Día 93
Gazazo supo que algo había pasado cuando unos sirvientes llegaron a su casa interrumpiendo su almuerzo tardío. Sus miradas acusadoras y la rigidez en sus posturas le dijeron, sin necesidad de palabras, que se había metido en problemas. Con un suspiro ahogado entre dientes, dejó el plato de gusanos fritos a medio comer y, sin prisas pero sin pausa, se vistió con su haori azul, tomó sus armas y se dirigió al fuerte.
Fue guiado hasta una habitación amplia, cuyas paredes estaban perforadas por numerosas ventanas que arrojaban sobre el interior una luz baja y dorada, dotando al espacio de una tonalidad crepuscular perpetua. En el centro, una mesa semicircular de madera oscura dominaba la estancia. En ella estaban sentados todos los "ni?os" de Namys, con la propia matriarca en el centro. Su mirada, experta en detectar amenazas, identificó de inmediato a una elfa desconocida junto al peque?o monje Nasal.
Las miradas que recibió fueron un abanico de emociones silenciosas: el aburrimiento distante de la joven Neia, la fría ira del peque?o se?or Narel, la calma impasible de Namys y la curiosidad serena de Nasal.
Gazazo no era ciego. Había sillas para todos menos para él. Sin inmutarse, ignorando el desafío implícito, se sentó directamente en el suelo de piedra fría, con la espalda contra la pared. Dejó que un rayo de luz anaranjada que entraba por una ventana lo ba?ara, concentrándose en las motas de polvo que danzaban en el aire, e ignorando deliberadamente el peso de las miradas élficas sobre él.
Con el paso de los minutos, una sensación de incomodidad e inseguridad comenzó a llenarlo. Los elfos no hablaban. Ellos siempre hablaban, llenando cada espacio de silencio con palabras melifluas o discursos elaborados. Este mutismo era antinatural, un vacío cargado de significado que no lograba descifrar. ?Qué está pasando?, pensó, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en sus hombros.
—Gazazo —rompió el silencio la voz clara de Neia—, durante los últimos dos meses has cumplido múltiples misiones que salvaguardan los intereses de los presentes. —La elfa hablaba con un tono y una expresión estoica, leyendo de un pergamino una lista de sus haza?as más sangrientas: la eliminación de un barrio entero para contener una plaga, la purga de un asentamiento de cultistas... Gazazo sabía que algún día pagaría por esos pecados, pero la elfa solo leía los hechos con frialdad, subiéndose los lentes con el mismo movimiento elegante y repetitivo cada vez que estos amenazaban con resbalar de su nariz.
—Según la información que nos proporcionaste, conoces a un maestro roba-rostros. ?Es verdad? —Esta vez fue Nasal quien habló. En comparación con la tensión de sus hermanos, él parecía tranquilo, incluso esbozaba una sonrisa leve y enigmática cuyo motivo se escapaba de la comprensión de Gazazo.
—Eso es correcto. Es un hombre llamado Rick Warren —respondió Gazazo, su voz un rumor grave que cortó el aire quieto. Ya se estaba haciendo una idea de lo que buscaban y mentalmente se preparaba para defender al idiota de su antiguo socio, aunque, considerando que su última información sobre ese hombre era que había exterminado un campamento Tauren para que su culto se apropiara de sus rostros, la tarea se antojaba complicada.
Un silencio espeso acogió de nuevo la habitación. Los elfos comenzaron a cuchichear en voz baja, pero Gazazo tenía oídos muy agudos y se alegró de que lo olvidaran temporalmente, aunque dudaba que Namys, cuyos ojos parecian verlo todo, hubiera pasado por alto nada.
Los murmullos que captó eran extra?os, hablaban de "semillas de Crydol", del "culto Manada Ardiente", de "ubicaciones"... Gazazo admitió, para su vergüenza interna, que estaba tardando demasiado en conectar los hilos. Hasta Namys le lanzó una de sus miradas penetrantes, cargada de impaciencia. La mini-Namys, Neia, abandonó los murmullos para refugiarse en la lectura de un libro peque?o.
?Pero qué decir?, se preguntó. Le están pidiendo una misión sin decirlo abiertamente. ?No puede decir "acepto"? Tal vez hay alguien escuchando o es una prueba de mi capacidad para manejar estas situaciones.
