—Andrew Graves, dieciséis a?os, nacido en 2068 —el comandante Rex hablaba con ese tono plano, libre de emociones, mientras revisaba su historial—. Has mantenido un régimen impresionante, pero lejos de ser el mejor. Tu comportamiento es bueno, pero podría ser mejor.
Andrew se puso firme en su asiento. No podía evitarlo: los elogios siempre venían antes del rega?o. Miró a su alrededor con nerviosismo. Toda la oficina estaba llena de fotos del comandante Rex en misiones por todo el mundo. Sobre el escritorio, destacaba la imagen de su hijo —que legalmente era también su hermano o algo parecido, porque su madre era la madrina—.
—Pasas tres meses al a?o en esta institución. Otros solo pasan uno. En tu grupo solo hay treinta reclutas. Tienes iniciativa.
Una sonrisa rebelde asomó en el rostro de Andrew. Iniciativa. Una buena manera de decir que le daban el doble de tareas y el doble de horas de entrenamiento.
—Pero desde hace dos a?os te has unido a los alborotadores que van al centro femenino —el comandante Rex mantenía la misma expresión impasible. Andrew se mordió el labio. Esto realmente era una pérdida de tiempo—. Desde espiar cuando hacen ejercicio, hasta conversar con algunas reclutas o ser parte de las operaciones para robar ropa interior.
Con todas sus fuerzas, Andrew trató de mantener la mirada, pero el suelo le parecía mucho más seguro. No es mi culpa que Ashley esté en el campamento. Tengo que vigilarla, hablar con ella, ver si está bien.
—Estos actos quedarán registrados en tu historial. A diferencia de otros, tú aguantas los castigos y, según mi información, tienes una sección de castigo en minutos. Puedes retirarte.
Claro que aguantaba los castigos. No tenía ganas de ser humillado en público por fallar. Salió de la habitación sin mostrar mayor emoción, con los músculos ya preparados para las horas de disparar escopetas. En el camino, muchos lo saludaban o le ofrecían refrescos. Alcanzó uno al aire, rodó los ojos ante el gesto y bebió. El sabor artificial a manzana lo golpeó como un camión… refrescante, pero artificial.
Andrew suspiró. Siempre era él quien asumía los castigos para que los demás idiotas se sintieran en deuda. La venta de ropa interior o fotos de las chicas era una economía clandestina, un intercambio de contrabando bastante estúpido. Pero Andrew se aseguraba de cobrar un "impuesto" por ser el cerebro del asunto. Las chicas, por su parte, siempre devolvían el golpe con bromas pesadas. Obviamente, Ashley también pedía su ayuda para humillar a otros.
Robar ropa interior o fotos era un sacrificio que estaba dispuesto a hacer si con eso conseguía aliados, aunque más de una vez alguien ponía a Ashley o a Julia en el objetivo y él tenía que romper cabezas.
Al llegar al campo de tiro, se encontró con Wesker, un hombre sorprendentemente hablador para alguien a quien los chilenos le habían cortado la lengua en una misión. Andrew soltó una risa ahogada al recordar el rumor de que se la había comido por accidente. Esa risa le valió un disparo de advertencia que silbó cerca de su oído y, para su vergüenza, lo hizo tropezar y besar el suelo.
—Graves, este es el último día. Lo pasarás conmigo y, créeme, no saldrá de aquí con los brazos funcionales —una voz metálica salió de un altavoz. Andrew se preguntó por qué no se compraba una lengua nueva, si podía conseguir un brazo cibernético, una lengua no sería nada.
Con el ce?o fruncido, tomó la escopeta militar, se posicionó con firmeza, fijó la vista en los blancos móviles y comenzó su castigo.
Cuando disparó, todo pareció desvanecerse. Era tan calmante que, si no fuera porque sus brazos ardían como si hubiera hecho mil flexiones sobre un horno, esto sería mejor que el alcohol. Al terminar, dejó el arma con su récord constante de seis aciertos de cada diez blancos, mantenido durante dos horas.
