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Logro: El Perro Guardián Solitario

  Día 71

  Una brisa fresca entró por la ventana, llenando la habitación de aire ma?anero. Gazazo, aún en la cama, se trujó el cuello con la habilidad que dan los a?os. Se levantó e inspeccionó su habitación, pero solo vio su cama y un armario con ropa sencilla.

  Admitió que debería conseguir más cosas, pero simplemente no tenía ganas. Aquella casa era temporal; si la situación terminaba como él deseaba, no necesitaría nada más.

  Sacudiendo la cabeza, se puso unos pantalones cortos y un haori con el símbolo del clan de Namys una X con enredaderas por todo el cuerpo de la X además se puso su máscara. Observó cómo la ropa le quedaba grande y holgada como la máscara se siente como una extensión. Con un suspiro cargado de ira hacia su padre por crear ese mecanismo, se dirigió a una habitación contigua donde se alzaba un peque?o santuario con flores y varias ventanas que permitían la circulación del aire. El tótem descansaba en el centro.

  Con cada paso, sentía cómo su cuerpo, falto de energía, se preparaba para entrar en modo de ahorro. Aunque volver a ser el Gazazo duende sería un placer—incluso un sue?o—, mientras se arrodillaba pensó que no podía escapar de sus responsabilidades.

  —Tótem, vengo por tu parte —murmuró. Ni más ni menos. él no era Togaz; no tenía control alguno sobre aquel espíritu.

  Vio cómo unas manos de un elemento desconocido emergían del tótem y lo tocaban. Sintió cómo su cuerpo crecía varios centímetros, cómo sus huesos se estiraban. Se alegró de no haber tardado mucho, por su combustible. Con una sonrisa amarga, pensó que todo el sufrimiento y la sangre derramada para ganar la habilidad de observar el tótem quizás habían valido la pena.

  Ya de vuelta en su estado completo, permitió que su mirada se posara en el tótem. A lo largo de los meses, había ido cambiando: ahora era una esfera con una cabeza de rasgos humanos y una larga cabellera. Según Namys, eso se debía a que el espíritu era la sombra de Togaz. Sus manos sudaban ante su propia ignorancia; debería haberlo sabido. Golpeó el suelo con frustración: no podía permitirse caer en esos pensamientos. Tenía tareas que hacer hoy.

  Se levantó y se dirigió a la cocina. El olor de múltiples especias le llegó a la nariz. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Sin esperar más, sacó unas lenguas de vaca y una jarra de gusanos.

  Encendió la cocina, sacó el aceite y preparó unos gusanos sazonados con sal y pimienta. Mientras disfrutaba de su comida, vio con disgusto cómo sus manos se parecían demasiado a las humanas. Claro, era más fácil moverse en el mundo civilizado cuando no tenías manos de gigante. Aun así, soltó un suspiro. Los recuerdos de cuando era un tanque acudieron a su mente: como Magui le había dicho, tenía un cuerpo cuadrado y, de no estar cubierto de cicatrices y moretones eternos, parecería un orco un poco más delgado de lo normal.

  Terminó su desayuno con amargura y salió de la casa. No pensaría en su relación con el equipo de Magui; tenía asuntos más importantes que atender.

  Con esa mentalidad, continuó su camino, atravesando la nueva zona deforestada. Nunca esperaría ver a los elfos cortando árboles. ?Acaso eso lo volvía racista? La única elfa que conocía era su hermana, una amante de los árboles. En fin, mientras reflexionaba sobre los gustos de su hermana, llegó al pueblo en construcción.

  La gente ya estaba despierta. Demasiados humanos para el gusto de Gazazo, que los observaba en las calles hablando entre ellos, disfrutando de ya no ser vagabundos, de tener un techo —o al menos, de que se estuviera construyendo—. Los ni?os jugaban a tres en raya o fútbol, mientras varios adultos se dirigían a los campos o a los molinos. Gazazo les tenía lástima. él y Togaz irían a una playa con grandes casas, donde vivir sería un paraíso, aunque tendría que vigilar a los jóvenes. Su hermano le había dicho eso, aunque aún no sabía qué significaba exactamente.

  No pasó desapercibido que, cuando pasó, las risas cesaron. Los ni?os se metieron en sus casas o se escondieron detrás de sus padres. Varios hombres empu?aron sus herramientas de granja como si fueran armas. él solo los miró de reojo, pensando que tal vez ponerse una camisa y no solo un haori habría sido una decisión inteligente. Todos se apartaron de su camino; incluso cuando una ni?a se tropezó, una mujer la levantó e inclinó la cabeza ante él.