—Ofofofofof —una tos falsa y forzada salió de su garganta, llamando la atención de todos los elfos. Sintió sus palmas sudorosas bajo la máscara y tragó saliva con dificultad—. Yo... iré a... buscar información... de... este criminal. Para traerlo ante la justicia.
Sabía que su inicio había sido patético, pero esperaba que fuera suficiente para que los elfos entendieran que él se encargaría de que ese hombre pagara por lo que sea que hubiera hecho para enfurecer a Namys. La matriarca solo asintió con la cabeza, un gesto leve pero cargado de autoridad.
—Ese hombre es un criminal. Cázalo con todo el peso de la justicia que puedas conseguir —su tono de voz era grave, casi un zumbido de amenaza. Tenía las manos apoyadas sobre la mesa en una postura rígida. Gazazo notó que no dijo "ley", sino "justicia". Y eso le daba un margen de acción muy útil, aunque aún no entendía por qué Namys le había dado indirectamente información sobre la Manada Ardiente. Pero lo que la matriarca ordenaba, se cumpliría.
Sin mediar más palabras, Gazazo se levantó del suelo con un movimiento fluido y se retiró con un respetuoso asentimiento dirigido exclusivamente a Namys, ignorando al resto. La puerta se cerró a sus espaldas, dejándolo solo con el eco de las palabras no dichas y el peso de una nueva misión sangrienta.
Gazazo, viendo la oportunidad, corrió hacia el templo. Como esperaba, solo había peque?as sirvientas de templo, y ninguna podía detenerlo. Su cuerpo, por fin, sintió cómo las llamas de Togaz lo envolvían, no con agresión, sino con una calidez familiar que parecía reconocerlo. Con determinación, Gazazo traspasó el umbral del santuario y se postró ante el capullo de flores donde su Cabo dormía.
De inmediato, su cuerpo entero se tensó. Un grito de dolor se ahogó en su garganta cuando una fuerza invisible lo aplastó contra el suelo frío de piedra. No importaba cuánto lo intentara, levantar siquiera un dedo era imposible. Sin embargo, para su propia perplejidad, el pánico no llegó. Claro, la sensación de que sus músculos se convulsionaban y se negaban a obedecerle no era agradable, pero había una extra?a calma en el fondo.
Gazazo sintió como si su cuerpo se volviera de arcilla pesada y húmeda. Sus músculos, antes tensos por el dolor de sus heridas mal curadas, empezaron a ceder de una manera antinatural. Era como si fuera cera derritiéndose frente a una llama. Una sensación le recorría la piel como un bálsamo, apaciguando el dolor sordo que siempre lo acompa?aba, aquel que se había convertido en parte de su respiración.
No lo entendía. Debía sentirse en pánico, vulnerable, pero en su lugar, una pesadez tranquila se apoderaba de él. Sus ojos, pesados, luchaban por mantenerse abiertos, pero el instinto de cerrarlos era más fuerte. Observó, con una calma que le resultaba profundamente ajena, cómo varias de sus viejas heridas se abrían lentamente, sin nuevo dolor, dejando escapar un hilillo de sangre oscura, casi negra. Era su cuerpo, finalmente, cediendo a una fuerza mayor.
Intentó resistirse, un último y fútil arranque de voluntad, pero la fuerza lo abandonó por completo. El viento, su aliado y extensión, estaba completamente inmóvil e inalcanzable. No había nada contra qué luchar. Su cuerpo, agotado y malherido tras meses de batalla continua, simplemente se rindió. Cayó en un sue?o pesado, no como un desmayo violento, sino como un hundimiento en aguas profundas y tranquilas.
El fuego naranja cubrió toda su visión. Sintió cómo las llamas, sin calor abrasador, se adentraban en su interior, llenando cada grieta de su ser. El sonido del mundo exterior se desvaneció hasta quedar en un silencio absoluto. Ya no podía oír nada. Vio cómo su propio cuerpo se convertía en una gran llama naranja y, de un momento a otro, todo el fuego se condensó en un sol pálido y tranquilo, suspendido en un cielo sin nubes.
Gazazo parpadeó, y en ese parpadeo, dejó de sentir el peso de sus miembros. De pronto, se encontró de pie en medio de un bosque de árboles de cristal, sin recordar cómo había llegado allí.
