En medio de la conversación con Aurelia, un movimiento llamó la atención de Cáliban.
Nhun descendía lentamente por las escaleras, pero algo en su semblante no estaba bien. Caminaba rígida, como si cada paso pesara una tonelada. Cáliban lo notó de inmediato, sus ojos estaban vacíos, ausentes, y su rostro… apagado.
Joseph, sabiendo que no podía seguir callando, se acercó a Cáliban y le susurró con seriedad. Al escuchar dicha información, Cáliban la llamó.
—Tú… ven aquí.
La voz de Cáliban resonó con una autoridad que cortó el aire. Nhun se detuvo. Un escalofrío recorrió su espalda y en lugar de obedecer, giró y corrió hacia la salida con toda la velocidad que sus piernas le permitieron.
Pero fue inútil.
Desde las paredes de la Casa, cadenas mágicas emergieron como serpientes heladas, envolviéndola en pleno salto. La arrastraron de vuelta al centro de la sala con fuerza invisible, deteniéndola justo frente a él.
—?Suéltame! ?No voy a decirte nada! —gritó, forcejeando, su voz temblaba entre rabia y miedo.
Cáliban la tomó con delicadeza, pero con firmeza, de su mano.
Su expresión cambió al instante. La palma de Nhun mostraba marcas evidentes. Y allí, en uno de sus dedos, una cicatriz mal cerrada sobresalía. Era la prueba de un acto vil. Su dedo había sido cortado… y luego reconstituido mediante magia curativa.
—El anillo que te di… ya no está. —murmuró Cáliban —?Quién te hizo esto?
Nhun giró el rostro, evitando su mirada. Su cuerpo temblaba, y sus labios apretados parecían negarse a moverse. Buscó con la vista algún rostro familiar, alguien que pudiera ayudarla… pero nadie se atrevió a intervenir.
Entonces, Dimerian se acercó en silencio. Se inclinó levemente hacia Cáliban y susurró al oído:
—Desde que eso ocurrió, no ha querido contarnos nada… ni a nosotros, ni a los profesores. No ha dicho una sola palabra en días. Sólo… se encierra.
—Hmm…
Cáliban se llevó una mano al mentón, con su ce?o fruncido, sus pensamientos girando a toda velocidad. Observaba a Nhun, pero no con reproche, sino con una mezcla de comprensión y furia contenida.
—Nhun… ?Por qué no quieres decírmelo?
Ella desvió la mirada. Más que negarse a hablar, parecía incapaz de hacerlo. Su garganta estaba sellada por el miedo. Cáliban cerró los ojos un instante.
—Ya veo… así que eso era.
—?Qué sucede, Cáliban? —preguntó Astrid, acercándose —?Sabes qué le pasó a Nhun?
Antes de que pudiera responder, desde un rincón del salón, Gremeldia cerró ligeramente su abanico, sosteniéndolo con fuerza… pero bajo su rostro impasible, una peque?a sonrisa se formó. Un júbilo oscuro, disimulado entre las sombras.
Maldición de sonido.
Un maleficio arcano. Su efecto anulaba la capacidad de hablar, impidiendo que cualquier sonido saliera de la víctima. Ni gritos, ni susurros, solo existía el silencio absoluto. Y nadie, ni siquiera los más atentos, sospechaban que la autora de semejante hechizo era Gremeldia.
Con disimulo, llevó su mano hacia el pecho, donde ocultaba un elegante anillo negro sujeto a un fino collar.
?Bueno… solo yo puedo deshacer la magia. Así que no hay manera de que-?
—Es un hechizo de restricción de sonido. —interrumpió Cáliban sus pensamientos, con voz firme y controlada —Impide a Nhun hablar o emitir cualquier sonido si intenta decir la verdad. Y supongo que la responsable lo controla a través de su vínculo con el anillo.
Cáliban levantó un dedo y chasqueó.
De inmediato, una fuerza invisible arrancó el anillo del pecho de Gremeldia. La joya atravesó el aire a toda velocidad, rompiendo el collar que lo sostenía y aterrizando suavemente en la palma de Cáliban.
El silencio se volvió absoluto.
—Antes de empezar con cualquier negociación… ?Podrían explicarme esto?
Sus ojos se posaron directamente sobre las gemelas.