  Por un lado, que alguien le hiciera una reverencia era algo que le gustaba, pero hubiera preferido que no fuera por miedo. Ellos pensaban que no podía oírlos, pero sus orejas, aunque parecían haber sido talladas a cuchillo hasta quedar como un colador, seguían estando muy afiladas.

  —Es él, por la Gran Madre —sonó la voz de una joven muy cerca.

  —No sé cómo la dama Namys permite que trabaje aquí. He oído que mató a todo un barrio, supuestamente por ser cultistas —una voz masculina lo hizo apretar los pu?os de furia. Claro, a él lo insultaban, pero no al mocoso de Narel. ?O creían que sabían más? No era la primera vez que se preguntaba por qué la gente era tan imbécil.

  —Oí que la dama Namys ya está vieja; tal vez está senil —esto era posiblemente lo más gracioso. Incluso él estaba de acuerdo, de no ser porque le habían explicado con lujo de detalles que los elfos no sufrían senilidad.

  Ignorando los demás chismes, notó que algunos ni?os se plantaban frente a él. Miró lentamente a los lados. Lo último que quería era que un ni?o con cara de perro triste causara un escándalo y que luego esa mierda de Nasal le sermoneara sobre la armonía.

  —?Mataste a mi padre! ?Te mataré! —en este punto, Gazazo recordó que tendría que ense?arle a Togaz cómo tratar con gente como ese ni?o: matar si era posible, incapacitar si no, y en el peor de los casos, ignorar. Pero no podría dormir hasta encargarse del asunto.

  Ignoró al ni?o. Simplemente saltó por encima de él sin esfuerzo para continuar su camino, imaginando cómo Togaz se enfrentaría a sus enemigos que buscaban venganza. Sintió cómo sus piernas se quejaban y su espalda no se quedaba callada. Un ce?o fruncido apareció en su rostro; sus heridas no sanaban tan bien como deberían.

  —??Oye, no me ignores!! —el ni?o lloraba. Bien, por eso no le gustaba conocer a los hijos de sus enemigos. Le recordaban a Togaz en la cueva, aunque ella no lo recordara, y le agradecía a la mala memoria de un duende inferior. él sí lo recordaba.

  —Ven a matarme cuando tengas la fuerza —se detuvo en seco, soltó un suspiro y lanzó la frase como una promesa. Escuchó al ni?o gritar algo a sus espaldas, pero ahora, sin más preámbulos, continuó su camino al interior de la fortaleza, que ya no era un mercado; todo eso estaba ahora en el pueblo.

  Al acercarse, no escapó de su visión cómo los muros de espinas estaban llenos de flores. Gazazo no pudo contener una risa. Los elfos eran tan enga?osos con sus plantas bonitas; en el momento en que se activaran, posiblemente soltarían gases, polen y quién sabe qué más contra sus enemigos. Apartando la mirada, lanzó una ojeada a los guardias que lo saludaron con una reverencia. No vio miedo en ellos, pero de nuevo, los elfos siempre mantenían esa cultura de no mostrar sentimientos.

  —Gazazo, ?cómo estás? Todo en movimiento, ?no? —Redrick lo saludó con entusiasmo. Gazazo solo devolvió un saludo seco y pasó de largo, aunque se preguntó qué le habría pasado al caballo. Hacía meses que lo veía, y Togaz seguramente preguntaría por él. Otra cosa más por hacer.

  Con paso firme y mirada decidida, se dirigió al templo, que había recibido una expansión pero aún estaba cubierto por las llamas de Togaz. Gazazo se preguntó si era por eso que habían impulsado con más fuerza la creación de un pueblo en las afueras. Al acercarse, las llamas naranjas se envolvieron a su alrededor. Un sentimiento de plenitud lo invadió, junto a una gran curiosidad y diversión. Por un momento, su cuerpo no le dolió.

  —Gazazo, me alegro de que hayas venido —pero el momento se truncó cuando uno de los hijos de Namys se acercó con esa mirada compasiva y calmada.

  —Peque?o monje —lo miró fijamente, observando cómo sus ojos se endurecieron al ser llamado por lo que era—, vengo a revisar a Togaz.

  —La protegida de mi madre está a salvo —con una postura erguida y hombros relajados, le habló—. Y te recuerdo que nadie debe entrar hasta que sea el momento. Es mi deber que estos rituales se cumplan.

