home

search

El interruptor que no apagaba del todo

  El interruptor funcionaba.

  Eso era lo inquietante.

  No chisporroteaba, no se quedaba atascado y no fallaba al tacto. Subía y bajaba con un clic seco, correcto, como cualquier interruptor bien instalado. La bombilla encendía y se apagaba cuando debía.

  Al menos al principio.

  La primera vez que lo notó fue una noche cualquiera. Apagó la luz del pasillo y avanzó hacia el dormitorio. A los pocos pasos, se detuvo. No había luz… pero tampoco oscuridad completa.

  El pasillo seguía ahí.

  No iluminado.

  Disponible.

  Como si el espacio hubiera decidido quedarse a medio camino.

  Volvió atrás y encendió la luz. Todo normal. Apagó otra vez. La sensación regresó. No había brillo visible, pero los contornos no se perdían del todo. Las paredes conservaban una definición leve, suficiente para orientarse sin pensar.

  Pensó en la bombilla.

  Pensó en el cansancio.

  A la ma?ana siguiente, cambió la bombilla.

  La nueva funcionó igual.

  Durante el día no había diferencia. El problema solo aparecía cuando apagaba la luz de noche. El interruptor cortaba la electricidad, pero no cerraba el espacio.

  Stolen from its original source, this story is not meant to be on Amazon; report any sightings.

  No era una penumbra.

  Era una continuidad.

  Empezó a fijarse en los momentos exactos en los que ocurría. Siempre después de las once. Siempre cuando la casa estaba en silencio. Siempre cuando no quedaba ninguna otra luz encendida.

  Como si el pasillo necesitara quedarse despierto.

  Una noche decidió probar algo distinto.

  Apagó todas las luces menos la del pasillo. Se quedó quieto, mirando el interruptor, respirando despacio. Esperó un minuto. Dos. Tres.

  Luego lo bajó.

  La luz se apagó.

  Y, durante un segundo, el pasillo permaneció.

  No iluminado.

  No visible.

  Presente.

  Sintió una presión leve en los oídos, como al cambiar de altura. El aire se asentó con un ajuste mínimo, casi imperceptible. Luego, poco a poco, la oscuridad terminó de cerrarse.

  Encendió la luz de golpe.

  El pasillo volvió a ser un pasillo.

  Desde esa noche, evitó apagar esa luz. Dormía con ella encendida, aun sabiendo que no tenía sentido. El consumo no le importaba. El descanso sí.

  La casa parecía tolerarlo.

  Hasta que una madrugada, se despertó con la sensación de que alguien había caminado por el pasillo.

  No oyó pasos.

  Oyó continuidad.

  Se levantó y salió del dormitorio. La luz del pasillo estaba encendida. El interruptor, arriba. Todo correcto. Pero algo había cambiado.

  El pasillo parecía más largo.

  No en metros.

  En intención.

  Apagó la luz.

  Esta vez, el espacio no terminó de irse.

  La oscuridad llegó… pero se quedó incompleta. Como si alguien hubiera dejado una puerta mal cerrada en otro lugar. El aire estaba más frío. Más denso. Avanzó un paso.

  El pasillo respondió.

  No con movimiento.

  Con ajuste.

  Como si hubiera estado esperando a que él confirmara la ausencia de luz para ocuparla.

  Retrocedió y encendió la luz. El espacio se encogió de nuevo, obediente.

  A la ma?ana siguiente, revisó la instalación. Quitó la tapa del interruptor. Los cables estaban bien. No había empalmes extra?os ni humedad. Todo correcto.

  Demasiado correcto.

  Esa noche apagó la luz por última vez.

  Se quedó quieto, en el umbral del dormitorio, observando cómo el pasillo no desaparecía del todo. El interruptor había cumplido su parte. La electricidad estaba cortada.

  Pero el pasillo no aceptaba el cierre.

  Entonces lo entendió.

  El interruptor no controlaba la luz.

  Controlaba el permiso.

  Subió el interruptor.

  El pasillo retrocedió un poco, como si aceptara la concesión. Bajó el interruptor de nuevo, despacio, sin brusquedad.

  El espacio avanzó apenas lo justo.

  No cruzó nada.

  No invadió.

  Solo ocupó lo que quedaba.

  Desde entonces, dejó la luz encendida por las noches. No por miedo. Por acuerdo. La casa parecía tranquila así. El pasillo se mantenía en su sitio.

  Cuando salía de madrugada al ba?o, pasaba sin pensar.

  Sabía que, mientras la luz estuviera encendida, el pasillo no necesitaría completarse solo.

  El interruptor seguía funcionando.

  Pero había aprendido algo importante:

  No todo se apaga cuando bajas la palanca.

  Algunas cosas solo esperan a que les dejen sitio.

  La Sombra Siempre Vuelve.

Recommended Popular Novels