Cresselia y Gremeldia quedaron mudas. El veneno en su sonrisa se desvaneció al instante, reemplazado por una expresión de sorpresa mal disimulada. Aurelia, que las había observado en silencio hasta ese momento, desvió la mirada hacia ellas con un gesto cargado de desprecio. Toda esa palabrería sobre nobleza… reducida a simples ladronas de magia.
Cresselia intentó reaccionar con rapidez, forzando una sonrisa condescendiente.
—Te equivocas… nosotras le compramos ese anillo. Nhun nos lo vendió amablemente. ?Eso es malo?
?No importa. Podemos inventar lo que sea… siempre hay una salida.?
Pero no esta vez.
Cáliban extendió la mano. Su magia se arremolinó con una cascada de energía vibrante que se canalizó directamente hacia Nhun. La luz recorrió el aire y penetró en su garganta. Con un estallido sutil, su voz volvió. Las sonrisas de las gemelas se congelaron en ese instante.
—?Por fin! —gritó Nhun con rabia desbordada —?Maldita bastarda orejona! ?Voy a hacer que te tragues tus orejas una por una!
—?Qué ocurrió, Nhun? —preguntó Cáliban, sin perder la calma.
—Fui a dejarle rosas a Ceci… quería visitarla. Pero esas perras me atraparon. Me llevaron a un rincón y dijeron que si decía algo, me explotarían la garganta con ese maldito anillo.
—Oh… ya veo…
Cáliban se levantó lentamente del asiento.
El crujido de la madera bajo sus pies fue lo único que se escuchó. Se dirigió, con paso firme, hacia las gemelas.
Aurelia desvió ligeramente los ojos hacia la mu?eca de Cáliban. Un fulgor azul, suave pero constante, emanaba de la pulsera de cadenas mágicas. Esa energía… se le hacía extra?amente familiar.
—Parece que tienes mucha fe en él… —murmuró Aurelia, sin dejar de observar con aparente indiferencia.
Bardrim frunció el ce?o ante el comentario.
—Son solo negocios. —replicó, cruzando los brazos —En un momento terminará de castigar a esos infelices… y volveremos contigo.
—?De verdad crees que podrá? —insistió, con una sonrisa helada.
El herrero soltó una carcajada áspera.
—Solo observa… y verás.
Cáliban avanzaba con paso decidido hacia las gemelas, cuando una figura se interpuso en su camino.
—Líder… por favor, no hagas esto… yo… —suplico Similia.
Pero antes de que pudiera terminar, Cáliban la apartó con un solo movimiento, lanzándola sin miramientos hacia el sillón más cercano.
—No tengo tiempo para los cobardes.
No había compasión en su voz. Solo resolución. Gremeldia soltó una carcajada altiva, cargada de veneno.
—??Crees que por derrotar a Kylios puedes hacer lo que quieras?! ??Crees que eres invencible, muchacho arrogante?!
A su lado, Cresselia alzó su abanico con un gesto dramático y dio la orden.
—?Guardias! ?Matenlo!
El ambiente se tensó. Los guardias, ocultos entre la comitiva de las gemelas, se prepararon para atacar. Pero entonces, una voz desgarrada se alzó por encima del caos.
—?Hermanas! ?Por favor! ?Se los suplico, no le hagan da?o!
Similia se interpuso entre Cáliban y las gemelas, con las manos extendidas, como un escudo humano. Sus pies sangraban, su cuerpo temblaba por el agotamiento y el miedo, pero no se apartó. No retrocedió ni un paso.
Cáliban se detuvo.
La miró con sorpresa. Su ce?o, antes endurecido por la rabia, comenzó a relajarse. Había algo en su mirada que lo detuvo en seco.
Similia estaba suplicando, sí… pero no por ella. Suplicaba por él.
Incluso humillada frente a todos, incluso habiendo perdido su imagen de princesa, incluso rota y despojada de dignidad, seguía ahí… enfrentándose a sus propias hermanas para salvar a otro.
??Por qué? ?Por qué muestran estos colores??
Los ojos de Cáliban brillaron levemente, y en su mente apareció un destello de energía sutil. Los colores del alma. El aura de Similia destellaba como una luz de jade puro. Era intensa, limpia, casi dolorosa de mirar.
Cáliban conocía ese color.
Era Justicia.
La voluntad de proteger a los que no tienen voz. La fuerza de quien se lanza al fuego para salvar a otro. La decisión de no abandonar, incluso cuando el precio es uno mismo. Y en un rincón muy profundo de su mente, una memoria perdida parpadeó. Incompleta, olvidada, pero viva.