  —Claro. En ese caso, cuídate, peque?o monje. Vendré en otro momento.

  Al ver que no había más que hablar, se retiró. "El peque?o monje quiere seguir las reglas, entendido. Es bueno saber su actitud".

  Sin perder más tiempo, se encaminó hacia el centro del fuerte. Caminó sin miedo, observando a cada guardia y su ubicación, incluso si era inútil. "Si muero, me llevaré a cuantos pueda". Las sirvientas se apartaron; él las ignoró. Los guardias le abrieron la puerta y entró en la oficina de Narel. Lo vio allí, tras un escritorio con flores en cada esquina, con su máscara puesta.

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  "?Tan poco confía en la seguridad? ?O será que piensa que lo atacaré y espera estar preparado?... Listo. Muy listo".

  —Gazazo, siéntate. ?Qué buscas? —lo ocultaba bien, pero ese temblor en su voz, cómo estaba arrugando una hoja que, por lo visto de reojo, era parte de un paquete de informes... La ira o la impotencia lo estaban afectando.

  —Solo vengo a ver si el hijo —dijo eso último con énfasis, colocando su mano sobre el escritorio— necesita mi ayuda.

  Narel sacó un informe completo de su escritorio. Si Gazazo no supiera que había problemas por todos lados, pensaría que ya sabía que vendría.

  —Aquí tienes. Una manada de monstruos en proceso de migración. Están ubicados a unos cuarenta kilómetros al este. Retírate y ve a cumplir tu misión.

  Tono firme, mirada fija. Incluso mientras leía el informe, Gazazo podía sentir su mirada sobre él. Un error de joven inseguro. Me das demasiada importancia y me tienes miedo. No eres Namys, para que eso signifique confianza y fuerza.

  —Misión aceptada —no importaban sus sentimientos; esto era trabajo. Otra cosa que debería ense?arle a Togaz: separar la vida personal de la laboral. Se levantó y, antes de salir, a?adió—: Narel, espero verte cuando tu nueva hermana despierte —ahora Narel lo miraba fijamente, con ira.

  —Te aseguro, Gazazo, que mi madre aún no ha tomado una decisión sobre introducir a Togaz en la familia.

  —Eso es cierto —pero Gazazo creía conocer a Namys. Esa elfa no lo ayudaría tanto solo por su fuerza personal. Además, aunque fuera patético, Namys se lo había prometido.

  Aunque no le gustara, sabía que Togaz ganaría puertas para su futuro, y eso era lo que importaba. Solo debía averiguar cómo meterse como su guardián, porque dudaba mucho que Namys lo aceptara en el clan.

  Salió de la oficina y soltó un suspiro, pero antes de que pudiera pensar en conseguir un vehículo, se rascó la cabeza pensando que no era necesario. Le tomaría una hora más o menos llegar, tal vez hora y media.

  Mientras planeaba su misión, una sirvienta elfa se le acercó diciendo que Namys lo buscaba. Sin más, la siguió. Por el camino, Gazazo habló del clima y de su vestido. Sinceramente, le parecía absurdo, pero era algo élfico. "?Qué significará esta tradición?", se preguntó.

  Llegaron a un balcón con vista a los alrededores —una perspectiva útil—. Namys estaba allí, bebiendo té y fumando algo con olor a rosas.

  —Gazazo, deja de intentar descifrar la cultura de mi pueblo. Lee un libro si quieres —escuchar la voz de Namys lo alegró. Al menos alguien sabía lo que estaba haciendo. Y, para su disgusto, al parecer la elfa leía mentes.

  —Te llamé para que recojas tu nuevo equipo: una espada bastarda y una armadura de cuero y malla, sin olvidar un gambesón —mientras ella hablaba, Gazazo ya estaba sacando la armadura de un soporte y poniéndosela. Era cómoda. Balanceó la espada; tenía un buen equilibrio.

  —Tu escopeta tauren, por desgracia, no podrás utilizarla. Pero te prometo que esta Witchard 590 es de alta calidad —Namys fumó un poco de su pipa. Gazazo se preguntó si era verdad que los elfos eran drogadictos. "Todos, claro... hasta ahora solo he visto a Namys, pero de nuevo, nunca hablé o pasé tiempo con otros elfos".

