh!”. Una migra?a la obligó a agarrarse la cabeza. Sintió cosquilleos agitándose dentro de su conciencia, como si diminutas hadas estuvieran reconstruyendo sus recuerdos pieza por pieza.
Claro… estuvo ese accidente con el títere gigante, Bonnie… nos lanzó por los aires a Feralynn y a mí, y el director tuvo que intervenir…
“Por favor, recuéstese”, dijo Gloria, presionándole los hombros con una ternura maternal. “Debe estar terriblemente agotada”.
Miria obedeció, frunciendo el ce?o mientras volvía el recuerdo del combate en la arena contra los mu?ecos de entrenamiento animados. Su estoque de hielo perforando a cada uno con precisión quirúrgica. A diferencia de su compa?era, con la que se había visto obligada a cooperar, a rega?adientes, al final.
Feralynn…
Su mente pronunció el nombre como un pecado, como cenizas sobre la lengua. La humillación de ser salvada por ella. La burla cuando le devolvió el favor. Las miradas trabadas con la sangre hirviendo. Nunca se había sentido tan viva en combate.
Todas sus otras prácticas habían sido estériles, cuidadosas. Tutores con modales de porcelana y frialdad profesional. Sus labios la traicionaron, curvándose apenas ante ese golpe de adrenalina. Tanta… vida, en una sola sesión.
Sus pensamientos sobre su compa?era fueron interrumpidos por el pánico torpe de su doncella. Gloria rebuscó una bolsa de papel, respirando con fuerza dentro de ella, inflándola y desinflándola para que sus pulmones no colapsaran bajo los nervios.
“?Dioses, dioses, dioses!”, repetía la doncella. “Ni siquiera hace una semana que empecé a cuidarla y ya está en la enfermería en su segundo día de clases. Dioses, su padre me va a matar. Me va a cocinar viva y me va a comer con cubiertos de hielo”. Dejó caer la cabeza. “Estoy muerta… me van a despedir… nunca voy a encontrar trabajo en la ciudad. Voy a tener que irme, cambiarme el nombre…”.
Miria parpadeó, y luego sonrió con amabilidad. “Gloria. Nada de esto es tu culpa”. Una risita genuina se le escapó sin querer. “Fui yo quien insistió con la práctica. Lo que pasó fue un accidente, y el director nos ayudó”.
La voz dulce y refinada de la joven noble la calmó, aunque no del todo.
“Pero, pero su padre va a venir y la va a ver en cama y…”
La chica suspiró, mezclando alivio y tristeza. “Mi padre no vendrá, así que no te preocupes”. Su ojo se afiló, y su voz con él. “Además, esto solo demuestra quién soy”.
Gloria se quedó inmóvil un momento. Exhaló absurdamente fuerte, dejando que se evaporaran todos los escenarios imaginarios de Lord Frostweaver como verdugo de su empleo.
“Está bien… le tomo la palabra”.
Miria asintió, satisfecha de haberla calmado. La verdad era que solo quería que se callara. Apreciaba su presencia, su persistencia al servir pese a su torpeza. Pero la idea de tener una doncella personal no le terminaba de gustar. Prefería la soledad para concentrarse mejor.
“Gloria”, empezó, con sus modales practicados. “Tengo un poco de sed. Agradecería que pudieras traerme algo de beber de la máquina expendedora”.
La joven doncella asintió repetidas veces como un cachorro. “?Sí, enseguida!”.
Salió apurada de la sala. Miria cerró el ojo para descansar. Cuando escuchó que los pasos se detenían y volvían hacia ella, alzó la voz.
“?Segundo piso, por el pasillo izquierdo!”.
Los pasos se alejaron otra vez. Exhaló suave por la nariz, aliviada. Ya su mente redactaba frases, formulaciones alternativas, para explicarle la situación a su padre. Preparándose para la inevitable comparación con Gerard, que él nunca había terminado en la enfermería en su segundo día de clases, o algo así.
No quería pensarlo. Dejó que la cabeza se le hundiera en la almohada suave. La enfermería estaba silenciosa. En realidad, toda la escuela lo estaba. Miró el reloj de pared: 16:32. Tarde; seguro todos ya estaban en casa. Estudiantes de tierras lejanas, instalados en dormitorios dentro de los castillos de la escuela.