Esa luz… se parecía demasiado a la de alguien que había conocido mucho tiempo atrás.
Por un momento, Cáliban lo vio con claridad. Una imagen fugaz. Una peque?a pixie, de alas translúcidas y mirada feroz, interponiéndose ante una amenaza mucho más grande que ella. Defendiendo su hogar.
Un tiempo lejano, casi borrado… marcado a fuego en lo más profundo de su alma.
?Karina…?
—Oh… ?Quieres defender a tus amiguitos, hermanita? —escupió Gremeldia con una sonrisa hipócrita —Bueno, entonces pídele que se disculpe. Siempre hemos sido razonables.
—Sí… sí se arrodilla, tal vez podríamos perdonarlo. —a?adió Cresselia, girando su abanico con teatralidad.
Similia se giró, lentamente, para hablar con Cáliban. Pero antes de pronunciar una sola palabra, él la sostuvo suavemente por los hombros.
—Líder, por favor… no los provoques…
—Escúchame bien, Similia… —dijo él, firmemente —Apártate.
—Pero ellas…
—Todo estará bien. Te lo prometo.
Con cuidado, la ayudó a sentarse en uno de los sillones, asegurándose de que su cuerpo agotado no se forzará más de lo necesario.
—Quítate los zapatos. Descansa. Volveré en un momento.
Luego, se giró. Su paso era sereno y determinado. Regresó frente a las gemelas.
—?Qué pasa? —rió Gremeldia, llena de burla —?Ya vienes a disculparte? Asegúrate de bajar bien la cabeza…
Cáliban se detuvo frente a ellas y les dedicó una mueca cargada de puro desprecio.
—No me agacharé… por un par de escorias.
Cresselia meneó la cabeza con fingida pena.
—Vaya… y eso que te habíamos dado una oportunidad. Lástima. —Se giró hacia los suyos y alzó la voz con frialdad —?Guardias! ?Córtenle la cabeza y pónganla en una pica! Así nadie se atreverá a repetir semejante estupidez.
Desde lo alto, el profesor Yannes dio un paso adelante.
—?Esperen! ?Esto ya ha ido demasiado lejos!
Pero no fue lo suficientemente rápido.
Los guardias élficos se movieron como relámpagos. Ambos avanzaron como ráfagas, sus armaduras brillaban como plata viva, con espadas alzadas que emitieron un brillo resplandeciente y mortal.
Pero el sonido de la carne jamás llegó. Una oleada de energía recorrió la sala.
Como un látigo invisible, golpeó a los dos guardias élficos, arrojándolos al suelo con brutalidad. En cuestión de segundos, quedaron completamente inmovilizados.
Xander y Adelina, que hasta entonces esperaban afuera, aparecieron casi al instante, como sombras entrenadas. Ambos se abalanzaron sobre los cuerpos helados de los atacantes y los redujeron con movimientos secos y precisos.
Todos en la sala se quedaron boquiabiertos, sorprendidos por la velocidad y eficiencia de los guardaespaldas de Cáliban. Todos… excepto aquellos que ya los conocían.
—??Adelina?! —exclamó el profesor Yannes desde el segundo piso, atónito —?Qué haces aquí?
—Hola, John. —respondió ella con una sonrisa tensa —Pues… Cáliban me ha contratado como su nueva guardaespaldas, así que…
—?Una profesora puede ser guardaespaldas? —preguntó él, desconcertado.
Adelina frunció el ce?o, su expresión perdió toda cordialidad.
—?No te lo dijo Rain? El director me despidió por mi condición. Ya no soy profesora de esta escuela. Nunca más.
—Oh… —Yannes se frotó el cuello con incomodidad —Lamento escuchar eso.
Uno de los guardias forcejeó bajo ella, intentando liberarse. Pero su esfuerzo fue inútil. Adelina apretó con más fuerza. Su nuevo brazo, forjado con metales encantados e imbuido con maná del octavo círculo, era más pesado que una monta?a.
—Deja de moverte… —gru?ó ella, sin mirarlo siquiera —No vas a irte a ningún lado.
Al ver cómo se desarrollaba todo, las gemelas finalmente se levantaron de sus asientos, con el orgullo herido y la rabia ardiendo en sus venas.