  —Sí, es buena —admitió él—. Sé que estás en una posición difícil, Gazazo, pero te aseguro que Togaz será parte del clan. No será restringida, pero espero que cumpla con sus responsabilidades. Cuídate —Namys no hizo nada más, dirigió su mirada a los cielos. él supo cuándo le decían que se fuera. Tomó su nueva escopeta y la colocó en un arnés.

  Mientras salía del centro de gobierno, luchó con el esfuerzo de no tirar sus armas e ir por sus verdaderas herramientas: su alabarda y Rompeespaldas. Pero recordó cómo, literalmente, su brazo derecho había pasado de estar estresado a fracturarse. Fue el tótem lo que evitó que se debilitara, pero ahora su brazo derecho no soportaba tanto castigo como antes. Además, su cadera no estaba muy contenta; al parecer, hacer giros a alta velocidad con una alabrada de gran peso no era una buena idea.

  Sin perder más tiempo, salió del fuerte. Buscó el este e hizo algunos estiramientos. Para su malestar, sintió cómo un alivio le recorría el cuerpo. "?Tan débil estoy que necesito ayuda?". Pensó que debía centrarse en lo que importaba; no había tiempo para distracciones.

  Con una posición de carrera en la que estiraba todo su cuerpo, se lanzó con un trote rápido pero no agotador. Sus músculos se lo agradecieron. Usando su magia de viento, se dio peque?os impulsos. Cada vez que sentía calor, creaba un peque?o túnel de aire con menos densidad. Usando su magia, creó una sierra circular y, con unas modificaciones, inventó un ventilador que usaba de forma intermitente durante sus descansos de veinte minutos.

  Después de mucho correr, observó una torre de vigilancia y elfos encargados. También lo notaron, pues vio cómo alguien bajaba.

  —Encantado de conocerte, Gazazo —un elfo lo saludó cuando se acercó a la torre. él solo devolvió el saludo, y el elfo comenzó a explicar la ubicación de los coyotes de dientes perfectos. Además, le informó que debía apurarse: según sus observaciones, se estaban acercando a una ruta comercial y debía luchar cerca de donde pudieran verlo.

  Sin más, siguió las instrucciones, caminando entre los pinos hasta llegar a la ladera de una colina enorme. Buscó otra colina y observó cómo las cuevas en la ladera eran el punto crítico: si estaban allí, tendrían la ventaja del alto y refugio. El bosque les daría camuflaje hasta el último momento. Sería molesto. Según la información, sus enemigos eran coyotes de dientes perfectos, conocidos por su dentadura afilada capaz de cortar la carne como mantequilla.

  Por un momento, pensó en usar el sigilo, esconderse y atacar por sorpresa, pero rápidamente recordó que su estilo de sigilo consistía en matar a todos para que nadie se enterara. Aunque últimamente eso no funcionaba, para una raza tan oportunista, lo mejor sería acercarse y llamar la atención.

  Con una respiración profunda, se acercó a la ladera, pero antes observó cómo, a unos pocos metros, un camino aplanado —por quién sabe cuántos comerciantes— serpenteaba. En medio de este, una peque?a manada de unos cinco coyotes estaba destrozando una caravana. Al acercarse más, pudo escuchar los gritos de ni?os que salían con fuerza.

  Soltó un suspiro. Me estoy ablandando. Sin pensar mucho, se lanzó con un gran grito para llamar la atención de los coyotes. Estos lo miraron y, con un movimiento de su espada, varias cuchillas de viento salieron y cortaron por la mitad a los dos coyotes más impulsivos.

  —Bien, ahora a trabajar —se trujó el cuello y, con el viento como aliado, apareció al lado de un coyote. Con su movimiento, el aire se convirtió en un muro sólido que golpeó su pecho, pero su voluntad lo adelgazó un instante antes del impacto. Un impulso de viento en su espalda lo empujó hacia adelante; cada impacto de sus botas contra la tierra fue un golpe sordo y potente que sintió en los huesos.

  El coyote se tiró al suelo al escucharlo. Gazazo lo tomó y usó su cuerpo como proyectil contra otro bastante inteligente que había logrado escapar, pero que ahora yacía muerto. Los restantes se pararon y lucharon con todas sus fuerzas, pero un collar de viento con una densidad del cuarenta por ciento los mató sin esfuerzo. Sin apenas sudar, se acercó a la caravana y pensó en cómo calmar a los ni?os.

  —Tranquilos... ni?os, cálmense. Soy Gazazo sirviente de Namys—se acercó lentamente, en voz alta pero con tono bajas y las manos en alto.

