Mientras más se esforzaba en buscar
algún indicio de que aquel mundo era algo más que un fragmento de
la realidad de donde venía, Joseph parecía no estar dispuesto a
rendirse ante aquel evento que lo estaba consumiendo. A medida que
exploraba los rincones de aquella sala, más era la sensación de
tranquilidad que ganaba, pues en sus adentros, la calma venía
acompa?ada de ese extra?o sabor que deja el descubrir algo
desconocido.
En una de las paredes, un enorme reloj
circular se alzaba marcando el ritmo con sus agujas de una forma
irregular. Al principio, Joseph no notaba aquel hecho, hasta que
pasado el tiempo se dio cuenta de esos detalles sutiles que suelen
acompa?ar al mundo onírico y que lo diferencian de la realidad que
reconocía como propia. Caminó por debajo de donde estaba el reloj,
estirando la mano y luego los dedos, que se deslizaron suavemente
sobre la pared que estaba pintada de tal manera, que le permitía
sentir una textura rugosa que parecía mucho más real de lo que
realmente era.
—Esto es increíble…
Las propias palabras de Joseph resonaron
en sus adentros, como si en lugar de haber salido de su boca, se
hubiesen producido en su pensamiento. Retiró la mano de la pared, y
la atrajo hasta sí para observarla. Joseph movió los dedos
frotándolos entre ellos, dándose cuenta de que la sensación era
tan real como lo que sus ojos le mostraban. El sudor en su frente
comenzó a caer nuevamente, en forma de finas gotas que dibujaban una
línea delgada y húmeda que atravesaba su piel. Se alejó de la
pared, y sin perder de vista el reloj que colgaba en ella se dispuso
a alcanzar una estantería que contenía una serie de libros que
quizá podrían darle alguna pista acerca del lugar en donde se
encontraba. Una peque?a lámpara de aceite que ardía sin inmutarse
llamó su atención en cuanto estuvo lo suficientemente cerca de la
estantería. La miró por un momento, y se dio cuenta de lo bien
elaborada que estaba, y de como el resplandor de la llama se
distorsionaba y amplificaba a través del cristal que la contenía.
Acercó la mano, y notó que el calor era perceptible sin siquiera
tocarla, entonces se contuvo y volvió su atención nuevamente a la
estantería mientras su ce?o fruncido reflejaba la incertidumbre que
se acumulaba en su pecho.
Después de haber estado revisando libro
tras libro, Joseph se dio cuenta de que aquel acto no lo llevaría a
ningún lado. En aquellos tomos gruesos que parecían muy antiguos,
no había más que hojas de papel crema que no contenían nada en
absoluto. Uno tras otro, los libros eran abiertos para revelar el
profundo vacío que estaba amenazando a Joseph. Apiló los libro en
el suelo, uno sobre otro, a medida que los iba sacando de la
estantería, y con ello su paciencia se iba perdiendo. Se detuvo
cuando en una hilera, uno de los tomos no parecía tener una posición
muy natural. Al principio lo ignoró, rebuscando entre las página de
otro libro que sostenía entre sus manos, sin embargo, aquella
cubierta azulada y brillante no dejaba de llamarlo. Dejó el libro
que sostenía entre sus manos sobre la pila que ya le llegaba hasta
las rodillas, y sin perder de vista aquel extra?o libro, se acercó
un poco más para mirarlo de cerca. Ahí notó que en el lomo había
grabada una palabra que no podía leer, y al pasar su mano por la
superficie, sintió el relieve que le produjo algo más que duda.
—Aquí podría haber algo…
Con las manos impregnadas de sudor, tomo
el libro muy seguro de sí mismo. Antes de abrirlo para descubrir lo
que había dentro, se dedicó a detallarlo por todos lados,
descubriendo que en la portada estaba grabada en relieve la misma
palabra que en el lomo. No se pudo contener, abrió el libro con
cuidado, y dentro, páginas marcadas por una serie de glifos
irreconocibles pero que de alguna manera significaban algo que él
reconocía. Cerró el libro de inmediato, causando que un sonido
fuerte se dispersara por todo el lugar en forma de eco. Joseph se
alarmó, y cuando miró de nuevo el libro, por instinto sus ojos lo
forzaron a prestarle atención a la estantería de donde lo había
sacado. Ahí, en lo profundo, casi imperceptible. Un botón de color
marrón, al igual que la madera que lo trataba de ocultar, esperaba
impaciente a ser pulsado por aquel que lograse descubrirlo. Joseph se
acercó aún más que antes, y enfocando su mirada logró detallar lo
bien camuflado que estaba. Dudó en pulsarlo, pero las opciones que
tenía se reducían con cada pensamiento. Acercó el dedo, y antes de
presionarlo miró a su alrededor como buscando aprobación de lo que
estaba a punto de hacer. No la consiguió, pero si el empujón que lo
obligó a cometer tal acto sin pensar en las consecuencias. Un
quejido lejano atravesó el espacio para llegar a su oídos, y con
cada segundo que marcaban las manecillas del reloj, un sonido de algo
siendo arrastrado acompa?aba el quejido como si fuesen compa?eros
inseparables.