—?Un mísero plebeyo se atreve a subestimarnos! —gritó Gremeldia.
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—?No nos compares con Kylios! —a?adió Cresselia con furia.
La magia élfica se encendió en el aire, haciendo vibrar las paredes. Ambas rompieron parte de la estructura de la Casa para tomar distancia y desplegar su poder ofensivo. Fragmentos de piedra y polvo se alzaron, sacudiendo el ambiente.
Astrid observó la escena con indiferencia, cruzando los brazos mientras caían escombros a su alrededor.
—A este paso, la Casa se va a venir abajo…
Elizabeth soltó un suspiro largo y amargo.
—Olvida eso… si se cae, ya sabemos quién tendrá que repararla.
Instintivamente, todos giraron la cabeza hacia Dimerian. El muchacho tragó saliva en silencio, notando de inmediato la presión de las miradas sobre él.
—?Eh? ?Por qué todos me están mirando?
—Porque eres el único aquí que sabe reconstruir cosas. —dijo Juliana.
—Sí… —agregó Joseph desde el fondo —Y porque tú fuiste quien reforzó las paredes.
Dimerian levantó los brazos, resignado.
—?No me miren! ?No quiero trabajar horas extra!
Las gemelas se dispersaron como relámpagos por el campo arrasado, con sus capas ondeando al viento y los ojos encendidos por el caos. Una risa amarga resonó entre ellas.
—??Cómo es que llegamos a esto?! —gritó una, con desesperación en la voz.
—?Todo es tu culpa! ?Si no hubieras codiciado ese estúpido anillo, no estaríamos atrapadas en este infierno!
Cáliban, con la mirada endurecida por la batalla, echó un vistazo por encima del hombro mientras regresaba a la explanada. No pronunció palabra, solo asintió lentamente hacia Xander y Adelina.
El mensaje era claro, habría ejecución inmediata.
No necesitaban órdenes. No necesitaban excusas. Harían lo que debía hacerse. Matarían sin piedad. La energía mágica comenzó a arremolinarse a su alrededor, formando lanzas de luz ardiente que apuntaban directo a las cabezas de los dos guardias. El aire crujía, cargado de tensión, y la tierra temblaba bajo sus pies.
Pero entonces, Similia se interpuso.
Se levantó del suelo como una llama débil que se negaba a extinguirse, su silueta estaba deshecha por la fatiga pero firme en espíritu.
—?Lord Hilloy! ?Profesora Sill! ?Por favor, no los maten!
La voz temblorosa de Similia perforó el estruendo del poder contenido. Todos se detuvieron. Solo se escuchaba el viento arrastrando el polvo de la batalla.
—?Estos hombres casi matan a Cáliban… y quieres perdonarlos? —espetó Xander, con el rostro surcado por sombras.
—Mi buen se?or… sé que mis palabras no tienen el peso de las de Cáliban, pero les ruego… —Similia cayó de rodillas, sus manos se aferraron al suelo ensangrentado —déjenlos vivir. Son solo hombres. Tienen familias, hijos a los cuales mantener. No convirtamos esto en algo más cruel de lo necesario…
Los guardias, al escucharla, se desplomaron. Habían visto cómo su princesa era torturada durante días, y aun así... rogaba por ellos con la entereza de una reina de leyenda.
?Es la viva imagen de la reina…?
Adelina y Xander se miraron, intercambiando una decisión muda. Ambos bajaron sus brazos. No les dieron libertad, pero les perdonaron la vida.
Joseph, aún con los ojos entrecerrados, murmuró:
—?Por qué actúa como si fuera una santa?
—No hables de lo que no entiendes, imbécil… —gru?ó Argos, sin apartar la vista de Similia.
A su lado, Reinhard frunció el ce?o, pensativa.
?Quizá… Similia es más profunda de lo que todos creímos…?
Aurelia estaba sorprendida. Aquella frialdad le recordó a su madre. Una ira helada, serena, que no gritaba ni temblaba, sino que devoraba todo con su sola presencia. Frente a ella, Bardrim la observaba con su semblante sereno, como si el mundo no estuviera a punto de quebrarse.
—?No tienes miedo?
—?Miedo? ?Por qué habría de tenerlo? —respondió con una sonrisa desde?osa —Kylios y esas gemelas no son más que bufones con poder. Se creen superiores solo porque pueden aplastar con fuerza bruta. Pero no tienen respaldo… Yo no lo necesito, porque tengo a mi lado a la mujer más fuerte de este continente.