Miró hacia abajo, esperando ver su forma familiar, pero su cuerpo no era de carne y hueso, sino de nubes grisáceas y densas, atravesadas por destellos naranjas y blancos que centelleaban como peque?os rayos. Tomó una respiración profunda por instinto, pero al exhalar, su cuerpo de nube se deshizo parcialmente y salió despedido contra uno de los árboles de cristal con una velocidad tremenda. Esperaba el impacto brutal, la inconsciencia, pero en su lugar, en el momento del choque, su ser se separó en dos.
Ambos Gazazos se observaron, una visión clara pero surrealista. Sus cuerpos estaban formados por esas mismas nubes oscuras con toques de blanco y rayos naranjas. Las nubes mantenían una forma humanoide bastante fiel, aunque con contornos difusos y cambiantes, como masas vaporosas que se expandían y contraían levemente con una vida propia.
Uno de los Gazazos salió volando hacia los cielos, dejando al otro plantado en el suelo, confundido. El Gazazo terrestre intentó imitarlo, pero por más que lo intentaba, no podía elevarse. No podía volar ni saltar; solo era capaz de estirar sus extremidades de vapor de manera elástica y antinatural.
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Con la mandíbula apretada en un gesto de determinación —una mueca que se adivinaba en la tensión de su nubosa forma—, Gazazo usó los árboles de cristal y sus brazos extensibles para lanzarse como una resortera. Mientras estaba en el aire, notó demasiado rápido que comenzaba a caer en picada. Como un nuevo dato desconcertante, su cuerpo de nube perdía momentáneamente la forma cohesionada, dispersándose, para volver a recomponerse justo antes de tocar el suelo.
Entonces, midió mentalmente la distancia de su último y patético vuelo. Para su desgracia y creciente frustración, apenas había logrado avanzar un metro.
Gazazo miro a su alrededor suelos y árboles de cristal cubren su rango de visión pájaro hechos de papel recorren los cielos escapando de una nube de lluvia una visión rara y le indica a Gazazo que lo más seguro es que se encuentra en el mundo de los sue?os con resignación y sin más opciones comenzó a moverse por el bosque.
Gazazo no sabe cuánto tiempo estuvo caminando pero una peque?a brisa sacudió su cuerpo nuboso cuando se gira para ver su origen ve una aguila posada en una rama.
Gazazo no necesita ser un genio para reconocer el espíritu de su máscara observándolo Gazazo le sostuvo la mirada y con su mejor intento de levantar su ceja nubosa la aguila paso a su hombro volviéndose también en nube.
— bien gracias por no hacer un espectáculo — la aguila solo le respondió con un chillido Gazazo puede sentir su ira por tardar tanto tiempo pero Gazazo sigue su paso buscando por quien sabe cuánto tiempo a su otra mitad no sabe que pasaría si se despierta pero de nuevo esto es un sue?o.
Su caminata lo llevo a un cambio de ambiente de cristal a metal pero ahora solo hay arbustos de metal con el aviso de su silencio socio Gazazo se esconde dentro de un arbusto sorprendentemente suave pero su socio se elevo,desde su escondite vio a unos cinco humanos todos cubiertos con varias cadenas que salen de sus cuerpos pero cuelgan en el aire y el extremo libre desaparece.
Gazazo solo puede suponer que es un método para entrar al mundo de los sue?os para mantener sus cuerpos físicos porque Gazazo no nota ninguna deformación o transformación en los cinco humanos.
—Che, este nuevo mapa es un embole. ?Quién fue el sonso que lo dise?ó? — uno de los humanos se queja de lo desolados que son los campos de metal cosa molesta a Gazazo ya lo pensaba pero se molesta su imaginación nunca fue su punto fuerte.
—Amigo, calmate y concentrate. Nos costó un huevo de puntos de facción que el jefe Rata nos permita hablar con el tótem para tener esta chance— las palabras de este llaman la atención de Gazazo.....Rata un viejo aliado de su padre aunque será Rata padre o hijo.
Además a un totem debería ser de la dama encadenada eso significa que Rata padre a muerto..... Gazazo los sigue para siguir escuchando atento, Gazazo sabe que hay una posibilidad que Rata padre haya roto su fe para ahora servir a un tótem y eso es malo a Gazazo.
—Amigos, yo lo único que digo es que ya somos nivel 30, rango bronce, y todavía no tenemos el sistema de poder de los NPC — Gazazo después de horas de escuchar los desvaríos de estos humanos locos hablan en términos muy raros incluso para una banda de mercenarios aunque para posibles cultistas siguen siendo raros.