Era extra?o que no hubiera ninguna enfermera o médico. Se mordió la parte interna de la mejilla, sin saber qué más hacer.
Entonces, la cortina de la camilla vecina se abrió de golpe, revelando a una chica con el mismo uniforme escolar, mirándola con una mezcla de aburrimiento y leve fastidio.
“Buenos días, Frosty”.
Feralynn, con una ceja apenas arqueada. Su sonrisa ladeada estaba afilada de sarcasmo.
“Sabes, roncas demasiado fuerte para ser una princesa”.
Miria parpadeó, atónita.
"?Qué...? ?Blackwood?"
Un leve rubor le subió por las mejillas pálidas. Puso los ojos en blanco, giró la cabeza y fingió que los afiches de primeros auxilios en la pared eran mucho más interesantes que su compa?era de clase.
“No pensé que estuvieras aquí”, dijo, enmascarando la indiferencia.
“Oye, ?no te acuerdas de ese pu?etazo que nos dio ese bastardo gordo?”, Feralynn intentó incorporarse, gimió y volvió a desplomarse sobre su camilla. “Maldita sea… estamos hechas mierda…”.
Siguió un breve silencio incómodo. Miria se mordió más fuerte la parte interna de la mejilla. Por el rabillo del ojo vio a Feralynn robarle una mirada de costado, con la misma expresión inquieta que ella misma tenía.
“Oye…”. Al final, Feralynn rompió el hielo. Tenía la voz rasposa, y cada palabra le costaba más saliva de lo normal. “…No estuviste tan mal…”.
A Miria se le calentaron más las mejillas. Se giró de inmediato.
“Eh?”.
Fer tosió para aclararse la garganta. “O sea, allá. En la práctica. No estuviste mal. Supongo”.
Los labios de Miria se apretaron, y su único ojo visible se le abrió de incredulidad. Un cumplido honesto, incómodo, sin pulir, le había llegado por primera vez. La forma en que su compa?era luchaba por decirlo dejaba claro que era verdad, sin ninguna máscara de porcelana.
Tragó saliva. “Gracias…”, susurró, sin tiempo de vestir la voz como siempre.
Otro silencio incómodo.
“Tú también…”, a?adió, vulnerable. Luego inhaló profundo para volver a invocar su frialdad. “Aunque casi me quemas viva”.
“?Eh?!”, Feralynn, con las mejillas también rosadas, se inclinó hacia su lado. Las barandas de emergencia chirriaron con el movimiento repentino. “?Tú casi me vuelas la cabeza con una de tus flechas estúpidas!”.
“?Fue porque te metiste en medio de mis objetivos!”.
“Por el amor de… Te dije que yo podía con eso sola”.
“Sii, claro, como cuando ese mu?eco traicionero casi te deja plana por detrás y yo tuve que salvarte”. Cruzó los brazos. “No piensas nada cuando peleas”.
Fer se acercó más, sus voces subiendo tanto en tensión como en volumen. “Ese es mi estilo de pelea, y era mi práctica. No la tuya. Te lo mereces por meterte”.
Miria se inclinó hacia Fer, usando ambas sus camillas como torres de duelo, llenas de acusaciones y juicio. “Los directores me permitieron participar también. Aprende a ser más adaptable”.
“Lo dice la que no pudo detener el avance del escuadrón de escudos…”.
“Eres una…”, Miria se frenó. Suspiró, derrotada. El cuerpo y la mente estaban demasiado drenados para discutir con alguien tan inmadura como su compa?era. “?Tch…!”.
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Cerró el ojo, bloqueándola por completo. El cumplido de antes se agrió en un recuerdo medio amargo. Se sobresaltó cuando algo cayó sobre su regazo: una cajita de jugo de manzana. La tomó, desconcertada.
Miró a Feralynn, que bebía con el sorbete de su propia cajita. Tenía una expresión levemente fastidiada, pero esa era la cara de Fer.
“?Qué te pasó en la mano?”, preguntó Miria, preparando su bebida, sin molestarse en darle las gracias por el jugo.
Feralynn levantó la mano derecha, envuelta en un yeso marcado con tenues runas amarillas de milagro, casi invisibles sobre el material blanco. “Eh, quién sabe. Debe haber sido cuando le disparé a ese bastardo con mi bala de fuego”. Bajó la mano, mirándola con total desinterés, como si lesionarse fuera lo más normal del mundo.