—Cuídate, ni?o. Si alguna vez trabajamos juntos, te juro que… —Andrew se alejó con paso firme, sin terminar de escuchar. Su castigo era disparar escopetas, no escuchar a un viejo. Además, había gente observándolo; un poco de rebeldía fingida debería bastar para alimentar los chismes.
A la salida del campamento estaba su madre, hablando con Ashley… o, más bien, Ashley saltaba y giraba mientras su madre asentía con esa mirada que parecía ver más allá de todo. Como siempre, la peque?a Julia estaba detrás de Ashley, casi escondida.
—?Vamos, Andy, es hora de irnos de este lugar de mierda! —Ashley, con su tono chillón, le hizo temblar el párpado. él era Andrew, no Andy. Su madre seguramente lo había notado —ella lo notaba todo—. Detente. Contrólate.
—H-Hola, Andrew —un saludo tímido de Julia que Andrew apenas registró, limitándose a asentir mientras ella subía al autobús. Ashley, sin perder tiempo, se montó en su regalo para que su madre pudiera encender la moto.
Mientras el desierto se abría ante ellos, Andrew se preguntó por qué las mega corporaciones habían pensado que era buena idea lanzar químicos para destruir la tierra y, para empeorar las cosas, unos rusos de mierda lanzaron un misil que causó huracanes.
—?Qué ves, Andy? Cuando volvamos tenemos muchos juegos que hacer. Escuché que en el centro comercial hay una rampa nueva —la voz cantarina de Ashley le recordó a Andrew que debía pensar en cómo evitar que los expulsaran de ese centro comercial, otra vez.
—Andrew piensa que los chinos, los rusos y las corporaciones son idiotas —la voz grave de su madre le dio escalofríos. Además, había acertado. Aunque, técnicamente, los rusos ya no existían… o algo así. Debía repasar historia política o ver las noticias para encontrar algo coherente.
El silencio del viaje fue llenado por Ashley hablando sin parar: del sudor, de tonterías, de planes para causar caos. Estuvo bien; Andrew solo tenía que vigilar que esos planes no se convirtieran en problemas reales.
En casa, su madre fue directo a la cocina a preparar café con leche. Andrew disfrutaba mucho del chocolate, pero Ashley gastaba demasiado haciendo sus helados cremosos. La primera vez que lo hizo, nunca había visto a su madre tan enojada, como si fuera a partir a Ashley por la mitad. Aunque solo terminó destrozando la puerta y parte de la pared.
Se detuvo justo cuando estaba a punto de tocar a Ashley… bueno, a Andrew, porque él se interpuso instintivamente frente a una soldado cyborg. Por suerte, no pasó nada grave, pero desde entonces su madre compraba más chocolate para que Ashley hiciera sus helados, aunque eso significaba guardar su propio chocolate bajo llave.
Ashley se fue a ba?ar y él la siguió al ba?o. Su hermana jugueteaba, obligándolo a limpiarle el pelo. Se preguntó cuándo se cansaría de esto.
—?Sí, admírame, soy Afrodita! ?Mi belleza es divina! —los gritos de Ashley le resonaban en los oídos mientras se secaba—. ?Mortal, habla! Te dejé la lengua.
—Oh, gran diosa, tu belleza me deja ciego soy una simple escoria humana—sonrió, con el cuerpo relajado incluso después de una ducha fría. El bufido que ella soltó le confirmó que la peque?a diva devoraba su adoración—. Aunque ese trasero regordete tuyo me dice que las hamburguesas son muy buenas amigas.
Los pellizcos no tardaron en llegar, a pesar de haber usado su mejor labia artística. Qué exigente, pensó, mientras Ashley salía del ba?o con aire de triunfo.
Dejó que ella se cambiara primero. Dios, su hermana lograba verse bien incluso con un simple suéter rosa de manga larga y unos jeans negros. Y la peque?a diva lo sabía.