—Bueno, ya fue, cálmense. Tenemos un objetivo con forma de nube— su aguila sobre los cielos se lanza en picado destrozado el cráneo de un humano antes que pudieran reaccionar vuelva a estar en cielos.
—Y... un águila, digo, no está mal pero esperaba un mejor loot —No seas boludo, el loot es loot. Además se nos acaba el tiempo; tenemos que agarrar este territorio para el tótem o nos comemos un garrón de la gran flauta— Gazazo sale a la batalla matando de un golpe a un humano que invocó de la nada una pistola.
Uno de los humanos invocó un hacha de la nada y se lanzó al ataque. Gazazo, reaccionando con la velocidad instintiva de un guerrero, estiró sus brazos nubosos para interceptarlo, pero solo logró entorpecer levemente su avance. Con un gru?ido sordo que emergió de su forma vaporosa, intentó ganar distancia, pero al aplicar fuerza, todo su cuerpo perdió cohesión y se aplastó contra el suelo como una neblina pesada. A través de su vínculo, podía sentir la aguda frustración de su socio, el águila, que mantenía ocupados a los otros dos humanos con furiosos picotazos y embestidas.
Al reformarse, Gazazo se preparó para bloquear los siguientes golpes, pero... las armadas lo traspasaron como si fuera humo. La sorpresa lo dejó momentáneamente paralizado. Miró a su alrededor, desconcertado, y notó cómo los árboles de cristal que los rodeaban habían comenzado a brillar con una luz tenue y pulsante.
—?Hijo de mil putas, águila del infierno, andá a la mierda, rajá de acá! —Los gritos de uno de los humanos captaron su atención. Al girarse, vio cómo su socio había derribado a otro de los intrusos, pero ahora estaba herido, parte de su cuerpo nuboso se deshacía en jirones. Gazazo lo intentó, pero por más que se concentró, no podía asestar un golpe sólido.
—?Maldito NPC... b... andá a la joda, ?qué mierda te pasa? —Lo único positivo era que el humano con el que forcejeaba también estaba cansado. Gazazo, molesto por su propia impotencia, se quedó quieto. Su oponente siguió lanzando golpes, pero Gazazo ya no los sentía; sus pu?os y armas pasaban a través de su ser sin resistencia. Con una frustración creciente, intentó agarrar o tocar al humano, pero sus manos nubosas solo traspasaron el cuerpo del hombre sin lograr asirlo.
—?Ya fue, boludo, tu IA es una porquería, dale! —Las burlas del humano solo enfurecieron más a Gazazo. Fue entonces cuando los árboles de cristal explotaron.
La detonación fue ensordecedora, una erupción de luz cegadora y fragmentos afilados que barrieron el paisaje como una lluvia mortal. Gazazo luchó en vano, perdiendo su forma una y otra vez bajo la tormenta de cristal. A través de su vínculo, sintió con alarmante claridad cómo el espíritu del águila se debilitaba gravemente, su esencia da?ada por la explosión inicial que, para su horror, desencadenó un efecto en cadena a través de todo el bosque onírico.
Cuando por fin cesó el cataclismo, el bosque de cristal había desaparecido. En su lugar, se extendía un desierto infinito de dunas doradas bajo un sol naranja pálido, con gusanos gigantescos retorciéndose perezosamente en la arena. Gazazo, más allá de un vistazo superficial, no le dio mayor importancia al paisaje. El mundo de los sue?os era un caos, y para su primera visita, la experiencia había sido un desastre absoluto.
Notó de inmediato que su forma había perdido textura y definición; ahora era poco más que una silueta brumosa. No tenía claro si él había sido el causante de aquel cambio o si era otra consecuencia del cataclismo.
Con esos pensamientos dando vueltas en su mente, se acercó a los cadáveres de sus enemigos, que se estaban disipando lentamente como humo. Avanzó unos pasos más y encontró a su socio. Parte del cuerpo del águila estaba destrozado, fragmentos de su nube original se desvanecían en el aire. Sin pensarlo dos veces, Gazazo se acercó y, al tocarlo, compartió parte de su propia esencia nubosa, estabilizando al espíritu herido lo mejor que pudo.