"En fin, no es como si fuera tan importante".
“Buena flecha de hielo la que tiraste al final”.
Otro cumplido. Miria dejó de beber. Antes de poder agradecérselo otra vez, Fer lo arruinó con su acidez sin pensar.
“Si hubieras disparado así desde el principio, no habríamos terminado así”.
“…Eres insoportable, Blackwood”, replicó la noble.
“Lo sé, Frosty”. Feralynn sonrió con malicia satisfecha. Bebió otra vez. “Bueno, lo bueno es que ahora tengo la excusa perfecta para no hacer tarea”. Se le escapó una risita. “Supongo que Annya va a tener que hacerla por mí…”, murmuró por lo bajo.
Miria frunció el ce?o, lanzándole una mirada de costado, decepcionada. Le daba rabia que Fer tuviera una amiga que de verdad se preocupaba por ella, solo para que lo dijera con tanta ligereza. “?En serio vas a usar como objeto a la única amiga que de verdad se preocupa por ti?”. Su ojo se afiló. “Patético”.
Feralynn solo se encogió de hombros, el insulto resbalándole como agua sobre piedra. “Oye, yo solo puedo escribir con la mano derecha. No es que tú lo entenderías”. Otro sorbo. “Seguro eres tan buena en todo que podrías escribir cursiva con los pies mientras estás vendada de los ojos”.
…
La frase fue difícil de interpretar. Envidia, celos, resentimiento. Sabía que era uno de esos, o todos mezclados, filtrándose por la naturaleza de Fer, la misma naturaleza que la había enfrentado de frente sin dudar desde ayer.
“?Por eso eres así conmigo? ?Porque soy buena en muchas cosas?”.
La pregunta congeló a Feralynn sin necesidad de un guante catalizador. Dejó de succionar las últimas gotas de jugo. Los labios le temblaron un poco, peleando por mantenerse cerrados.
“No… Es solo…”. Apartó la mirada, con la guardia totalmente baja. “Cállate…”.
Una vez más, el silencio de la enfermería fue insoportable. Lo que debieron ser unos minutos de charla mínima en camillas médicas se estiró en horas de las que querían escapar.
“Tu papá no va a venir, ?no?”, preguntó Fer, con la voz dolida. “…?Te llevas tan mal con él?”.
El tono fue genuino. Sin burla, sin bravuconería. La noble notó cómo la mirada de la chica de ojos rojos se bajaba.
“Es… complicado”.
“Entiendo, no te preocupes…”
La respuesta hizo más que captar su atención. Ambas llevaban cicatrices en el cuerpo que mantenían ocultas, pero con esa sola palabra Miria vio a una Feralynn despojada, vulnerable. Luchando con problemas cada vez más parecidos a los suyos. Una semilla silenciosa de empatía mutua echó raíces.
“Esto es tuyo”. Fer sacó una vincha azul de debajo de la manta. “Estaba en el suelo cuando desperté, así que la levanté”. La giró entre los dedos.
Miria soltó un jadeo de horror y sorpresa al ver su preciada vincha en manos de una chica tan destructiva. “?Devuélvemela!”, ladró, incapaz de contener la voz. Fer, sobresaltada un instante, se la devolvió de inmediato.
Feralynn observó cómo Miria la limpiaba con un cuidado obsesivo, quitándole cada pelusa, antes de ponerla de vuelta donde pertenecía, en su cabello plateado. Exhaló con fuerza, aliviada, como si hubiera recuperado una extremidad perdida.
“La verdad, no entiendo por qué algunas chicas usan esas cosas”, comentó Fer, mirándola como si fuera un alien por atesorar una simple vincha azul. “Annya también usa una. Nunca se la saca”.
“Son las vinchas que se les da a las Palomas de Elerya”. Sonrió, recordando momentos más dulces del pasado. “Era de mi madre cuando iba a la iglesia. Me la dio en mi quinto cumplea?os”.
Ahora fue Feralynn quien vio una vulnerabilidad genuina en su compa?era. “Debes quererla mucho, ?no?”. Una sonrisa tenue le cruzó los labios mientras la miraba de reojo.
Miria asintió en silencio. Muy despacio. “La quería”. El tiempo pasado dejó el contexto dolorosamente claro. "Sí, claro que la quería..."