La estantería se movió de su posición
a penas unos centímetros, lo cual fue suficiente como para que una
luz muy tenue, casi solemne, entrase por la rendija que quedó
descubierta. Joseph sintió que sus latidos se aceleraron, mientras
un halo de esperanza lo recorría desde lo más profundo. Aquella
nueva oportunidad significaba que había algo más en aquel sitio que
una habitación oscura sin salidas. Sintió que el quejido se
escuchaba más fuerte, y sin detenerse a analizarlo, empujó la
estantería que no era tan pesada, la cual se deslizó suavemente
sobre unos peque?os rieles ocultos en el suelo. Detrás, una entrada
a algún sitio que únicamente era marcada por una peque?a lámpara
en el techo lo suficientemente tenue como para no delatar su
existencia cuando la estantería estaba puesta en su lugar. Joseph se
armó de valor y atravesó la entrada, la cual lo invitaba a seguir
un peque?o pasillo estrecho, no muy profundo, donde lo esperaba una
puerta de madera común, que tenía un pestillo plateado pulido.
—?Qué demonios es eso? —se
preguntó Joseph por lo bajo.
Mientras avanzaba, el sonido que
acompa?aba al quejido de antes llegó a sus oídos para alertarlo de
su cercanía. Al llegar a la puerta con el pestillo pulido, se detuvo
para volverse y mirar la entrada donde aún podía verse parte de la
estantería pero, no era lo único que estaba del otro lado. Joseph
abrió los ojos de par en par, y en el reflejo de su pupila, se pudo
detallar una silueta de algo que buscaba acorralarlo en aquel lugar.
Su corazón comenzó a bombear a tal punto, que el sudor comenzó a
salir incluso por la palma de sus manos. Joseph no pudo tragar con
facilidad la saliva en su boca debido al miedo que aquella visión le
estaba provocando. Se giró tan rápido como pudo, y giró el
pestillo con fuerza.
—?ábrete… ábrete! —exclamó
Joseph.
Por detrás, en la entrada a aquel
pasillo, unas piernas largas y delgadas se asomaban. Aquella imagen
que Joseph buscaba comprobar dando vistazos a donde aún se podía
observar la estantería, era lo suficientemente perturbadora como
para querer escapar de aquel sitio. La puerta se abrió después del
tercer intento, pero era tan pesada que no pudo abrirla fácilmente.
Como pudo, aplicó toda la fuerza que su cuerpo le brindaba, dándose
cuenta de que sus músculos estaban mucho más agotados de lo que le
hubiese gustado admitir. Sin embargo, Joseph ignoraba que el impulso
que le ayudaría a empujar aquella puerta no surgiría de su intento
únicamente, sino que en uno de esos vistazos al otro lado, la imagen
que recogió fue lo suficientemente evocadora como para hacer aflorar
su instinto de supervivencia. Logró empujar la puerta para abrirla
lo necesario y que su cuerpo la atravesara, y cuando lo hizo, la
empujó de vuelta para cerrarla. Por la abertura que se hacía cada
vez más estrecha, observó como aquel ser de extremidades alargadas
se contorsionaba para introducirse en el pasillo, aproximándose cada
segundo mientras sollozaba emitiendo quejidos. Joseph pudo ver lo que
causaba el sonido de arrastre, o al menos eso pensó. Algo con forma
humana que era jalado por aquel ser.
—Eso estuvo cerca…
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Aquellas palabras era lo único que
mantenía a Joseph conectado con la cordura, pues su pecho vibrante y
su mente colapsada no le permitían darse cuenta de forma plena si lo
que estaba experimentando era o no producto de su imaginación. Sin
despegar las manos de la puerta, y con los ojos entrecerrados, trató
de calmar su respiración agitada, mientras el sudor caía al suelo
desde su frente, y algunos hilos de saliva escapaban de su boca
resbalando por el labio. Una vez más sereno. Se dio cuenta de que la
puerta que cerró pertenecía a la de una cochera, pues al darse la
vuelta, y detallar lo que estaba del otro lado, se dio cuenta de que
ahí había incluso un auto, frente a un par de estantes que
contenían entre cajas y cosas sueltas en cada uno de sus niveles. En
el suelo, una pelota de baloncesto permanecía inmóvil, y eso por sí
solo, causó que Joseph bajase la guardia. Se puso de espaldas contra
la puerta, y se dejó caer suavemente hasta tocar el suelo donde
permaneció sentado un rato, buscando la manera de asimilar lo que
estaba sucediendo.