—Y bien, Andy. ?Te gusta lo que ves? Soy la máxima sensualidad —la peque?a demonio giró sobre la punta del pie, ladeando la cadera, y levantó los brazos como si sostuviera pesas.
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—?Jajajaja! —Se dejó caer en el sofá, dominado por una risa que no podía contener, tapándose la boca en un intento inútil—. Estás bonita, Ash, pero la escuela de mimos te expulsó, ?verdad?
—Cuídate, Andy. Ponte ropa. La tonta de Julia tiene un ‘problema de chicas’ que solo yo puedo resolver —le sacó la lengua antes de salir del cuarto con un paso resonante. Andrew se puso unos jeans y una camisa a cuadros, y al sentarse en el sofá disfrutó del silencio que lo envolvía mientras veía su programa favorito, Inktoon.
—Entonces, ?cómo está mi Andréssss, hijo mío? ?Ya pensaste en mi oferta? —Saltó del sofá al escuchar a su padre, cuya sonrisa pícara parecía anunciar un gran premio.
—Padre, deberías estar en la oficina —Andrew sostenía un cigarrillo y se preguntó si en su familia alguien lo llamaría alguna vez por su nombre. Al ver los ojos de su padre, supo que disfrutaba molestándolo. De tal padre, tal hija.
—Ya tienes dieciséis a?os, hijo mío. Estoy seguro de que alguna dama te espera en algún lugar. Además, Ashley te dará un escarmiento por fumar; sabes que no le gusta —su padre rio por lo bajo, como si supiera algo que Andrew ignoraba. él puso los ojos en blanco, aunque entendía la indirecta: a su edad, tener novia era lo normal.
Su padre se fue como vino, sonriendo con un paso silencioso, dejando a Andrew sumido en dudas. El objetivo era obvio: Julia. El problema sería Ashley, a quien no le gustaría nada eso… Dejó caer suavemente la cabeza contra el respaldo del sofá. Otro problema.
La oferta de trabajar con su padre no era mala idea. Ganaría dinero, aprendería cosas de abogacía y, de paso, podría ver a Ashley practicar rock. Su padre la entrenaba desde los nueve a?os. Recordar aquellas horas de entrenamiento, en las que él había tenido que estar sin ella, era interesante; verla ahora le hacía lamerse los labios.
Sus últimos días de vacaciones transcurrieron entre hacer tarea, jugar con Ashley, hablar con Amigo B y Amigo A, e incluso con Gilipollas, quien por alguna razón siempre los seguía.
De vuelta en la escuela, retomó la rutina de siempre: llevar a Ashley a sus clases cuando podía, jugar con ella y con Julia en el recreo cuando era posible. No almorzaban juntos, porque a Ashley le gustaba comer en la mesa con Julia y sus chismes.
A su alrededor, las parejas florecían y los dramas también: idiotas que peleaban por Clara, dos chicas en una lucha de gatas por un tipo, un hombre que jugaba a dos bandas.
—Oye, norte?o, escucha bien —Gilipollas lo sacó de sus pensamientos con su voz grave, lanzando una carta de ‘quita dos’ para ganar la partida.
Estaban en el patio de recreo un jueves, con Julia y Ashley a la vista. Ambas jugaban en sus consolas.
—Mira, sé que están guapas, pero colega, espérate a estar en tu casa —cómo Gilipollas podía decir tonterías mientras sonreía era un misterio.
—Colega, eso no se dice. Una es su hermana y la otra… escuché que después de cortarse, ya sabes, después se masturbaba —Andrew no entendía por qué Amigo B se había vuelto tan chismoso, ni cómo se enteraba de esas porquerías.
—Na, yo escuché que son lesbianas y tienen sexo con tijeras —y Amigo A… Andrew hubiera preferido que se quedara como el músculo, pero se había convertido en un chismoso a tiempo parcial.