“…”
Se dio cuenta de que había pisado terreno delicado. Hielo delgado, y en específico, el de su alma.
“Lo siento”.
“No hace falta. Pero… gracias”.
“?Por qué?”, preguntó Fer.
“?Hm? ?Por qué qué?”.
“?Por qué viniste a la práctica cuando Chappi me llamó?”.
“…”
La verdad era que ni ella podía explicárselo. Se apretó los nudillos contra la manta, la garganta espesa con una mentira orgullosa lista para salir. Pero era inútil, no le salían palabras. No se formaba ninguna lógica.
“Porque… quería hablar contigo”. Lo forzó a salir tras una larga lucha. “Quería hablar, pero siempre estás con tu amiga y yo…”.
“…”, Fer no dijo nada, con la boca casi entreabierta.
“Simplemente no pensé. Actué por impulso”. Se rió nerviosa. “Solo quería hablar y… y no sé. Pensé que así iba a llamar tu atención más rápido”.
El corazón de Feralynn dio un golpe. Se le cerró la garganta, y por primera vez, no por algo malo. Parpadeó rápido, lista para preguntar más, pero…
BAM!
La puerta de la enfermería se azotó al abrirse, haciendo que ambas se sobresaltaran. Miria se subió la manta hasta taparse media cara, escondiendo el rubor feroz. Feralynn, en cambio, apuntó con la mano sin yeso como si fuera una pistola, el calor crepitando mientras preparaba una bala de fuego.
“?Fer! ?Estás bien?! ?Tu mano! Ay no, no me digas que volviste a golpear una pared!”.
Annya, fuera de uniforme, todavía llevaba el delantal de la panadería, con harina y azúcar pegadas en los bordes. Se lanzó como salmón al agua hacia la camilla de su amiga. A Fer le zumbaban los oídos con su voz chillona y dulce, disparando mil preguntas preocupadas por segundo.
“?Sí, sí, sí!”, gru?ó Fer, agotada. “?Estoy bien, solo deja de gritar tanto!”.
Annya se giró hacia Miria. A la noble se le abrieron los ojos al verse atrapada escondiendo la cara roja como una ni?a. Se recompuso rápido con su formalidad habitual, aunque los labios le temblaron apenas.
“Oak”, saludó con rigidez. “Un placer verte de nuevo”.
“Um…”, Annya parpadeó, confundida, mirando de Miria a Fer. De vuelta a Miria. Luego Fer otra vez. Percibió algo invisible e incómodo entre ellas. “?Lady Miria? ?Por qué está con Fer?”. Miró a su amiga. “Pensé que solo te habían llamado para la práctica”.
“Oh, bueno…”.
“La ni?a rica se puso celosa y se metió”, la interrumpió Fer, con los brazos cruzados, la mirada desviada. “Smiley invocó un maldito gigante y lo derrotamos”.
Los ojos azules cálidos de Annya se iluminaron. “?Un gigante?!”. Aplaudió junto a la cara, radiante. “?Eso significa que trabajaron juntas por primera vez!”.
El recordatorio golpeó a ambas como una cachetada suave, obligándolas a apartar la mirada.
“Tch…”.
“…Eh… sí, supongo…”.
En ese momento entró Gloria tropezándose, cargando bolsas de distintos tipos.
“Lady Miria… haah… yo… yo traje las bebidas”, jadeó, apoyándose en las rodillas. “…E-Esta… huff… esta escuela es… haaah… enorme… me perdí…”. Logró sonreír. “No sabía qué traer, así que traje una de cada cosa”. La bolsa venía hinchada de latas, botellas y cajitas de jugo.
“?Oh! Yo traje galletas”, sonrió Annya, sacando una bolsita linda, y el olor dulce de chispas de chocolate y vainilla llenó la sala.
Gloria se atrevió a probar una y gimió de placer ante la masa suave y tibia.
Feralynn y Miria intercambiaron una mirada. Una risa torpe, temblorosa, les curvó los labios a las dos. Miria pareció decirle telepáticamente: "Así que tú también tienes una criada, eh…"
“Tu mamá está aquí”, le dijo Annya a Fer. “Creo que está hablando con los directivos”.
Fer se mordió la parte interna de la mejilla. “Mierda…”.