  —?Se?or, corra! —con ese grito, creó una barrera, pero aún así, de la caravana, un rifle apareció y un disparo certero le atravesó el estómago. Un dolor blanco y caliente estalló en sus entra?as. El impacto lo hizo girar sobre sí mismo, pero el entrenamiento tomo el control. Ignorando la quemazón que se expandía, con todas sus fuerzas, se lanzó contra la caravana. usando toda la potencia del viento para destruirla, está seguro de haber aplastado a alguien.

  Se levantó y vio cómo una jauría completa de coyotes se lanzaba contra él. Sintió la bala en su estómago y maldijo el hecho de que no hubiera salido limpia, pero al menos no había golpeado nada vital. No quería averiguar si el tótem curaba columnas vertebrales.

  Sacó su escopeta y disparó balas calibre 8. Con un poco de mana, las balas se recubrieron de aire, ganando más fuerza gracias al viento. Salió de los escombros y se dirigió al bosque; necesitaba cubrirse.

  De reojo, vio que muchos coyotes habían muerto y, como prueba de que todo era una trampa, los restantes no huyeron, sino que continuaron la persecución. Con un salto, se posicionó en la rama de un árbol robusto, pero no perdió más tiempo, pues ya escuchaba cómo la rama se quebraba.

  Reunió el viento sobre su cabeza, lo aspiró y lo exhaló una y otra vez, hasta que las ganas de vomitar lo invadieron. Pero no era suficiente. Continuó con el proceso y, para su horror y vergüenza, mientras abrazaba el árbol que se doblaba, vomitó todo lo que tenía en el estómago: sangre, jugos gástricos y una bala.

  Mala idea, tal vez. Pero ya sentía cómo el tótem lo curaba, lo que significaba que la bala había salido de su cuerpo. Con la boca llena de sangre, se lanzó para acabar con los coyotes a mano limpia. Esas bestias intentaron robar su mana. Tontos, no necesito mana para ganar. Con heridas por todas partes, no sabía cuántas cicatrices se habían reabierto, pero ya no importaba.

  Sostuvo al último coyote.

  —Haz algo, inútil. No soy Togaz, que da comida gratis —hablar con el tótem le costó mucho dolor, pero valió la pena. Ahora estaba seguro de que lo escuchaba.

  Sintió cómo, ante sus ojos, el coyote sufrió una electrocución. Sus gemidos le indicaban que estaba sufriendo lo suficiente para padecer, pero no para morir rápidamente. Maldito tótem sádico. Eran estas cosas las que le confirmaban que toda esa idea de un tótem amable era pura mentira.

  Mientras reflexionaba sobre la falta de autocontrol del tótem, ante sus ojos apareció un camino azul verdoso. Sin pensar más, corrió, algo más lento de lo esperado. Los malditos coyotes me mordieron mucho las piernas, seguramente por órdenes de su ama. Pero la tonta no sabe que he tenido heridas peores. Mi padre me creó para luchar medio muerto, y aún estoy muy vivo".

  Llegó hasta la caravana y vio a un jovencito de unos dieciocho a?os, quizás. Su rostro mostraba esa grasa juvenil, pero tenía mucho vello facial. Estaba rodeado de hombres armados. El ni?o estaba sentado sobre otro ni?o de pelo azul y piel oscura. Con el rostro duro como la piedra y acomodándose lo que quedaba de su ropa, Gazazo se acercó.

  —Chico, no me gustan los juegos. Dame una razón por la que no debería matarte —si creía que unos soldaditos de juguete le darían miedo, estaba muy equivocado. Se había enfrentado a cosas peores.

  —S-soy un noble, hijo de Lord Borbón. Estoy en una misión de cazar bandidos y monstruos —era una excusa, pero su ropa decía la verdad, y sus sentidos le confirmaban que llevaba una medalla de noble. Observó cómo el ni?o se retiraba con miedo, pero los soldados mantenían la vigilancia. Al menos sabían hacer su trabajo. Vio cómo el ni?o de pelo azul lo cargaba como un caballito.

  Solo sacudió la cabeza. Sabía que lo más probable era que ese ni?o hubiera gritado. Claro, no había servido de nada, pero el esfuerzo, aunque inútil, era agradable. Sin decir nada, tomó su escopeta, que había tirado, y se dirigió a su casa, molesto porque ese ni?o, Narel, lo fastidiaría por la ropa. Claro, no veía que la armadura estaba bien, pero tal vez unas mangas fueran una buena idea.

  Fin

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