Andrew se desconectó de la charla. Que Ashley fuera pareja de Julia… no lo creía. Ashley se lo diría; no lo ocultaría, era demasiado testaruda para eso. Pero esto le daba más razones para salir con Julia: eliminaría rumores, conseguiría una novia y, tal vez, podría comenzar a ser Andrew, y no solo "Andy". Quién sabía, tal vez tener novia era justo lo que le faltaba.
Mientras pensaba en cómo conseguir mejores amigos, Andrew comenzó a notar que Julia tenía una apariencia bonita: pelo negro, un busto generoso —por evitar pensamientos vulgares—, una sonrisa y unos ojos amarillos muy adorables, como si tuviera que alejarla de todos los males.
Ya en casa, se preguntó si eso sería amor. Aunque Ashley tampoco era fea, se recordó que Julia siempre mantenía una rutina llevándola a todas partes.
Se levantó del sofá al ver llegar a Ashley con Julia detrás, riéndose de alguna tontería infantil. Para su pesar, una sonrisa de oreja a oreja se dibujó en su rostro, y la peque?a diva le devolvió la expresión.
—Vamos, Andrew. Es hora de “Ashley, Andrew y Julia en el búnker de los horrores” —anunció la peque?a mujer, sacando helados cremosos de chocolate. Andrew tuvo que admitir que eran deliciosos. Julia comía el suyo mientras le lanzaba miradas extra?as a Ashley, quien la abrazaba por la cintura.
Vale, Andrew podía ver por qué existían los rumores de que eran lesbianas. Ashley contó que había encontrado un búnker de la Primera Guerra Corporativa y sentía que debían investigarlo; según ella, había algo malo. Un escalofrío lo recorrió.
—A-Ashley, ?es neces-ario tener arm-as? Andrew, ?realmente es necesario? —la voz tímida de Julia sonó mientras Andrew y Ashley revisaban las armas sobre la mesita de la sala.
—Tonta Julia, regla número uno: nunca salgas sin un arma —Ashley desmontó la pistola para limpiarla. Andrew asintió. Su madre había sido muy clara; había sido un momento intenso: no solo portarla, sino esconderla, moverse y desenfundar—sabes muy bien que siempre la llevo en mis pantalones además tienes todo en tu bolsa no?
Andrew llamó a su padre por teléfono y, por suerte, este le respondió que podía usar el auto. Con eso asegurado, y tras ver que Julia sabía manejar un arma aunque con temblor y Ashley metiendo dulce en la bolsa de Julia, se dispusieron a salir.
—Entonces, ?cómo estás, Julia? Ashley te ayudó con tu problema —ya en camino, Andrew observó cómo Julia gemía o chillaba.
—Sí, todo bien, excelente. Fue increíble. ?Y tú, cómo estás? —Julia jugueteaba con sus dedos y su voz se quebraba. Andrew sonrió al recordar cómo su tono variaba, desde romper ventanas hasta resucitar muertos, tan grave como podía ser.
—Shhh, eres muy ruidosa, aunque… agárrate, esto es muy divertido. O verte retorcerte —Ashley interrumpió con su voz vibrante. Se miró en el espejo retrovisor con esa sonrisa pícara que nunca abandonaba su rostro con forma de corazón. O, mirando mejor, el rostro de Julia era más redondo, aunque aún conservaba esa forma.
Andrew alzó una ceja. ?Qué pasaría en esas peque?as escapadas de chicas? Siempre se lo había preguntado, y Ashley lo sabía, pero no le preguntaría. Si quería jugar, él ganaría.
—No debemos hablar de eso —Julia intentó hablar en voz alta, pero Ashley solo se rio del intento. Andrew la acompa?aba; era como una gatita asustada—. Jane me abruma. No ve que ya soy grande, tengo catorce a?os.