Annya solo se encogió de hombros, resignada. “Quizá no sea algo malo”. Le dio otra galleta a Gloria, que estaba ayudando a Miria a incorporarse en la camilla para compartir. “Mi mamá está en el auto. Cuando terminemos, podríamos ir a un café. ?Qué te parece?”.
“Lo que sea, mientras ella no esté ahí”, Fer le lanzó una mirada a Miria, y Miria le devolvió veneno con el ojo.
Romina entró a la sala después, saludando a Annya y a Gloria con cortesía.
“Bueno, miren nada más! Nuestras dos peleadoras quedaron hechas polvo”, dijo con un gui?o. “Menos mal que Frankie no está aquí para curarlas. Ese tipo es un zombi, literalmente”. Se puso un solo guante catalizador. “Bien, Enfermera Romina al rescate…”.
Su guante brilló con luz dorada, runas religiosas grabadas en un peque?o anillo de resplandor que controlaba en la palma. Se acercó a Miria con la mano extendida. La chica de cabello blanco quedó ba?ada en ese brillo dorado suave. Miria sintió su fuerza vital regresando, los moretones doliendo menos, el cuerpo reparándose. Sonrió. Para ella, era como el abrazo de su madre. Mejor que hundirse en el ba?o tibio cada ma?ana. Cerró el ojo para saborear el ba?o de luz.
Romina se movió hacia Feralynn, con el mismo hechizo en la mano. Fer solo puso los ojos en blanco y los cerró, esperando la curación para poder irse a casa de una vez.
BAM!!!
“UGH-NGH…!”
Sintió la palma estrellarse contra su abdomen como una bala de ca?ón, arrancándole el aire de los pulmones. Abrió los ojos y vio a Romina, severa y furiosa.
“Esta es la última vez que te quitas los guantes en combate”, advirtió. “?Mira tu mano! Casi la haces pedazos con ese hechizo de pistolita tuyo!”.
"Uuughh...Profesora..."
"Se lo juro, se?orita, la próxima vez le pego a usted más fuerte."
Annya se rió con nervios. “Um… Profesora Romina, creo que la está lastimando”.
La profesora suspiró. Volvió a presionar la palma contra el abdomen de Fer y recién entonces se expandió la luz dorada del milagro curativo, llenándola de maná y fuerza, aunque los ojos se le aguaron por el golpe.
Feralynn se incorporó, frotándose el estómago dolorido. Le fulminó con la mirada a Romina, pero la profesora solo negó con la cabeza. Le revolvió el cabello negro en una caricia brusca. “Controla tus garras, leona. O vas a terminar viviendo en esta enfermería”, dijo, ahora con más ternura.
Miria y Fer se pusieron de pie, cada una ayudada a levantarse. Romina las observó desde la puerta.
“Nada de práctica para ninguna de las dos por una semana”, declaró con firmeza. “Se van a sentar en la banca y van a tomar apuntes”.
Feralynn gimió en protesta derrotada. Miria cruzó los brazos y se dio vuelta, furiosa.
“Vayan. Las dos. A casa. Necesitan descanso”. Miró a Fer. “Sobre todo tú. Nada de balas de fuego”. Salió de la enfermería, y los demás juntaron sus bolsas y cosas para irse.
Feralynn estaba por seguir a Annya, que ya había salido. Se quedó clavada en la puerta y giró un poco para mirar hacia atrás a Miria. Las dos se congelaron, esperando que la otra se moviera, que reaccionara.
“Chau…”
Un adiós áspero, con una media sonrisa torcida tirándole de la comisura. Alzó la mano, pesada como concreto en ese instante preciso.
Miria copió el gesto, en silencio, viéndola ir con el más leve asentimiento. Se quedó callada, repasando cómo se habían visto obligadas a cooperar durante toda la práctica. Bajó la mirada, sin saber qué pensar o sentir. Gloria se acercó y le tendió el abrigo.
“Si me permite, Lady Miria”, empezó la doncella con suavidad. “Creo que ustedes dos algún día podrían volverse muy buenas amigas”.
La posibilidad le arrancó una sonrisa sin darse cuenta. Parpadeó, sobresaltada por lo que sus labios se habían atrevido a formar sin permiso. La borró al instante.
“Ni en sue?os”. Decidió con firmeza, frotando una y otra vez el rastro de esa sonrisa cuando intentaba volver.
…
…
…
?

