El piso comenzó a emitir una luz tenue mientras peque?os robots emergían del suelo, reorganizándose de forma constante para formar flechas direccionales. Cada movimiento iba acompa?ado de ligeros sonidos metálicos que se mezclaban con el murmullo de los aspirantes.
éramos muchos.
Aldoria aceptaba a todo aquel que se atreviera a intentarlo. Su estructura meritocrática lo permitía, y eso la diferenciaba de otras academias. La matrícula solo se pagaba una vez y su costo dependía de la capacidad y el talento del individuo: desde mil eclips para quienes no mostraban aptitudes claras, hasta cero para los talentos líderes de la generación.
No todos saldrían de allí de la misma forma.
—Bienvenidos a la prueba —anunció Alpha—. Pasarán por tres etapas destinadas a valorar sus habilidades en función de su capacidad de raciocinio, capacidad de reacción y estabilidad emocional.
La voz mecánica resonó de forma uniforme, sin énfasis ni concesiones.
—La primera etapa evalúa la capacidad de reconocer patrones y estudiar fenómenos físicos para su aprovechamiento. Las preguntas abarcan áreas como física, química, biología, ciencia de materiales y sistemas matriciales, con el objetivo de identificar las disciplinas más adecuadas para cada individuo.
Algunos aspirantes intercambiaron miradas tensas.
—La segunda etapa mide la capacidad del cuerpo para recibir estímulos y generar retroalimentación neuronal en respuesta. Esto permite estimar la velocidad promedio de reacción del sistema integrado presente en la población humana actual, así como la capacidad de evitar una crisis durante el uso de una habilidad.
Escuché varias respiraciones contenerse.
—La tercera etapa evalúa la disciplina, la resistencia a emociones negativas y la disposición del individuo frente a las familias y el gobierno mundial.
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Hubo un breve silencio.
—En sus dispositivos encontrarán un código correspondiente a su número de asiento.
Desde el suelo emergieron cientos de sillas, cada una con un número flotando sobre ella. Revisé mi dispositivo: 427. Caminé unos metros hasta encontrarla. A mi alrededor, tres aspirantes permanecían inmóviles, con expresiones apáticas y miradas resueltas. No parecían nerviosos. O al menos, sabían ocultarlo mejor.
Tomé asiento.
Frente a mí se desplegó un cuestionario de sesenta preguntas. En el techo, los robots chisporrotearon y se reorganizaron hasta formar un reloj luminoso que marcaba una hora exacta.
—Por favor, comiencen el cuestionario. Al finalizar, diríjanse a la siguiente prueba siguiendo las flechas amarillas —indicó Alpha.
Respondí con rapidez, pero no sin tropiezos. Las preguntas no eran imposibles, aunque el peso del tiempo y la consciencia de estar siendo evaluado hacían que cada error pareciera más grave de lo que realmente era. Cuando el reloj se apagó, sentí un leve alivio.
Seguí las flechas amarillas hacia la segunda prueba.
Esta fue breve. Consistía en colocarse un casco de alta sensibilidad que censaba las reacciones neuronales ante estímulos visuales proyectados en una pantalla, combinados con sensaciones inducidas por peque?os robots que recorrían la piel. Mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera pensar en ello, y eso me inquietó más de lo esperado.
La tercera prueba no estaba se?alizada por flechas.
Una única línea blanca, brillante, se extendía frente a mí, serpenteando entre los pasillos. Dudé un instante antes de seguirla.
Al final del recorrido encontré una peque?a sala. Una pantalla. Una silla.
El sonido de mi propio pulso se volvió imposible de ignorar. Mis manos estaban ligeramente sudorosas cuando tomé asiento. La luz se intensificó y Alpha volvió a hablar.
Era la última prueba: la evaluación de estabilidad emocional.
Las preguntas comenzaron de forma simple, casi trivial. Aun así, la voz mecánica me resultaba cada vez más molesta. La luz parpadeaba con mayor intensidad, y sentí cómo una irritación difícil de controlar se abría paso.
—Estoy seguro de que la prueba de reacción alteró algo en mi cerebro —pensé—. No tiene sentido sentirme así por preguntas tan simples.
El impulso de levantarme, de interrumpir la prueba o de responder con brusquedad apareció con fuerza. Lo contuve. Respiré hondo. Respondí con calma, una pregunta tras otra, aunque el esfuerzo era mayor de lo que quería admitir.
Tras una hora, la evaluación terminó.
Me levanté de la silla y abandoné la sala.
Solo entonces pude inhalar profundamente.
El aire nunca me había parecido tan necesario