—Creo que desperté… —susurró
confuso.
Arqueó las piernas, y las abrazó
mientras su cuerpo se nivelaba. Mantuvo la cabeza entre sus brazos,
como si aquel fuese un refugio que lo mantendría a salvo de aquellos
eventos. Se secó varias veces el sudor de la frente, y con los ojos
abiertos, lograba ver a través de la abertura que dejaban sus
piernas aquel balón naranja que estaba frente a él. Detalló la
textura, y era idéntica a la que reconocía. Sin detalles ni matices
extra?os, aquel indicio fue suficiente como para que su confianza le
hiciera salir de su escondite. Levantó la cabeza, y se inclinó lo
suficiente para poder alcanzar el balón sin levantarse. Lo atrajo
hasta su cuerpo con la punta de los dedos, y al palparlo confirmó
que no solo se veía igual, sino que se sentía exactamente como una
pelota de baloncesto de su mundo.
Joseph notó mientras ojeaba lo que
había en aquel garaje, que un viento helado se colaba por algún
sitio. Se frotó los brazos para evitar que su piel se enfriase mucho
más. Miró de nuevo el sitio donde había dejado el balón, y
mientras se preparaba para levantarse y comenzar a explorar mejor el
lugar, notó que un sonido que venía de dentro de la casa, y que
penetraba por la abertura que había entre el suelo y la puerta al
otro lado del garaje, se hacía más fuerte a medida que pasaba el
tiempo. Eran pasos. Pisadas intencionales que se aceleraban en ritmo,
y que se hacían más intensas. Joseph retrocedió. Se encontró con
que tras de sí estaba la otra puerta de la cual había salido.
Comenzó a temblar cuando notó que de la abertura en la parte baja
de la otra puerta, la luz se interrumpió, revelando que del otro
lado había algo desconocido. El pestillo comenzó a girar mientras
temblaba, y el sonido del mecanismo en la cerradura de la puerta fue
lo suficientemente claro como para nublar su mente. Un peque?o golpe
se dejó escuchar, y mientras la puerta se abría, Joseph cerró los
ojos para evitar ser testigo de lo que estuviese por entrar. Sus
parpados estaban tan fuertemente cerrados que un par de lágrimas
brotaron de sus ojos.
—?Qué estás haciendo, Joseph?
—preguntó alguien con voz infantil.
Joseph no pudo distinguir de buenas a
primeras de quien se trataba, pero aquel ni?o de cabello ondulado lo
conocía lo suficiente como para saber su nombre. Sin poder articular
palabra, simplemente se quedó viendo fijamente al peque?o frente a
él, quien lo miraba con una expresión de confusión esperando a que
respondiese su pregunta. Joseph abrió la boca, pero su mente estaba
tan nublada que no pudo sino balbucear algo inentendible. El chico
comenzó a caminar en dirección a Joseph. Con cada paso lo obligó a
retroceder, aplastándose contra la puerta que lo separaba del
pasillo del que había huido. Joseph trató de estirar las manos,
buscando alejar al ni?o que se encontraba justo frente a él.
—?Qué tienes? Se supone que debemos
buscar a Carlos.
Joseph no sabía quien era aquel Carlos
al que se supone deberían buscar. El ni?o estiró la mano y tomó
por la mu?eca a Joseph, quien se dejó arrastrar sin más opción
por el peque?o que aún lo miraba con confusión, como si aquella
actitud que le mostraba Joseph estuviese fuera del lugar. El ni?o lo
apartó de la puerta de un tirón, y estiró la otra mano hasta el
pestillo de la puerta pesada en la pared. Joseph se asustó de tal
manera que intentó impedir que el chico hiciera tal cosa.
—?Espera! Ahí hay algo malo…
—alcanzó a decir Joseph.
El chico sin detenerse, giró el
pestillo en la puerta que se abrió suavemente para revelar que del
otro lado había algo diferente a lo que Joseph recordaba. La luz del
sol fue el primer indicio, y luego, cuando su vista se acostumbró a
la luz, se dio cuenta que era una puerta que llevaba a uno de los
patios que rodeaba la casa. El ni?o lo arrastró, y casi sin oponer
resistencia, Joseph se dejó llevar por aquel desconocido.
—Si no nos damos prisa, Carlos ganará.