Ante esas palabras, Bardrim soltó una carcajada profunda.
—?De qué te ríes, maestro herrero?
—De nada… de nada, peque?a. Tal vez pronto lo entiendas.
Aurelia frunció el ce?o. Algo en sus palabras le dejó una espina clavada. Pero no sintió miedo. Al contrario, seguía impresionada por el poder de Cáliban. Que alguien de primer a?o impusiera su voluntad de esa forma... hablaba de algo más que poder, hablaba de liderazgo nato.
Pero incluso eso, pensó, palidecía ante la fuerza que ella llevaba tras de sí. Un poder que eclipsaba a todos en esa sala. Nadie aquí podría enfrentarse a ella.
Del otro lado del campo, las gemelas tomaron postura. Sus labios comenzaron a articular en lengua élfica, invocando una antigua magia. El aire vibró. La realidad pareció inclinarse a su voluntad.
—?Veamos cómo esquivas esto! —rugió Cresselia.
Alzó los brazos y, en un destello cegador, lanzas de energía pura cruzaron el campo como meteoritos incandescentes. El ataque apuntaba a pecho, cabeza y brazo.
—?Hastae lucis!
Pero Cáliban danzó entre los proyectiles como si el tiempo mismo le obedeciera. Ni una chispa lo rozó.
—Ustedes dos… son insignificantes.
Entonces, una nube de polvo gris lo envolvió de pronto. La temperatura bajó. La luz pareció apagarse. Gremeldia extendió los brazos con voz grave y ancestral:
—?Lethargum!
—?Qué es eso? —preguntó Dimerian, con los ojos entrecerrados mientras observaba la fina capa de polvos mágicos que se expandía como una neblina encantada sobre el campo de batalla.
—Cáliban está en problemas… —susurró Similia, avanzando lentamente hasta la pared más cercana para observar mejor la escena —Mis hermanastras han sido entrenadas en artes mágicas poco comunes… Gremeldia domina los maleficios, mientras que Cresselia puede moldear el maná con su imaginación y una destreza que pocos poseen. En combate, son letales.
—Bueno… —murmuró Elizabeth, entre intrigada y emocionada —veamos cómo les va contra el líder.
Gremeldia sonrió con confianza al ver cómo Cáliban era tragado por la nube de polvos encantados. Extendió la mano con la elegancia de una bruja.
—Mi maleficio del sue?o te sumirá en un letargo profundo… no luches. No servirá de nada.
Pero lo que sucedió a continuación dejó a todos sin aliento.
Una delgada barrera mágica, como una segunda piel hecha de luz líquida, se adhería al cuerpo de Cáliban. Los polvos flotaban a su alrededor, sin tocarlo.
—?No puede ser…! —susurró Adelina, con los ojos muy abiertos al reconocer la técnica —Esa… esa es una versión avanzada de la barrera interna…
Recordó cómo, en su duelo con una sacerdotisa, descubrió que las formas tradicionales de escudos, círculos, esferas y cubos, ofrecían cobertura, pero no una defensa absoluta. Sin embargo, si uno podía fundir una barrera directamente con su cuerpo y manipular el flujo de maná alrededor, podía bloquear incluso lo intangible.
Cáliban lo había perfeccionado. El campo a su alrededor parecía un manto estelar que respiraba con él. Su mano se movió lentamente hacia adelante… y una cadena cayó al suelo.
Pero no era una cadena común.
Con un zumbido atronador, la cadena se disparó como un látigo etéreo. El viento que generó dispersó la nube mágica sin esfuerzo, limpiando el campo como si una tormenta hubiese barrido el veneno.
Gremeldia no perdió tiempo. Se teleportó detrás de Cáliban, y con un gesto veloz, sus dedos comenzaron a brillar con una luz fulgurante.
—?Paralysis!
Un rayo de energía dorada surcó el aire como una flecha divina, directo hacia la espalda de Cáliban.
—Obex cupreus… —susurró él.
Al instante, una barrera mágica emergió frente a Cáliban. Una pared rígida de un tono cobrizo, tan peculiar que parecía forjado en otro plano. El rayo de parálisis impactó de lleno… pero no lo atravesó. Quedó atrapado dentro de la barrera, como un rayo enjaulado, chispeando y retorciéndose.