Andrew se relajó mientras escuchaba a las chicas hablar, dando su aporte de vez en cuando. Conducir, viendo las calles y a la gente metida en sus asuntos, hacía que todo pareciera ridículo. Ashley tenía una amiga, tenía el rock, estaba creciendo. Claro, seguía siendo una mocosa, pero su mocosa rumbo. Julia no parecía nada mal: era bonita, amable, con un busto que rebotaba con el movimiento del auto… y la curiosidad de probar una cubana lo asaltó.
Se detuvo frente a un viejo edificio de apartamentos abandonado y revisó su pistola. Le lanzó una mirada a Julia para calmarla y compartió una mirada con Ashley. Una sonrisa creció en su rostro, respondiendo a la de ella. Esto sera divertido.
Al entrar, el olor a orina los golpeó. Andrew avanzó hasta la recepción, solo suciedad, sábanas y carritos de supermercado a la vista. Vagabundos cerca, pensó. Ashley indicó una formación triangular, un brazo de distancia entre ellos.
El edificio era una ruina. Una cascada de agua caía desde los pisos superiores, formando charcos negros en el suelo. Andrew escuchó una broma de Ashley, pero el aire, más allá del olor a orina, estaba extra?amente quieto. El agua negra, que debería apestar, era una masa oscura e inodora. Julia tomó el resto de una silla y lo acercó a un charco; la madera comenzó a derretirse.
Andrew apretó el arma, conteniendo la respiración. Sin nervios, mantener la imagen. Ashley sonreía, pero había puesto a Julia en el centro de la formación.
Avanzaron pegados a la pared, esquivando escombros. Una se?al de Ashley los hizo detenerse. Se ocultaron tras una pared derribada. Por el rabillo del ojo, Andrew distinguió hombres con túnicas, armados.
—Esas armas son más grandes que la tuya, Andrew —susurró Ashley, burlona.
Andrew chasqueó la lengua. Buen chiste. Y ahora usaba su nombre.
La retirada estaba bloqueada por escombros. Los hombres se acercaban. El sudor le recorría la nuca. ?Disparar? Es matar. Pero quizás solo sean guardias de seguridad... Si se presentan, tal vez no pase nada.
—?Viste el juguete que le mostré a Rick? Esa vagabunda gritó con mi ca?ón en el culo —oyó decir a uno.
Asesinos de vagabundos. Piel de gallina. Si los dejaba pasar, Ashley y Julia serían las siguientes.
Sin pensarlo, rodó y disparó. Dos disparos más resonaron a su lado. Dos cuerpos cayeron.
Silencio. Con la garganta seca, miró a Ashley, quien asintió. Revisó los cadáveres: AK47, cargadores, folletos.
—Las de ellos son para hacer ruido; la mía es para terminar el trabajo. Al final, lo que cuenta es quién vacía el cargador primero —dijo Andrew, con una sonrisa algo tensa pero ingeniosa sobre los cuerpos. Ashley le sacó la lengua; Julia, pálida, negaba.
Volvieron a cubrirse tras las barricada.Ashley tomó el folleto de sus manos; estaba en francés.
Por suerte, Ashley sabía francés. Andrew, sinceramente, nunca había logrado aprender mucho de su padre; solo recordaba algunas frases sueltas.
—Es un culto de mierda y nos va a follar el culo —resumió secamente. Según ella, era la primera parte de folleto era una invitación a un club de "super machos".
—Chicos, tenemos un problema —la voz temblorosa de Julia los hizo girar.
El camino por dónde vinieron estaba sellado por una masa pulsante de carne y hueso que crecía por los huecos y las paredes.
?—Olvídate de la cruz; eso no detiene a tipos como Rick. Dios nos dio pistolas por una razón, ?no? Si queremos ver el sol otra vez, hay que seguir amontonando cuerpos —dijo ella, con una calma que daba escalofríos..
Andrew no la culpaba. Ver cómo la carne y la sangre brotaban de las paredes no era algo de todos los días. Pensó que debía haber una explicación lógica, que debía existir una salida debe sacarlas de esta mierda y tal vez ir a la iglesia
Fin.