—?De qué estás hablando? —preguntó
Joseph confundido.
—Recuerda que estamos jugando a
capturar al infiltrado —respondió el ni?o—. ?A caso lo
olvidaste?
Aquella pregunta hizo un eco profundo en
la cabeza de Joseph, pues en ese instante consideró la posibilidad
de estar olvidando algo importante, sin embargo, la existencia de
aquel ni?o era algo que no podía explicar de ninguna forma. Sin
poder decir nada más, se dedicó a seguir al chico en su juego,
donde quizá podría encontrar alguna respuesta que lo llevase a
resolver el dilema en el que estaba. Accedió a jugar con él, y como
cómplices comenzaron a moverse sigilosamente por el patio, buscando
el paradero de Carlos.
—Tenemos que tener cuidado. Si nos
atrapa, no sobreviviremos.
Joseph asumió que aquel juego de ni?os
no era más que eso, y por ello, se relajó lo suficiente como para
no pensar en lo que había visto antes en el pasillo. Aquella
criatura desconocida podría no ser más que un reflejo del miedo y
la incertidumbre que le había causado estar en un lugar como aquella
sala oscura, y con ello, asumía que su mente no estaba en una
condición de cordura que impidiese que surgieran alucinaciones como
aquella. Mientras corría detrás de aquel chico, notó que el pasto
bajo sus pies estaba algo húmedo, por lo que la tierra lodosa se le
estaba pegando a los zapatos que comenzaban a perder su color
original. Aprovechó de detallar aquella calle, y por más que
buscaba similitudes entre sus recuerdos, Joseph llegó a la
conclusión de que jamás había visto aquel lugar. Aún así, aquel
sitio parecía conocerlo mejor de lo que el mismo podría.
—?Ahí está! —exclamó el ni?o,
se?alando detrás de un auto en la casa del vecino.
—?Estás seguro? No puedo ver nada.
Joseph intentó encontrar con la mirada
el lugar donde estaba el otro chico al que buscaban, pero no fue
capaz de verlo a la primera. Se volvió y miró nuevamente la mano
del ni?o a su lado, para seguir la dirección en que su dedo
se?alaba un lugar donde debía enfocar la vista. Ahí estaba. Detrás
de una camioneta familiar había algo que se escondía tímidamente.
Joseph se preguntó confuso el por qué no lo había visto en su
primer intento, siendo que había repasado el sitio con su mirada. Se
dio cuenta de que por debajo de la camioneta podía verse un poco de
aquel chico, pero aquellos pies no concordaban con lo que él
reconocía. Se volvió y le preguntó al ni?o a su lado si estaba
seguro de que aquel era Carlos, y el ni?o sin dudarlo le dijo que
si, que debía acercarse con cuidado para atraparlo antes de que él
los atrapase a ellos. Joseph dudo, y con razón. Debajo de los pies
de Carlos, había algo más que solo su sombra. Algo espeso, como un
líquido, formaba un peque?o charco que parecía querer extenderse
por debajo del auto.
—Vamos, debes atraparlo, Joseph —dijo
el ni?o, animándolo a avanzar.
Joseph comenzó a moverse con cautela.
Paso a paso la sensación de peligro crecía en su interior, haciendo
que en su pecho los latidos de su corazón formasen un eco profundo
que llegaba hasta su cabeza. El sudor se presentó, y a los pocos
segundos su rostro se vio empapado en aquel líquido que nuevamente
recorría su frente. Llegó a la camioneta, donde colocó las manos
suavemente para evitar hacer algún ruido que lo delatase. Escuchó
que el ni?o al otro lado del auto se reía muy suavemente. Quiso
creer que lo que había visto bajo la camioneta no había sido sino
una visión producto de su mente que de alguna manera comenzaba a
romperse. Fue entonces que decidió acercarse a una de las esquinas
de la camioneta para tratar de rodearla sigilosamente. Cuando llegó
al borde, escuchó nuevamente la risa del chico. Se detuvo. Sintió
que algo le estaba envolviendo los pies, y cuando miró por debajo,
el líquido de antes había llegado hasta sus zapatos, cubriéndolos
lo suficiente como para que pudiese notar el color. Carmesí.
—Esto no está bien… —susurró.
Joseph levantó la cabeza de inmediato
en cuanto escuchó un sonido tremendamente familiar. Un quejido que
le heló la sangre de inmediato, que fue eclipsado por una risa
infantil que provenía de una criatura que estaba frente a él. Trató
de gritar pero no pudo. Escuchó su propio nombre, mientras sus ojos
abiertos como platos enfocaban aquel rostro aterrador que se acercaba
lentamente.