Cáliban movió sus dedos con sutileza y la barrera cambió. De sus extremos surgieron picos filosos, canalizando la energía aprisionada y devolviéndola con brutal precisión hacia su origen.
—??Reflejó mi hechizo?! —exclamó Gremeldia, demasiado tarde.
La descarga la alcanzó de lleno. Cada fibra de su cuerpo tembló al ser atravesada por una corriente mágica intensa. Sus músculos se tensaron, su aliento se cortó, y su voz se perdió bajo el bombardeo de su propio maleficio.
—?No eres inmune a tu maleficio? Qué lástima… —murmuró Cáliban, sin mostrar una pizca de misericordia.
Desde el aire, Cresselia flotaba como un espíritu danzante, su cabello ondeaba con el viento de la magia. En una coreografía letal, comenzó a lanzar cuchillos de maná, puros y cristalinos como agua congelada.
Cáliban levantó su escudo mágico, preparado para interceptarlos. Pero Cresselia solo sonrió con malicia.
—?Saltatio cultri!
En el instante en que su voz cortó el aire, los cuchillos obedecieron su voluntad. Cambiaron su trayectoria en pleno vuelo, como proyectiles autoguiados por magia viva. Las dagas cortaron su piel, dejando heridas superficiales pero precisas. Cáliban tuvo que impulsarse al aire para evadir el resto.
—Vaya… esto sí será un problema.
—?Gremeldia! —gritó Cresselia mientras descendía velozmente —?Deja de jugar y ayúdame a matarlo!
Gremeldia, aún temblorosa, apretó los dientes. Se obligó a mover sus pies.
—?Ya lo sé!
Sus miradas se encontraron por un breve instante. No necesitaban palabras, solo un plan trazado en el silencio.
Mientras Gremeldia reunía toda su magia para invocar un nuevo hechizo, Cresselia descendió con furia, enfrentando a Cáliban en combate cerrado. Las dagas de luz pura destellaban con cada golpe. Cáliban las esquivaba con precisión, su respiración seguía serena.
Pero sin que ellas lo notaran, cada vez que sus pies tocaban el suelo, dejaba una marca sutil, apenas perceptible. Eran círculos de maná silenciosos.
—?Defiéndete, plebeyo! ?Muéstrame de qué estás hecho!
—Con basura como ustedes, no necesito usar mi fuerza real.
Aquellas palabras atravesaron el orgullo de Cresselia como una lanza. Su rostro se contrajo de furia y se lanzó contra Cáliban con violencia renovada. Las dagas de maná surcaban el aire en una lluvia letal, buscando abrir su carne.
—?Ahora, hermana! —gritó Gremeldia, con la voz llena de determinación.
Creselia retrocedió al instante, como un relámpago inverso, y Gremeldia apoyó ambas manos sobre la tierra con solemnidad. Su sonrisa era altiva, imbuida de certeza absoluta.
—?Aurea Cavea!
Del suelo surgieron barrotes dorados, etéreos y vibrantes de poder ancestral. La jaula envolvió a Cáliban en un parpadeo, sellándolo en su interior. Las partículas de maná comenzaron a desprenderse de su piel, como polvo de estrella arrancada de su fuente.
La jaula pulsaba. Cada onda dorada le robaba la fuerza.
—Ya veo… —murmuró Cáliban, observando su mano vaciarse lentamente —Si me quedo aquí mucho tiempo, estaré en problemas.
Desde las gradas, Similia observó con horror. Reconocía esa técnica. La había visto en antiguos grimorios, en los registros sellados de los conjuradores del trono.
—?Esto es malo! ?Si Cáliban se queda ahí, va a morir! ??Deben hacer algo!!
Su voz tembló en el aire, desesperada… pero nadie la respondió. Nadie la miró. Era como si sus palabras no existieran.
—??Por qué nadie dice nada?! ??Va a morir!!
Joseph se acercó sin apuro, colocándose a su lado con los brazos cruzados.
—Ya deberías saber de lo que es capaz Cáliban. Además, míralo… —se?aló hacia la jaula.
Cáliban permanecía de pie, erguido, con el rostro sereno. Sus ojos no delataban miedo ni rabia. Solo calma. Un dominio absoluto sobre sí mismo… y sobre la situación.
—Está tranquilo. —a?adió Joseph —Y eso significa que aún tiene la ventaja. Así que solo observa.