Espero que me lo agradezcas más tarde, pensó Gazazo mientras flotaba sobre las dunas, bajo el sol naranja pálido que colgaba inmóvil en el cielo. El águila, con fuerzas renovadas, emitió un chillío agudo y se abalanzó sobre uno de los cadáveres que, para su sorpresa, comenzó a gritar y suplicar.
—?Bueno, bueno, ya fue! ?No me mates, che! Te doy lo que se te cante, ?por favor! —El humano, vestido con lo que parecía un traje de esclavo absurdamente lujoso, se arrodilló frente a ellos. Gazazo no estaba seguro, pero todos esos humanos le parecían casi idénticos.
No respondió. Solo observó cómo las dunas de oro se retorcían en el aire. No sentía calor ni frío; su cuerpo nuboso apenas podía mantener una forma definida. No sabía si era por la explosión o si estaba a punto de despertar.
—???Socorro, socorro!!!! ?La concha de tu madre, NPC de mierda, ayudame! ?Gasté toda la guita en esto, por Dios! —Los gritos del humano hicieron que Gazazo notara que estaba flotando levemente, lo suficiente para evitar el destino de hundirse en las dunas movedizas. Concentrándose con furia, logró formar una pared sólida de nube compacta. El humano, con un esfuerzo desesperado, saltó hacia ella.
—Ya fue, sé que es un sue?o, pero la puta madre, despertar ahogándome es una porquería. ?Qué sé yo! Dale, nube… —El humano se calmó con una velocidad antinatural, pasando del pánico histérico a una indiferencia total en segundos, y se estiró como si nada. "Hablame", parecía esperar.
Gazazo sintió una frustración aún mayor. No podía hablar, no podía producir sonido alguno.
—Ya fue, dejá de mirarme, andá a cagar, boludo —El humano sacó una piedra que despidió una luz azul cegadora. El destello fue tan intenso que Gazazo entrecerró los ojos. Cuando los abrió, vio una peque?a llama con forma de duende que formó una barrera dorada y protectora frente a él.
—Humano malo. Togaz te comerá. Gazazo debe dormir bien —Gazazo no podía creer lo que veía. Togaz estaba frente a él, aunque su forma era difusa y su voz sonaba aguada y lejana, como llegando a través de un gran cuerpo de agua. Con un gesto de sus peque?as manos, Togaz creó enormes manos de arena dorada que surgieron de las dunas.
—?Esperá, pará! ???La puta madre, Aaaaaaaaa!!!!!!! —Con esas manos de oro, Togaz comenzó a lanzar al humano de una mano a otra como si fuera un juguete, es tan adorable . Gazazo intentó acercarse a Togaz, desesperado por alcanzarla, pero notó con pánico que ya no tenía manos, ni cabeza, ni forma reconocible.
—Gazazo debe dormir. Y Togaz debe volver. Hombre grande sigue escondido los dulces —Sin que Gazazo pudiera entender nada, el mundo a su alrededor comenzó a romperse como pedazos de vidrio, cayendo lentamente hacia una oscuridad que bloqueó por completo su visión.
Los colores regresaron a sus ojos de forma esporádica y violenta. Con un esfuerzo titánico, logró abrirlos por completo. Estaba de nuevo en el santuario, tirado frente al altar, totalmente solo. La luna brillaba en lo alto; había dormido durante medio día.
Para su confusión, logró levantarse del suelo de piedra sin la acostumbrada rigidez. Tendido allí durante horas, sentía todo su cuerpo extra?amente relajado. Hacía meses que no sentía sus músculos tan sueltos, su estómago tan libre de ese nudo de ansiedad perpetua.
Al estirar su espalda y cuello, esperó el crujido habitual, pero no escuchó nada. Una sonrisa genuina, amplia y llena de alivio, le llenó el rostro. Se arrodilló frente al capullo.
—Togaz, despierta. Es hora de volver —susurró.
Gazazo sintió una paz profunda. Por fin había visto a Togaz. Su corazón latía con la fuerza de mil caballos, pero una sombra de determinación cubrió su rostro. Tenía trabajo que hacer. Debía eliminar una amenaza. Y en lo profundo de su ser, con una certeza que nacía de sus entra?as, supo que ese viejo aliado, Rick Warren, era culpable.
Gazazo solo esperaba que el culto de la Manada Ardiente aún estuviera despierto, porque él, por su parte, se sentía lleno de una energía renovada y letal.
Fin