Dentro de la jaula resplandeciente, Cáliban alzó lentamente la mirada. A través de las rendijas doradas, observó a sus captoras. Gremeldia y Cresselia jadeaban, agotadas, pero mantenían una sonrisa de falsa seguridad.
—Bueno… ahora que lo capturamos, ?Cómo saldremos de aquí? —murmuró Gremeldia entre dientes.
—No lo sé… —respondió Cresselia, tambaleándose levemente —Nuestros guardias fueron derrotados. Yo ya no tengo fuerzas… ?Tú tienes alguna idea?
—Podríamos negociar la vida de ese chico… Veo que muchos aquí parecen interesados en él. Estoy segura de que...
—?Se divierten? —interrumpió Cáliban, cargado con una quietud peligrosa que heló la sangre de las gemelas —?Ya terminaron de hacer el ridículo?
—?Silencio! —vociferó Cresselia —?Un plebeyo como tú jamás podría siquiera imaginar nuestra fuerza!
—Si no quieres que te cortemos la cabeza… —a?adió Gremeldia con desdén —será mejor que aprendas a tratarnos con respeto…
Cáliban las miró… con lástima. Sus ojos no tenían odio, solo decepción.
—?Esto es lo que llaman magia?
—?Cállate! —rugió Gremeldia, fuera de sí —?Este conjuro está más allá de lo que podrías aprender en toda tu vida, insecto!
Una sonrisa oscura se dibujó en el rostro de Cáliban. Aquellas amenazas... eran casi tiernas para él. El eco de una burla resonó en su pecho.
—?En serio? Entonces les haré un favor... Les mostraré lo que es la verdadera magia.
Levantó la mano lentamente. En su mu?eca, la pulsera mágica comenzó a latir con un brillo azul profundo, etéreo, como una estrella naciente. Cresselia estalló en carcajadas.
—?Es inútil! ?No importa lo que intentes, ni sue?es con da?ar esta jaula! ?Estás atrapado!
Pero Cáliban no respondió. No escuchaba. Su mente estaba enfocada, su voluntad, afilada como una espada ancestral, comenzó a absorber el maná del entorno, creando un vórtice silencioso en su palma. Una magia que la jaula no podía suprimir.
En su mano, todos vieron la forma de una balanza dorada, brillante y majestuosa. Un símbolo antiguo de poder.
—Ars Magica... Décimo Zodiaco: Juicio de Libra.
El aire se rasgó. El tiempo pareció detenerse.
Las paredes de la jaula dorada comenzaron a agrietarse. Cada pulsación de la balanza absorbía el equilibrio mismo del hechizo, descomponiéndolo desde su raíz. Gremeldia retrocedió un paso, pálida y temblando.
—No… esto… esto no es posible…
Las grietas crecían. Cada segundo, la estructura que creían indestructible se desmoronaba.
El aire vibró aún más. La tierra comenzó a rugir con un eco profundo y ancestral. La jaula dorada se desintegraba lentamente, hecha trizas por una fuerza imposible de contener. Los finos escombros brillaban mientras eran absorbidos por un gigantesco vórtice que se alzaba sobre Cáliban como una tempestad celestial.
Adelina observaba en silencio, boquiabierta.
—?La magia… puede usarse así?
Alrededor de Cáliban, estelas de luz giraban. Un círculo milenario se trazó bajo sus pies, dibujando una runa colosal que pulsaba con energía pura. Cresselia reconoció las posiciones con horror.
?Esos… esos son los lugares donde estuvo cuando esquivaba mis ataques…?
No había huido. Todo había sido parte de un dise?o perfecto. Cada paso, cada esquiva, cada marca, todo era preparación para este instante. Todo era una trampa tejida con paciencia.
La balanza en su palma comenzó a pesar el maná en el ambiente. Un sonido cristalino resonó con un ding. El juicio había sido dictado. La balanza se iluminó con un resplandor dorado que palpitaba con poder. Cáliban sonrió.
—Juicio de Libra: Vendaval.
El mundo se quebró.
Un torbellino inmenso emergió de su mano, una tormenta nacida de pura voluntad. El huracán arrasó el campo, envolviendo a las gemelas en una furia de viento, magia y juicio. Los vientos las golpeaban sin descanso, arrancando gritos, girando sus cuerpos como mu?ecas de trapo en la furia del castigo.
Y entonces… Cáliban cerró la mano. El torbellino se disipó.
Las hermanas fueron lanzadas por los aires, estrellándose contra el suelo como dos sacos sin alma. Adelina, sin aliento, contempló la figura que emergía del centro del caos. Cáliban caminaba sereno, imbatible, con las manos a la espalda, como si nada hubiese pasado.
—Increíble… —susurró.
Las gemelas yacían inconscientes. Pero él no estaba dispuesto a perder tiempo.
Levantó un dedo. Un chispazo mágico estalló en el aire. Un rayo eléctrico las recorrió, obligándolas a volver en sí con un espasmo. Sin palabras, las encadenó y las arrastró junto a Kylios, quien aún no se había recuperado.
Cuando Cáliban intentó volver a la casa, cruzando la pared derrumbada, fue interceptado por sus compa?eros de casa, que lo acosaban con preguntas, vítores y bromas.
él los apartó sin esfuerzo, recordándoles con voz firme:
—Todavía hay negocios que atender.
Finalmente, regresó a su asiento, junto a Bardrim, quien lo observaba sin sorpresa.
—?No crees que te excediste un poco? —preguntó, cruzado de brazos, con una ceja alzada.
—Solo les devolví la magia que usaron contra mí… no es para tanto. —respondió Cáliban con calma imperturbable.
—Bueno… —murmuró Bardrim, lanzando una mirada alrededor —esperemos que no haya más interrupciones.
Los guardias tras Aurelia se mantenían en posición, pero había tensión en sus rostros. Sabían que estaban al borde de algo más grande que ellos. Frente a Cáliban se encontraban Adelina y Xander. Dos pilares que hacían imposible cualquier intento de desafío.
Uno de los guardias se acercó a la princesa y susurró al oído:
—?Está bien esto, se?orita Aurelia?
Ella no lo miró siquiera.
—Déjalos mostrar su victoria con orgullo… —dijo con una media sonrisa —eso no evitará que tengamos la última risa.
Cáliban dirigió su mirada hacia Catherine una vez más.
—Como te dije antes… puedes acercarte. Nadie te hará da?o.
Catherine dudó. Pero en los ojos de Cáliban había una sinceridad tan nítida como la luz. Dio un paso, apenas uno. Entonces la voz de Aurelia la atravesó como una lanza.
—?Sabes lo que te pasará si te alejas de mi lado?
—No le pasará nada. —interrumpió Cáliban, su tono era tan gélido como el de Aurelia —No te creas invencible, copo de nieve… Aquí no tienes ventaja.
Aurelia guardó silencio, pero su mirada era severa. Catherine, temblorosa, caminó hacia Cáliban. Sus ojos se mantenían clavados en los de su hermana, con miedo… pero sin una sola palabra. Sabía que en ese círculo, cualquier sonido mal pronunciado podía ser fatal.
Se detuvo frente a su líder. Cáliban extendió su mano con suavidad y, al tomarla, la calidez que emanaba disipó el frío que aún quemaba su piel.
—?Estás bien?
Catherine asintió en silencio. El ardor seguía allí, pero eligió callar. No mientras su hermana estuviera presente.
De su anillo, una tenue luz emergió y reveló una peque?a poción, nacida de las aguas encantadas de su castillo.
—Toma. Bébela y quédate detrás de mí.
Aurelia observó el anillo… y la pulsera en su mu?eca.
—Un anillo de almacenamiento… y deduzco que esa pulsera está forjada con acero frío. Vaya, tienes más tesoros de los que aparentas.
—Eso no importa ahora. Hagamos lo que vinimos a hacer.
Bardrim intervino, extendiendo su brazo. En su mano, una fina caja de regalo contenía los pendientes. Aurelia, sabiendo que no podía objetar más sin causar un incidente, chasqueó los dedos. Uno de sus guardias se adelantó y colocó una caja ornamentada sobre la mesa.
Al activar un sello mágico, se proyectó una pantalla luminosa sobre el centro. Una imagen comenzó a formarse lentamente, suspendida en el aire.
Aurelia descendió de su asiento. Lo hicieron también sus guardias… incluso Catherine se arrodilló.
Cáliban frunció el ce?o. Curioso. La imagen sobre la mesa se hacía más clara con cada segundo. La conexión estaba por completarse. Y lo que fuera a revelarse… cambiaría el curso de esta reunión.

